Recordé que, de más chicos, habíamos hecho en alguna ocasión una paja colectiva. Esas cosas raras que tenemos los hombres. Pero la presencia de Rosina llevaba eso a un nuevo nivel. —¿Estás segura de que no querés probarla, prima? —preguntó Juanjo. —No. Solo quiero ver —dijo ella—. Y cuidado cuando acaban. No vayan a ensuciar nada del cuarto. Entones hizo algo que terminó por volverme loco. Se mojó los dedos de su mano derecha con su propia saliva, y luego la llevó a su entrepierna, para masturbarse también ella. Cualquier escrúpulo que hubiera tenido hasta el momento, se esfumó por completo en ese instante. Llevé mi mano a mi v***a, y empecé a masturbarme. Era una locura. Los cuatro ocupábamos las mismas posiciones que cuando jugábamos a las cartas, formando una cruz encima de la cama

