Los días continuaron avanzando con una continuidad demasiado natural que para Ellie, resultaba sorprendentemente tranquila.
El trabajo absorbía su atención lo suficiente como para mantener la mente ocupada y el cuerpo en movimiento constante, y esa sensación de estabilidad le permitía respirar con más facilidad. Cada mañana coincidía con Lydia y con el pequeño grupo de amigas asignadas al mismo piso, y entre ellas se fue formando una dinámica bastante sólida: se repartían tareas sin necesidad de hablar demasiado, se cubrían mutuamente cuando alguna se retrasaba y compartían miradas cómplices que decían más que cualquier conversación abierta.
Y aún así no estuvo exenta de enfrentar tensiones y problemas, Ellie siguió percibió miradas llenas de incomodidad al cruzarse con otras empleadas, murmullos que se apagaban apenas ella se acercaba y silencios demasiado densos para ser casuales, incluso hubo momentos en los que los mensajes llegaban fuerte y claro aunque de manera anónima, en más de una ocasión la joven encontró mensajes en su loker notas con mensajes hirientes:
"Disfruta mientras puedas, maldita zorra"
"Te juro que me las vas a pagar, ramera de quinta"
"El precio que pagaron por ti, valió la pena?"
Sin embargo, Ellie solo dejaba las notas en el basurero, a veces ni siquiera les daba la suficiente atención para leerlas, lo que provocó que eventualmente la situación escalara a conatos de enfrentamiento más físico.
Una tarde, casi al finalizar el turno, un par de mujeres la interceptaron en los pasillos de servicio, aquellos ocultos a la mirada de los clientes y el personal administrativo, buscando cercarla. Acusándola de gozar de un trato preferencial, responsabilizandola de que otras tuvieran que cubrir turnos dobles o habitaciones que no les correspondían, de ser la razón de diversos despidos y de la inminente rotación de personal, que nunca había sido un problema para el hotel; de la obligación impuesta y silenciosa que tenían de tratarla como si ella fuese la dueña del hotel, del miedo que había provocado en todo el personal que los orilló a exagerar el respeto que ella merecía para evitar perder su empleo.
Pero Ellie no respondía, para ella no había razón que sustentará aquellos reclamos. En realidad no les dio mayor importancia, era preferible no meterse en asuntos que no le correspondían para evitar más problemas, aunque las mujeres parecían suficientemente confiadas en que era la razón de todo lo que se estaba suscitando en el hotel.
Y afortunadamente ninguno de esos enfrentamientos escaló como ellas esperaban; Eugene apareció, en ambas ocasiones, con una puntualidad que rozaba lo improbable, y su sola presencia bastaba para imponer respeto y silencio antes incluso de que levantara la voz. Por supuesto que el mayordomo escuchó, pero cortó de raíz las acusaciones y dictó sanciones sin vacilar, dejando claro que aquel tipo de comportamiento no sería tolerado y para cuando Ellie lograba reaccionar del todo, el conflicto ya estaba disuelto, como si nunca hubiese tenido la oportunidad real de existir.
Con el tiempo, esos episodios se integraron a una rutina tan peculiar como incómoda, Eugune parecía anticiparse a los momentos en que la joven estaba más vulnerable, apareciendo siempre en el instante preciso, incluso en días en los que, en teoría, no tenía por qué coincidir con ella.
Los cambios en los horarios también llegaron de forma gradual, casi imperceptible: sus días de descanso comenzaron a alinearse con los de Lydia y sus amigas, y también con los del mayordomo, una coincidencia que nadie se molestó en explicar abiertamente y para ella no significó demasiado.
Agradecía la comodidad, la sensación de respaldo y la tranquilidad de no tener que enfrentarse sola a es ambiente tan hostil, por lo que nunca se detuvo a analizarlo más de la cuenta ni a preguntarse por qué todo parecía ajustarse con tanta precisión a su alrededor. Pero fuera de su burbuja de aparente calma, las miradas se alargaban, los comentarios se acumulaban en susurros y más de una persona comenzó a preguntarse si aquella serie de coincidencias era realmente tan inocente como ella creía.
Y cuando la sospecha se siembra, solo es cuestión de tiempo para que el control se desvanezca.
Aquella mañana la normalidad en el hotel continuó con esa calma tensa que se había estado forjando desde hace un par de semanas. En la oficina de Eugene todo permanecía en la misma quietud, un silencio que el hombre había aprendido podía romperse en cualquier segundo con el llamado del teléfono.
Aun así permanecía atento a su trabajo revisando los informes abiertos frente a él, con los últimos gastos y el inventario que se realizaba noche con noche de cada uno de los restaurantes, con la atención suficiente para detectar errores o para dejarlos de lado si la situación lo ameritaba.
Y efectivamente el teléfono no tardó en sonar pero a diferencia de lo que esperaba, ahora no se trataba de su celular sino del teléfono de su oficina, Eugene alzó la vista, sin sobresalto, aquello no era extraño en realidad, a esa hora, casi nada lo era, por lo que tomó el auricular con la misma calma con la que había hecho en los últimos años.
- Mayordomía.
- Señor Eugene, tenemos un problema- la voz tensa y atropellada de la recepcionista se escuchó al otro lado de la línea y la mujer parecía estar conteniendo el llanto con un aplomo tambaleante- hay una huésped muy alterada en el piso doce que exige verlo a usted o al gerente.
- Exactamente qué sucede- respondió con serenidad, dejando que cada palabra llegara con la precisión necesaria para poder resolver el conflicto.
- Llamó hace unos minutos... gritando.... insultando, llamándonos ineptos incompetentes- continuó ella, respirando rápido, tratando de mantener el ritmo sin quebrarse- dice que una de nuestras empleadas torpemente.... mojó.... mojó uno de sus vestidos con algún químico que usó para limpiar la habitación y la prenda.... quedó arruinada de forma irreversible, asegura que es carísima, de diseñador, y exige reembolso inmediato, una explicación completa y el despido de la empleada.....si no, amenaza con demandar al hotel....yo traté de calmarla de explicarle que averiguaríamos qué sucedió... pero.... pero dice que no quiere hablar con una tonta empleada, que esto debe resolverlo.... alguien más.....
- En qué habitación está?- preguntó calmado, permitiendole desahogarse.
- 1222- dijo la recepcionista, apretando la mandíbula, como si contuviera todo lo que podría derrumbarla.
- Es huésped frecuente?
- No, señor....es una ejecutiva de una empresa coreana de tecnología que esta en la ciudad por negocios, esta bastante alterada.....quiere respuestas....ya mencionó la palabra abogado mil veces.
- Mantenga la calma- pidió Eugene- no llame al gerente todavía, subiré personalmente a ver qué ocurrió y a atender la situación.
- Sí, señor- replicó ella, con la voz aún temblando, apresurada, como si temiera que cualquier pausa fuera demasiado larga- le estaré informando si vuelve a llamar o si hay algún cambio.
Eugene colgó, pero se mantuvo unos segundos en silencio, dejando que la información se asentara, y con la misma calma se levantó con movimientos medidos, tomó el jacket del uniforme y lo acomodó sobre los hombros con precisión, al igual que la corbata, e irguiéndose con elegancia y respeto avanzó hacia la puerta de su oficina, listo para enfrentar la situación que la llamada acababa de anunciar.
El hombre atravesó el vestíbulo del hotel con el rostro impasible, sabía que esas situaciones tan desagradables eran parte de su deber, aunque no siempre le eran tan tolerables como pretendía sobre todo cuando las personas solían humillar a su personal, pero las indicaciones eran muy claras: Darle la solución más satisfactoria al huésped.
Y esa era su intención, desafortunadamente en cuanto llegó al pasillo que conducía a la habitación 1222, los gritos provenientes del lugar se dejaron escuchar con suma claridad, llamando la atención de un par de huéspedes que se asomaron por sus respectivas puertas. Ante lo que Eugene solo pudo sonreír acelerando el paso para entender por qué la mujer seguía tan alterada.
Sin embargo, la sorpresa fue aún mayor cuando descubrió que la puerta de la habitación estaba abierta y adentro ya se encontraba la señora Bernard, acompañada de una asustada Ellie, quien mantenía la cabeza agachada mientras se frotaba las manos con insistencia, pero no podía ser para menos pues la huésped no dejaba de gritarle directamente, agitando la prenda con rabia frente a su cara.
- Buenos días- se anunció el mayordomo sorprendiendo a el ama de llaves, quien rápidamente volteó a verlo- me informaron que teníamos un problema.
- No tienes de que preocuparte, ya estoy tomando cartas en el asunto- intervino astutamente la señora Bernard, adelantándose hacia él para cortarle el paso, como si aquello pudiera evitar la intervención del mayordomo.
- Muchas gracias por ello..... pero nuestra apreciable huésped solicitó la presencia del mayordomo o gerente y por ellos debe ser atendida- el hombre esquivó a la empleada con la elegancia y calma que requería su papel, caminando hasta colocarse en medio de Ellie y la ofuscada mujer, haciéndola retroceder- soy Eugene, el mayordomo del hotel y de antemano me disculpo por este inconveniente, me podría indicar qué ha sucedido y cómo puedo ayudarle.
La amable sonrisa que le otorgó pareció calmar mínimamente el alterado comportamiento de la mujer, aunque eso no fue suficiente para satisfacerla del todo si para que dejara de gritar y cambiara su foco de atención de Ellie hacia el mayordomo, dejando a la señora Bernard con un gesto de disimulado desagrado.
- Vea....vea.....vea lo que esta estúpida empleada tonta le hizo a mi vestido!!- exclamó agitando la prenda frente a Eugene- esta vestido es irremplazable, bruta!!- continuó ladeando un poco la cabeza para alcanzar a ver a la joven.
- Señor Eugene, le juro que yo no......
- Permítame, señorita- el hombre la cortó pues de sobra sabía que cualquier explicación que ella pudiese dar solo alteraría más a la huésped.
- No fuiste tú, estupida?!.....no fuiste tú?!- gritó con sarcasmo, con los ojos abiertos de par en par y una vena palpitante visible en la frente- y quien más tarada?!, si tú fuiste la encargada de la limpieza de esta habitación.....no estarás pretendiendo que lo hice yo o sí?!- y ante la duda, intentó adelantarse pero Eugene seguía interponiéndose.
- Por supuesto que no, ella no esta insinuando semejante tontería!- aclaró la señora Bernard con un servilismo innecesario.
- Efectivamente, ella no esta diciendo eso, pero estará de acuerdo conmigo que debemos averiguar qué ha sucedido y quién es el responsable para darle una solución satisfactoria- increpó el hombre con una calma que resaltaba con la tensión del lugar.
- Lo único que quiero es que despidan a esta estúpida y que me pagué el vestido o la demandare a ella y a este maldito lugar!!!- y la exasperación que salió de labios de la irritada mujer dejó en claro que nada bastaría para apaciguar su rabia.
- Me permite la prenda madame?!- y aún así Eugene no perdía los estribos.
La huésped le arrojó el vestido con total desdén permitiéndole al mayordomo evaluarlo con más calma y, efectivamente, la gran mancha amarillenta que tenía en la falda era suficientemente significativa para que la prenda fuera desechada. El hombre ladeo su mirada levemente hacía Ellie que permanecía a sus espaldas, una señal clara de que la situación era más complicada de lo que se suponía.
- Me podría indicar donde estaba el vestido?- replicó con una sonrisa forzada por las circunstancias.
La mujer frunció la boca y contrajo el entrecejo, no estaba de ánimos de dar explicaciones y mucho menos para ser interrogada por un empleado, y con fastidio camino hasta la puerta abierta del baño, la que señaló con mucho énfasis.
- Estaba ahí.....estaba ahí.....lo trajeron de tintorería y ahí lo colgué....después salí y fue cuando esta tonta, inútil, buena para nada hizo la limpieza y cuando regresé de mi reunión ya no lo encontré..... tuve que perder mi valioso tiempo buscándolo porque la muy bruta lo escondió en el armario....jah.... cómo si eso cambiará en algo lo que hizo!!- y miró a Ellie de arriba a abajo con obvio desdén, mientras el rostro se le tornaba aún más rojo.
- Entiendo su molestia madame....y tiene todo el derecho de expresarla, pero es importante que lo hagamos con respeto, supongo que la señorita Bradshaw tiene una explicación que darnos- aseveró el mayordomo imponiendo limites sin molestarla más.
- Y qué puede decir una gata como esta?!, si ni siquiera puede hacer un trabajo tan básico como la limpieza sin hacer estupideces?!
Eugene apretó los labios y crispó los dedos alrededor del vestido que aun sostenía, después de toda una vida enfrentando clientes difíciles y groseros, todavía no se acostumbraba y sí le molestaba bastante la actitud de esas personas.
- Por supuesto que no tiene nada que decir!!- intervino la señora Bernard con un servilismo exasperante- es una falta total e imperdonable que merece ser castigada en medida.
- Estoy completamente de acuerdo!- pero una voz totalmente ajena y bastante profunda llamó la atención de todos los presentes hacía la puerta de entrada.
Declan estaba de pie en el umbral, el hombre no levantó la voz ni dió un paso al frente, y aun así su presencia se impuso con una facilidad inquietante; su gesto severo seguía ahí, firme, pero su postura era más suelta de lo habitual, casi cómoda, como si la tensión de la escena no le perteneciera.
Y el efecto de su presencia fue inmediato, Eugene sintió un gran alivio y le dedicó una sonrisa breve, casi agradecida; el ama de llaves agachó la cabeza como un perro demasiado asustado y entrenado para obedecer sin ser notado, mientras la huésped lo observó primero con desconcierto y luego con una atención expectante, como quien reconoce a alguien con poder.
Ellie, en cambio, sintió cómo el estómago se le cerraba, y no fue la sorpresa lo que la paralizó, sino una anticipación amarga, una certeza que le bajó por la espalda y le tensó los hombros; sus manos se quedaron rígidas a los costados, como si cualquier movimiento pudiera delatarla pues sabía que Declan no estaba ahí para respaldarla, no iba a escucharla, ni siquiera iba a preguntarle qué había pasado, después de todo era el dueño y uno que entendía la importancia de la frase: El cliente siempre tiene la razón.
- Efectivamente esta es una falla absoluta e imperdonable y le aseguró que tomaré cartas en el asunto- explicó el hombre adelantándose hacía donde el grupo estaba reunido, mirando el cabizbajo semblante de su esposa, quien hacia todo lo posible por no llorar, aunque las lágrimas ya se acumulaban en sus ojos.
- Y usted quien es?- cuestionó la huésped con cierto recelo; sin embargo, su tono de voz había cambiado volviéndose más suave y hasta amable.
- Lo lamento, debí presentarme como corresponde, soy Declan Ellsworth....presidente del hotel!- y aquella afirmación bastó para que todo el enojo y rabia de la mujer se apaciguara, sintiéndose importante porque su asunto sería atendido por el mismísimo CEO- y de antemano le ofrezco una disculpa por esta negligencia- expresó tomando el vestido de manos de Eugene para revisarlo- una falta gravísima, sin duda!- pero su voz, ahora, ocultaba un sarcasmo inocente pues si alguien sabía de ropa costosa, era él y debía ser honesto: el vestido llegaba a un diseño de medio lujo y no exclusivo como pretendía- pero descuide, le aseguró que para nosotros la satisfacción de nuestros clientes es lo más importante....así que espero acepte mis disculpas... y una merecida compensación por parte del hotel- Declan se giró ligeramente, mirando a la señora Bernard por encima del hombro- por favor, avise a recepción que preparen una tarjeta de regalo con....con....- y volvió a evaluar el costo del vestido- con....10,000 para poder ser usados en cualquiera de las boutiques del hotel!- concluyó y los ojos de la huésped se iluminaron, consciente de lo costoso y exclusivo que eran las tiendas del lugar.
- Por supuesto, señor- y de inmediato el ama de llaves se retiro hacia la puerta para cumplir con su misión .
- Espero sea suficiente para usted.
- Al menos me compensara como es debido- aseveró tratando de no parecer ansiosa y gustosa- ....pero aún así creo que deberían capacitar mejor a su personal y no tener gente que apenas y sabe usar la escoba... si me permite una sugerencia, creo que deberían despedirla por negligente.... y tonta!- y volvió a mirar a Ellie con desdén.
- Descuide, yo personalmente me encargare de resolver este inconveniente....Eugene!- le pidió con un ligero movimiento de cabeza.
- Por supuesto, señor- el mayordomo tomó a Ellie del hombro, guiándola hacia la salida, acto que imitó la señora Bernard, dejando a Declan solo para finiquitar este asunto como era debido.
Los implicados salieron al pasillo, deteniendose a un costado de la entrada a la habitación, pero era Ellie quien se replegó contra la pared, con la cabeza agachada y la manos temblorosas, mientras se mordía el labio para contener el llanto que amenazaba con desbordarse; consciente de que, probablemente, su despido era inminente y eso implicaba perder lo único valioso para ella, el seguro médico.
- Yo no fuí- susurro apenas en un hilo de voz.
- Jah, sabes lo que acabas de costarle al hotel?!- la reprendió la señora Bernard- al menos debiste disculparte!
- Eso se resolverá, pero aquí no es el momento ni el lugar- pidió Eugene mirando discretamente alrededor del pasillo, donde los tres permanecían de pie.
Declan no tardo en salir, cerrando la puerta de la habitación con la delicadeza que su papel imponia, mirando uno a uno a quienes lo esperaban, sin embargo fue con Ellie con quien se demoró un poco más, pese a que ella no le correspondió el gesto en ningún momento.
- Vamos a mi oficina.... ahora- ordenó y sin aguardar más, se enfiló hacia el elevador principal, consciente de que lo seguirían sin chistar, y efectivamente así ocurrió
El trayecto fue en total silencio, simplemente avanzaron sin intercambiar palabras, sin que nadie intentara alterar el orden ni el ritmo que ya se había impuesto desde que dejaron la habitación. Y al llegar al elevador, se detuvieron apenas el tiempo necesario, esperando a que el ascensor arribara, manteniendo esa quietud incómoda que nadie parecía dispuesto a romper.
Hasta que finalmente las puertas se abrieron, permitiendo que el grupo entrara sin prisa ni urgencia, como si el momento exigiera contención más que rapidez. Declan quedó al frente, por supuesto, a su lado la servicial ama de llaves, y detrás suyo Eugene acompañando a Ellie, quien no dejaba de frotarse las manos con ansiedad, incluso hubo un instante en que se adelantó ligeramente hacia su esposo, esperando que una simple palabra bastara para que él pudiera escucharla y, tal vez protegerla.
Pero en el último segundo se arrepintió, consciente de que aquel hombre había sido demasiado brutal con ella, intransigente en decisiones e insensible a sus problemas, como para pedirle clemencia. Así que se replegó contra la esquina del elevador, con la cabeza agachada y tragando saliva para no llorar, pero el espacio tan reducido la obligaba a escucharse demasiado, a sentir el pulso acelerado, la tensión en los hombros, el esfuerzo consciente por mantenerse quieta y no delatarse; sus manos se mantuvieron juntas, rígidas, y su respiración se volvió más superficial mientras contaba los segundos sin saber exactamente a qué le temía más, si a lo que vendría o a perder el control antes de llegar.
Y aunque en ningún momento levantó la vista, supo que estaba siendo observada; el reflejo tenue de las puertas del elevador le devolvieron la imagen de Declan, inmóvil al frente, con la atención puesta en ella de una forma discreta y calculada, como si aquel nerviosismo contenido le resultara más interesante de lo que la joven habría querido, sin embargo, no hizo nada para evitarlo pues simplemente no podía.
Finalmente, el elevador llegó a su destino, el sonido de la campanilla fue breve pero definitivo y las puertas no tardaron en abrirse frente a ellos, obligando al grupo a avanzar de inmediato, siguiendo el orden que se había impuesto desde el inicio, pero fue Ellie quien titubeó hasta el final. Un gesto sutil y prácticamente imperceptible, pero suficiente para llamar la atención de sus acompañantes.
Declan se volvió a mirarla con una expresión que rozaba en la diversión, la señora Bernard la observó con evidente reproche, y Eugene, a su lado, inclinó apenas el rostro hacia ella, invitándola a avanzar con un gesto suave, sin presión, sin juicio. La joven respiró hondo, pero en el fondo sabía que no podía quedarse ahí, y sin más remedio dio el último paso justo antes de que las puertas se cerraran tras ella, saliendo del elevador con los demás, consciente de que ya no había marcha atrás.
De nuevo todos avanzaron en silencio hacia la elegante oficina de Declan, sin embargo Ellie no dejaba de sentir que cada paso la acercaba a un final inevitable en el que estaba a punto de perderlo todo; y pese a que intentaba acompasarlos y mantener el ritmo de los demás, la tensión le hacía sentir el cuerpo un poco más rígido, volviendola lenta, y solo de vez en cuando levantaba la mirada lo suficiente para aferrarse a la tranquilidad que le brindaba el mayordomo, con esa sonrisa serena y la mirada amable. Era lo único que la ayudaba a continuar y no derrumbarse por la inminente anticipación.
E irremediablemente las puertas de la oficina se abrieron, acelerando el corazón de la joven, quien miró a su alrededor una última vez buscando una escapatoria que no existía, pero no podía más que seguir a sus acompañantes, ingresando con una solemnidad casi ceremonial.
Declan, en cambio, avanzó hasta el otro lado de la oficina con pasos tranquilos y medidos, sin mirar a los empleados, simplemente se quitó el saco con un gesto automático, colgandolo en el perchero de madera y, sin prisa alguna, tomó asiento en la elegante silla detrás de su escritorio.
Mientras Eugene, la señora Bernard y Ellie se detuvieron frente a él, alineados y con la seriedad que el lugar imponia. Sin embargo la joven, que quedó justo en medio de sus acompañantes, era la única que mantenía la cabeza agachada, los hombros ligeramente tensos y las manos entrelazadas frente a su cuerpo con tanta fuerza que los nudillos comenzaban a palidecer, incluso sentía un zumbido acelerado y constante en los oídos que apenas le permitía registrar el silencio que se extendía en la enorme oficina.
Declan los observó durante un par de segundos más de los necesarios, y aunque no había dureza en sus facciones, sí una atención afilada y calculadora, permitiendo que su mirada pasara de Eugene a la señora Bernard, y finalmente se detuvo en Ellie, quien no se atrevió a levantar la vista por miedo a lo pudiese encontrar.
- Qué fue exactamente lo que sucedió con la huésped de la habitación 1222?- preguntó al fin, con voz serena.
- No debe preocuparse por eso, señor- la señora Bernard no perdió tiempo y dio un paso al frente con eficiencia casi marcial- yo misma me encargaré de que la culpable reciba la sanción correspondiente, se lo aseguro- pero mientras hablaba, lanzó una mirada breve y cargada de reproche hacia Ellie, como si la respuesta ya estuviera escrita y no admitiera discusión.
- No pregunté si alguien será castigado- Declan le debatió con calma, sin elevar el tono y manteniendo su mirada fija en el ama de llaves- pregunté qué fue lo que pasó.
La señora Bernard se quedó inmóvil por una fracción de segundo, con la sonrisa tambaleante, ante lo que Ellie tragó saliva, y en cambio Eugene bajó la mirada, antes de dar un paso al frente intentando no agravar la situación.
- La huésped de la habitación 1222, se quejó esta mañana con recepción- comenzó a explicar el mayordomo con la voz muy firme- asegura que uno de sus vestidos fue arruinado torpemente por la encargada de la limpieza de la habitación.
- Y quién estaba asignada a esa habitación?- Declan ladeó ligeramente la cabeza, centrando su atención en el empleado pero sin perder de vista las reacciones de su esposa.
Eugene dudó un segundo, sus labios se abrieron dispuestos a responder y aunque deseaba creer que la joven estaría a salvo por su estatus, ante la disyuntiva que Declan enfrentaba nada era seguro.
- Ellie Bradshaw- respondió al final, con pesar.
- Yo no fui- la reacción de Ellie fue inmediata y apresurada, y finalmente se atrevió a alzar la mirada- yo no dañé ese vestido.
- Es preferible que asuma su responsabilidad, señorita- la señora Bernard chasqueó la lengua con desaprobación, replicando con frialdad- negarlo solo empeora la situación, ya suf....- en ese instante Declan alzó una mano, deteniendo el intercambio con un gesto tranquilo, casi indulgente, y su atención volvió hacia el ama de llaves, esta vez con una quietud que resultaba peligrosa.
- Cómo sabe usted que ella es la culpable?
- No hay nadie más que pudiera dañar esa prenda, más que el personal de limpieza, señor- debatió con respeto pero en un tono firme, alzando apenas el mentón, como si la respuesta fuera evidente.
Y aun así, Declan no reaccionó de inmediato, apoyó ambos antebrazos sobre el escritorio, entrelazando los dedos y la observó con detenimiento.
- Y cómo llegó a esa conclusión?- indagó con la misma serenidad- sin pruebas, sin averiguaciones, cómo lo hizo?
- Es lo más lógico, señor, no hay nadie más que tuviera acceso a la habitación… y al vestido- la mujer bajó la mirada, acomodando las manos frente a sí, pero respondió con una voz más medida.
- Y qué hay del personal de la tintorería?- el hombre ladeó ligeramente la cabeza, como si evaluara la lógica de esa afirmación- según lo que escuché, la huésped envió el vestido a la tintorería del hotel, acaso no pudo haberse dañado antes?, en otro momento?
- Fue la huésped quien me dio esa información- aseguró considerando cada palabra antes de decirla, mientras Ellie, a su lado, sentía como la tension la carcomía, aguardando solo el momento de escuchar el temible veredicto- y no es mi deber dudar de su palabra.
- No- respondió él sin elevar la voz ni endurecer el gesto, pero algo en su postura cambió, el hombre se reclinó apenas en la silla, sin apartar los ojos de ella- no, efectivamente no es su deber dudar de su palabra, pero sí es su deber averigüar quiénes son los responsables antes de señalar a alguien, antes de decidir culpar y prestar oídos a los desvaríos de una mujer ofuscada y molesta, que busca culpables sin importarle si realmente lo son.
El aire en la oficina pareció volverse más denso y nadie respondió, la señora Bernard permaneció con la cabeza ligeramente inclinada, Eugene observaba la escena con una atención silenciosa; mientras Ellie sentía el peso de cada palabra, sin saber aún si aquello la salvaba o la colocaba en un terreno todavía más incierto.
- Tampoco era su deber presentarse frente a la huésped- añadió sin prisa, ni necesidad de elevar la voz- mucho menos exponerla directamente a la molestia de esa mujer... sobre todo cuando esa persona es mi esposa- y la palabra cayó con un peso brutal.
Ellie reaccionó de inmediato como si algo se hubiera quebrado dentro de ella, alzó la cabeza sin pensarlo, con un movimiento brusco e instintivo, y por primera vez desde que había entrado en esa oficina lo miró de frente. Sus ojos se abrieron con una mezcla cruda de sorpresa y desconcierto, como si acabara de escuchar una afirmación imposible de procesar.
Pues la simple idea no encajaba, no con ese lugar, no con ese momento, no con todo lo que sabía de Declan, no era posible que él pudiera dar un paso al frente para defenderla, así que era preferible no adelantar vísperas. Y al igual que ella, el ama de llaves reaccionó casi de inmediato, enderezándose con rigidez, como si la palabra también la hubiese golpeado.
- Yo solo cumplí con mi trabajo, señor- se defendió, disimulando su creciente molestia- la huésped exigía una respuesta, alguien que diera la cara y creí que debía ofrecerle el rostro que ella necesitaba- la mujer inspiró con fuerza antes de continuar, como conteniéndose- no pensé que, por ser su esposa, la responsable debía recibir un trato preferente- Ellie sintió que algo se removía dentro de ella con esas palabras, trato preferente, la expresión le resultó casi ridícula y sin embargo no encontró fuerzas para reaccionar, seguía demasiado ocupada intentando comprender lo esencial- y creo que mi error fue no considerarlo después de los despidos y los ajustes que hemos hecho para protegerla- concluyó pero su tono ya no era solo defensivo, sino visiblemente ofuscado.
El desconcierto de Ellie se intensificó de forma palpable, e instintivamente giró la cabeza con brusquedad hacia el ama de llaves, con los ojos y la boca muy abiertos; sin darse cuenta, su ceño se frunció profundamente y su respiración se volvió más superficial no por enojo todavía, sino por pura incredulidad, y tuvo que tragar saliva para evitar que el nudo que se le había formado en la garganta se notara demasiado.
Las palabras se amontonaron en su mente sin orden ni sentido, como si alguien hubiera hablado en un idioma que conocía pero no entendía, y carecia de sentido.
Despidos. Ajustes.
Para protegerla, a ella?