Los gemidos llenaron la habitación. Audibles. Salvajes. Reales. Porque ambos lo sabíamos: Victoria nos escuchaba. Estaba en la habitación contigua. Un maldito vegetal. Gracias a mí. No podía hablar. No podía moverse. Solo oír. Solo sufrir. Sonreí contra el cuello de Irina mientras seguía embistiéndola más fuerte, más profundo. —Dimitri… no pares… —me rogó, con las mejillas rojas y los ojos brillando de deseo. No pensaba hacerlo. La tomé con todo mi peso, la boca devorando su pecho, mis dedos jugando con su clítoris mientras la embestía una y otra vez. Su cuerpo temblaba debajo del mío, a punto de romperse, de estallar. Y cuando llegó, cuando su orgasmo la atravesó como un trueno, se aferró a mí como si fuera su ancla en medio del abismo. Yo también me corrí, con un gruñido ronco y pose

