CAPÍTULO 14

866 Palabras
Sorac, el Repudiado. Algo bueno había ocurrido en el campamento. Sorac vio, desde su escondite debajo de un arbusto, cómo los Lobres que estaban dentro de su campo de visión, se sonreían unos a otros animadamente. Parecía que la vitalidad les había vuelto de momento. Lo que sea que les había dado tanta alegría, parecía haber aparecido por la derecha, justo por donde la tienda tapaba la visión de Sorac. Como obedeciendo a una orden o señal, los Lobres que estaban ante su vista, se levantaron y se dirigieron justo donde él no podía verlos. Sorac retrocedió arrastrándose por debajo del seto hasta salir de él, para reptar hacia otro más a su derecha, desde donde él pudiera tener mejor visión de lo que ocurría en el campamento. —¡Nuestras compañeras siguen dentro de tú tienda Nirud, llevan toda la tarde allí sin salir!— se quejó Aslan. Nirud vio como los demás asentían con las cabeza con énfasis ante las palabras de su compañero y lo miraban a él esperanzados, esperando que inmediatamente él las echara de allí para que pudieran volver a tenerlas junto a ellos. Seguramente todos, al igual que había pensado él, tenía puestas sus esperanza de poseerlas esta noche, o al menos lo intentarían con bastante ímpetu como lo llevaban haciendo los dos últimos días. Tuvo que respirar hondo para tranquilizarse de nuevo y soportar lo que se avecinaba. Sorac escuchó las palabras que el Lobre le había dicho a su Alfa, y por fin supo quienes estaban en la tienda de campaña que desprendía ese olor tan bueno, pero al mismo tiempo se sintió confundido. “Si eran Lomus las que estaban dentro, ¿por qué olían de esa manera tan inusual?” Por la apariencia de los Lobres, Sorac los había reconocido como pertenecientes a los Clanes del Este. Según contaban las historias de su Clan, ellos tenían antepasados comunes con los Lobres de esa zona, de ahí que su apariencia se asemejara a la de ellos, pero con el paso de los siglos y con la mezcla de los primeros Lobres que se marcharon del Este para crear nuevos Clanes con otros Lobres de otras parte del mundo, hicieron que los rasgos entre ellos se distanciaran y ya no fueran tan parecidos. Esto se debía a que en un principio, todo Lobre del planeta se asemejaban entre ellos. Después llegó la Diosa que mezcló su sangre con los del pueblo del Este, dándoles a las generaciones futura de esa zona, una apariencia diferente pero a la vez, los hizo más fuerte, se enfermaban menos y sus hijos nacían sanos, pero nunca escuchó que sus Lomus desprendieran un aroma tan único, especial e irresistible. Las últimas noticias que su Clan había sabido de los del Este era, que al igual que todos ellos, estos también llevaban años sufriendo de la escasez de Lomus adultas por la falta de nacimientos de bebés. Los pocos que llegaban a sobrevivir eran varones. “Si lo que había escuchado decir a los intercambiadores era cierto y los pueblos del Este también estaban careciendo de Lomus, ¿cómo es qué en ese grupo de Lobres todos parecían tener una compañera?” La voz grave del Alfa sacó a Sorac de sus pensamientos, que al igual que al resto de los otros Lobres, sus palabras lo dejaron sorprendido, aunque por distinto motivos. —A partir de esta noche y hasta la próxima luna llena, queda prohibido aparearse con ellas.— Soltó con aparente calma Nirud, mirando con seriedad a los jóvenes miembros de su Clan que lo miraron a su vez con confusión en sus rostros. —¿Por qué? Quiero decir, ¿por qué debemos esperar tantos días para poseerlas? Si son nuestras compañeras, ¿por qué no podemos tomarlas cuando queramos?— preguntó confuso Dulfo, pasando su mirada de su Alfa a su gemelo que estaba parado junto este y parecía querer que se lo tragara la tierra en esos momentos. —Porque hasta la próxima luna llena, ellas no serán nuestras compañeras.— Respondió Nirud. Todos miraron a su Alfa como si se hubiera vuelto loco en ese momento. Sorac no necesitó escuchar más de lo que decía el Alfa, había comprendido lo que ocurría. Despacio, fue retrocediendo hasta salir de debajo del seto que se estaba escondiendo. Reptando por el suelo del bosque, se fue alejando de las tiendas de campañas y de los Lobres que allí había, siempre asegurándose de ir en contra del viento para que este no llevara su olor a los otros. Al final no había podido ver a las Lomus, pero ahora que pronto tendría a una de ellas, le daba igual, dentro de poco podría hartarse de mirarla cuanto quisiera. Cuando se aseguró de estar a una distancia segura de no ser descubierto, Sorac se levantó y sacudió con fuerza sus ropajes de cuero, manchado de tierra y con algunas hojas enganchadas en él. Una sonrisa se asomó a su rostro. Esta vez no podrían acusarle de querer secuestrar a la compañera de otro, en esta ocasión la Lomu que iba a raptar aún no se había unido con ningún Lobre ante la Diosa.
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