CAPÍTULO 15

1783 Palabras
Debemos espiarles. —No logro enterarme de lo que están hablando, pero algo le ha dicho su jefe que los ha alterado a todos— susurró Esme con el seño fruncido, cerrando la cortina de entrada a la tienda por la que había sacado parcialmente la cabeza para espiar al grupo de hombres lobos que se habían reunidos en uno de los laterales del campamento. —¿Creéis que están hablando sobre nosotras?—preguntó Carolina preocupada. —Si no es de nosotras, tienen que estar hablando de algo que no quieren que nos enteremos. No se irían tan lejos de esta tienda si no fuera por uno de esos dos motivos— aseguró Olivia. —Tenemos que salir e ir a escondidas a averiguar de qué hablan— Ordenó Esme mirando al grupo que estaban reunidas delante de ella. —Si es sobre nosotras, debemos saber que se traen entre manos para que podamos defendernos. Ya hemos averiguado uno de sus sucios trucos que usan para engañarnos y hacer que lo veamos irresistibles, si están tramando algo nuevo, debemos saberlo. —Yo iré, haré lo mismo que ese patán que dice ser mi compañero, espiarlos.— afirmó Mar molesta con el que decía ser su media naranja, o como le gustaba a él llenarse, su compañero predestinado.—Saldré y me esconderé detrás de una de las tiendas más cerca de ellos y desde allí me enteraré de lo que dicen. —Pero si sales por ahí te verán al momento— le señaló Dana, apuntando con su dedo a la entrada de la tienda. —No, tiene que salir por ese lado.— Las cabeza de las siete restantes miembros del Clan de las Lobas siguieron la dirección del dedo con el que apuntaba Esme al interior de la tienda, exactamente a la pared contraria donde estaba la entrada. —Solo tenemos que levantar la tienda por debajo lo suficiente para que ella salga arrastrándose por el suelo, después entrará por el mismo lugar.— Mar se dirigió al lugar que decía Esme, se agachó con esfuerzo y comenzó a retirar la tierra acumulada sobre la tela de los bajos de la tienda que cumplían la función de mantener esta sujeta contra el suelo, pronto se le unió Carolina y entre ambas apartaron un metro de ancho de arena. —Creo que ya es suficiente, cabré bien por ese hueco —aseguró. Carolina la miró de arriba a bajo entre escéptica y divertida para después observar el pequeño hueco que habían logrado abrir. —Yo diría que por ahí solo cabe tú cabeza —le soltó sonriendo. —¿Me estás llamando gorda?—replicó Mar levantando la voz ultrajada. —¡¡Sssshhhhhii!!— sonó detrás de ellas con rapidez. Mar lanzó una mirada enfadada hacia el grupo por reprenderla. —¡¡Me ha insinuado que estoy gorda!!—les susurró molesta. —¡Por Dios Mar, todas estamos gordas! ¡No puedes sentirte ofendida porque otra gorda te llame así! —Contestó Lis poniendo los ojos en blanco ante un enfado tan tonto. —¡Si la que me lo dice pesa DOS kilos más que yo, si que me ofende!— le gruñó enfatizando en el número a la cara a Carolina, que aún la miraba sonriendo a su lado. —¡Chicas, parar, no es el momento de pelearse, si seguimos así nos van a oír y vendrán y se acabó todo!— Esme se acercó a las dos muchachas agachadas y miró el hueco que habían abierto con la intención de mediar entre ambas mujeres. Después miró a Carolina que la miró a su vez conteniendo la risa. No se atrevió a mirar a Mar por temor a que esta leyera su expresión. —Si piensas que ya es suficiente, adelante, sal ya.—Soltó dándose la vuelta sin mirarla, dirigiéndose a la entrada de la tienda para vigilar que no se acercara ninguno de aquellos seres. Y Mar lo intentó, sacó primero un brazo, después la cabeza y la mano del otro brazo, hasta que cubrió por completo el hueco quedándose atascada. Por pura cabezonería, siguió intentando salir sin atender a Carolina que le pedía que parara hasta que ella retirara más arena para abrirle el hueco. La tienda comenzó a moverse ante los esfuerzo de Mar por salir y Esme tuvo que acudir con rapidez junto a Carolina a advertirles. Irene y Dana se agacharon para ayudar a abrir con rapidez el hueco y entre las tres, lograron que Mar saliera por el agujero. Confusión Nirud se apartó de sus Lobres dejando a Gonsal encargado de contarle a todos el por qué las Lomus no eran aún sus compañeras, él por su parte no quería volver a escucharlo, aún se sentía enfadado con la Diosa por haber creado esa absurda ley. “¿Qué sentido tenía concederle su deseo de tener una compañera si le permitía por ley a esta rechazarlo? Y para empeorar las cosas para ellos, les había otorgado compañeras predestinadas. Eso quería decir que si ellas los rechazaba, ellos ya no podrían emparejarse con ninguna otra Lomus de por vida. Vivirían el resto de sus vida anhelándolas, queriéndolas hasta posiblemente enloquecer por el dolor y la necesidad de que fueran suyas. El que ellas aún no estuvieran dispuesta a aceptarlos, hasta ahora no le había importado, siempre pensó que con el tiempo ellas lo harían, pero ahora eso había cambiado, por primera vez en su vida, su corazón se encogía en su pecho de miedo ante el pensamiento de que ellas descubrieran la verdad y los abandonaran. “¡Eso no puede ocurrir, no deben enterarse!” Se gritó mentalmente delante de la entrada de la tienda. Antes de entrar, respiró profundamente para tranquilizarse. —¡Iré de nuevo a vigilar a la entrada!— susurró nerviosa Esme, apartándose de las demás reunidas junto al hueco por el que acababa de salir Mar. La entrada se abrió en ese momento y por ella entró el Alfa, que las miró a todas con el seño fruncido. El corazón de Esme empezó a golpear salvajemente su pecho, y se sintió débil y pequeña cuando la mirada de él se centro en ella. —¿Por qué estás de pie y no acostada? ¡Me dijiste que no te levantaría si las dejaba entrar! —le gruñó enfadado acercándose a ella amenazante. —Estoy bien, no me he mareado —logró explicarle con la voz entrecortada retrocediendo. Había creído que con lo que había pasado entre ellos en el camastro y los momentos compartido después, el miedo que él le inspiraba se había ido, pero verlo allí de nuevo, delante suya y tan enfadado con ella, había hecho que su seguridad se esfumara y su miedo volviera. En dos zancadas y ante el asombro de todas las demás mujeres, Nirud atrapó entre sus brazos a Esme e impidió que se apartara más de él. —¿Aún me tienes miedo?— le susurró acercando su rostro al de ella. Esme lo miró a los ojos asombrada. Le había parecido haber notado un tono desesperado en su voz. —¿Qué tengo que hacer para que dejes de hacerlo?— “¿Había ruego en el tono de su voz?” pensó Esme atrapada entre sus brazos, ahora también sorprendida sin saber que decir. Por increíble que pareciera, sus sentidos fueron muy consiente de la dureza del cuerpo de él pegado al suyo y de sus brazos alrededor de su cuerpo, haciéndola sentir pequeña y segura entre ellos. Él le sacaba más de una cabeza de alto, a pesar de que ella medía un metro setenta y cinco de altura y aunque él no era gordo, su pecho era tan ancho como para caber ella y que por ambos lados de su cuerpo sobresaliera aún el torso de él. —Dame tiempo para que te conozca —susurró Esme, mirándolo a los ojos, ya sin rastro de temor. Él la observó intensamente, para asentir con la cabeza segundos después y apartarla de su cuerpo. Esme se sintió abandonada cuando los brazos de él la apartaron y la dejaron a más de un metro de distancia de él. —A partir de ahora, esta tienda será de vosotras, dormiréis todas aquí hasta que lleguemos a nuestro nuevo hogar —les explicó Nirud a todas ellas, mirándolas. Las Lomus comenzaron a inquietarse bajo su mirada, algunas apartaron sus ojos para mirar al suelo cuando él las miró, otras se movían inquietas ante su escrudiño. “¿Qué ocurría allí?” Los olores dulce en la tienda estaban cambiando y se estaban convirtiendo en otros más agrios, aquellos que se desprendían cuando se estaba asustado. Nirud las miró a todas ellas con más atención, ninguna mostraba signo de temor hacia él, incluso su pareja había dejado de temerle en esos momentos. “Aquí pasa algo y no logro ver que es. No tendrían que desprender este olor ante una noticia como la que les a cabo de dar, tendrían que estar feliz por conseguir lo que querían, estar todas juntas en una tienda.” Nirud apartó su mirada de ellas y comenzó a mirar la tienda inquieto, algo no iba bien. Todas las Lomus, incluido su compañera, se alarmaron y se juntaron en el fondo de la tienda sin apartar sus miradas de él. No veía nada alarmante, incluso el olor que había en la tienda por debajo del aroma más agrio que desprendían las Lomus era normal, pero su instinto le estaba avisando que algo pasaba con ellas. La cortina de la tienda se abrió y por ella se asomó Kai, cargado de mantas de cueros. —Le traigo a Dana su camastro— Informó apesadumbrado. —¡Déjalas ahí Kai, junto a la puerta —Respondió esta a la ligera. Kai obedeció con lentitud ante la mirada de todos los de la tienda, acomodando las mantas en el rincón y lanzándole miradas de desconsuelo a la que hasta hace poco había creído que era suya para siempre. Cuando por fin se marchó, Aslam entró cargando las mantas de Paloma. —¡Ponlas junto a las otras!— se apresuró a decirle esta. Aslam se comportó exactamente igual que Kai por lo que la vergüenza inundó a Nirud al ver a sus Lobres actuar tan patéticamente. Decidió marcharse para evitar seguir viéndolos, olvidando que las Lomus tramaban algo. Fuera, en la entrada de la tienda, haciendo fila y cargando las mantas de sus compañeras, se encontraba los demás Lobres. Han estaba el último de la fila, detrás de Gonsal. Ambos apartaron sus miradas avergonzados de Nirud.
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