Alma estaba un poco más dolorida que de costumbre. No podían seguir aumentando la dosis, sería peligroso para el bebé. Habían pasado tantos meses, que no podía recordar el día exacto en que todo comenzó. La luz era tenue, se podía escuchar apenas el bullicio del hospital. El chirriar de las sillas de ruedas, el murmullo de las enfermeras hablando entre ellas y el paso de personas. Tenía un poco de frío, se cubrió los brazos con una frazada, y gradualmente el sueño la venció. —Alma —escucho una voz, y abrió los ojos. Esteban se encontraba a su lado. —Esteban —murmuró. —¿Estás bien? —preguntó. —Lo estoy, ¿y Agustín? —preguntó curiosa. —Increíblemente me dijo que te cuide. Fue a buscar algo a la casa. —Eso es un buen progreso entre ustedes —comentó extrañada. —Supongo, solo quier

