Capítulo 18

1292 Palabras
Después del trago amargo, el inicial, los días transcurrieron con una lentitud que jamás sospeché como posible. El martes me desperté y a causa de los dolores ni si quiera me moví. El miércoles entre al baño para asearme y regresé a la cama. El jueves, viernes y sábado, mi único consuelo era el de acercarme a la ventana que temíamos en la cocina y daba al exterior pero ni así pude consolarme. Y ni siquiera piense que esto fue lo peor. Le cuento, con mucho dolor también, que para el domingo cuando esperaba recobrar fuerzas y reavivar mis emociones, una llamada imprevista me despertó con una de las peores noticias de mi vida. - No muy bien Valeria, he tenido una semana demasiado mala. Pero cuénteme usted qué tal le va.- Le respondí a mi amiga después de escucharla con toda tranquilidad preguntándome cómo estaba. - Dani, nena, discúlpeme que deba ser yo quien le dé a saber la noticia, no sé ni siquiera como empezarlo pero... - Ay amiga, de una por favor porque esto mas bien ya me está poniendo de nervios.- La interrumpí. - Murió el Rector. Esa frase se quedó grabada en mi mente como ninguna otra desde hace mucho tiempo y no recuerdo otro detalle que hubiera provocado un dolor igual en muchísimo tiempo, porque incluso la pérdida de mi bebé estaba en otro nivel, no se podía comparar por supuesto. A mi queridísimo Rector lo conocí cuando tenía apenas catorce años. Él, quien era una figura de máxima autoridad en uno de los colegios en donde estudié, supo hacerme ver más allá de lo que mi visión adolescente me permitía. Si bien es cierto que el inicio de nuestra relación fue la peor, pues me encontraba harta de todo cuanto me rodeaba y luchaba por aparentar ser una chica ruda y bastante grosera, al paso del tiempo entendí que su preocupación iba más lejos de mantener equilibrio y seguridad en el colegio. Cuando se supo, por ejemplo, la verdad sobre mi cruel maestro que terminó rompiéndome el corazón, después de atender a la esposa de este me mandó llamar para ponerme al tanto de todo. De modo que no podíamos hacer público lo nuestro, como acordamos, el poco tiempo que llevó la conversación se fue en un discurso sobre mi realidad. Fue duro al decirme que lo que yo buscaba era una figura paterna y no un novio, que él no me querría para algo diferente a un tiempo corto pues su mujer estaba lejos y que yo terminaría destrozada. Ojalá le hubiera puesto atención a ese ángel y ciertamente años después lo comentamos, para saber que al final de cuentas todo tiene su tiempo, forma y objetivo. De nuestros últimos encuentros recuerdo cuando le hice saber que dejaba el convento y el trabajo que tuvo a bien de conseguirme. Ese día creí que me iba a regañar o al menos dejar de hablarme porque cómo era posible que después de su esfuerzo le dejara tirado lo conseguido y sucedió todo lo contrario. En una cafetería que él solía acostumbrar, se reía a carcajadas de cuanto le contaba y sobre todo de mis abruptas expresiones por lo que me ocurría. Definitivamente voy a extrañar con todo mi corazón a ese hombre que en verdad era un caballero y sin temor a equivocarme diré que es el único en ofrecerme ayuda sin intentar colarse entre mis piernas. La vida sigue, sin embargo. … Por si fuera poco, a la tercera semana del desagradable momento que viví con la pérdida de mi embarazo recibí otra llamada, esta vez de mi madre, quien estaba realmente molesta porque había escuchado algunas cosas mías. Sin que me diera tiempo de explicarle por qué me sentía tan mal, atacó de inmediato la forma en que le hablaba y la manera, según ella, tan desinteresada de participar en esa conversación. Por un lapso de quince minutos la escuché al otro lado del teléfono gritando una serie de barbaridades que me dañaron el espíritu y por consiguiente me hundí en la depresión, una vez más, apenas saliendo de otra. - Pero mamá, usted está muy equivocada y déjeme le digo que se va a arrepentir de no escucharme, no sabe lo que estoy pasando.- Le dije con calma intentando lograr algo de compasión. - La que se va a arrepentir mejor dicho es usted, pendeja, porque decidió dejar a su familia para irse a otro país con un hombre que ni siquiera conoce y mas bien todo lo que le está pasando es por culpa de eso así que deje de meternos en problemas y evite hacer que todo el mundo esté hablando pestes de nosotros.- Colgó. Me quedé con el teléfono en la mano derecha durante algunos minutos sin dejar de ver hacia la pared, la misma en la que me perdía siempre que tenía problemas internos y desde la que sobresalía una mancha de moho que parecía crecer rápido. Me sequé las lágrimas apenas entró Alma a la recámara y le dije que necesitábamos darle una pasada de pintura a la pared pero ella ni siquiera escuchó lo que le dije. - Amor, ¿está bien?- Pregunté dejando a un lado mi tristeza al notar que algo le pesaba. - No. No estoy bien. Sabes, me estoy cansando.- Me respondió con ese tono muy mexicano que deja en evidencia la molestia y el desencanto. - Pero ¿qué pasa? Cuénteme. Me preocupa.- Rogué para darle fin a lo que podría comenzar como una discusión. - Mejor no perdamos tiempo. Ya te recuperaste y te veo mejor. Me gustaría que te fueras de la casa. Eso terminó por herirme. No habría esperado a que Alma me pidiera eso y mejor dicho, jamás hubiera creído que me echaría de su casa. Sin embargo, como siempre he sido orgullosa y autosuficiente, no iba a demostrarle que en ese momento de mi vida necesitaba el abrigo y cobijo de alguien más, por lo que aún con los dolores emocionales de tantas pérdidas me levanté de la cama para preparar mis cosas y mientras lo hacía le mandé un mensaje a Marcos para pedirle que me ayudara. Necesito salir de aquí, me estoy volviendo loca. Ayúdeme por favor. El mensaje estaba cargado con un tono de ruego al que no me imaginé llegar, al menos con ese hombre, pero estaba segura de que me ayudaría y así fue. Te mando dinero para que vengas a verme el fin de semana. Su mensaje me dio un respiro. A las siete de la noche salí de aquella casa que me recibió muy bien durante una breve temporada deseándoles lo mejor aún y a pesar de la forma en que Alma decidió terminar todo, pero antes de cruzar la puerta le pregunté por última vez qué había pasado y mejor no lo hubiera hecho. - Por favor, dígame qué pasó. No pretendo que estemos juntos de nuevo porque sé que ya no lo quiere pero al menos merezco una razón, ¿cierto? - Sabes, Daniela, cuando te conocí y avisé a todo el mundo que vendrías a verme, me dijeron que tuviera cuidado, incluso buscaron quitarme la idea de la cabeza y cuando pasó el tiempo fue peor. Nosotros te dimos techo, comida y hasta acepté que tendrías un hijo de quién sabe quién pero... Pero hay cosas que no toleramos y es que nos roben. - ¿Cómo? ¿Me está acusando de ladrona?- Pregunté verdaderamente sorprendida por lo que me decía y antes de decir algo, me interrumpió. - No te hagas, Daniela. Eres una ladrona, una puta y una malagradecida. Lárgate de aquí porque mi mamá ya quiere llamar a la policía. Así fue la despedida.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR