XXVII NO había oscurecido aún y ya las primeras oleadas de gente acudían a los jardines del César. Las multitudes, vestidas con trajes de fiesta, coronadas de flores, alegres, algunos ya ebrios, llegaban cantando, para ver el nuevo y magnífico espectáculo que se les preparaba. En la Vía Tecta, el puente Emilio, la ribera opuesta del Tíber, la Vía Triunfal, los alrededores del circo de Nerón y, más lejos aún, en las inmediaciones del monte Vaticano, se oían, los gritos de: Semaxii! Sarmentitii! En Roma se había presenciado antes el espectáculo de hombres quemados en postes, pero jamás se había visto un número tan considerable de víctimas. El César y Tigelino, en su deseo de terminar de una vez con los cristianos, y también a fin de evitar el contagio que desde las prisiones empezaba a p

