XXVI POR espacio de tres días, mejor dicho, de tres noches, nada turbó su paz. Una vez terminada la faena diaria de la cárcel, que consistía en separar los muertos de los vivos y a los gravemente enfermos de los que lo estaban menos, y una vez que los fatigados guardianes se iban a dormir a los corredores, el joven tribuno entraba en el sótano de Ligia y permanecía con ella hasta que las luces del alba asomaban por entre las rejas. La joven apoyaba su cabeza en el pecho de Vinicio y ambos hablaban en voz baja del amor y de la muerte. Involuntariamente, sus pensamientos, palabras, deseos y esperanzas iban, insensiblemente, desprendiéndose cada vez más de la existencia, y perdían hasta la noción de ella. Eran ahora como dos navegantes que, habiendo abandonado las playas de su patria en un

