XXV DURANTE algunos días estuvo el joven tribuno pasando las noches fuera de su casa. Petronio pensó que tal vez hubiera ideado un nuevo plan y estuviese consagrando sus esfuerzos para libertar a Ligia de la cárcel del Esquilino; pero no le preguntaba nada por temor a traerle mala suerte. Porque este escéptico, tan exquisito, había llegado en cierto modo a convertirse en un supersticioso. Desde el momento en que no había conseguido sacar a Ligia de la prisión Mamertina había perdido la fe en su buena estrella. Por otra parte, no contaba tampoco, esta vez, con el buen éxito de las tentativas de Vinicio. La prisión Esquilina, improvisada apresuradamente en los sótanos de las casas que habían sido derribadas para cortar el fuego, no era, en verdad, tan terrible como el viejo Tullianum cer

