Y aquí y allá se escucharon gritos de: —¡Arréstenlo! —¡Aguanta! En otros puntos clamaban: —¡Ay de nosotros! Y entre la multitud empezó también una tempestad de silbidos y de gritos. Ya las turbas repetían: —¡ Ahenobarbus! ¡Matricida! ¡Incendiario! El desorden crecía por momentos. Las bacantes daban agudos alaridos y se ocultaban en los carros. De pronto, algunos de los postes, que ya se habían quemado por completo, empezaron al mismo tiempo a caer y a esparcir chispas alrededor, aumentando así la confusión. Una ciega y espesa ola de gente arrastró a Quilón y le llevó hasta el fondo del jardín. Los postes continuaban consumiéndose en todas partes, y al caer de través en las calles del jardín las llenaban de humo, chispas, olor a madera y a carne quemada. Se extinguieron las luces m

