XXVI A la mañana siguiente despertó débil, pero con la cabeza fresca y sin fiebre. Le parecía que el susurro de una conversación en voz baja le había despertado; pero cuando abrió los ojos, Ligia ya no se hallaba junto a él. Urso, inclinado sobre la chimenea, removía la lumbre apartando la ceniza y juntando los carbones encendidos que debajo de ella había. Hecha esta operación empezó a soplar, y al sentirlo no se hubiera creído que para ello se servía de la boca, sino de los fuelles de una herrería. Vinicio, al recordar cómo aquel hombre había destrozado a Crotón el día anterior, se puso a examinar con atención, propia de un aficionado a las luchas de circo, sus gigantescas espaldas, semejantes a las de un cíclope, y sus miembros, fuertes y sólidos como columnas. «¡Gracias a Mercurio no

