VII VINICIO tuvo apenas el tiempo necesario para ordenar a unos cuantos de sus esclavos que le siguieran; luego, saltando sobre un caballo se lanzó a gran velocidad en medio de aquella avanzada noche, por entre las desiertas calles de Ancio con dirección a Laurento. La tremenda noticia había producido en su ánimo una especie de frenesí rayano en la locura. Por momentos ni siquiera se daba cuenta de lo que en su ánimo estaba pasando; sentía simplemente que el infortunio se hallaba junto a él, sobre aquel caballo, sentado a la grupa, y gritando a su oído: «Roma está ardiendo», y que al mismo tiempo les azotaba a él y a su caballo, empujándolos hacia el lugar del incendio. Inclinada su desnuda cabeza sobre el cuello del animal, cabalgaba a la ventura, solo, vestido simplemente con su túnic

