—¿Qué opinas tú? ¡Habla! ¡Aconséjame! ¡Sólo en ti confío, porque tienes más juicio que todos los que me rodean, y me amas! Petronio estuvo a punto de decirle: «Hazme prefecto de los pretorianos y entregaré al pueblo a Tigelino y pacificaré en un día la ciudad». Pero prevaleció en él su natural pereza. Ser prefecto significaba llevar sobre sus hombros la persona del César y, además, un sinnúmero de negocios públicos. ¿Por qué había de echarse encima esa labor? ¿No era preferible consagrarse a leer poesías en su espléndida biblioteca, admirar vasos y estatuas o estrechar contra su pecho el divino cuerpo de Eunice, acariciar sus dorados cabellos y posar sus labios sobre los labios coralinos de ella? De ahí que se limitase a contestar: —Te aconsejo que partas hacia Acaya. —¡Ah! —contestó

