XV PETRONIO volvió a su casa. Nerón y Tigelino pasaron al atrium de Popea, en donde los esperaban las personas con quienes el prefecto había hablado ya. Éstos eran dos rabinos del Transtíber, mitrados y revestidos con trajes largos y solemnes, su ayudante, un joven copista, y, además, Quilón. A la vista del César los sacerdotes palidecieron de emoción y, levantando exageradamente los brazos, le hicieron una profundísima reverencia, mientras que uno de ellos, dirigiéndose a Nerón, pronunciaba estas palabras: —¡Salud a ti, oh soberano de la tierra, protector del pueblo escogido y César; león entre los hombres, cuyo reino es como la luz del sol, como el cedro del Líbano, como una fuente, como una palma, como el bálsamo de Jericó! —¿No me llamáis dios? —preguntó Nerón. Los sacerdotes se p

