—Prométele todo el oro que pueda contener su bonete —dijo Petronio—. Pero ¿podrás tú encontrar auxiliares seguros? —Puedo encontrar hombres capaces de vender por dinero a sus propias mujeres y a sus hijos. —¿Dónde los encontrarás? —En la prisión misma, o en la ciudad. Una vez sobornados los guardianes, dejarán entrar en la cárcel a quienes yo quiera. —En tal caso llévame como si fuera un sirviente —replicó Vinicio. Pero Petronio se opuso a esto con todas sus fuerzas. —Los pretorianos podrían conocerte, a pesar de tu disfraz —dijo—, y entonces todo estaría perdido. No debes ir ni a la cárcel ni a las fosas pútridas. Es necesario que todos, incluso el César y Tigelino, queden convencidos de que ella ha muerto. Sólo podemos alejar toda sospecha del modo siguiente: aun después que haya s

