XXIII TRES días de lluvia —fenómeno extraordinario en Roma durante el verano— y de granizadas, que cayeron contrariando el orden natural, no solamente de día, sino también de noche, interrumpieron los espectáculos. El pueblo empezaba a alarmarse. Se abrigaban ya serios temores por la próxima vendimia, expuesta a perderse, según las predicciones, y cuando una tarde un rayo fundió la estatua de bronce de Ceres en el Capitolio se ordenó la ofrenda de sacrificios en el templo de Júpiter Salvator. Los sacerdotes de Ceres corrieron la voz de que la cólera de los dioses se había vuelto sobre la ciudad a causa de la demasiada lentitud empleada en el castigo de los cristianos; de ahí que las multitudes empezaran a insistir en que continuaran los espectáculos, a pesar del mal tiempo. Así que la a

