••• EMMA •••
Ver a Dante en ese estado de evidente desazón, causó un cierto dolor en mi pecho, haciendo que mi corazón sufriera como si hubiera sido estrujado.
Llevo un mes trabajando para él y en este periodo de tiempo, entre nosotros emergió una gran amistad. Nadie forzó nada, simplemente fue surgiendo, siguiendo un curso absurdamente natural.
Aunque... las sensaciones que siento cada vez que hay un roce entre nosotros son... perturbadoras. Y a medida que voy conociéndolo, cuanto más tiempo paso a su lado, dichas sensaciones se intensifican. Trato de evitar tocarlo a como dé lugar, me niego a acercarme demasiado, puesto que mi cuerpo reacciona casi por automático cuando su piel toca la mía.
Corrientes eléctricas que se inician en mi columna vertebral, explotan y se expanden por todo mi cuerpo, estremeciéndome en el acto. Una revolución de mariposas se agita en mi interior cada vez que me pierdo en su mirada.
Sus ojos verdes, casi salvajes, son mi perdición y tengo que recurrir a todo mi autocontrol para no caer ante la tentación de devorar sus labios. Su piel bronceada me insta a acariciarlo, como si me gritara por una caricia, por más leve que sea.
Definitivamente, no sé qué carajos me pasa con mi jefe.
Hay veces en las que me cuesta razonar con coherencia, pues su mirada penetrante y cálida me desestabiliza la mayor parte del tiempo. Pero no. Me niego a sentir cualquier tipo de sentimiento hacia él.
Ya he sufrido lo suficiente por amor y no pretendo volver a caer bajo la trampa de aquella cosita alada armada con flechas, al que popularmente llaman "cupido". Me niego rotundamente a enamorarme de Dante. Definitivamente, no puedo amar a mi jefe.
A pesar de mi reticencia ante lo que estoy empezando a sentir por él, a pesar de repetirmelo hasta el cansancio que debo mantener distancia, simplemente no puedo hacer vista gorda ante lo que acaba de suceder.
Dante encontró a su querida novia en la cama con otro hombre.
¡Mierda!
¿Acaso esa chica tiene gusanos en su cabeza en vez de cerebro? ¿Cómo es que pudo engañar a un hombre tan perfecto como Dante? Es que... Definitivamente debe tener algún tipo de enfermedad psicológica. No me cabe en la cabeza, no logro comprender ni un poquito siquiera el porqué Rose Prats traicionó a Dante.
Cuando lo vi llegar más temprano de lo esperado, me pareció bastante extraño. Creí que estaría celebrando su compromiso con la rubia y que, prácticamente, no volvería a la oficina por todo lo que quedaba del día.
La mirada de Dante poseía un extraño brillo al observarme desde la puerta. Supuse que algo había salido mal, por lo que me dije que quizá Rose se había negado a casarse con él. Y cuando se acercó a mí a pasos lentos, como arrastrando los pies, supe que era algo más allá de lo comprensible. No dudé en abrazarlo. Sabía que era exactamente lo que necesitaba.
Y ahora estoy aquí, en su lujoso Penthouse a unos pocos kilómetros de la empresa, aguardando pacientemente a que Dante termine de prepararse. Propuse salir a bailar a un sitio latino y para mi gran alegría, Dante no se opuso. Es más, hasta pasó la tarde bastante animado y ansioso.
─ Estoy listo. ─ Una voz grave y ronca me hace levantar la vista, interrumpiendo mis pensamientos.
─ ¿Qué rayos es eso que estás vistiendo? ─ Cuestiono, frunciendo el entrecejo profundamente.
Dante está vistiendo un traje de tres piezas, que aunque parece bastante casual sin la corbata... ¡SIGUE SIENDO UN MALDITO TRAJE!
─ ¿Qué? ¿Tan mal estoy? ─ Pregunta con una voz inocente, observándose a sí mismo.
No, Dante. En definitiva, a ti nada te sienta mal en lo que respecta al atuendo. Sin embargo... para un bar latino no es nada apropiado.
─ Ni pienses que te dejaré ir vestido así. ─ Camino en dirección a la puerta por donde salió recientemente. ─ ¿Es por aquí tu habitación?
─ Si...
─ Bien. Sígueme. Me haré cargo de vestirte adecuadamente para esta noche. ─ Lo miro de manera diabólica, haciendo que me observe de manera casi miedosa.
Al entrar a su habitación, jadeo por la sorpresa. El piso es de madera pulida, muy bien cuidada. Hay un ventanal de cristal que ocupa el espacio de una pared entera, desde el techo hasta el suelo, con una vista increíble del Central Park. Las paredes son blancas, inmaculadas. Mientras que la cama, (king size, dicho sea de paso) está ubicada del lado opuesto al ventanal de cristal, variando del color de las paredes, siendo en un tono más grisáceo. Del lado derecho, camino al ventanal, unas puertas corredizas que imagino han de llevar al closet y del lado opuesto, debe ser el baño. La habitación en sí es sobria, típica de un gusto masculino.
─ ¿Algún problema? ─ La voz gruesa de Dante me sobresalta. Siento su cálida respiración acariciarme la nuca y mi cuerpo tiembla contra mi voluntad.
─ Es... ─ Carraspeo, apartandome rápidamente. ─ ¿Es tu closet? ─ Apunto hacia las puertas corredizas, caminando hacia la misma.
─ Así es.
Sin pedir permiso, abro las puertas y me pierdo dentro del inmenso closet. ¡Caramba! Es tan amplia que mi habitación parece minúscula en comparación.
─ De acuerdo, ¡manos a la obra! ─ Murmuro conmigo misma, comenzando a buscar algo más apropiado para el bar que pretendo llevar a mi jefe.
Al cabo de unos cinco minutos revolviendo este inmenso espacio, por fin encuentro lo que buscaba.
Una camisa polo blanca con cuello y unos tres botones. Me parece perfecta, aunque me pregunto si no será muy pequeña para Dante. Él es... ¿Cómo decirlo? Cargado de músculos definidos que le darían agua en la boca a cualquiera que lo viese con el torso descubierto...
¡Concentrate, Emma!
Sacudo la cabeza, espantando cualquier imagen indecente que mi mente es capaz de crear. Encuentro unos pantalones jeans negros rasgados levemente en las rodillas y un par de tenis del mismo color.
Sonriendo satisfecha, salgo del closet con el atuendo perfecto.
─ Esto es lo que te pondrás. ─ Le digo a Dante, mientras extiendo la camisa y el pantalón sobre la cama y luego de depositar los tenis sobre el piso perfectamente encerado, doy media vuelta y me quedo paralizada.
Dante acaba de quitarse la camisa que llevaba puesta, dejando a la vista sus esculpidos músculos. La piel bronceada brilla. Sus bíceps son enormes y perfectamente marcados... tal como los había imaginado. Mis ojos recorren cada centímetro de su pectoral bien definido, hasta llegar a su abdomen con exactos seis cuadritos que dan ganas de pasarle la lengua encima. Y mis atrevidos ojos no se detienen, delineando deliberadamente aquel V que apunta exactamente hacia su...
─ ¿Admirando la vista? ─ La voz de Dante suena más ronca de lo normal, interrumpiendo (gracias a Dios) la lascivia cruda que brilla en mis pupilas a causa de su cuerpo escultural.
Miro a Dante, creyendo que me estaría viendo con burla. Pero el destello de algo profundo en sus ojos me desestabiliza, haciéndome respirar de manera entrecortada. Dante Montenegro, mi jefe y gran amigo, está con las pupilas dilatadas y un brillo excitante en ellos. Muerde su labio inferior de un modo que enciende la sangre que corre por mis venas, erizando todo mi cuerpo en un abrir y cerrar de ojos, como si me hiciera una invitación silenciosa.
¡Detente ya, Emma!
Sacudo la cabeza y carraspeo, incómoda. Siento mis mejillas arder y estoy segura que deben estar tan rojas como un tomate maduro.
─ Lo siento. Dejaré que te cambies a gusto.
Y sin mediar más palabras, salgo prácticamente corriendo de la habitación.
Un minuto más allí y habría perdido los estribos.
Inspiro profundamente, soltando el aire con lentitud y tratando de recomponerme. De repente, siento demasiado calor. Una ducha... una ducha helada va calmar mis enloquecidas hormonas.
••• DANTE •••
Jamás creí que la mirada cargada de lujuria de una mujer pudiese encender un fuego en mi interior. Y la mirada que Emma acaba de regalarme estaba cargada de deseo, de una lascivia cruda y voraz, que si no fuera por su azoramiento que clamó a su fiel autocontrol, ya estaría desnuda en mis brazos.
¿Qué es lo que me pasa con esta chica? Acabo de descubrir a mi novia... ex novia en brazos de otro hombre. Debería estar enojado, triste, por lo menos y no estar deseando locamente a mi hermosa asistente.
Sacudo la cabeza de un lado a otro, tratando de ordenar mis pensamientos. Me cambio rápidamente y salgo al encuentro de Emma. La encuentro bebiendo agua con bastante hielo de manera casi solemne, apresuradamente como si estuviera muriéndose de sed.
─ Creo que ahora sí, podemos irnos. ─ Hablo a sus espaldas, a escasos pasos de distancia.
Emma casi se ahoga con el agua que bebía con vehemencia y empieza a toser de manera descontrolada. Me acerco rápidamente y comienzo a darle golpecitos en la espalda para que recupere el aliento, hasta que por fin vuelve a su estado normal.
─ ¿Estás bien?
─ ¡Deja de llegar por detrás de las personas! ─ Exclama. ─ ¡Casi me da un infarto!
─ Discúlpame. ─ Digo simplemente, conteniendo las ganas de reírme. ─ ¿Nos vamos? Aún tenemos que parar en tu casa para que te cambies.
Ella pasea por todo mi cuerpo sus hermosos ojos verdes que, misteriosamente, están algo azulados, causandome escalofríos con su escrutinio.
─ Mucho mejor. ─ Dice con una sonrisa encantadora.
Salimos del Penthouse como a las 20hs aproximadamente, teniendo como próximo destino, la casa de Emma.
Le pedí que introdujera su dirección en el gps de mi adorado BMW Z4 y es sólo cuando adentramos Queens que percibo el barrio Astoria. Este es uno de los lugares que evito transitar, no es muy seguro y aunque la alta tasa de crímenes haya disminuido considerablemente, aún siento un poco de aprehensión respecto a este barrio.
Ahora que lo pienso, no es del todo sorprendente que Emma esté instalada en esta zona. Recuerdo el primer día, cuando la entrevisté, me había dicho que su madre era descendiente de auténticos brasileños. Y hasta donde sé, Astoria era (no sé si seguirá siendo en la actualidad) un lugar que albergaba tanto brasileños como croatas.
─ Te ves tenso. ─ La voz de Emma me empuja a salir de mis pensamientos. ─ ¿Todo bien?
─ Si, si. Es sólo que... ─ Observo alrededor de las calles poco iluminadas del barrio. ─ Nada. Olvidalo.
─ Dante, sé porqué estás tan tenso. ─ Vuelvo el rostro hacia ella por un segundo, antes de concentrarme nuevamente en las calles. ─ Queens ha tenido fama de ser un distrito bastante peligroso, lo sé. Pero créeme, ha mejorado bastante en los últimos años. ─ Lo dice muy segura. Aún así, no estoy del todo convencido. ─ Y es mucho mejor que El Bronx.
─ Oh, si. En eso te doy la razón. ─ Concuerdo. ─ Aunque dicen que la delincuencia por aquella zona ha disminuido considerablemente, también. ─ Me encojo de hombros. ─ A decir verdad, no acostumbro salir mucho. Estoy siempre encerrado en la oficina y cuando no estoy ahí, estoy con... ─ Me detengo abruptamente al recordar a Rose. Aprieto el volante con fuerza, tratando de mermar mi enojo.
Rose eligió su camino. Y yo debo dejarla en el pasado. Es allí su lugar. Ya no más Rose de ahora en adelante.
─ Lo sé. ─ Emma dice, posando su pequeña mano cálida en mi antebrazo. Y nuevamente, las corrientes eléctricas se apoderan de mí. ─ Pero hoy vamos a distraernos y nada mejor que pasar la noche bailando al ritmo del reggaetón.
─ Reggaetón, ¿eh? ─ Sonrío de medio lado, empezando a sentir la misma ansiedad de la tarde.
─ Es aquí. ─ Apunta Emma hacia una humilde residencia con flores adornando sus alrededores.
Estaciono el auto en frente a la casa y saltamos hacia afuera. Emma saca su llave del bolso y al introducirla en la cerradura, la puerta se abre.
─ ¡Oh! Mamá está en casa. ─ Dice como si nada y va entrando rápidamente. ─ Ven. Te la voy a presentar.
La sigo sin decir nada. La casa es pequeña, pero aún así consigue ser espaciosa y acogedora. Se siente el calor de un verdadero hogar aquí, a pesar de verse bastante alicaído desde afuera.
─ Hola, mamá. ─ Emma saluda a una mujer que va saliendo de lo que imagino debe ser la cocina. ─ Llegaste temprano hoy.
─ Hola, mi pequeña. Y tú estás llegando tarde. ─ Acusa la mujer, sosteniendo una taza de té en una de sus manos. ─ Y tú ¿quién eres? ─ Su mirada se fija en mí, analizandome de la cabeza a los pies.