••• DANTE •••
Hace aproximadamente cuatro años, durante una convención de publicistas llevada a cabo en California, conocí al director general de Agencia Publicitaria Prats. Un hombre con buenos modales, excelente moral, todo un gentleman.
Renzo Prats llamó mi atención por mostrar su lado noble, honrado y honesto. Alguien que a simple vista aparenta ser arrogante, altanero, soberbio y engreído. Pero... una vez que lo conoces, te das cuenta que es todo lo contrario. Un hombre sencillo, bondadoso, con criterios que evidencian que jamás sería capaz de juzgar a una persona por lo que viste, por lo poco que puede poseer, o por ser un simple recolector de basura.
Cuando nos conocimos, era irremediable que una amistad surgiera entre ambos. Renzo Prats, a pesar de tener 45 años en aquella época, demostró ser un hombre alegre y bastante divertido. Actualmente debe acercarse ya a los 50 años y, sin embargo, continúa siendo un tipo fiel a su personalidad espontánea y extrovertida.
Nos frecuentamos constantemente y en uno de esos encuentros, fue cuando conocí a Rose. Al principio me noté reacio a cualquier tipo de acercamiento con la rubia que, para ser hija de Renzo Prats, no se parecía para nada a él, puesto que Renzo es un auténtico pelirrojo. Pero me dije a mí mismo que tal vez Rose había heredado las características físicas de su madre.
Y no me equivoqué.
Rosalía fue, en su juventud, idéntica a Rose. Nótese la expresión en tiempo pasado. Rosalía falleció al dar a luz a Rose, a causa de una hemorragia que les fue imposible a los médicos retener. Renzo quedó viudo después de ocho meses de haberse casado y no volvió a involucrarse con nadie desde entonces. A Renzo le importaba más Rose y se dedicó, como pudo, a criar a su hija. Tal vez sea por eso que Rose es una joven caprichosa y malcriada. Renzo nunca le negó nada. Por lo tanto, Rose tuvo siempre todo lo que quiso.
Con el pasar de los tiempos, después de habernos conocido, fue inevitable caer ante su belleza. Me veía embelesado por esa rubia despampanante, que no dejaba de coquetearme cada vez que tenía una oportunidad. Y cuando me vine a dar cuenta, ya estaba pidiéndole a Renzo su autorización para hacer de su hija, mi novia.
No se opuso. Es más, se puso a brincar de la dicha por unir ambas familias. Y luego de casi tres años de noviazgo, creí ciegamente que era hora de dar el siguiente paso. El decisivo. Estábamos perdidamente enamorados... O al menos, fue eso lo que yo creí, hasta que la vi montada, cabalgando encima de aquel que decía ser su primo.
Ella se quedó blanca como el papel, mientras me observaba, estática, desde su posición. Solté una risa amarga, la miré sin ningún tipo de emoción en el rostro y proferí las siguientes palabras "Es bueno saber que ya no tengo novia", y sin más, di media vuelta y me perdí de allí. Rose no fue detrás de mí. Sentí como si me hubieran derramado un balde de agua helada, cuando un dolor punzante se apoderó de mi pecho.
Sin embargo y para mi gran sorpresa, dicho dolor se evaporó casi completamente en cuanto puse un pie en mi oficina. La imagen frente a mis ojos parecía surreal...
Emma estaba acomodando mi escritorio, tarareando una canción con un semblante tranquilo, casi sereno. Hoy lleva puesta la camisa crema, que le sienta de maravilla con el tono de su piel. Los rayos del sol se filtraban por el gran ventanal de cristal que cubría toda las paredes en su totalidad, dándole un brillo más rojizo a las hebras de su cabello. Parecía un ángel...
─ ¿Has vuelto tan pronto? ─ Pregunta repentinamente, devolviéndome a la realidad.
¿Por qué siempre que estoy en su presencia me olvido de todo?
Me da pavor tener que averiguar la respuesta. Más aún después de lo que acababa de descubrir.
Sin mediar palabra, caminé a paso lento en su dirección. Creo que algo en mi expresión facial delató mi estado actual, pues Emma levantó ambas cejas y se apresuró a acortar la distancia entre nosotros. Cuando estuvimos a poco más de cinco centímetros el uno del otro, ella me miró a los ojos, leyó algo en ellos y saltó a abrazarme.
La rodeé con mis brazos lentamente, sintiendo como si aquel abrazo fuera un salvavidas, como si todo el dolor que estaba sintiendo fuera absorbido casi completamente, como si no estuviera sintiendo nada más que el calor que emanaba de su cuerpo... El cuerpo de Emma.
Hundí mi rostro en su cabello, aspirando su característico aroma a flores... Específicamente, violetas. Tenerla en mis brazos, sentir su apoyo y recibir su cariño, fue mermando cada vez más el dolor en mi pecho, haciéndome respirar nuevamente con normalidad.
Perdí la noción del tiempo. Ella no me soltaba y yo no la quería soltar. Su abrazo era firme, cálido, sincero. Y a pesar de seguir viendo la escena de Rose con otro hombre, repetirse una y otra vez en mi mente, fui sintiendo como me había quitado un peso de encima. En el fondo lo sabía, pero no lo quería admitir.
No amaba verdaderamente a Rose.
Creo que lo que sentía por ella era costumbre, capricho nada más. Y precisé degustar el sabor de la traición para percatarme del terrible error que estaba a punto de cometer.
─ Te ves demacrado. ─ Dice Emma, logrando arrancarme una carcajada.
─ Ya estuve peor, créeme.
─ ¿Me dirás lo que sucedió? ─ Pregunta de manera cautelosa. La suelto de mi fiero agarre y la invito a sentarse en el sofá.
─ Te lo contaré, pero no quiero ver en tus ojos que sientes lástima por mi. ─ Le advierto, mientras camino en dirección al mini-bar para servir dos vasos de whisky.
Hubo un tiempo en el que me parecía irrelevante contar con un mini-bar dentro de la oficina, pero en este preciso momento, no podría estar más agradecido por ese hecho. Necesito un poco de alcohol en mi sistema para recrear lo que acababan de ver mis ojos.
─ Sentir lástima... ¿por ti? ─ El tono burlón de Emma me hace voltear a verla. ─ Eres dueño de una exitosa y reconocida empresa de publicidad, y dicha empresa ocupa el espacio de una torre de cristal con más de cincuenta pisos. Créeme, Dante. Jamás sentiría una pizca de lástima por ti.
La miro un momento, procesando cada palabra que acababa de proferir. Y como siempre, logra arrancarme una sonora carcajada.
─ Eres toda una joya, Emma.
─ Lo sé. ─ Dice, creída de sí misma. Le extiendo el vaso con whisky y, con cierto temor, lo sostiene. ─ Ok. Whisky. Esto va de mal en peor... ─ Resopla con una mueca de desagrado.
─ Ni te lo imaginas...
─ Entonces no me dejes imaginar y cuéntame de una vez que fue lo que sucedió. ─ Exige, bebiendo un sorbo de su bebida ámbar.
─ La encontré en la cama con otro hombre. ─ Suelto de una vez. Emma escupe el trago de whisky que tenía en la boca.
─ ¿Cómo es que sueltas algo así tan de repente y sin tapujos?
─ Tú lo pediste. ─ Me encojo de hombros, bebiendo todo el contenido de mi vaso en un solo trago.
─ Agradece que no te haya escupido el whisky a la cara. ─ Hace una mueca de asco.
─ Lo hubiera preferido. Tal vez eso ayudaría a aliviar un poco lo que estoy sintiendo en este momento.
─ Lo-lo lamento. ─ Emma reposa una mano solidaria en mi antebrazo. ─ Tu estás pasando mal mientras yo me hago la payasa. De verdad, lo siento, Dante.
─ No. No tienes el porqué. A decir verdad... ─ Suelto un suspiro. ─ Siento como si me hubiera sacado un peso de encima.
─ No comprendo.
─ No importa. ─ Doy de hombros, restándole importancia. ─ Ya no más. Rose no es para mí y yo no soy para ella. Ella en verdad no me amaba, porque si lo hiciera, jamás me hubiera puesto los cuernos. Y precisamente hoy, día de los enamorados. Qué irónico, ¿no? ─ Suelto una risa amarga y fría. ─ Yo también tuve pensamientos libidinosos y no precisamente recordando a Rose...
─ ¿A qué te refieres? ¿En quién pensabas de esa manera si no es en Rose? ─ Trago saliva con dificultad.
En ti, bella Emma. Estuve en más de una oportunidad masturbándome en la soledad de mi habitación pensando en ti.
Me abstengo, mordiendo la lengua, para no soltar esas repugnantes palabras. Emma es una amiga y funcionaria excepcional y decir lo que pienso en voz alta, la alejaría. Arruinaría por completo el vínculo que hemos creado entre nosotros.
Emma ha estado perturbando mis sueños hace más de una semana. Tanto, que cuando despertaba por la madrugada, mi m*****o dolía a más no poder por la estúpida erección que aquellos sueños eróticos me provocaba. Y para mi desgracia, tenía que recurrir a mi mano derecha envolviendo y bombeando la evidente erección para mermar un poco aquella tensión excitante.
Carraspeo, escondiendo mi rostro entre las manos después de depositar mi vaso vacío sobre la mesa ratona. Me sentía un ser repugnante por haber hecho aquello y no podía esconder mi incomodidad.
Tengo que dejar de pensar en ello.
─ ¿Dante?
─ Olvidalo, Emma. No estoy pensando con claridad. Estoy... Estoy... ─ Resoplo, sintiendo de pronto un acceso de furia recorrer mi sistema nervioso. ─ ¡¿Es que acaso jamás significó nada para ella estos tres años de relación?! ─ Salto del sofá, caminando como un toro furioso y resoplando sonoramente. ─ ¿Cómo es que se atrevió a hacerme algo así? ¡A mí, carajo! Yo que siempre le di todos sus gustos, hacía lo imposible para que no sintiera celos, para que nunca sintiera inseguridad a mi lado. Yo que siempre estuve ahí para ella, cumpliendo sus caprichos. Que la cuidé de todo. Cómo... ¿Cómo es que siquiera se dignó a correr tras de mí y tratar de explicarlo?
Llevo las manos al rostro, frustrado, dolido, enojado. A punto estoy de arrancarme los cortos cabellos, cuando una mano cálida se posa de pronto en mi espalda, causandome un estremecimiento ya conocido.
─ No. No quiero que me veas así. ─ Digo entre dientes, posando ambas manos sobre el ventanal de cristal. Debo estar rojo de la ira.
─ Oye. Está bien que saques afuera todo lo que estás sintiendo. ─ La voz de Emma suena suavemente, como acariciándome el alma, como tratando de aplacar ese sentimiento de furia que acababa de apoderarse de mi. ─ Guardarlo todo sólo te haría más daño. Y ¿sabes? No eres tú quien acaba de perder. Es ella. Ella acaba de perder a un hombre increíble, de gran corazón. Definitivamente se acaba de perder a un hombre excepcional. ¡Por Dios, Rose es una maldita perra! ─ Exclama gruñendo, haciéndome relajar completamente y produciendo en mí una sonora y divertida carcajada por lo último que resopló.
─ Gracias, Emma. ─ Volteo a verla y la envuelvo en un gentil abrazo. ─ Eres una gran amiga.
─ Lo sé. ─ Dice burlona, haciéndome reír de nueva cuenta. ─ Y para ahogar las penas, ¿qué mejor que una pista de baile latina? ─ Enarco una ceja, mirándola con una interrogante. ─ Saldremos a bailar esta noche. Y conozco el sitio perfecto para ello. ─ Me guiña un ojo, sonriendo.
─ ¡De verdad que eres la mejor! ─ Exclamo, volviendo a abrazarla.
─ ¿Interrumpo? ─ Una voz masculina resuena en el espacio. Levanto la vista y descubro a un divertido Gael, conteniendose para no reír.
Emma se aleja de mí rápidamente y relaja su expresión de espanto cuando descubre quien es la persona que acaba de interrumpir nuestro momento.
─ Señor Obregón. ─ Lo saluda con una sonrisa avergonzada.
─ Emma, ya te pedí que dejaras de llamarme así. Puedes decirme Gael. ─ Se encoge de hombros. ─ Pronto seremos como familia. ─ Y guiñando un ojo, suelta una risita.
─ Señor... ─ Emma carraspea. ─ Quiero decir... Gael. Ni siquiera le has dado un anillo de compromiso a Laura. ¿Cómo se supone que seremos familia? ─ La pelirroja se ríe, divertida por el mohín que Gael hace.
Ah, si. Gael y Laura oficializaron su relación hace casi un mes. Ya sabía yo que esos dos se traían algo.
─ Es sólo cuestión de tiempo. ─ Responde Gael, confiante. ─ No te ves bien. ─ Esta vez se dirige a mí. Carraspeo, endureciendo mis facciones.
─ Los dejaré solos. ─ Dice Emma, volviendo a mirarme con aquellos ojos preciosos. ─ No te olvides lo de esta noche.
─ ¡Jamás! ─ Exclamo, de repente un poco impaciente porque la noche caiga rápido.
Emma me da una última sonrisa, se despide de Gael y se pierde en su oficina, dejándome a solas con mi mejor amigo.