••• DANTE •••
─ Ho-hola, cariño. ─ No se porque de repente me siento nervioso y termino por quitar la mano que tenía puesta en la espalda baja de Emma, como si ese contacto me hubiera quemado. Ella me mira con un dejo de confusión. ─ Déjame presentarte. ─ Envuelvo la cintura de mi novia con un brazo y carraspeo, antes de hacer las debidas presentaciones. ─ Rose, ella es Emma Almeida. Mi nueva asistente. Señorita Emma, ella es Rose Prats. Mi novia.
Como era de esperarse, Emma extiende su mano con una encantadora sonrisa direccionada a Rose. Sin embargo, esta última pasea su mirada por la anatomía de Emma, un brillo de desdén se hace notar en su rostro con una mueca de evidente repulsión.
Aprieto los dientes, sintiéndome incómodo por este comportamiento infantil por parte de Rose. Me aparto de ella unos pasos, totalmente avergonzado por su actitud infantil.
─ Corazón, vine a buscarte para almorzar juntos. ─ Dice, ignorando la mano extendida de Emma y usando una voz melosa. Se acerca a mí y rodea mi cuello con sus brazos, tratando de besarme. Vuelvo el rostro para otro lado, evadiendo sus labios rojos.
Veo de reojo a Emma retirando su mano. Analiza su palma abierta y la limpia en sus jeans como si tuviera la mano sucia, agachando la cabeza, avergonzada. Eso me hace sentir aún peor. ¡El desplante de Rose es inadmisible!
─ Rose. ─ Gruño entre dientes, tensando la mandíbula a más no poder. ─ Creí que eras más educada. ─ La acuso y en respuesta, rueda los ojos con fastidio.
─ Es apenas una subordinada más. ─ Se encoge de hombros, aburrida. ─ No tengo la obligación de ser amable con... ─ Rose vuelve a mirar a Emma, con asco. ─ Esta señorita.
─ ¡Ya basta! ─ Gruño nuevamente, haciéndola sobresaltar. Nunca le había hablado así antes. ─ Te disculpas ahora mismo.
─ No. No se preocupe, señor Montenegro. ─ Emma dice con firmeza, como si no le importara el trato que le acaba de dar Rose. ─ No quiero crear problemas, así que me retiro. Le agradezco la oportunidad de empleo y la paciencia que tuvo conmigo esta mañana. ─ Lo dice con una sonrisa sincera dirigida a mi persona. Le sonrío automáticamente.
─ Fue un gusto conocerla, señorita Almeida. Nos vemos mañana.
─ Hasta mañana, señor. Y gracias nuevamente. ─ Su sonrisa se deshace cuando su mirada cae sobre una enfurruñada Rose. ─ Señorita Prats.
Se despide con un gesto de cabeza y apenas cierra la puerta al salir, me vuelvo a Rose con el entrecejo fruncido. Ella, por su vez, resopla como la niña malcriada que es.
─ Escúchame bien, Rose. ─ Llamo su atención en tono seco que la hace voltear a verme, fingiendo un semblante triste. ─ Espero que esta sea la última vez que te comportas de una manera reprochable e infantil. No permitiré ese tipo de cosas en mi presencia. Aquí, en mi empresa, debes respetar a mis funcionarios. Te cueste lo que te cueste... ¿Estamos entendidos?
─ ¿Por qué la defiendes? ─ Reclama, poniendo sus manos en sus caderas. ─ ¿Que no viste como iba vestida? ¿Acaso estás ciego? Es prácticamente una indigente y...
─ Pues fíjate que esa "indigente", como la llamas, demostró poseer más educación que tú. ─ Espeto, frío y seco. Rose jadea por mi ataque verbal. ─ Así que más te vale que aprendas a comportarte con mis funcionarios. Podrás ser mi novia y entrar a mi oficina cada vez que se te antoja, pero te pido... No. Te exijo que demuestres el más mínimo respeto hacia las personas que trabajan aquí.
Y sin esperar por ninguna reacción suya, doy media vuelta y vuelvo a mi escritorio. Ella se queda en silencio un instante, carraspea contrariada y se acerca a mí nuevamente.
─ Lo siento, corazón. Tienes razón. No debí comportarme de esa manera. ─ Su voz melosa de pronto me fastidia. Ruedo los ojos, no le creo nada. La conozco demasiado bien. ─ Ya, no estés enojado. Vine para almorzar contigo. Vamos, ¿si?
─ No. Se me quitó el apetito con la escena que armaste. ─ Respondo, buscando unos documentos en uno de mis cajones.
─ ¿Por qué te comportas así conmigo? Ya pedí disculpas, ¿no? ─ Doy de hombros, sin darle mucha atención. ─ Y todo por defender a esa maldita...
─ ¿Qué pasó con eso de "no debí comportarme de esa manera"?
El rostro de Rose se descompone con furia, quedando roja de rabia. Golpea un pie contra el piso, gruñe ferozmente y sale de mi oficina echando humo. Río por su actitud infantil y llamo a Gael para ir a almorzar. Toda esta situación, a decir verdad, me dio hambre.
••• EMMA •••
Apenas pongo un pie en mi casa, soy recibida con gritos de euforia y aplausos de felicidad. Un poco confusa, observo detenidamente a las tres personas que me miraban con ojos brillantes de emoción y sonrisas calurosas y sinceras.
─ Tú... Eres una chismosa. ─ Acuso a Laura, que sonríe ampliamente.
─ Felicidades, mi amor. ─ Mamá se acerca a mí con lágrimas contenidas, envolviéndome en sus brazos. ─ Estoy muy orgullosa de ti, mi pequeña.
─ Gracias, mami. ─ Le doy un beso en la mejilla, sonriendo enormemente. ─ Ya veo que Laura no esperó por mí para anunciarles la buena nueva.
─ Ay, ¡ya! No te quejes, rojita. ─ Laura se acerca para abrazarme también.
─ ¿Qué estás haciendo aquí, al final?
─ ¿Que no es obvio? ─ Apunta a la mesa llena de comida y bebidas. ─ Vine a celebrar que conseguiste el empleo. Y ¿qué mejor que con un suculento y delicioso almuerzo?
─ Eres la mejor. Gracias. ─ La abrazo nuevamente.
─ Si, si. Como sea, es mi turno. Sal de mi camino, negra. ─ Dice Zayn en tono juguetón, empujando a Laura para un lado y dándome un abrazo de oso, levantándome del suelo. ─ Sabía que lo conseguirías, nena.
Zayn es mi segundo mejor amigo y tercer pilar, después de mamá y Laura. Nos conocimos hace unos seis años, cuando iba saliendo de mi trabajo después de la media noche y fui atacada por un delincuente, mientras pasaba por un callejón oscuro. Zayn era mi más nuevo compañero de trabajo y habíamos salido casi al mismo tiempo. Cuando creí que era mi fin, él apareció de la nada y dejó irreconocible al tipo que me atacó. Desde aquel día, Zayn pasó a acompañarme a casa todas las noches y pues, terminamos siendo grandes amigos.
─ Gracias a todos por confiar en mí, por siempre desearme lo mejor. Tenerlos en mi vida es el mejor regalo que pudiera recibir del cielo. ─ Siento mis ojos arder por las lágrimas que van acumulándose rápidamente.
─ Nada de lágrimas. Muero de hambre. ¡A comer! ─ Suelta Laura, arrancándonos una sonora y alegre carcajada.
[ . . . ]
••• DANTE •••
Estoy más que satisfecho con el desempeño de Emma siendo mi asistente. En menos de una semana logró hacerse cargo de toda mi agenda, que floja precisamente no es. Y hace como un mes, es como mi sombra.
La llevo conmigo a los viajes de negocios, a las reuniones con los socios y clientes más importantes, me acompaña a las fiestas de gala al que soy siempre invitado y... etc.
No es que me esté quejando por tenerla casi todo el tiempo a mi lado. No. Lejos de eso. Tener su apoyo incondicional como mi asistente ha facilitado de sobremanera mi trabajo como director general de Publicidad Montenegro.
Pero eso es un detalle insignificante, frente a todo lo que ya ha hecho por mí en tan sólo un mes. Debo admitir que me gusta pasar tiempo con ella, y cuando me di cuenta, ya habíamos generado una hermosa amistad.
Hay veces en que estoy tan frustrado con algunos asuntos de la empresa, que termino desahogandome con ella. Al principio, creí que pondría un tipo de escudo para no tener ninguna clase de acercamiento hacia mí, alegando ser apenas una subordinada. Pero para mi gran sorpresa, ella simplemente me aconsejó de una manera que jamás nadie había hecho. De a poco, ella fue tomando confianza y terminó desahogandose también conmigo.
Emma se ha mostrado ser alguien servicial, leal, comprometida con su trabajo y puntual... Bueno, ni tan puntual. Está quince minutos atrasada, cuando irrumpe en mi oficina, con los cabellos totalmente alborotados.
Una visión que me causaría mucha gracia, si no fuese por lo increíblemente sexy que se ve de esa manera. Tengo que tragar saliva con cierta dificultad para mantenerme en mi lugar y evitar sentir cualquier tipo de atracción hacia ella.
Es mi asistente y sobre todo, mi amiga.
─ Lamento.. el retra... retraso. ─ Dice, jadeando y tratando de respirar profundamente para calmarse. ─ En serio, lo siento.
─ No te preocupes, Emma. ─ Sí, nos tenemos tanta confianza que ahora nos tuteamos. ─ ¿Qué pasó?
─ El... El auto de Laura... Se averió y... Tuvimos que... Buscar una grúa para... Tomar un taxi. ─ Emma sigue jadeando, su rostro está rojo por haber corrido.
─ No debiste correr de ese modo, podría darte un infarto, niña. ─ La reprendo, arrancándole una risita que, como siempre, produce un estremecimiento casi imperceptible en mi.
─ ¡Exageras!
─ Siéntate, te serviré un vaso de agua. ─ Digo, viéndola caer pesadamente en el sofá de visitas y suspirando sonoramente. ─ Ya te había dicho que no hacía falta toda esa maratón. Con una simple llamada avisando que llegarás tarde, se soluciona todo.
─ Sabes muy bien que lo último en lo que pienso es en llamarte. Cuando me desespero al ver la hora, solo se me ocurre salir corriendo. ─ Resopla, evidenciando el cansancio por la corrida.
Me siento a su lado y le extiendo el vaso con agua. Emma lo sostiene y en el acto, sus dedos rozan los míos, causandome escalofríos desconocidos. Siempre que nos rozamos así, sin querer, algo como esto ocurre. Y sinceramente no comprendo el porqué.
Emma parece sentir lo mismo, me mira por un segundo y luego aparta la mirada, carraspeando y bebiendo casi toda el agua rápidamente. Sacudo la cabeza, espantando cualquier pensamiento inadecuado. Tal vez fue sólo mi imaginación y fui el único a sentir el choque eléctrico.
─ Feliz día de San Valentín, señor Montenegro. ─ Me dice cuando por fin logra calmar su respiración. Frunzo el entrecejo.
─ Sabes que no me gusta que me llames así.
─ Lo sé. ─ Ella sonríe con sorna. ─ Pero es divertido ver tu expresión contrariada y enfurruñada. Es adorable. ─ Suelta, apretando mis cachetes como si yo fuera un niño pequeño.
Pero lo que ella no sabe, es que ese simple gesto juguetón hace estallar algo en mi pecho. Una corriente agradable se expande en mi ser, sintiendo algo caliente expandirse en mi corazón. Algo... totalmente fuera de lo común.
─ ¡Oye! ¡Que no soy un niño! ─ Hago un mohín, arrancando otra risita de mi encantadora asistente.
─ Y bien, ¿lo tienes? ─ Pregunta de la nada. La miro, un poco confundido. ─ ¡La alianza, Dante! ─ Me lo recuerda, haciéndome abrir los ojos como platos.
Hace una semana atrás le había dicho que hoy, catorce de febrero, pretendía pedirle a Rose para casarse conmigo. Desde luego, siendo una gran amiga, Emma se puso eufórica, me incentivó y apoyó completamente mi decisión.
─ No me digas que no lo compraste porque te juro que...
─ Sí, gruñona. ─ Ruedo los ojos. ─ Lo tengo.
─ Y ¿qué esperas para mostrarmelo? ─ Cuestiona enarcando una ceja.
─ Para empezar, se me había olvidado. ─ Doy de hombros, yendo hasta mi mesa y sacando la cajita roja de unos de los cajones.
Emma se levanta, dando saltitos de emoción y se acerca a mí, arrebatándome la cajita de las manos.
─ Wow... ─ Susurra, admirando las piedras de diamante blanco incrustadas alrededor del anillo de plata. ─ ¡Es preciosa! ─ Exclama, y no puedo evitar sonreír ante el brillo de sus ojos. De repente, carraspea, cierra la cajita y me la devuelve, sonriendome. ─ En verdad la señorita Prats tiene mucha suerte. ─ Dice pareciendo sincera. ─ No cualquier mujer consigue que un hombre la ame como usted ama a su novia.
─ Hey, ya llegará alguien que te ame tanto como lo mereces. ─ Le digo, tratando de difuminar una incomodidad dentro de mí con esa posibilidad. ─ Y créeme, señorita Almeida. Quien consiga su corazón será un hombre suertudo. Eres una chica increíble y mereces ser amada incondicionalmente.
─ Sinceramente, estoy bien así. ─ Se encoge de hombros, fingiendo no importarle. ─ Ya bastante tuve del "amor" como para anhelarlo de esa manera. Me encargué de levantar varios muros de contención alrededor de mi corazón, precisamente para evitar enamorarme nuevamente. Eso de caer de amores es para tontos. ─ Termina con una mueca de asco, abanicando su mano al aire con desdén.
─ ¿Disculpa? ─ Finjo estar ofendido, arrancando una sonora y divertida carcajada de la pelirroja.
─ Lo siento, se me escapó. ─ Se vuelve hacia el sofá y toma su bolso. ─ Sin ofender a los presentes, claro. ─ Me guiña un ojo de manera encantadora y se pierde hacia su oficina.
Decido concentrarme en el trabajo para evitar perderme en mis pensamientos que, en muchas ocasiones, me deja con la mente hecha una tremenda confusión.
No me doy cuenta del pasar de las horas verificando archivos y leyendo nuevos contratos, hasta que mi querida asistente da un golpecito en mi mesa, causandome un sobresalto.
─ ¡Oye...!
─ ¿Que no ves la hora que es? ─ Pregunta, cruzando sus brazos. La miro, sin comprender. Ella rueda los ojos. ─ Rose... La sorpresa... La alianzaaa...
Enumera lentamente, haciéndome volver a la realidad abruptamente. Con los ojos muy abiertos, verifico la hora en mi computadora y suelto un palabrón.
─ ¡Rayos! ─ Apresurado, tomo la alianza junto con mi billetera y los guardo en los bolsillos de mi traje. ─ Gracias, Emma. ¿Qué haría yo sin ti? ─ Le doy un beso fugaz en la mejilla y salgo corriendo de la oficina.
La idea inicial era sorprender a Rose a la hora del almuerzo y ya son más de las doce del medio día. Subo a mi coche una vez llego al estacionamiento en el subsuelo del edificio y doy partida.
Creo que me pasé varias luces rojas en el camino, voy a recibir algunas multas, pero eso es lo de menos. Llego al lujoso edificio donde mi novia tiene su departamento. Hablo con la joven de la recepción, pidiéndole una copia de las llaves de Rose.
De entrada, no me la quiso dar. Pero al mostrarle la alianza, abrió una enorme sonrisa y me facilitó las cosas. Y es cuando estoy frente a la puerta de mi novia que el nerviosismo se hace notar. Mi corazón late tan rápido que no sé si es por los nervios o por alguna otra razón.
Abro la puerta sigilosamente, entrando como si yo fuera un ladrón. Veo una botella de champaña sobre el balcón de la cocina y sonrío, creyendo que Rose probablemente estaría esperándome, cuando un ruido resuena en todo el espacio.
Comienzo a caminar en la dirección proveniente del barullo, cuando identifico, sin lugar a dudas, el gemido característico de Rose... Mi novia.
Parado frente a su habitación, me lleno de coraje y abro la puerta, encontrándome con una asquerosa y repugnante escena.