Capítulo 2

2120 Palabras
••• DANTE ••• ─ Por favor, siéntate. ─ Pido con amabilidad, mientras me acomodo en mi asiento atrás de mi mesa. Emma Almeida mantiene sus ojos sobre sus manos, mientras juega nerviosamente con sus dedos. Me parece extraño que se haya vuelto tan tímida, después de la impecable defensa hacia sí misma durante un enfrentamiento discriminatorio. Cabe destacar que fue realmente valiente al no recurrir a golpes bajos, como lo hicieron sus atacantes. ─ ¿Por qué? ─ Pregunta de la nada, luego de acomodarse en uno de los asientos frente a mi mesa. Frunzo el entrecejo, sin comprender. ─ Quiero decir... ¿Por qué despachó a las señoritas sin darles la oportunidad de una entrevista? ─ Creo que oyó, como todas ellas, la respuesta que di sobre ese asunto. ─ La expresión de su rostro me dice que no me cree... O eso parece. Cierro los ojos y suelto un suspiro, antes de volver a clavar mis ojos en los de ella. ─ Hablaba en serio. No quiero una persona superficial para ayudarme aquí. Quiero alguien inteligente, capaz de poder ir al compás de mis quehaceres en esta empresa. ¿Lo comprende, señorita Almeida? ─ Lo... Lo comprendo, señor. ─ Titubea, agachando la cabeza. ─ Necesito ver su currículum, si me lo permite. ─ Me está sorprendiendo de sobremanera el modo en que mi amabilidad sale a flote con esta joven y, sinceramente, ella ha despertado una tremenda curiosidad en mi ser. ─ Claro... ─ Balbucea, extendiéndome un sobre de tamaño oficio. ─ N-no hay mucho que pueda descubrir en esas hojas, en realidad. ─ Carraspea, incómoda. ─ Créeme, estoy seguro que descubriré exactamente lo que deseo saber de usted. ─ Respondo, hojeando su impecable currículum. Y no estaba equivocado. Se destacan diversas referencias laborales, que aunque no hayan sido por trabajar en una empresa, tienen el mismo valor como si así lo fuera. Y me sorprende aún más percibir que ha trabajado desde su pre-adolescencia. Esta información apenas corrobora lo que ya sé. Emma Almeida es una joven de procedencia humilde y sencilla, que tuvo que trabajar arduamente para llegar hasta aquí. ─ Almeida... ─ Suelto de golpe. ─ ¿Su padre es oriundo de Brasil, por si acaso? ─ De hecho... Mi madre es descendiente directa de antiguos embajadores brasileños. Mi padre... ─ Emma levanta la mirada y captura la mía, un destello de rencor bailando en sus hermosas iris verdes. ─ Él abandonó a mi madre mucho antes de que yo naciera. ─ Lo lamento, señorita Almeida. ─ Siento el corazón oprimirse en mi caja torácica, sintiendo de pronto, cuán difícil debió ser la vida de Emma. Ella sonríe fríamente. ─ No. Está bien... De hecho estamos demasiado bien solas, mi madre y yo. Ella es mi madre, mi padre y mi mejor amiga y pues, con eso me basta y me sobra. ─ Se encoge de hombros, sonriendo con sinceridad esta vez. Sigo hojeando, tratando de disolver la tensión incómoda que se instaló en el aire. Cumplió 25 años en diciembre, mantuvo altas calificaciones tanto en la primaria como en la secundaria, hasta terminar el colegio con honores. Por alguna extraña razón, esto no me sorprende. Se le nota que no es apenas una chica bonita, y que es mucho más inteligente de lo que parece. Recibió su título universitario en septiembre del pasado año, donde también se graduó con honores. Y con ojos abiertos como platos, vuelvo a mirarla con una evidente expresión de asombro. ─ ¡¿Te graduaste en Harvard?! ─ Exclamo, incredulidad y estupefacción evidenciándose en mi tono de voz. Emma se remueve sobre su asiento, desviando la mirada. ─ Pero ¿cómo lo hiciste? ─ Obtuve una beca completa, la cual cubría los gastos casi en su totalidad. ─ Responde ella, un poco incómoda. ─ Pero... ¡Harvard! Wow... Debes ser una genio para haber conseguido estudiar allí y más aún para mantener la beca. ─ Bueno... No es para tanto. El secreto está en echarle ganas a los estudios y devorar los libros. ─ Responde con un encogimiento de hombros, restándole importancia. ─ Estás siendo modesta. ─ Acuso en tono burlón y ella sonríe. ─ Un poco, sí. ─ Y suelta una risita encantadora, que estalla en mi pecho y me toma de manera totalmente desprevenida. Me pillo sonriendo tontamente. ─ Bueno. Creo que ya no es necesario que siga viendo esto. ─ Sonrío ampliamente, guardando el sobre en uno de mis cajones y tomando el teléfono sobre mi mesa. ─ Voy a solicitar el contrato para que lo leas, lo firmes y pueda mostrarte tu oficina... ─ ¿Tendré mi propia oficina? ─ Cuestiona, los ojos muy abiertos y la mandíbula cayendo al suelo. Sonrío, divertido. ─ Por supuesto. Necesitas la privacidad de una oficina para poder llevar a cabo tus labores como mi asistente. ─ Aprieto el botón número 5 y mi gerente de Recursos Humanos contesta casi de inmediato. ─ Gael, necesito que me traigas el contrato... Así es. Gracias. ─ Me vuelvo a mi nueva asistente otra vez. ─ ¿Qué te parece si te enseño tu oficina en lo que me acercan el contrato? ••• EMMA ••• ─ ¿Qué le hace pensar que firmaré el contrato? ─ Pregunto, desafiandolo con una sonrisa. ─ Oh, lo firmarás. Claro que lo harás. ─ Responde el señor Montenegro, convencido de sí mismo. ─ Ni loco me pierdo la oportunidad de tener una genio de Harvard como mi asistente. ─ Termina diciendo con una mueca y su tono divertido lo delata... Está bromeando. Suelto una risa sincera, sintiéndome leve. Este hombre desprende tanto carisma y tanta sencillez, que hace que cualquiera se sienta cómodo en su presencia. Siento como si lo conociera de toda la vida, por lo que me relajo completamente. Dante Montenegro no es el hombre arrogante y malhumorado que yo creí que sería. Es todo lo contrario. Su aura desprende una calidez que no cualquiera posee y es, en definitiva, un hombre simpático y muy divertido. Él ríe abiertamente, invitándome a seguirlo. Por obvias razones no me perderé esta excelente oportunidad laboral, por lo que gustosa, le sigo el paso. Sin salir de la amplia oficina de mi nuevo jefe, nos acercamos a una puerta ubicada al lado derecho del escritorio, a escasos metros de distancia de su mesa. Él abre y sujeta la puerta, invitándome a seguir en frente. Se trata de una oficina, un poco menor que la presidencial, pero aún así es espaciosa y muy cómoda a simple vista. ─ Como ya se habrá dado cuenta, esta puerta da acceso directo a mi oficina. ─ Explica. ─ Y aquella es la entrada principal. ─ Apunta para otra puerta, de frente a lo que será mi mesa a partir de mañana. ─ Siéntase libre de decorar como le parezca mejor... Unos golpes en la puerta de la oficina presidencial, nos hacen dar un brinco por el efecto sorpresa. Nos reímos con complicidad por nuestra absurda reacción y ambos estiramos el brazo para abrir la puerta de mi oficina. En el acto, tratando de alcanzar la perilla, nuestras manos se rozan fugazmente. Con ese simple contacto, una corriente eléctrica recorrió mi mano, sobresaltandome. Retiro mi mano rápidamente, sintiendo mis mejillas arder. ─ Lo siento. ─ Dice él, sonriendo como si nada y abriendo la puerta. En cuanto volvemos a la oficina del señor Montenegro, un joven de más o menos unos 28 años va adentrando la espaciosa sala. Es alto, pero no más que el señor Dante. Tiene la piel bronceada, cabellos cortos y castaños, mirada suave y agradable. Ah y parece mantener un atlético cuerpo debajo de su impecable traje de tres piezas. Me mira detalladamente y entonces, abre una hermosa sonrisa adornada con hermosos dientes blancos (casi tan atractivo como mi jefe), que no se me hace difícil corresponder. ─ ¿Desde cuándo sales tú de aquella oficina? ─ Pregunta el señor Montenegro, su tono burlón provoca al castaño una sincera carcajada. ─ Tienes razón, hermano. ─ Responde el recién llegado. ─ Pero tenía que ver con mis propios ojos a la elegida. ─ Dice, volviendo sus ojos oscuros hacia mí. ─ ¿Tienes el contrato? ─ Cuestiona mi jefe, evadiendo, adrede, su último comentario. ─ Así es. ─ El castaño deposita sobre el escritorio unos papeles. ─ Déjame que te presente. ─ Me miró Dante Montenegro, haciendo ademán para acercarme. ─ Señorita Almeida, este es mi gerente de Recursos Humanos y mejor amigo, Gael Obregón. Gael, ella es Emma Almeida, mi más nueva asistente... ─ Aún no he firmado el contrato. ─ Le recuerdo al señor Montenegro. Este, por su vez, enarca una ceja, divertido. ─ Un gusto conocerlo, señor Obregón. ─ El gusto es todo mío, señorita Almeida. ─ Me da un apretón de manos caluroso, acompañado de una sonrisa amigable. ─ Debo decir que Laura me habló maravillas sobre usted... ─ ¿Laura? ─ Cuestionamos el señor Montenegro y yo, en una sola voz. Nos miramos y reímos a la par. El señor Obregón se nos queda viendo, pasando la vista de uno al otro y una ceja enarcada. ─ Creo que ustedes dos se llevarán muy bien, por lo que veo. ─ Dice pícaro.. ─ No me cambies de tema. ─ Mi jefe le apunta con el dedo índice a su amigo. ─ ¿Desde cuándo llamas a tu asistente por su nombre, con tanta confianza? ─ La pregunta que hace el rubio me sorprende de sobremanera. De hecho, cuando pregunté por Laura fue porque me sorprendió que diera buenas referencias sobre mí. No creí que fuera a hacerlo, en verdad. ─ B-bueno... Es que... ─ El castaño titubea, sintiéndose algo incómodo. Me parece algo adorable el modo en que se sonroja. ─ Es más fácil convivir siendo amigo de tus funcionarios, ¿no crees? ─ Responde, tratando de ser convincente. ─ Si tú lo dices... ─ Mi jefe le sonríe, cómplice y pícaro, guiñandole un ojo. El señor Obregón carraspea, aún más incómodo. ─ Bueno, ahí tienes el contrato. Los dejo para que puedan acertar todos los puntos del mismo. Que tengan un buen día. ─ Y sin mediar más palabras, se retira rápidamente de la oficina, como viento que lleva el diablo. Diez minutos. Fueron exactos diez minutos los que me tomaron para leer el contrato con detenimiento y lograr comprenderlo con exactitud. Y sin más, acepté cada cláusula y firmé. El señor Dante Montenegro diseñó una hermosa sonrisa en sus labios, satisfecho porque firmara los documentos. De ahí pasamos al piso 10, donde se encontraba la modista exclusiva de la empresa. El señor Dante me explicó brevemente que debería usar uniforme, como todos los demás funcionarios. El mío consistía en una falda ajustada con cintura alta de color n***o, que llegaba hasta la mitad de mis muslos, acompañada de una camisa de seda blanca con mangas largas y, para mi desagrado, un par de zapatos de tacones de 10 cm. Negros, también. ─ ¿Sucede algo, señorita Almeida? ─ Pregunta mi jefe, observando la mueca de desagrado que me fue imposible contener. ─ N-no. No es nada. ─ Respondo rápidamente, forzando una sonrisa. Si todas aquí son capaces de pasar un día entero equilibrandose en esos zapatos, pues ¿quién dice que yo no puedo? ¡Por supuesto que puedo! Y no solo puedo, sino que los voy a usar. Agradezco mentalmente el hecho de haber trabajado en bares, donde era obligación de las camareras usar zapatos de tacón. Gracias a eso, puedo usarlos tranquilamente. El problema es que... son demasiado incómodos. Suelto un suspiro, resignada. ─ ¡Auch! ─ ¡Oh, disculpe! ─ Apenada, me dice la modista. Acaba de espetarme la cintura con un alfiler. ─ Es que usted está un poco inquieta. De verdad lo siento, señorita. ─ Tranquila, la culpa fue mía. No se preocupe. ─ Le doy una sonrisa amable y continúa su trabajo. Hace unos minutos que el señor Dante me dejó aquí para ajustar mis medidas, solicitando tres conjuntos de uniforme para variar durante la semana, cambiando apenas el color de la camisa: entre blanco, turquesa y crema, y más un par de zapatos en tono nude. Las faldas se mantienen fieles al color n***o. Al terminar, mi jefe vuelve a buscarme, dándome las últimas instrucciones sobre la labor que he de desempeñar siendo su asistente. Me acompaña hasta la puerta de su despacho, con una mano puesta en mi espalda (que me causa un estremecimiento casi imperceptible), sonriendo alegremente, cuando una joven, rubia escultural (dicho sea de paso), irrumpe la sala, fijando sus ojos miel a la mano que sigue en mi espalda. ─ ¿Qué significa esto?
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