••• EMMA •••
Desde que era una niña, soñaba en convertirme en una publicista de renombre. Siempre me ha gustado crear e innovar imágenes de todo lo que veía en los anuncios de televisión. Me gustaba cambiar el refrán y redactar algo más llamativo, más original, más... yo.
Y cuando al fin conseguí ahorrar el dinero suficiente, pude empezar con aquello de "correr tras mis sueños". Claro que, en definitiva, no fue fácil. Tuve que trabajar en dos empleos de medio tiempo y más tres horas en bares nocturnos. Donde sólo servía en la barra y mantenía limpios los vasos.
Con arduo trabajo y mucho sacrificio, obtuve lo que yo llamo de "el comienzo de un sueño hecho realidad". Tenía en manos mi título universitario, y modestia aparte, me gradué con las más altas calificaciones.
Hoy debería sentirme dichosa por el simple hecho de haber sido convocada para esta entrevista, pues dependiendo de ésta, podría seguir en frente y correr atrás de lo que siempre soñé. Sin embargo, al verme rodeada de tanto lujo, me siento muy pequeña. Y definitivamente no me refiero a este espléndido y lujoso edificio.
Hace como veinte minutos que estoy parada cerca de la puerta por dónde había entrado con Laura y, desde que puse los pies en este limpio y brillante piso, todos los ojos voltearon a verme. Hay como diez chicas que parecen más jóvenes que yo, con atuendos finos, elegantes y dignos de una empresa como esta.
Me había girado sobre mis talones para volver por donde entré, pero Laura me sujetó del brazo y me empujó hacia más adentro. Ella, sin dudas, se percató de que pretendía huir de allí.
Faldas de tela fina, pantalones de vestir de marca, camisas blancas elegantes y bien planchadas, cabellos sueltos lisos y ordenados, algunos bien recogidos y, claro, todas en pie sobre unos tacones de aguja entre 12 y 15 cm. Definitivamente, no sé qué carajos hago aquí, cuando es tan obvio que no encajo.
Siempre tuve mi autoestima por el suelo. Sin embargo, en este preciso momento, siento que la misma está cavando hondo para hundirse aún más. Las miradas burlonas de algunas chicas me escanean de la cabeza a los pies y eso, con toda certeza, me está empezando a incomodar.
Aunque mi autoestima no esté allá en las nubes, mi sangre está hirviendo en mis venas cuando oigo sus risas de hiena retorcida mal disimulada. Y mi timidez está apunto de ser sepultada por mi lengua afilada, dando paso a mi carácter altanero y grosero.
Muerdo mi labio inferior, tratando de que la rabia no me domine y evitar, a como dé lugar, que suelte a mi verdadero yo callejero.
Este no es el momento ni el lugar para mostrar las garras. Así que ¡contrólate, Emma!
─ Bueno, ¡ya basta! Se creen las más finas y elegantes, pero quiero ver que se planten frente a mí y terminar de decir en mi cara lo que estaban susurrando. ─ Ok. Definitivamente tengo que aprender a controlar mis impulsos. Con el mentón erguido, la espalda recta y una actitud desafiante, doy dos pasos al frente. ─ A ver, ¿quién tendrá los ovarios para enfrentarme?
─ ¡Ay, por favor! ─ Exclama una de las chicas, burlándose deliberadamente. ─ Acaso ¿no te das cuenta que no encajas? ─ Usa sus uñas bien pintadas y cuidadas para señalarme de pies a cabeza, riendo por la nariz. ─ Mira nada más el costal de papas que estás vistiendo...
─ Es que ella en serio cree que tendrá una oportunidad de trabajo aquí, en una empresa tan prestigiosa y de renombre. ─ Se burla otra chica, haciendo que mi sangre hierva en mis venas. Aprieto la mandíbula con fuerza, tratando de aplacar las imperiosas ganas de saltarle y arrancarle unos cabellos.
─ Y, según ustedes, usando esas ropitas caras que están exhibiendo, ¿tendrán más oportunidad que yo? ─ Enarco una ceja, burlona. ─ Hasta donde sé, esta empresa no discrimina a nadie por cómo viste. Aquí lo que vale es la inteligencia, no la ropa que usas. Ah, pero ustedes no están listas para esta charla, puesto que ni siquiera son conscientes de cómo se debe usar un cerebro. Lástima que aún no exista un manual para facilitarles la tarea. ─ Espeto, riendo con sorna. ─ Ustedes creen tener más oportunidad que yo, pero para mí, nadie pagó para comprar mi título universitario. Ni usé el dinero de mis padres para comprar mi ropa y, mucho menos, para comprarme esos bolsos de diseñador. Ustedes no son las que poseen dinero, sino más bien, sus padres. O acaso ¿me dirán que trabajaron para conseguir su propio dinero?
─ ¡Escúchame bien, mosquita muerta! ─ Se altera una de las chicas, con el rostro teñido de rojo. Hasta podría ver el humo saliendo por sus orejas. ─ ¿Quién te crees tú para venir a juzgarnos? Mírate, estúpida. No eres más que una indigente pobretona soñando alto, creyendo que tienes la capacidad de obtener un puesto tan importante al lado del director...
─ ¡Ahhh! Ahora lo entiendo todo. ─ Interrumpo su habladuría sin sentido, sonriendo, altanera. ─ Ustedes no están aquí por el puesto de asistente. Ustedes están aquí porque quieren enredarse con el Director General. ─ Suelto una risita burlona. ─ Quieren abrirle las piernas a aquel hombre atractivo que posee un bolsillo aún más atractivo, ¿no es así? Para conseguir un marido millonario que las mantenga.
─ ¡Maldita perra callejera! ─ Gruñe la joven, totalmente fuera de sí. ─ Eres una desgraciada, pobretona y malcriada...
En un instante, mis reflejos se percatan de lo que la mujercita pretendía hacer. Darme una cachetada violenta. Sin embargo, mi mano termina sujetando su muñeca, que queda pendiendo al aire por mi agarre. Con la mandíbula tensa al extremo, respirando con dificultad, la chiquilla me mira con ojos encendidos de furia.
─ ¿Acaso no sabes defenderte con palabras, señorita? ─ Enarco una ceja, desafiandola. ─ La ignorancia se mide por la cantidad de insultos que utilizas para defenderte.
Seca, espeto. Suelto su puño bruscamente, mientras observo, con un brillo de diversión, los ceños fruncidos de las presentes. Es evidente a más no poder, que se quedaron pensando en mis últimas palabras. Entendieron absolutamente nada y eso es realmente divertido.
Doy un paso atrás y, para mi gran sorpresa, mi espalda choca contra algo duro, sólido, como si se hubiese levantado un muro atrás de mi. Tragando con cierta dificultad, doy media vuelta, quedando estupefacta y con los pulmones sin funcionar.
••• DANTE •••
Gael me había notificado sobre las convocadas para la entrevista de hoy. Quería cerciorarme personalmente de escoger a la persona correcta. Buscaba alguien inteligente, astuta, ambiciosa. Y así, sin más preámbulos, me encaminé hacia la sala de reuniones de Recursos Humanos. Pretendía llevar a cabo las entrevistas por mí mismo, de modo que pudiese analizar las acciones y reacciones de las candidatas.
Estaba caminando tranquilamente hacia la sala donde estaban esperándome, cuando antes de girarme y abandonar el pasillo por donde venía, escuché una acalorada conversación entre las candidatas.
Completamente envuelto por una burbuja de curiosidad, me mantengo escondido en el pasillo, tratando de oír de qué se trataba aquel alboroto.
─ A ver, ¿quién tendrá los ovarios para enfrentarme? ─ Una voz femenina (que me hizo erizar los pelos de la nuca) resuena por el espacio.
─ ¡Ay, por favor! ─ Exclama otra voz femenina, en tono burlón. ─ Acaso ¿no te das cuenta que no encajas? ─ Curioso, trato de espiar sin ser descubierto. ─ Mira nada más el costal de papas que estás vistiendo… ─ Una joven castaña apunta a otra, pelirroja, con evidente asco y desdén. Frunzo el entrecejo, un poco molesto por lo que acabo de ver.
─ Es que ella en serio cree que tendrá una oportunidad de trabajo aquí, en una empresa tan prestigiosa y de renombre. ─ Se burla una chica rubia, haciéndome rodar los ojos con fastidio.
─ Y, según ustedes, usando esas ropitas caras que están exhibiendo, ¿tendrán más oportunidad que yo? ─ Me sorprende de sobremanera ver cómo se defiende aquella joven, cuya apariencia física demuestra cuán humilde y sencilla es. ─ Hasta donde sé, esta empresa no discrimina a nadie por cómo viste. Aquí lo que vale es la inteligencia, no la ropa que usas. ─ Muy bien, señorita. Ya tiene un punto a su favor. ─ Ah, pero ustedes no están listas para esta charla, puesto que ni siquiera son conscientes de cómo se debe usar un cerebro. Lástima que aún no exista un manual para facilitarles la tarea. ─ No lo puedo creer… Estoy agradablemente sorprendido de escuchar como esa joven se defiende, tan elegante y sin la necesidad de recurrir a insultos bajos y sucios. ─ Ustedes creen tener más oportunidad que yo, pero a mí, nadie pagó para comprar mi título universitario. Ni usé el dinero de mis padres para comprar mi ropa y, mucho menos, para comprarme esos bolsos de diseñador. Ustedes no son las que poseen dinero, sino más bien, sus padres. O acaso ¿me dirán que trabajaron para conseguir su propio dinero? ─ ¡Uh! Eso debió doler. Ya admiro el carácter de esa mujer.
─ ¡Escúchame bien, mosquita muerta! ─ Alterada y fuera de sí, una de las chicas gruñe, roja de rabia. ─ ¿Quién te crees tú para venir a juzgarnos? Mírate, estúpida. No eres más que una indigente pobretona soñando alto, creyendo que tienes la capacidad de obtener un puesto tan importante al lado del director...
─ ¡Ahhh! Ahora lo entiendo todo. Ustedes no están aquí por el puesto de asistente. Ustedes están aquí porque quieren enredarse con el Director General. ─ Espera, ¿qué?. ─ Quieren abrirle las piernas a aquel hombre atractivo que posee un bolsillo aún más atractivo, ¿no es así? Para conseguir un marido millonario que las mantenga. ─ Así que le parezco atractivo.
Interesante...
─ ¡Maldita perra callejera! Eres una desgraciada, pobretona y malcriada… ─ Una de las jóvenes pierde totalmente la cordura y, cuando pienso que irá a golpear a la pelirroja, mi sorpresa es grande.
La joven pelirroja detiene su acto al aire, sujetando la muñeca de la castaña y dedicándole una mirada cargada de desafío.
─ ¿Acaso no sabes defenderte con palabras, señorita? La ignorancia se mide por la cantidad de insultos que utilizas para defenderte.
Esas palabras… Esa frase no me es desconocida. Si no me equivoco, las ha dicho el mismísimo Paulo Coelho.
Para mi gran dicha, observo con detenimiento la confusión que se instala en el semblante de las demás presentes.
¿Cómo es posible que no logren comprender palabras tan sabias y tan sencillas a la vez?
Presenciar esta escena me ha dado la respuesta. Ya sé quién se encaja a la perfección para ser mi asistente y ya no es preciso tener que soportar ninguna entrevista.
En cuanto la pelirroja suelta el pulso de su atacante abruptamente, decido que es hora de salir de mi escondite. Parado detrás de ella, no se percata de mi presencia y termina chocando contra mi pecho al dar un paso ciego hacia atrás.
Me divierte un poco ver su expresión de evidente pánico, puesto que no se esperaba por nada del mundo chocarse así conmigo.
Con el rostro neutro y sin demostrar nada en mi semblante, apenas atino a decirle a la pelirroja, observando su rostro detenidamente.
Es preciosa y ni siquiera está usando maquillaje. Al menos, no como las demás.
─ Señorita… ¿Cuál es su nombre? ─ Pregunto, mi voz sonando más ronca de lo normal.
─ E… Emma Almeida, se-señor. ─ Titubea su respuesta, evidenciando aún más su nerviosismo.
─ Señorita Almeida, haga el favor de acompañarme. ─ Pido amablemente, girando sobre mis talones y caminando hacia el pasillo por donde había venido. Y sin voltear a ver atrás, exijo en tono frío. ─ Las demás, hagan el favor de retirarse.
─ Pero ¿y la entrevista? ─ Cuestiona la castaña que quiso golpear a la joven Emma. Enarcando una ceja y viéndola por encima del hombro, respondo.
─ Con la escenita que acabo de presenciar, ya no hace falta entrevista alguna. Ninguna de ustedes es apta para el puesto vacante. ─ Las jóvenes me observan, perplejas por mi tono frío y cortante. ─ Así que les agradezco que se retiren de inmediato.
Y sin mediar más palabras, camino de manera autoritaria e imponente, sintiendo la presencia tímida de Emma Almeida.
Pelirroja natural. Piel blanca como la nieve, cabellos rojizos como el fuego, caen en sus hombros en ondas rebeldes, ojos verdes claros (raros y vivos) y unos labios naturalmente enrojecidos, carnosos, sensuales y… apetitosos.
Controlate, Dante. ¡Será tu más nueva funcionaria, hombre!
Y sin dirigirnos una palabra siquiera, adentramos el ascensor, rumbo al piso presidencial.