••• DANTE •••
─ Y tú ¿quién eres? ─ Su mirada se fija en mí, analizandome de la cabeza a los pies. Carraspeo, un tanto incómodo.
─ ¡Ah, sí! Mamá, él es Dante... ─ Emma se apresura a presentarme. ─ Dante, ella es Perla, mi madre.
Perla es una mujer de unos 40 años (o es lo que aparenta a simple vista). Tiene la piel blanca, ojos verdes vivos y labios carnosos naturalmente enrojecidos: características idénticas a las de su hija, variando apenas en el cabello: dónde Emma lo tiene en un tono rojizo, su madre lo tiene castaño oscuro, casi n***o. Aunque ya se le notan algunas canas perdidas por ahí. Aún así, no deja de ser atractiva y bonita.
─ Mucho gusto, señora. ─ Le extiendo la mano y ella la toma vivazmente, sonriendome de manera amable y cálida que sólo una madre puede hacer. ─ Ahora sé de dónde su hija sacó tanto encanto. ─ Suelto sin pensar, sintiendo mis mejillas arder por mi sinceridad.
La madre de Emma suelta una carcajada divertida.
─ El gusto es todo mío, señor Dante. ─ Dice alegremente. ─ Querida, ¿dónde encontraste a un hombre tan encantador? ─ Voltea a ver a Emma, sonriendo divertida.
─ Mamá... No lo encontré. ─ Emma se sonroja, incómoda. ─ Es mi jefe.
─ ¡Oh! Señor Montenegro... ─ La mujer de repente se asombra bastante, pero se recompone con una sonrisa afable. ─ ¿Qué lo trae a nuestra humilde residencia?
─ Mami... ─ Emma llama la atención de su madre. ─ Invité a Dante para que conociera el bar de Zayn.
─ Eso es estupendo, cariño. Mereces un poco de distracción también. ─ Dice la señora Perla, mirando a su hija con un amor infinito que podría derretir a cualquiera. ─ Espero que cuide a mi pequeña, señor Montenegro. ─ Se dirige a mí.
─ Por favor, dime Dante. Y no se preocupe, traeré a Emma de vuelta a casa sana y salva. ─ Le guiño un ojo y la señora me sonríe con todos los dientes.
─ Mami... ─ Emma dice, sus ojos están pegados a la taza de té que su madre sostiene. ─ ¿Qué es lo que estás bebiendo?
─ Oh, no es nada. Sólo un té de tilo... ─ Se encoge de hombros, como si no importara.
Emma la mira insistentemente, exigiendo la verdad con apenas una mirada. Como no obtiene respuesta, le quita la taza humeante de las manos y lo acerca al rostro, frunciendo el ceño.
─ Esto no es tilo. Dime la verdad. ─ Emma exige con un semblante preocupado. Su madre apenas suelta un suspiro, luciendo agotada de repente.
─ Es sólo un calmante para el dolor de cabeza. No es para tanto, hija. ─ Toma su taza nuevamente y la acerca a sus labios, bebiendo un sorbo. ─ Pasé el día con un dolor de cabeza insoportable, por eso me dejaron salir más temprano del trabajo.
─ Mamá... ─ El tono de voz de Emma suena con evidente preocupación.
─ Ya estoy mejor. No te preocupes. ─ Sonríe nuevamente. ─ Ahora vete a preparar que se les hace tarde.
─ Creo que mejor me quedo a cuidar de ti...
─ ¡Ni lo pienses, señorita! ─ La señora Perla interrumpe a su hija, tajante e imponente. ─ Ya te dije que estoy mejor. Ahora vete, tómate una ducha que ya te hace falta. ─ Hace una mueca como si estuviera oliendo algo realmente desagradable, haciendo que Emma abriera sus ojos de par en par, alarmada y avergonzada.
Mi linda asistente asiente ante la orden explícita de su madre y sale corriendo, perdiéndose dentro de una habitación. Me vuelvo a la señora Perla, analizandola.
Observándola con detenimiento, el cansancio es evidente en su facciones. Y si mi visión no me engaña, podría decir que parece un tanto... enferma.
─ Señora Perla... ─ Llamo su atención.
─ Nada de señora. ─ Me apunta con su dedo índice, el ceño fruncido y una mueca simpática. ─ Puedes llamarme Perla, nada más. Ven, sentémonos y charlemos en lo que Emma termina de arreglarse.
─ De acuerdo.
Ni loco sería capaz de contradecir a esta mujer. Puede ser más pequeña que yo, pero sabe infundir miedo. Una vez sentados en el sofá, ella quedando frente a mí y una mesa ratona en medio, carraspeo y me atrevo a lanzar la siguiente pregunta.
─ Perla... ¿Está usted segura que se encuentra bien? ─ Ella me mira atentamente, sin demostrar ningún tipo de emoción.
─ ¿Qué le hace pensar que no estoy bien, Dante? ─ Responde mi pregunta con otra pregunta... Genial.
─ Mire, señora... Quiero decir, Perla. Sé que apenas la conozco y que no tengo ningún derecho a meterme en sus asuntos, pero...
─ Pero... ¿qué? ─ Insiste.
─ Pero siento que está mintiendo respecto a su salud. Tal vez, está ocultandole algo a su hija... O simplemente está haciendo vista gorda e ignorando deliberadamente que pueda estar enferma. ¿Está usted realmente segura de que se encuentra bien?
─ Dante Montenegro. ─ Dice en tono suave, pensando en sus siguientes palabras. ─ Usted parece un hombre bueno, totalmente diferente a los demás de su círculo social. Por lo tanto, no me desagrada el hecho de que mantenga una amistad sincera con mi hija. ─ Le da un sorbo más a su té y vuelve sus ojos a mí. ─ Estoy bien. No hay nada de qué preocuparse. ─ Sonríe, pero aún así no estoy convencido. Me quedo mirándola insistentemente, lo que provoca un resoplido en ella, poniendo los ojos en blanco. ─ Bien... Iré a consultar con el médico la semana entrante, pero deja de mirarme así. ─ Hace una mueca, fingiendo temor. ─ Me asustas.
Sonrío, satisfecho por conseguir que al menos pensara en visitar al médico. Sólo espero que realmente todo esté bien. Emma sólo tiene a su madre y el modo en que siempre habla de ella y la manera en que la mira, demuestra lo mucho que la adora. Es su heroína, como siempre lo dice.
─ Bien. ─ Le digo con una sonrisa triunfante. ─ Vendré a visitarla la semana entrante para saber si realmente ha ido al médico.
─ Pero ¡qué insistente y fastidioso eres! ─ Resopla, luciendo exasperada y divertida a la vez. Ese simple gesto la hace parecer aún más a Emma.
─ Es una promesa.
─ ¿Qué es una promesa?
Volteo hacia la voz familiar y me encuentro con una despampanante y ultra sexy mujer. Me quedé perdido, mirándola con la boca ligeramente entreabierta.
Emma lucía en su cuerpo cargado de curvas deliciosas un crop-top blanco inmaculado de tubo fruncido, sin mangas y sin tirantes, demostrando la perfección de sus redondos (y bien parados) senos que, aparentemente, estaban libres del brasier. Ese pequeño pedazo de tela cubría su piel hasta las perfectas curvas de su finísima cintura de avispa, dejando al descubierto su sensual ombligo. Un short jeans corto de mezclilla, cintura alta y de color n***o acompañaba su atuendo. Es tan corto que ni se aproxima a la mitad de sus muslos. Debe cubrir apenas sus glúteos. Trago saliva con mucha dificultad, sintiendo de repente, mi boca seca. Y como complemento final, está calzando un par de all-stars blancos, combinando con el crop-top.
El modo en que está vestida, mostrando demás y no mostrando nada a la vez, la deja bastante hermosa, mucho más sexy que lo habitual. Sus curvas parecen más acentuadas con ese conjunto de prendas, marcando sus caderas a la perfección. Sus piernas están deliciosamente marcadas, como si toda su vida las hubiera ejercitado.
Me descubro comiéndola con la mirada descaradamente, imaginándome, sin pudor, cómo sería arrancarle toda esa ropa y tenerla completamente desnuda, mientras me pierdo entre sus piernas, yendo a descubrir el sabor de su...
─ Nada, cariño. ─ La voz de Perla me saca abruptamente de mis pensamientos pecaminosos. ─ Trata de no ensuciar mi piso con tu baba, querido Dante. ─ Me susurra, haciéndome carraspear y desviar la mirada, incómodo. ─ Sólo volvía a pedirle a este encantador joven que cuidara de mi pequeña niña...
─ Ya no soy una niña. ─ Emma hace un mohín, que la hace ver adorable. ─ Además, sé cuidarme sola. ─ Y para reforzar sus palabras, sacude un spray de pimienta en sus manos, guardandolo en su pequeño bolso n***o que le cuelga de un hombro.
Suelto una risa divertida, incapaz de contenerme.
─ Conmigo a tu lado, no necesitarás usar eso, niña... ─ Enfatizo en la última palabra, consciente de que la estoy provocando adrede.
─ ¡Que no soy una niña! ─ Refunfuña, cruzándose de brazos. Perla y yo soltamos una sonora y divertida carcajada. ─ Ya, vámonos.
Emma se despide rápidamente de su madre, abrazándola y besándola con mucho cariño y sale de la casa, visiblemente molesta por haberla provocado delante de su progenitora.
─ No se preocupe, cuidaré muy bien de su hija. Y por favor, espero que vaya a consultar con un médico lo más pronto posible. ─ Me atrevo a darle un gentil beso en la mejilla y me dispongo a salir detrás de Emma, cuando a mis espaldas, suelta...
─ Sé que te gusta mi hija. ─ Paro en seco, paralizado por la seguridad al escucharla proferir esas palabras. ─ Y por ende... Sé que cuidarás de ella a la perfección. Y lo que respecta al médico... Puedes estar tranquilo, siempre cumplo mis palabras. ¡Diviértanse!
Y sin mediar más palabras, abandona la sala y se pierde dentro de otra habitación. Sacudo la cabeza y salgo de la casa. Algunas preguntas burbujean en mi interior, confundiéndome absurdamente.
¿Cómo es que esa mujer se dio cuenta que me gusta Emma? En realidad... ¿Me gusta Emma?
Ay, Dante. No seas ridículo. Casi babeas por la pelirroja en cuanto tus ojos la vieron y encima, la devoras con la mirada como si fuese un pedazo de carne bien asada. Que te fascina es casi un eufemismo, por decir lo mínimo.
Oh, si. Gracias, subconsciente. ¡Me has ayudado bastante!
─ ¿Dónde vas? ─ Pregunta Emma detrás de mí. Estaba tan perdido en pensamientos que no me di cuenta que la estaba dejando atrás. ─ No iremos en tu lujoso coche, señor Montenegro. Tomaremos un taxi.
─ ¿Para qué ir en taxi, cuando disponemos de esto? ─ Cuestiono, enarcando una ceja y apuntando hacia mi BMW. Emma rueda los ojos.
─ Iremos a un bar latino. ─ Dice como si fuera obvio. ─ Habrá bastante cerveza helada y música alta. Por lo que vamos a bailar, beber y volver a bailar hasta el amanecer. ─ Se acerca a mí, desafiante. ─ No permitiré que nos mates en la carretera por conducir ebrio. ─ Ok. Ahora lo comprendo. Y no puedo quitarle la razón, porque la tiene. ─ Además, el estacionamiento del local no es muy seguro y tu precioso coche llamaría demasiada atención. ─ Suelto un suspiro derrotado, mirando mi coche por encima del hombro.
─ Dijiste ¿cerveza? ─ Hago una mueca dubitativa. Jamás he bebido cerveza. He bebido todo tipo de bebidas alcohólicas, con moderación obviamente, pero jamás se me antojó la cerveza.
Emma abre sus ojos como platos, su mandíbula cayendo al suelo, totalmente espantada e incrédula.
─ No me dirás que ¿en tu vida has probado cerveza? ─ Niego con la cabeza, sintiéndome avergonzado de pronto. ─ Pues eso lo solucionamos hoy mismo. Del bar no sales sin probar la mejor cerveza de barril disponible en Zayn's bar. Ven, el taxi nos espera.
[ . . . ]
─ Me hubieras avisado que el bar estaba localizado en El Bronx. ─ Acuso, sintiéndome tenso. Algo me dice que debo mantener los ojos bien abiertos esta noche.
─ Me pareció irrelevante. ─ Emma se encoge de hombros, atravesando la entrada del establecimiento.
El bar es bastante espacioso. Hay sofás de cuero n***o, pequeños sillones y pufs cilíndricos del mismo material que el primero, variando en colores blancos y púrpura que parecen brillar en la oscuridad. Hay luces de neón bailando por todo el espacio, producidas por una esfera que gira lentamente mientras cuelga del techo. De un lado, puede apreciarse una barra enorme donde sirven los tragos. Numerosos barmans ejecutan su labor con maestría y agilidad sorprendentes. Por el otro lado se encuentra la pista de danza, donde algunos jóvenes ya se encuentran moviéndose al ritmo de (si mi memoria no me falla) "Pa' que retozen", un clásico de Tego Calderón.