La ansiedad de Santiago estaba en su punto máximo cuando amaneció el lunes, durante el fin de semana se había asegurado de que Viole fuera recogida en el orfanato, pero recibió una llamada del chofer y del hombre encargado de su seguridad porque la chica había tenido un ataque de pánico apenas entró al vehículo que la transportaría.
–Viole, mi niña, ¿qué tienes? –le preguntaba angustiada sor Cristina abrazándola.
–Tengo miedo mami, no creo que pueda ir, ese carro me asusta.
–Madre, ¿ella nunca se ha montado en un automóvil? –interrogó el chofer.
–En realidad, esta es la primera vez que saldrá de estos muros –respondió compungida la monja, se recriminaba por no haberla preparado para alejarse de allí, pudo dedicarse a llevarla a los pueblos cercanos, su pobre niña ni siquiera conocía personalmente los automóviles.
–Con razón ha reaccionado así, madre, creo que deberíamos darle un sedante suave para hacer el viaje –propuso el encargado de su seguridad.
–No me gustaría drogarla para que viaje –alegó la monja.
–Será algo suave, me aseguraré de eso, iré a una farmacia y solicitaré apoyo seguro –insistió el hombre.
–Está bien, mientras tanto le haré una bebida caliente con valeriana, eso la ayudará a calmarse.
Santiago estuvo angustiado temiendo que no pudiera viajar, cuando al fin le anunciaron que estaban saliendo del lugar, se mantuvo atento al viaje, pidiendo reportes cada media hora, el vehículo en el que la transportaron estuvo custodiado hasta la puerta del edificio donde habitaría la joven.
Una media hora antes de llegar al apartamento donde viviría, comenzó a despertar, Juan Antonio, el encargado de su custodia, se dedicó a distraerla, estaba sentado a su lado y le iba describiendo algunos lugares por los que pasaban, eso le sirvió de mucho ya que no volvió a repetirse el ataque.
Cuando arribaron al lugar, él la ayudó a bajar del vehículo, ella miró a su alrededor girando sobre sus propios pies, luego alzó la vista hacia el edificio y abrió la boca en una perfecta O, demostrando su asombro.
–¿Está seguro de que este es el lugar donde voy a vivir?
–Sí señorita.
–Pero esto es demasiado. ¿Puede llamar a su jefe?, necesito que me confirme que no me van a cobrar por esto.
–No es necesario que llame a mi jefe, tengo sus órdenes claras y precisas, buscarla en su antiguo hogar, traerla aquí, acompañarla a revisar todo para saber si está conforme y proveerla de cualquier cosa que necesite.
–Está bien por ahora, pero el lunes hablaré con ese jefe de nosotros, porque yo no me voy a pasar el resto de mi vida pagando por algo que no pedí; venga vamos a revisar todo y le diré si estoy conforme.
Viole recorrió cada rincón del apartamento, la sonrisa no se borró de su rostro en ningún momento y cuando estuvo en la cocina saltó de alegría al ver el refrigerador tan lleno como la despensa.
–Voy a cocinar muy rico con todo esto, ¿usted tiene hambre?
–Muchas gracias señorita, pero creo que no debería.
–¿No debería qué?, ¿comer?, ¿cómo se le ocurre?, usted ha sido muy amable, juntos hemos hecho un largo viaje y me cuidó, lo cual agradezco, así que, si yo tengo hambre, usted también, tome asiento y mientras yo cocino me va contando cosas de la ciudad, también algo así como explicarme qué hago para llegar a mi trabajo.
–Señorita, tendrá un vehículo disponible para llevarla a la casa de modas, también podrá llevarla a cualquier otro lugar que desee ir.
–No voy a querer ir a ninguna parte porque no conozco nada fuera del convento, el colegio o el orfanato, esta es la primera vez que salgo de allí, lo que realmente me alarma es lo del transporte, parece que no soy amiga de los automóviles, debe ser que en mi otra vida choqué con uno –comentó inocentemente y riendo por su conclusión.
–Poco a poco se irá acostumbrando.
El teléfono del hombre sonó y atendió enseguida al ver de quién se trataba, pero se apartó un poco para hablar.
–¿Ya se instaló? –preguntó Santiago al otro lado de la línea.
–Sí señor, lo que más la emocionó fue la cocina, ahora mismo está allí preparando algo de comer para los dos.
–¿Vas a comer con ella? –preguntó Santiago tratando de sonar indiferente, pero tenía el puño apretado esperando la respuesta.
–Así es, se empeñó en agradecerme el viaje de esa forma.
–Recuerda darle el teléfono y enséñale a usarlo, luego puedes retirarte y dejarla descansar –comentó como si nada, pero solo quería asegurarse de que no estuviera más tiempo del necesario con la joven.
–De acuerdo señor, así lo haré.
Juan Antonio cerró la llamada y buscó dentro del maletín que llevaba con él, allí tenía una caja con una cinta de regalo, la sacó y caminó hasta la amplia cocina nuevamente.
–Señorita, aquí tiene un obsequio de bienvenida a la empresa.
–¿Un obsequio?, ya estoy emocionada por el lunes con tantas cosas buenas que tiene esa empresa, a ver, ¿qué es? –comentó al recibir la caja, la abrió y entonces miraba interrogante a Juan Antonio.
–Así no estará incomunicada.
–A decir verdad, no tengo a quien llamar, en el orfanato solo hay un teléfono en la oficina de sor Martina y eso porque es la jefa, pero bueno, gracias, ¿me dice cómo se usa por favor?
Juan Antonio le dijo que al terminar la comida con gusto la ayudaba; el primer teléfono que agendó fue el de él, también le dio el del chofer que la recogería cada día, luego agregó el de la empresa, pero no se atrevió a darle el del jefe, esperaría a tener su autorización.
Por su parte Santiago sí tenía el número de ella registrado, pero esperaría a tratarla un poco más para atreverse siquiera a enviarle un mensaje, estaba confundido con toda la situación, desde el momento que supo que ya venía en camino a la ciudad, sentía emoción y temor a partes iguales.
Seguramente ella ya no lo recordaba, nueve años habían pasado desde que sus miradas se encontraron y en ese entonces, se reprochó mil veces la atracción que sintió, era una niña, aunque él solamente se había fijado en sus ojos y ya no pudo sacarla de su mente, por eso estuvo al tanto de ella todo el tiempo, por eso la tenía ahora en la ciudad y por eso haría todo lo que estuviera en sus manos para protegerla siempre.