Desperté recibiendo un cálido sol que logré apreciar desde mi ventana, muy alegre y emocionada comencé mi día, me arreglé para bajar a desayunar y ayudar a mi madre en terminar de empacar.
Estoy demasiado emocionada, tal vez California sea un nuevo reto, una gran aventura, una nueva etapa en mi torpe vida. Ese nuevo comienzo que no quieres pero que en el fondo anhelas tener.
—¡Mia!—Escuché que gritó mamá.
—¡Voy!—Respondí.
Hoy se llevan todas nuestras pertenencias, dejaré esta ciudad atrás, comenzaré una nueva vida en California con mi madre. Lo repetía varias veces en mi mente hasta que dejara de acelerar mi pulso y traer tanto miedo a mi.
Bajé y ahí estaba esa hermosa mujer haciendo mi desayuno, esa mujer que me dio la vida, esa mujer a la que le debo todo, amo a esa señora, mi madre.
—Ahí está tu desayuno, mía.— Dijo con una sonrisa.
—¿Ya tú desayunaste? madre— Pregunte sentándome a desayunar.
—Si, hace un rato, mientras dormías.—Dijo muy feliz.— Dentro de un rato vendrán por las cosas para llevarlas a California. Debemos empacar bien, no dejar nada a la ligera y que nada se dañe en el camino.—Dijo muy animada, sin embargo vi un cambio drástico de ánimo, inevitable de ocultar.— Hija, se me hace difícil dejar esto atrás, cambiar de vida tan rápido, y perdona si esto es lo que no quieres, pero te prometo que cada día será mejor al anterior, esto lo hago por ti, por nosotras. Y si un día solo quieres volver, lo haremos.
—Mamá, tranquila, nos irá genial, tal vez hasta consigas un chico que le de una vuelta inesperada a tu vida.—Dije con voz juguetona.
—Tú no te quedas atrás.— Dijo burlona.
Claro. Lo que menos quiero ahora es un chico. No está en mi lista de prioridades.
Sonó el timbre, sabía que eran los de la mudanza. Esto en cierto punto me ponía nerviosa, ¿Y si se me quedaba algo? ¿Si se pierde algo en la mudanza?
(...)
Subí a mi habitación mientras observaba por la ventana como se llevaban cada una de las cajas, cada adorno, cada maleta, todos estos años aquí se irán. Nos iremos, quién lo diría.
El tiempo pasó tan rápido que no me había dado cuenta que ya estaba oscureciendo, eran ya las 6:30pm de la noche, tenía que descansar.
Caminé a mi cuarto de baño, me vi en el espejo, mi cara larga, mi pulso acelerado, ese nerviosismo que tanto intento controlar. Y viendo relevantemente, estoy algo sucia, mejor una ducha para luego poder descansar.
Entré a la ducha y me di un larga ducha refrescante, salí y me puse un short n***o con una camisa de tirantes, bajé y ahí estaba mamá, sentada en el sofá viendo televisión.
—¿Que ves, mamá?—Dije sentándome a su lado, claramente no me había fijado que ella estaba dormida. Busqué una sabana y se la coloqué, subí a mi habitación y me recosté.
(...)
Ya habían pasado los días, hoy nos íbamos a California, hoy comenzaría mi nueva vida.
Miré el reloj, eran las 7:45am, me levanté y fui a bañarme, me puse unos jeans rasgados y un blusón blanco, peiné mi cabello, me puse mis zapatos y bajé. Mi madre no estaba, preparé el desayuno para ambas y subí a llevárselo. Estaba dormida.
—Mamá, despierta... Tenemos que irnos al aeropuerto.— Dije colocando la comida en su escritorio.
—Hey nena, ¿cómo amaneces? ¿Qué hora es?— Preguntó bostezando.
—Son las 8:30am, apurate a las 9:30 hay que estar en el aeropuerto. —Sonrió y se fue al cuarto de baño, iría por su ducha, yo solo salí y bajé a desayunar.
Prendí la televisión y me senté a desayunar, que nervios.
¿La casa seré linda? ¿Donde estudiaré? ¿Tendré vecinos? Tantas preguntas pasaban por mi cabeza. Y no esperaba aclararlas.
(...)
Y ahí estaba, esperando el avión que me llevaría a mi nueva vida; California.
Esto me pone muy nerviosa, nunca había viajado en avión, mucho menos había dejado todo atrás sin más, salir de mi zona de confort, aquello que era tan mío. Nuevos horizontes y una gran aventura me espera por delante.
Estoy tan nerviosa, siento que todo puede salir bien pero a la vez mal. Ya estoy volviéndome paranoica, los nervios y ansiedad están apoderándose de mi.
Las personas del vuelo 6, destino California por favor abordar. Ultimo llamado.—Dijo una señora por micrófono.
Abordamos, ambas aferradas una a la otra. Estaba sentada junto la ventana, me coloque mis audífonos mientras observaba como cada vez se veía mas pequeña mi ciudad, donde nací, donde crecí, donde me convertí en lo que soy.
El despeje fue lo más incómodo pero a la vez, fue un alivio. Después del despegue, el resto es tranquilo, pacífico y sin miedo.
Era entonces, en ese pequeño instante, donde comenzaría un cambio tan grande en mi que no sabía si al final del día, sería capaz de entenderme.