Capítulo ocho

1229 Palabras
Sasha se encontraba en la azotea escolar fumando un cigarro mientras no había rastros de Alice, y así fue, y luego una semana se hicieron dos y luego la vio, caminando por su patio mientras él estaba en clases, donde salió corriendo de su salón pero al verla se detuvo sorprendido con su aspecto. —Alice, tu ojo...—dijo viendo su ojo morado. —Es que me caí, soy bastante torpe—respondió ella tapándose el ojo con el cabello. —Tienes marcas en las muñecas—dijo acercándose e inspeccionarla rápidamente con la mirada. Ella se apartó. —Estoy bien, ¿si? —¿Dónde estuviste? Me preocupé por ti. Te quería ver... —No creo que quisieras mi compañía, siempre me haces sentir que quieres que me aleje—sonrió ella con los ojos vidriosos de lágrimas. Él la abrazó. —Nada de eso es cierto, eres la chica de mis zapatos. —¿Y que significa eso?—preguntó ella dejando correr sus lágrimas. —Pues que me interesas, que quiero ser parte de tu mundo. Ella volvió a apartarse. —Mi mundo solo tiene heridas. —Pues las curaré—replicó él. —No creo que sea posible. —Solo quiero tener la oportunidad al menos... —Siempre haz gozado de la libertad de elegir—espetó ella. —¿Crees que me adoptaron y estoy feliz por eso? —¿Acaso no? —Alice, ha pasado tiempo, ellos tampoco son perfectos, con todas las familias siempre serás un extraño y por eso siempre me alejé de quienes me adoptaban. No terminó como crees. —¿Te pegaron? Él negó con la cabeza. —¿Te dijeron cosas malas? Él negó nuevamente con la cabeza. —¿Te lastimaron de alguna forma? Él niega con desdén imaginándose lo que a ella le pudo suceder. —¿Y entonces? —No iré a la universidad y creo que todos intentar llenar vacíos conmigo. —Así que ése es tu problema. Que no te sientes a gusto ocupando lugares ajenos... Sasha asintió. —No todo lo que brilla es oro. Ella tomó su brazo y lo llevó a la azotea. Allí comenzó a quitarse la ropa. —Oye no es necesario... Ella hizo caso omiso, pero al verla desnuda comprendió todo. Lasceraciones, quemaduras, heridas y cicatrices. —Me gustaría decir que todos me los ha hecho él, pero mentiría. —¿Intentaste suicidarte?—atinó a preguntarle él estupefacto. Ella asintió con la cabeza segura entre lágrimas. —No puedes volver allí, Alice. Ella negó con la cabeza. —Soy su hija... —¿Él te ha...? —¿Preguntas por mi decoro? Pues ya no lo tengo, también me lo quitaron. —¿No fue solo una vez, verdad? —Tuve una madre, alguna vez. Pero se enojaba de que él me pusiera más atención a mí, así que eso era peor entonces. —Mierda, Alice. Tienes que ir a la policía, todo tu cuerpo es una evidencia. —¿Ah si? ya cumpliré la mayoría de edad, nadie resarcirá los daños. —Pero es un comienzo. Esas personas no pueden andar libres—dijo él mientras la vestía. —¿Te doy asco, cierto? Él solo la abrazó. —No tienes la culpa del monstruo ni sus rugidos. Siempre te voy a amar y cuidar a partir de ahora. —¿Y porque estás tan seguro de que quiero ser salvada? —Porque yo también quiero ser salvado. Merezco una vida que me haga sentirme bien con estar vivo... —Yo no voy a ser tu acto de caridad. —No quiero eso y lo sabes. —¿Entonces me protegerás? —Sí, te lo prometo y lo cumpliré. —¿Como cuando éramos niños? Porque es muy tarde—dijo alejándose. —¿A donde vas? —A mi casa. —No puedes volver allí, Alice. —No te entrometas, si sabe de tu existencia será peor para mí. Él la siguió hasta su casa y allí tocó la puerta donde un sujeto de cincuenta y tantos con anteojos y de barba desprolija sale de la misma morada. Sasha no puede contra sus instintos y comenzó a golpearlo, de pronto todo era rojo y ella gritaba que parara, el hombre seguía en el suelo cuando Alice lo echó. —Corre, no puedes ir a la cárcel. Él hizo lo razonable y corrió mientras Alice llamaba a una ambulancia, pero luego volvieron a pasar los días y no supo de ella lo que lo paralizaba y le daba miedo, era la primera persona a la que golpeaba pero aquel sujeto le inspiró tanta barbarie que no pudo ser de otra forma. Él entró a una iglesia para pedir lo único que le importaba, rezar por la salud de Alice y su seguridad. —¿Que haces aquí? Eres agnóstico—espetó una voz conocida. —¿Alice? —¿Quien más podría ser? ¿Estás de broma? —¿Cómo está él? —En coma, pero ya no me lastima si es lo que te preguntas. —Entonces huyamos—dijo acercándose a ella y tomándola de la mano rápidamente. —No puedo. —¿Porque? —Porque quizás no vuelva a caminar o a hacer sus cosas por si mismo y legalmente sigo siendo su hija. —Tú misma dijiste que cumplirías la mayoría de edad en poco tiempo, no tienes esa obligación, Alice. —¿No lo pensaste, verdad? —¿En que? —En que lo que harías podría comprometerme... —Intentaba hacerlo pagar, Alice. —¿Yo te pedí que lo hagas? —No... —Entonces, ¿puedes ver el daño que me has causado? Seré su prisionera... —No puedes quedarte con él—insistió Sasha. Ella negó con la cabeza. —Soy su hija. —Pero él te lastimaba... —No tengo pruebas para decírselo a la policía. —¿Estás de broma? ¡Todo tu cuerpo es una maldita prueba! —Pudo haber sido cualquiera, de todos modos, sabes lo que piensan de las personas que somos adoptadas. —Pero ésta es la verdad, tu no te hiciste esas cosas. Bueno, no al menos todas... —Quizás no todas, pero no puedo dejarte así. No ésta vez. —¿Porque sería diferente de todas las demás? —Porque te quiero, Alice. Siempre te he querido, solo me adoptaron, no significa que me olvidé de ti. —No volviste por mí. —Sí volví—espetó él—.Pero ya no estabas. Ella lo miró con gesto de sospecha. —¿Cómo sabré que es cierto? —Porque ya no era la casa de acogida. Era un consultorio médico. Y siempre busqué de nuevo el horfanato, pero no te encontré en ninguno. —Porque alguien ya me había adoptado... —¿Lo ves? No arruiné lo nuestro. —¿Lo nuestro? Éramos unos niños. —Es nuestro destino estar juntos, ambos lo sabemos Alice. —Deja de endulzarme con tus palabras, somos adultos. —No, me niego a creer que crees que te lo merezcas, o que no hay tiempo para nosotros aún... —¿Lo hay acaso? —Siempre... —Está bien, yo te alcanzaré—espetó ella dándole una caricia en la mejilla. Lo cierto es que Alice desapareció, y no volvió a saber de ella.
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