Capítulo diez

1182 Palabras
Ares se presentó en la iglesia donde vivía Tabitta y la esperó con un ramo de flores. Pero ella no estaba, solo se encontraba el pastor de la iglesia. —¿Eres el amigo de Tabitta?—preguntó directo un hombre con el cabello casi blanco de canas, no le fue difícil suponer que era el pastor de la iglesia. —Sí, ¿ella está aquí? El hombre reniega con la cabeza y se sienta a su lado invitándole un cigarro. —No fumo, además es una iglesia, no es apropiado creo ¿no?—dijo Ares con timidez frente a la presencia que el pastor emanaba. —Así que eres bueno... —No se si es decirlo así—dijo tragando saliva. —¿Ya te ha contado sobre su hermana? —Sí, me dijo que vive en el pueblo contiguo. —Sí, ella me ha dado más dolores de cabeza—rió con voz rasposa—Pero, Tabitta es diferente. Se parece a su madre y es tan...sensible. —¿Que ocurrió con su madre? —La vida. Eso es lo que pasó—dijo caminando por la iglesia con la mano en la barbilla con gesto pensativo—¿Que busca un chico como tú en Tabitta? —Pues, soy su amigo. —¿Y crees que por eso la vas a salvar? —¿Salvarla de que? —De su apariencia. —A mí no me importa su apariencia. —Eso está visto, pero el mundo es cruel y lo sabes... —Pues la defenderé si es necesario. El pastor rió cabizbaja. —¿Que? ¿Dije algo malo?—inquirió Ares. —No, solo eres un joven idealista. Pero no puedes ir esparciendo esperanza, porque el mundo es verdaderamente ruin. —¿Y Dios? —Dios está haciendo lo suyo, en la tierra estamos nosotros. —¿Usted acaso no es un hombre de fe? —Me dediqué a ésto porque mi esposa quería ser monja. —¿Es un tributo a ella? El hombre negó con la cabeza cabizbaja. —Mucha de nuestra historia transcurren en éstas iglesias... —¿Iglesias? —Bueno, no importa. Algún día me encontraré con ella. —Pero ella está muerta...¿cierto? —En ocasiones los fantasmas y las personas pueden volverse uno. ¿Nunca has visto a una persona caminar sin alma? —No señor. —Bueno, yo era uno de ellos. Pero eso no tiene nada que ver con Tabitta. —¿Que hubiera deseado su madre respecto a Tabitta? El pastor lo miró con el ceño fruncido. —Eres perspicaz, hijo mío. Pero si la lastimas, tienes que saber que no es como una chica normal, le romperás el corazón y no solo eso, la tristeza que tendrá en su rostro no será amable y solo la recordarás que ella no es como los demás y eso terminará por destruirla por completo—espetó antes de retirarse—Créeme, lo digo con experiencia. Mientras en el pueblo adjunto, a su melliza terrenal, se encontraba Aulio esperando al pastor en una iglesia pero solo apareció una joven novicia. —¿Que haces aquí? —Oh...esperaba al pastor. Ella rió alegre. —Ésta iglesia es muy vieja, ya no tiene pastor ni peregrinos, solo soy yo. —¿Eres monja? —Novicia. —Entiendo—dijo levantándose de su asiento para marcharse. —¿Porque buscabas al pastor? —Pues quería saber que me aconsejaría el representante de Dios.. —¿Y porque ésta iglesia y no otra? —No quería el gentío de otras iglesias. —Claro, entiendo. Eres famoso ¿cierto? —No, pero tengo un nombre que mantener, supongo...soy pianista. —¿Entonces evitas a alguien? —Algo así—dijo volviéndose a sentar y tomando su mano en la nuca. —¿Porque?—insistió la novicia. —Porque creo que no la puedo amar como se merece. —¿Porque?—repitió ella. —Es que yo...ehm, voy a morir. —Todos vamos a morir—dijo inocente la novicia. —Sí, lo sé, pero yo lo haré pronto. Estoy enfermo. —Entonces apúrate y disfrútalo. —No es tan simple. No puedo meterme en la vida de alguien si voy a morir. —¿Porque no? —Porque le romperé el corazón. —Por lo que entiendo es que si viniste, es porque ya entraste en su vida. —Bueno, sí, algo, supongo. —Entonces ya no hay vuelta atrás. ¿Porque no vivir algo solo por pensar en cómo terminará? —Porque quiero darle seguridad—espetó Aulio—.Y no puedo dársela si me iré un día de éstos... —Pues si la amas y ella te ama, querrá estar contigo hasta lo último. —Pero no podemos—insistió él tajante. Ella ladeó la cabeza. —¡Que excusa más tonta para huir de los sentimientos de las personas! ¡Tú le temes a morir, no a ella! Aulio se quedó mirándola fijamente mientras que pensaba. —Si tuviera miedo a morir hubiera seguido un tratamiento—replicó él. —Que no los hiciste porque te adelantaste al fracaso, como ahora. Solo admítelo, aceptaste una derrota desde que supiste que estabas enfermo. Él gruñó, la novicia tenía razón. Lo supo, en el fondo, pero aquella no era de las verdades que uno quiere admitir, así que solo se llamó al silencio. Quizás solo lo postergaba porque no quería amar a nadie para luego morir, porque le daba miedo morir, pero más le daba miedo amar. —¿Y que sugiere que haga? —Que viva el amor, por última vez. —No creo que sea tan fácil. —Nunca es fácil, todas las personas terminan de alguna manera, todos se arriesgan al enamorarse, pero tienes que estar seguro de involucrarla, porque si estás dudando, debes dejarla ir. —Tampoco podría hacerlo... —Entonces ya la amas. —Probablemente... —No subestimes la vida, incluso cuando hay muerte, pero también hay amor y no hay nada más hermoso que conocer la gloria del mundo cuando piensas que estás totalmente derrotado. Y nada es más trágico que no haber amado y mucho menos por miedo al final. Él rezongó pero se marchó con una respuesta. Esa misma noche fue a la galería, Serena lo vio y lo recibió. —¿No es muy tarde para visitarme? —¿No es muy tarde para estar radiante como si fuera a comenzar el día? Ella rió y se abrazaron. —No me gusta cuando estás lejos—le murmuró ella. Él suspiro con dolor, pero no era momento de decírselo, así que solo la besó en el cachete y la abrazó como si no hubiera un mañana. Y quizá era cierto y no habría un mañana, nunca lo sabría, pero sí sabía algo con total seguridad, un día sin Serena era mucho peor que sufrir y ser un mártir. La amaba, la quería en su vida, y probablemente era egoísta, pero la quería hasta en sus últimos días, quería morir amando y siendo amado.
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