Se asomó en la habitación de Tonya. Estaba recostada en la cama y la fiebre había bajado.
- ¿Te sientes mejor? -
Asintió.
- Tu madre ordenó comida china -
- Genial - sus ojos se iluminaron - Tengo apetito -
- Bien, ¿quieres venir al comedor? Te sentirás mejor si sales de aquí -
Dejó que su padre le ayudara a incorporarse y se apoyó en él para salir de la habitación.
Tonya tenía doce años y era algo más alta que las niñas de su edad. Había heredado de ella sus ojos, aunque el color de su iris era prácticamente ámbar, mientras que tenía una hermosa piel color caramelo y el cabello n***o de su padre.
- Justo a tiempo - Dafne les sonrió al verlos llegar al comedor - El almuerzo está listo -
Almorzaron en silencio y Tonya no dejaba de observar a sus padres.
- ¿Qué sucede? -
- ¿A qué te refieres? - preguntó Eduardo.
- No lo sé. Es extraño que ustedes dos no estén discutiendo -
- No digas esas cosas -
- Bueno, es cierto, papá… Quiero decir, ella discute y tú escuchas - agregó con acritud, mientras jugaba con la cuchara.
- Si te tranquiliza, ya me disculpé con tu padre - dijo Dafne algo ofendida.
- ¿En serio? -
- Sí, ¿por qué te sorprende tanto? ¡Vaya! Ustedes dos tienen una mala opinión de mí -
- Será porque te conocemos, mamá -
- Tonya, no me hables así -
Eduardo hizo un gesto a su hija para que no continuara.
- Bien, veremos cuánto dura -
- ¡Tonya! -
Eduardo no pudo evitar reír. Madre e hija eran idénticas en cuanto a personalidad y temperamento y sabía que a medida que la adolescencia avanzara, Dafne tendría que vérselas con una fuerte oponente.
Tonya también sonrió y cruzó una mirada con su padre. Aunque tratara de parecer una chica indiferente, aún era una niña que extrañaba a su padre y disfrutaba de ser mimada.
El resto de la tarde la pasaron los tres juntos, viendo películas en el sofá y eran casi las nueve cuando él se dispuso a retirarse.
Se despidió de su hija y se dirigió a la puerta, donde Dafne lo esperaba.
- Llévate el auto - dijo tendiéndole las llaves - Yo no saldré mañana. Puedes venir por mí el lunes para ir al trabajo -
- ¿Qué pasará si Tonya sigue enferma? -
- Rose vendrá temprano para estar con ella. En el colegio me dijeron que era mejor que volviera hasta que estuviera recuperada -
- Está bien. Vendré por ti el lunes - tomó las llaves y se dispuso a retirarse.
- Eduardo… - le detuvo por el brazo y se acercó - Gracias -
Le dio un leve beso en los labios.
- Dafne, no creo que debamos…
- No tienes que decírmelo, yo comprendo. A pesar de lo que pasó esta mañana, las cosas no han cambiado. No quiero que sientas que me aprovecho de ti. No lo haré -
- Bien. Es mejor así -
Hizo un gesto con la mano.
- Llámame si necesitas algo -
- Sí, no te preocupes -
//////
Había despertado muy temprano y luego de encargarse de los quehaceres, llamó a Dafne para saber del estado de Tonya.
Apenas era media mañana y tuvo que reconocer que no quería permanecer en casa todo el domingo.
Tomó el teléfono y marcó rápidamente.
- Hola, Franco… ¿Estás en casa? Pensé que podía ir a darle un vistazo a tu auto. Creo que sé que le sucede… Sí, perfecto. Estaré allí en media hora -
Buscó algo cómodo y fresco y tomó el auto.
Franco le aguardaba en la calzada y sonrió al verlo.
- Creí que me estabas tomando el pelo - dijo en cuanto Eduardo bajó del auto.
- ¿Por qué lo haría? -
Lidia se asomó en la puerta y saludó con un gesto.
- Bien, vamos, manos a la obra. Veremos si logras acabar con mi dolor de cabeza -
Se hundieron bajo la capota de vehículo. Eduardo revisaba cables y mangueras, Franco observaba atento, sin tener idea de lo que su amigo hacía.
Luego de un rato le indicó que encendiera el auto. Sonrió al ver el rostro de Franco iluminarse.
- Suena diferente - gritó desde el interior, acelerando el motor.
Ante el ruido, Lidia se asomó.
- ¿Lo lograron? -
Franco volvió a acelerar.
- Vamos, demos una vuelta para asegurarnos que está bien -
- Ya volvemos, querida - dijo Franco y dejaron la casa.
- Oye, parece como nuevo - dijo sin ocultar su sorpresa - ¿Cómo lo hiciste? -
- Mi padre tuvo un taller automotriz por años. Pasé mucho tiempo con él y aprendí algunos trucos -
- Lo había olvidado por completo… Oye amigo, no tengo cómo pagarte. No sabes la cantidad de dinero que he pagado en mecánicos y repuestos -
- No es nada. La verdad no había caído en cuenta hasta esta mañana. Me alegra que funcionara -
- Oye, vamos por unas cervezas. ¿Te quedas a almorzar? Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte -
- Bueno, no quiero cantar victoria todavía. Veremos si mañana enciende sin problemas -
- Aún así. ¿Te parece? ¿O tienes otros planes? -
- No, no tengo planes -
- Entonces celebremos -
Mientras compraban las cervezas en el supermercado, lo vio escribir en el teléfono.
Volvieron a la casa y en el patio ya se oía música y voces. Intrigado, Eduardo siguió al hombre hasta allí.
La parrilla estaba encendida y ya había alrededor de seis personas conversando.
- ¡Hey, chicos! ¡Vinieron! - se acercó a saludarlos.
Eduardo, desconcertado, no notó que Lidia se había detenido a su lado y le tendía una cerveza.
- ¿Cómo lo hizo? - preguntó al reaccionar.
La mujer sonrió.
- Nadie se niega a una buena barbacoa, aunque sea improvisada -
- ¿Siempre es así? -
Ella asintió.
- Le encanta recibir visitas y organizar todo tipo de actividades, aunque sea algo pequeño. Trabaja mucho durante la semana y disfruta de rodearse de gente en su tiempo libre -
- No era así como lo recordaba… Es decir, en la universidad era más callado y tímido -
Lidia sonrió.
- Aún es muy reservado con ciertas cosas, pero supongo que con el tiempo se volvió más sociable -
- Sí, lo cierto es que perdimos contacto por mucho tiempo -
- ¡Oh! Llegaron más invitados - dijo ella mirando a la entrada.
- ¿Te ayudo con algo? -
- No, no. Ve con ellos, ya hiciste mucho por hoy -
- No me molesta. Vamos, te ayudo -
Conversaba animadamente con Lidia en la cocina mientras ella preparaba un poco de ensalada y él se encargaba de los apertivos. Cada una de las personas que llegaba, traía bebidas y algo de comida, así que la cocina estaba llena de empaques.
Maya se detuvo en la entrada de la cocina y sonrió ante la escena. Al notar su presencia, Lidia le lanzó una mirada y saludó solo con un rápido gesto. Se acercó y luego de recibir una cerveza, se quedó al lado de Eduardo, conversando.
No mucho después, Michael se les unió. Se inclinó para besar a Maya, pero esta le ofreció la mejilla y continuó la charla sin prestarle más atención.
Lidia no pudo evitar sonreír divertida al ver la escena. Eduardo, ajeno a todo, iba de un lado a otro de la cocina. Maya, manteniéndose siempre cerca de él y Michael tratando de llamar su atención.
- Pero ¿qué pasa aquí? - la fuerte voz de Franco les sobresaltó - ¿Tienen su propia fiesta privada? Vamos, todos al patio -
- Sí, ya acabamos aquí - respondió Lidia tomando un bol y acercándose a su pareja.
- Vamos, vamos. Todos fuera de la cocina - insistió Franco.
Michael tomó del brazo a Maya, que parecía resistirse.
- Vayan, iré en un momento - dijo Eduardo - Solo me lavaré las manos -
Franco se encargó que todos se enteraran de lo que Eduardo había hecho, como si fuera un acto heroico.
- Bueno, amigo - dijo dándole una palmada en el hombro - Al menos sabes que si te aburres de las computadoras, puedes dedicarte a la mecánica -