Fernando Vidal Acabo de llegar a la mansión de los Vidal en Estados Unidos, donde me percaté de que mi madre se encontraba allí. Su presencia no era una sorpresa, pero la tensión en el ambiente se hacía palpable. Me dirigí a ella con una mirada fría y calculada. —Madre, el miserable de Luis ha desaparecido y sé que tú sabes dónde está —dije con firmeza, mis palabras cargadas de reproche. Ella levantó una ceja, afectando una expresión de sorpresa. —Cariño, ¿por qué piensas yo que sé algo sobre el chófer? —Lo sé perfectamente. Tú enviaste a ese miserable para que atacara a Azul. Por tu culpa, mi hija está muerta —le acusé, mi voz temblando con la furia reprimida. Mi madre intentó defenderse, su tono cargado de indignación. —¿Cómo puedes acusarme de tal monstruosidad? —No soy ning

