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1946 Palabras
Once años atrás . . La navidad siempre se festejaba a lo grande en aquella casa. José la había ofrecido un año con todo su poder de convencimiento y desde entonces nadie había querido perdérse sus festejos. Abril estaba terminando de colocar los regalos debajo del gran árbol mientras intentaba que Dante no los moviera buscando descubrir que tenían dentro. -No vale espiar, por más que lleves el periodismo en la sangre hay que aguantar hasta las doce.- le dijo Emma que acababa de entrar cargando sus propios paquetes para colocarlos debajo del árbol también. -No estaba espiando. Aunque alguien por aqui se muere de ganas de abrirlos.- le dijo Abril mientras se incorporaba y acomodaba la falda de su vestido de seda rojo. -Hola Dante, creo que Miranda y Clara acaban de llegar, ¿No queres ir a jugar con ellas?- le preguntó Emma con ese tono persuasivo con el que siempre lograba que los niños al menos consideraran su oferta. -Dicen que soy chiquito, nunca me dejan jugar con ellas.- se quejó el pequeño, apenas un año menor que Clara. -No dejes que te saquen, avisales que si no, lo mandó a Blas.- dijo divertida y Abril sonrió también. Les gustaba gastarle bromas a Blas, su seriedad en composé con su porte alto y delgado siempre lo hacían lucir mucho más serio de lo que en verdad era, por eso la pareja con Maite era tan eclipsante. Ella era todo lo contrario y sin embargo juntos, eran perfectos. -Vi que Ciro estaba preparando equipos, ¿van a tocar algo?- le preguntó Emma mientras observaban a Dante correr hacia el enorme jardín. -Siempre están tocando algo….- respondió Abril algo fastidiada. -¿Otra vez pelearon?- le preguntó Emma preocupada. Sabía que su amiga y CIro se amaban, pero también sabía que los dos eran tercos y demasiado pasionales, lo que los llevaba a discutir con demasiada frecuencia, sobre todo desde la llegada de Dante, ser padres siempre complicaba los tiempos, como le había pasado a ella con la llegada de Molly, la pequeña había dado vuelta cualquier tipo de plan volviéndolo todo hermosamente caótico. Haberlo visto a Enzo tan embobado, disfrutando desde el primer segundo la llenaba de orgullo. Si bien los dos se desvivían por hacer feliz a León, Molly había traído risas y desorden, había descontracturado el ambiente y ella sabía que León lo agradecía. Si bien siempre había sido un chico tranquilo, el recuerdo de su madre flotaba en la atmósfera, de forma tácita, como si sintiera que nombrarla estaba mal, pero en el fondo la extrañara. León había terminado sus estudios con un excelente promedio y cursaba la facultad de medicina para seguir los pasos de ella y Enzo. Nunca se quejaba, pero tampoco sonría con frecuencia, tenía pocos amigos y solo esperaba cualquier feriado festivo para escapar a la playa a surfear, siempre le había gustado, parecía uno de los pocos momentos en los que podía ser el mismo. Allí y junto a cierta jovencita que acababa de hacer su ingreso, cada vez más grande, cada vez más hermosa. Lola entró corriendo, como solía hacer en la vida, luciendo una sonrisa enorme que mostraba todos sus dientes. Llevaba un vestido corto de cuello alto y sus zapatillas acordonadas, idénticas a las de Charly. Eran muy parecidas y eso siempre era hermoso de ver. Desprejuiciadas, rebeldes y sobre todo, radiantes. Esa descripción encajaba a la perfección y eso hacía que al lado de Milo, las miradas se desviaran con insistencia. La diferencia de altura, el porte elegante, los sombreros escandalosos, todo dejaba de ser llamativo, porque Charly y Lola tenían la habilidad de iluminar el lugar que pisaran. -Hola tías… Miren lo que me acaba de regalar mamá.- gritó Lola con su voz alegre mientras les mostraba una cámara de fotos con entusiasmo y Abril y Emma posaron para ser las primeras de la noche en ser fotografiadas. -¿Te gustó? No sabes lo que tardó en elegirla.- le confesó Emma mientras Charly se les unía y las cuatro reían. -¿Que sí me gustó? Me fascinó, no saben lo que la estaba esperando. Tengo que mostrarsela a León.- dijo. -Vos no me sigas.- agregó inclinándose para mirar a su pequeño hermano Nino, quien zapateo en el piso con gracia obteniendo la mirada condescendiente de Emma que decidió guiarlo hasta donde se encontraba Dante y las hermanas Miranda y Clara. León estaba en el jardín, ayudaba a Ciro y Liam con el armado del escenario, el mundo de la música siempre le había sido un poco ajeno pero no por eso dejaba de disfrutarlo. Entonces alzó la vista y la vio. Lola avanzaba casi saltando sobre el pasto, sus rizos acompañaban el movimiento de su cuerpo, mientras la falda de su vestido dibujaba ondas efímeras que terminaban de darle marco a sus cortas pero perfectas piernas que la acercaban cada vez más a él. -¡Por fin me la regalaron!- dijo en voz alta mostrándole la cámara y al ver que León sonreía se colgó de su cuello para abrazarlo sin vergüenza. Lo quería. Lo quería tanto que cada cosa que le pasaba sentía que debía correr a contarsela. Siempre había sido su mejor amigo, su único amigo, en realidad y eso la llevaba a sonreír cada vez que se veían, cosa que se había vuelto menos frecuente ahora que había terminado el colegio. -Supongo que voy a tener que posar entonces.- le preguntó él haciendo una pose exagerada y ella no perdió el tiempo para retratarlo.. -La primera de miles.- le dijo enseñándole la fotografía en el visor y él emitió un bufido de fingido fastidiado. -No pienso ser tu modelo.- le aclaró y ella alzó sus cejas con elocuencia, sin atreverse a decir lo que pensaba, obteniendo una creciente curiosidad en León, a quien cada vez se le hacía más difícil ocultar cuánto le gustaba. Había salido con otras chicas, se había intentado convencer de que su amistad se rompería si cruzaba el umbral, que no podía profanar el vínculo que sus padres habían construido, pero llevaba años recordando el único beso que le había dado y verla de nuevo, tan hermosa, tan auténtica, tan ella… solo lograba convencerlo de que alejarse había sido un error. -¿Se puede saber que significa esa mirada?- le preguntó curioso y ella negó con su cabeza. -Nada, cosas mías..- le respondió Lola intentando girar para irse, pero él la tomó del brazo para impedirlo. -Lol… - le dijo acortando la distancia entre los dos y observándola con los ojos cargados de una valentia que solo ella despertaba. -No, bueno, nada.. Es que escuché que Emma le contaba a mamá que te hiciste un tatuaje y yo pensé que…- le dijo sin atreverse a sostener la mirada mientras él se rió halagado. -Estas mujeres.. No puede uno tener algo privado.- dijo con fastidio y ella sonrió con sus labios apretados como si en verdad quisiera ver aquel tatuaje. -Acompañame.. Pero no se si es para fotografiar.- le aclaró y ella se aferró a su mano como si la estuviera invitando al fin del mundo. Avanzaron entre los invitados que cada vez eran más y se escabulleron a la casa de huéspedes que alguna vez habían utilizado en aquellos fines de semana de niños en los que José no estaba y Ciro invitaba a todos a largos encuentros de noches eternas. -Dame la cámara.- le pidió una vez que llegaron y ella se la entregó obediente, no le importaba lo que le pidiera, a él estaba dispuesta a dárselo todo. Entonces se quitó la remera ante la mirada devoradora de Lola quien se llevó las manos a la boca para ocultar la emoción que aquello le estaba causando. Había soñado con el reencuentro, llevaba muchos meses sin verlo y si bien seguían intercambiando mensajes temía haber perdido la conexión, pero sobre todo temía que lo que una vez había ocurrido entre los dos no volviera a repetirse. -¿Te gusta?- le preguntó León y la forma en la que ella asentía con su cabeza cubriéndose la boca una mezcla de ternura y excitación lo atravesó de manera inesperada. -Me gusta.- dijo ella finalmente y sus mejillas se sonrojaron, obligándola a dar un paso hacia atrás para alejarse de la claridad que ofrecía la ventana y poder ocultarse por las sombras de la noche. -¿Te da vergüenza?- le preguntó él cada vez más embriagado de esa narcótica sensación de sentirse admirado. -No, bah.. Digo.. no es que nunca te haya visto sin remera.. Pero estas mas… nada.. No sé ni lo que digo.- comenzó a balbucear y él avanzó con paso firme para tomarla de las manos y buscar sus ojos. -¿Qué pasa Lol?.. soy yo.- le dijo entrecerrando sus ojos como si necesitara confirmar lo que todo su cuerpo le estaba gritando: que se moría por avanzar, por hacer realidad lo que tantas veces habían imaginado, que eran jóvenes y no tenían nada que perder, que se dejara llevar. -Ya sé que sos vos, y yo soy yo también.. Pero bueno, no sé… es que me acordé de una cosa y yo...- le respondió intentando ganar valor. -¿De qué te acordaste?- le preguntó él cada vez más cerca y ella chocó contra una de la paredes al intentar alejarse. -Nada, no importa.- quiso mentir pero él alzó su mano para recorrer la curvatura de su mejilla y luego siguió sobre la tela de su vestido hasta su cintura, mientras ella respiraba cada vez más rápido. -Yo también me acordé de algo.- le dijo al oído inspirando para apoderarse de su aroma, siempre tan dulce. -¿Me lo vas a devolver ya o tengo que robarte otro?- le preguntó. Todo había dejado de importar, la historia, los miedos, la posible distancia, solo la quería a ella, quería dejar de luchar, quería dejarse llevar. -Róbame lo que quieras.- respondió ella con el último aliento mientras lo recibía como el mejor regalo de navidad que alguna vez hubiera recibido, y eso que había sido muy afortunada. León la besó sin dejar de tocarla. La acariciaba con prisa mientras se devoraban y ella se movía aferrada a su torso desnudo deseando más y más. Afuera la fiesta continuaba, los invitados ajenos a la explosión que ocurría en aquella casa aumentaban el volumen para silenciar los gemidos que habían comenzado a gestarse entre los dos. -No quiero lastimarte, Lol, en verdad deseo esto pero no puedo prometerte nada después.- le confesó. Se encontraba en un momento difícil de su vida, había cursado los primeros años de la carrera y se había dado cuenta de que no era lo que quería, había fantaseado con seguir los pasos de su madre, con arrojarse al mundo y ver qué pasaba, había imaginado una vida libre, sin afectos que luego dolieran al perderse y ella no merecía ese abandono. No, cuando la estaba deseando con cada célula de su cuerpo. -¿Pero queres esto?- le preguntó Lola aún con su respiración agitada y él la miró como si la respuesta fuera obvia. -Claro que deseo esto, te deseo desde que puedo recordarlo.- le dijo acercando sus cuerpos para que hablaran por ellos mismo. -Yo también lo deseo, no me importa el después, no hay nada que me gustaría más que mi primer hombre fueras vos.- le confesó sin desviar su mirada, lo decía en serio, lo había esperado, lo había ansiado toda su adolescencia y ahora parecía poder hacerse realidad y eso hacía del después algo insignificante. Aunque la vida se encargaría de demostrarle que el después, podía cambiarlo todo
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