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4696 Palabras
arrogantes columnastubulares de concreto armadocon techo en forma colosal bajoel cual se encontraban las campanas. Toto se sentó en uno de los bancos internos y contempló lo que a su alrededor se ubicaba. Nadie le conocía, pero ya todos estaban acostumbrados, como en la mayoría de los pueblos, a la gente extraña que de paso, se acercaban a esos parajes. Cuando sintió que había llegado el momento, se acercó hasta un señor entrado en años y conversó un rato con el. Le hizo recordar a Don Esteban en la oportunidad en que él se hizo presente en el sitio donde finalmente erigió su vivienda y su vida. El señor se confundió en extremo cuando le dijo el apelativo del caballero que buscaba. Le expresó que era un pariente al que llevaba mucho tiempo buscando en relación a una herencia. El anciano no mostró un mínimo de interés en el tema y prácticamente lo dejó hablando solo.           Se pasó todo el santo día indagando al respecto y nadie le daba respuesta favorable. Algunos simplemente se tornaban ariscos.En esa época imperaba el fantasma de la barbarie aún, venido del oscuro pasado reciente que ocasionó terribles secuelas. Buscaban a muchos cómplices arrepentidos y traidores para saldar deudas. La mayoría de los interrogados no querían arriesgarse y preferían callar. Sintió que tendría que cambiar de táctica. Caminó por una callejuela y se internó en un ala del pueblo en la que se ubicaban una serie de casas antiguas. Tocó a la puerta de una de ellas solicitando un poco de agua. Una señora joven le atendió y le hizo pasar adelante ofreciéndole a su vez una taza de café. Lo tomó ávidamente y la alegría sehizo presente puesto que le ofreció igualmente un exquisito mancarrón al que se le veía cubierto de mucho coco rallado. Eso le encantaba en demasía. Conversaron de trivialidades mientras ingería aquel manjar. Cuando hubo acabado, le dijo el objeto de su visita. Ella desde un principio supuso que no era por agua que había ido a parar a aquel sitio apartado del poblado. Le dijo que se trataba de un familiar a quien llevaba mucho tiempo buscando. Ella guardó silencio. Era ese el cuento c***o que la mayoría usaban para dar con el paradero de alguien. Decidió finalmente contarle toda la verdad. Bien dicen que por la verdad murió Cristo.           Por la descripción que hizo del Próspero, Benigna supo de quien se trataba. Al recibir esa respuesta, Toto sintió rabia. Llevaba tantos años buscando prácticamente una aguja en un pajal. De ser cierto que se trataba de la misma persona sentía que se trataría de una enorme crueldad de la vida misma, puesto que ese pueblo estaba a pocos kilómetros de distancia del sitio donde vivió con su familia. Próspero tenía poco más de seis años viviendo en ese sitio. Iba y venía constantemente, pero era esa su residencia habitual. El hombre había ido a parar cerca y él lo buscaba bien lejos. Próspero se había arrejuntado finalmente, y después de tantos trotes en la vida, con una muchacha ingenua que creyó en sus mentiras. Tuvieron tres hijos y cuando se cansó de ser “decente”, la abandonó. Se fue a vivir con otra mujer mucho más joven en el mismo pueblo. Hacía poco que había regresado con su primera mujer quien le hizo la caridad de recogerlo. Le dijo exactamente donde estaba ubicada la casa donde vivía el hombre que le había desguazado la vida. No quiso, por lástima quizá, contarle nada más.            Caminó despacio. Mientras lo hacía le pedía Dios que ese mismo día, terminara aquel suplicio que llevaba años castigándole. Ya no soportaba más aquel peso sobre sus espaldas. Era una cruz que había cargado durante muchísimo tiempo. Sentía que ya era hora de acabar con ese suplicio que había sabido castigarlo sobremanera. Detuvo sus pasos y contempló una casona que era la que Benigna le había señalado. Según ella, en esecaserónarcaico vivía Próspero. No se encomendó a Dios, puesto que a pesar de ser muy creyente, no estaba orgulloso de sentir lo que había sentido todos esos años y mucho menos de lo que había planificado y que pensaba llevar a cabo ese mismo día. No quería retardar aquella venganza más de la cuenta. Sentía que había llegado el momento y era por ello que se quedaba estático pensando cuales serían sus pasos en el futuro, cuando cargaría sobre su conciencia, la muerte de un hombre. Se trataba de una vivienda erigida mediante la técnica del bahareque, techos ados aguas con estructura de madera,argamasa, tejas coloniales yzinc. Su frente exponíaalargadosguardabarros que reposaban sobrecanecillos y una puerta de metal.En el lado salienteexhibía tres tragalucesy por el poniente, una portezuela demadera y una ventana chica. Interiormente presentabacuatro cuartos, unsalón grande, cocina, pasillo y ya en el patio, un corralde chivos.Allí había habitado Abigail con sus padres además de sus hermanos desde un tiempo remoto. Ella era la menor de sus hermanos y al casarse o arrejuntarsetodos, se quedó con los progenitores. Los viejos ya habían muerto. Cuando ya pensaba que se había quedado para vestir santos como se dice, conoció a un tipo resabiado y misterioso que le hizo ciertas propuestas. La mujer, temerosa de desperdiciar aquella oportunidad única que podía transformarse en la última, lo aceptó sin chistar. Tuvieron descendencia de inmediato. Los maltratos no tardaron en llegar. Abigail era golpeada constantemente. En aquellos tiempos de barbaries, era harto frecuente que el hombre castigara severamente a la mujer para imponerle el respeto que creía merecer y no tenía otra forma sino esa, de reclamar lo que estúpidamente pensaba que era debida obediencia.           Antes de tocar a la puerta, se sentó sobre un peñasco que estaba situado a un lado del camino. Colocó la mochila sobre sus rodillas y buscó algo dentro de ella. Tocó un objeto que mantenía celosamente en el interior del mapire, comprobando satisfecho que estaba allí. Sabía que lo estaba, puesto que él mismo la mantenía allí siempre y nadie que no fuese él, tocaba aquella marusa. Se trataba de un puñal enorme, filoso y presto a atravesar lo que fuere que tuviera que franquear. El filo era supremo. Quiso sentirlo presente y excitado como estaba, aunado al desgraciado nerviosismo que sentía, lo hizo adentrar el filo de aquel instrumento en las carnes de su mano derecha para de esa forma, sentirse seguro, poderoso y envalentonado. Contaba luego de ese movimiento brusco de su mano en procura de aquel daño, con el valor que necesitaba para descargar años y años de odio y de sed de venganza sobre aquel hombre. Pensó que también pudiera ser él quien resultara muerto. De todas maneras, ese día sería el final de todos aquellos en los que no había hecho otra cosaque no fuera, buscar y buscar insistentemente a quien lo había mancillado de una manera tan brutal. Daría con el asesino de sus padres y destructor de su honra. De ese día no pasaría, muriese quien muriese. Total, sentía que ya él estaba muerto.           Abigail lo recibió de una manera poderosamente tímida. Su aspecto denotaba descuido en demasía. Se dibujaba en ella, una belleza extinta que había dado paso a un envejecimiento prematuro. En su cuerpo estaban inequívocos, las cicatrices de toda una vida plagada de pesares. Y no eran solamente las cicatrices físicas las que se notaban a leguas en aquella mujer. Eran sus miradas vacías, tristes. Sus palabras tenues manifestaban un desafuero con la existencia llevada, que siempre había estado al lado de la sumisión. Cuando Toto, sin rodeos, le comunicó el motivo de su presencia, ella enmudeció aún mucho más y, sin apartar la mirada del piso, le pidió que la acompañara. Entraron en una habitación lóbrega, colmada de humedad y en la que se sentía unapestilencia extensa. En medio de aquella habitación había una única cama de reducidas dimensiones. Parecía que estaba vacía. No entendió en un primer momento que estaba pasando. Pero en el instante mismo que iba a buscar con su mirada la de aquella mujer, un movimiento le hizo cambiar de parecer. Entonces, al acostumbrarse sus ojos a la poca luminosidad de la alcoba, miró a lo que quedaba de un hombre. Se trataba de un esqueleto forrado en un cuero apergaminado. Un rostro demacrado en extremo, mantenía unos ojos que parecían que iban a salirse de sus orbitas. Fue aquella mirada lo único que lo identificó. Era una mirada que nunca olvidaría Ramón Antonio. Estaba frente a él, una piltrafa humana que estaba a punto de irse al infierno. Un cáncer se lo estaba devorando lentamente. La putrefacción de sus tejidos era muestra de ello. Su parte posterior, gracias a la presión de sus pocos pesos sobre las tablas del camastro, estaba en carne viva y una capa amarilla lo cubría todo. Surgía de sus tejidos medio muertos, un líquido verdoso sobre los que revoloteaban incesantes las moscas. No tenía ni fuerzas para quitarse la vida, si es que a eso se le pudiera llamar tal. Toto sintió que había llegado demasiado tarde. No podía matar a quien estaba peor que muerto. Apartó la mirada de aquel deprimente espectáculo, colocó una mano sobre el hombro de Abigail y se retiró de aquel sitio con la sensación de que él también estaba más que muerto.                                                   En 1.940, durante la medianoche del 14 al 15 de agosto, nació una niña. Su llanto anunciaba vigorosamente la llegada al mundo. Era una niña sumamente preciosa. Su encanto lo exteriorizó desde el instante mismo de su nacimiento. Eloísa ya había parido a Salomón hacía tres años. Eugenio era un marido que en un principio siempre estuvo al pendiente. Pero al momento de nacer Isaira, las ocupaciones diversas a las que se dedicaba, no le permitieron estar presente. La negra Leobalda, a quien todos conocían, la asistió durante ese noble momento. Vivían en un lugar apartado de aquel Estado. Se trataba ese terruño de un pueblo de larga historia, célebre por sus riñas de gallos, su templo y su cría de ganado caprino. Era sumamente árido, de hecho, el paraje de esa comarca era tan seco, que el agua para consumo humano, tenían que buscarla muy lejos, en lomos de burros, aunque la mayoría lo hacía en sus propios lomos. Se trataba de un lugar enclavado en una lomita desde donde se podía mirar al mar. Las tardes regalaban un paisaje perfecto, pues, los atardeceres jugaban con los últimos rayos del sol y pintaban el cielo de diversas tonalidades. Unas veces violetas que jugaban con las rojizas y en otras, eran tan fuertes las pinceladas anaranjadas, que parecía como si el horizonte estuviese ardiendo.           Tres años más tarde nació Juana, a quien llamarían siempre Juanita. La última de aquella pequeña estirpe de Eloísa Zenobia. Al parecer la niña como que produjo la animadversión de Eugenio por una familia estable, puesto que pasados eran unos días desde su nacimiento cuando el hombre salió por unos pendientes y no regresó jamás. Pudiese decirse que lo único bueno que hizo Eugenio, aparte de haber procreado esas tres preciosidades con Eloísa, fue haberles dejado una casa bella y de amplias dimensiones. Se trató de una casa de estructuraespontánea y bien prestada, con gran decoro de proyecto y ligerezaen la utilización de las áreas internas. Su planta era de caráctercuadriforme,con acceso a través de un pasillo ubicadoen el eje, aposentocéntrico y un corredorulterior que comunicaba al huerto trasero, el cual era cercadocon una pared perimetral. La alzada principal presentaba unhuero de acceso en forma de T que emparejaba con las construccionesde la comarca. El techo era a cuatro aguas, y sobrelos vanos delahabitación se encontraba un techito de defensamantenido por puntales de madera. La organización del techo era de horquillas de madera.Externamente era de tejas de barro. Las tapias fueronconstruidas con bahareque. Su ubicación no fue fortuita, la misma se debió a la despampanante vista al mar que la misma propiciaba. Existía una sola cama en esa casa y era la de Eloísa. Los muchachos dormían en hamacas como lo hacían casi todos los habitantes de las zonas rurales y hasta muchos en las urbanas. Realmente no había nada más complaciente que dormir en una hamaca. En la sala, en medio de la misma y sobre una mesita rudimentaria, tal como también lo eran dos sillones arcaicos, reposaba algo sagrado para Eloísa. Se trataba de dos retratos, uno de ellos, el de sus padres que, abrazados sonrientes, detuvieron en ese daguerrotipo, al tiempo. También se podía contemplar otro de un caballero bien plantado y poblados mostachos y de elegantes ropajes, era Eugenio; su marido.Muchas veces Isaira, quien desde niña fue muy inquieta, observadora y sentimental, contemplaba a su madre por las noches, iluminada con la luz de una lámpara de kerosene, llorando, mientras miraba el retrato de su Eugenio; su irresponsable padre.           El huerto siempre estaba bien surtido y el corral era colmado de un buen rebaño de caprinos hermosos. Las cabras prolíferas siempre producían un caudal de leche que se convertía, gracias a las habilidades de Salomón, en exquisito queso que vendían a una clientela exigente y de buenos gustos culinarios. Las cecinas eran exigidas con mucha frecuencia. Eloísa tenía una mano experta para elaborar las morcillas y las asaduras. A Isaira le gustaba la sangre, pero de la asadura comía solamente lo duro, es decir, la tráquea, el hígado y los riñones y aborrecía a más no poder aquel adefesio elástico que no era otra cosa más que el bofe, para mejor decir, el tejido pulmonar. La doña, como le diría uno de sus yernos en un futuro, nunca estaba quieta. Había trabajado desde niña, primeramente en su infancia al lado de sus padres Ignacio y Juana y de sus hermanos: Urbano, Mario, Leonor, Margarita, y Generoso(éste último hijo de Ignacio con una relación previa), siempre dedicados a la agricultura y cría de ganado caprino. Cuando se decidió a compartir su vida, pensó que Eugeniosería un compañero para toda la vida. Desafortunadamente no fue así. Más, siempre hay que sacarle provecho a lo que la vida pone por delante y esa mujer batalladora vaya que siempre lo hizo.           Ella toda la vida tuvo una afición que luego se transformaba en deleite culinario. Se trataba de la siembra de “Tapirama”. Éste era un grano de color blancuzco y forma ovalada que se sembraba en algunas regionesxerófilas en tiemposde lluvia.Se cosechaba enla estación seca y ostentaba gran valoralimenticio. Era barata, cómodade sembrar y acopiar y bien sabrosa. Aún se cultivan en esos parajes de Dios. Las vainas poseentres o cuatro granos cada una.También se le denomina tapiramaa varias comidascotidianos de esa región, preparados conese tipo de grano. En ocasiones,les agregaba auyama y carne de chivo. En aquel hogar de gran solar, la tapirama se cultivaba paraconsumo familiar. Los muchachos se volvían locos cuando Eloísa la preparaba. Era en ese momento cuando la afición se transformaba en deleite. Cubrían sus necesidades casi hasta reventar. La acumulación gasífera era de padre y señor nuestro. Eran las ventosidades de Salomón las más ruidosas. Las de todos resultaban sumamente hediondas aunque algunas fuesen silenciosas; pero bien valían la pena esos sacrificios nasales.Si la cosecha eramuy buena, como casi siempre ocurría, sobraba tapirama hasta paravender.           El año 1.945 fue de gran significancia para esa nación y sus pobladores. Posterior al derrocamiento del presidente que había iniciado un camino hacia el progreso, se encargó de las riendas del poder una junta cívico-militar.Su principal acción fue la de prohibir a sus miembros, participar en los próximos sufragios, lo que se podíasuponer una esquela de principios del nuevo sistema. De allí en adelante, la autoproclamada Asamblea Revolucionaria, comenzó a fuerza de decretos; el nuevo Estado. Se tomaron algunas decisiones a favor, por supuesto, de la nación. Las políticas energéticas que se habían tomado desde que el tirano comenzó a repartir tierras y más tierras a las grandes concesionarias,para que se llevaran el petróleo y dejaran las migajas, evidentemente que no habían sido las más acertadas. En el pasado, tan pronto el dictador había dado el pitazo, comenzaron los buitres a despedazar aquella nación noble, hasta dejarla literalmente desguazada por los cuatro costados. El país de los buitres se dejaba sentir una vez más. Buitres de dos patas que arrancaban de la patria, grandes trozos de sus entrañas y dejaban a sus habitantes cada vez más pobres. Con las nuevas decisiones  se dio un paso significativo. Sobre todo con el decreto de diciembre de 1.945.En el mismo, se establecíaque la intervención del Estado en la industria petrolera, pasaba a ser cincuenta por ciento, lo que se conoceríapopularmente como "mitad y mitad". Desde el punto de vista internacional, se promovieron acuerdos trascendentales con otras naciones.Seconcordó con los movimientos públicos en el continente y se abrieron las puertas a la oleada de inmigrantes venidos desde la Europa de la post-guerra. Poco después, todo el país se cubrió de beneplácito. El hombre más sabio que habían conocido todos, el de imaginación esplendorosa que había sacado lo más bello de sí y con su pluma, lo había plasmado en sus obras literarias; fue electo Presidente de la República en diciembre de 1.947.El novelista, luego de una candidatura simbólica y ejemplificante que había hecho años atrás, en esa ocasión si que fue real y había ganado las elecciones con una aplastante votación. Un tocayo y pupilo suyo fue el encargado de colocarle la banda presidencial. Todos avizoraban un futuro grandioso en el gobierno de aquel eximio caballero de talante exquisito. Desgraciadamente su administración duró muy poco. Los buitres de la patria grande, sueño de sus libertadores; lo consideraron de inmediato ajeno a sus pretensiones. Lo derrocaron meses más tarde.El término del que pudo ser el glorioso mandato del brillante literato, coincidió con un bochornoso suceso acaecido en la India. Precisamente en 1.948 fue asesinado por un detestable personaje en Nueva Delhi, Mohandas Karamchand Gandhi, conocido mundialmente como Mahatma Gandhi: símbolo universal de la resistencia al colonialismo británico. Insignia de la pacificidad que puede profesar el ser humano.Aquel corto período en que gobernó el novelista, se caracterizó por la voracidad deuna oposición acérrima. Sus detractores le acusaron de poco pluralista, de constituirun aparato ministerial con una generalidad absoluta, venido de su partido de gobierno. Se rumoró de inmediato y luego esos rumores fueron corroborados, de que fueron sus mismos compañeros de partidoquienes fraguaron la caída de una democracia que apenas se iniciaba. La perfecta democracia, nacida del voto popular, no seleccionada por un grupúsculo a puerta cerrada.Lastimosamente el novelista antes de irse al exilio, se dio cuenta de que su Ministro de Guerra, a quien había dejado encargado durante una reunión de trabajo con el Presidente de los Estados Unidos de América; había resultado ser uno de los cabecillas del golpe militar y cívico. Se repetía una historia embarrada de traición. El insidioso aquel fue utilizado como carne de cañón. Luego de ser nombrado presidente de una junta de gobierno, le pegaron un balazo en la frente y hasta allí lo llevó la corriente. Poco tiempo después se instauró otro régimen dictatorial de manos de un general que, aunque hizo mucho por llevar el país a las puertas del progreso y hasta más allá, lo cual era innegable; se caracterizó por ser titular de otro régimen donde pululó la b********d y el despotismo.En el caso del derrocamiento del novelista, las Fuerzas Armadas anunciaron al país haber tomado el control del Estado empleando los testimoniostradicionalesde los golpes de Estado, es decir, la imposibilidad del gobierno en elmanejo político del país, tentativa de divisionismo en el seno del ejército, desconcierto y desorganización en la sociedad. En 1.950 fue asesinado aquel hombre joven, brillante, ingeniero y militar exitoso. Lamentablemente se dejó embaucar por la mezquina élite que deseaba lo que precisamente se haría realidad. Luego de presidir la junta, los otros integrantes de la misma se opusieron como demonios a sus planes.Quiso de inmediato el nuevo líder, llamar a elecciones libres como se hiciera con su antecesor. Lo propusieron de candidato la gran mayoría de los integrantes del partido. Todos lo daban por ganador, sin duda alguna. Eso disgustó al militar que desde siempre ambicionó el poder. Se tejió en su contra un maquiavélico plan. Resultó plagiado por una pandilla de facinerososencabezada por un sicario barato. Fue asesinado al llegar a una casa ostentosa, propiedad de un viejo camarada de su padre, y quiensupuestamente se encontrabaenvuelto en el secuestro y posterior crimen del Presidente de la Junta de Gobierno. El único magnicidio llevado a cabo en ese país en toda su historia. Luego se intentaría otro desde un país vecino, afortunadamente para la recién nacida democracia, fue frustrado aquel hecho perverso y desdeñoso. Posteriormente casi al fina del siglo XX, también se habrá de producir un intento de asesinato del presidente, pero el cagado cabecilla del movimiento alzado, se entregarácomo estrategia suprema de engaño y perversión. Utilizará a su gente y a un pueblo esperanzador, para llegar a la cima de su gloria y desde allí, cometer las más atroces perversiones en contra de toda una nación. Años más tarde, cuando aquello perversos que querrán asesinar al Presidente, habrán de suceder muchos magnicidios pero solamente en sus mentes perversas. Resultarán ellos,gobernantes asesinos que mirarán magnicidios por todos lados. Dirádespués el hirsuto petulante e ignaro que heredará lo que su antecesor consideraráun trono, que medio mundo estará planificando destronarlo, secuestrarlo, maniatarlo y amordazarlo, hacerle cosquillas hasta que se desmayara y luego quemarlo centímetro a centímetro y otras muchas cosas que solamente una mente maquiavélica podrá alucinar.           Jesús se movió en su cama de una manera etérea. En sus labios se dibujó una sonrisa de suma felicidad. El niño a su lado, coincidentemente también sonreía como frecuentemente lo hacen los niños al dormir. La sonrisa de Jesús era de paz, de beneplácito. Estaba soñando Jesús con los primeros años de la vida de Isaira María, su madre, tal como ya lo había hecho también con la de su padre; Zenón de Jesús. Una sensación de paz se dejó sentir en aquella bella habitación. Una sueva brisa que movía los arbustos del bello jardín aquella madrugada, llegó a su rostro y cubrió al mismo con las exquisitas fragancias que la misma trasportaba. Era feliz Jesús en ese momento. Los instantes gloriosos de la infancia de su madre llegaban nítidos a sus sentidos en aquel instante difícil de describir con palabras; pero que era sentido de manera fabulosa. No lograría entender aquel hombre, el porqué soñaba con situaciones que no había vivido. Pensó que el hecho de tratarse de la vida pasada de sus seres más queridos, podría repercutir en el hecho de que se colaran en sus sentidos para que él los vivenciara. Pero lo que si le desconcertaría luego, sería lo que llegaba de los hechos en ese entonces no ocurridos. Aquellos que se trasladaban desde el futuro. Esos si que le atemorizaban, puesto que los viviría junto a sus hermanos, sus padres y su hijo. El misterio de aquel momento que acaparó más de cien años de andanzas de su familia, en un país que sufrió los embates más rigurosos, solamente se lo contaría a Alberto, su hijo, muchísimos años después.           Eloísa y sus tres muchachos vivieron casi que aislados del mundo en aquel paraje apartado, donde sobraban momentos de santa paz. No les faltaba nada, excepto aquellas comodidades a los que otros se acostumbraban, pero que ellos trataban de superar con una unión familiar exquisita. Pero definitivamente tanto Eloísa que aún era una mujer bella y joven, como sus muchachos que necesitaban interactuar con la sociedad y obtener de ella, todas las luces necesarias, se sentían solos en medio de un extensoaislamiento. Los muchachos necesitaban estudiar, mínimo; aprender a leer y a escribir. Eloísa lo hizo de mano de su madre Juana, la precursora de toda una dinastía de Juanas que llegaría con los años, y de su padre Ignacio, papá Nacho como le decían todos. Esos pocos conocimientos adquiridos como valiosa herencia, los traspasó milagrosamente a sus hijos. Ellos harían lo propio. Sabiamente Isaira enseñará a leer y a escribir a toda su prole. Aún así, vivían apacibles y felices en medio de muchas limitaciones y a la ausencia de la figura paterna que bastante falta hace siempre.           Eloísa bregaba día a día contra la adversidad para levantar a sus muchachos, para echarlos adelante. Ellos ayudaban en la medida de sus fuerzas y sus posibilidades. Desde que se decidió a compartir su vida con Eugenio, permanecía la mayor parte del tiempo sola. En 1.936 había nacido Salomón y realmente no era nada fácil vivir en un sitio tan apartado con un niño recién nacido; pero gracias a Dios, nunca se presentó un percance de grandes proporciones. Isaira llegaría en 1.940 y Juana en 1.942. Siempre fue el mismo pretexto el de Eugenio, sus negocios acaparaban su presencia. En efecto, en el pueblo más cercano, que de cercano realmente no tenía más que el nombre, poseía lo que en un principio se le decía pulpería y que con el tiempo se le denominó abasto o simplemente negocio. Ella se resignaba al no tener otra alternativa, dada la sumisión predominante; a no tener a su lado a su marido. Finalmente cuando él ya no regresó jamás, supo de muy buena fuente, pués se lo dijo una de las queridas del tipejo aquel; que el mismo tenía una esposa con muchos hijos, amén de varias queridas regadas por toda la comarca, incluyéndola a ella. Durante meses lloró su desdicha hasta que un buen día, se secó las lágrimas, lanzó el retrato del ingrato machote por un desfiladero y se dispuso a seguir adelante con sus muchachos. Y la única manera que conocía era trabajando de sol a sol.           Siempre fueron unos muchachos sanos. A Salomón, por andar tragando tanto, se le pegaban unas cagantinas a cada rato y su madre lo aliviaba con tisanas de orégano orejón y malojillo. En una ocasión se emparchó de semerucos y se tapó a tal extremo que Eloísa tuvo que extraerle las semillas con todo y las heces compactadas manualmente. La casa duró hedionda durante tres días y en todo el procedimiento, se escucharon los gritos del muchacho como motores de avión. De resto gozó de muy buena salud, por lo menos mientras fue un muchacho. A Juana, Tenía apenas ocho meses la niña cuando enfermó.  La tosferina era una enfermedad muy contagiosa, y era precisamente en la primera etapa o fase de la misma en que se volvía muy transmisible. La muchacha comenzó a presentar los síntomas comunes de un resfriado común con mucha secreción nasal. En ese líquido eran expelidos los microorganismos responsables del mal. La segunda etapa resultó la peor de las pesadillas. La niña comenzó a presentar un cuadro de tos paroxística, es decir, se quedaba pegada como quien dice, tanto; que Eloísa le daba manotazos en la espaldita de puro miedo con la firma finalidad de que volviera a respirar. La falta de oxigenación la ponía morada como una berenjena. De su garganta, durante los ataques de tos, salía un sonido semejante al canto del gallo. Esos ataques se producían constantemente, sobre todo, en horas nocturnas. Bastaba con un leve estímulo, tal como un estornudo o el pequeño esfuerzo que hacía para tragar su alimento, para que se desencadenara aquel episodio tozudo. La muchacha por la testaruda tos aquella, presentó un severo cuadro de hemorragia conjuntival, le salieron rosetones en el cuellito y en la cara y sangraba por la nariz cada vez que presentaba la tosedera. Asi se mantuvo durante tres largas semanas en las que todos estuvieron a punto del colapso. Eloísa quedó tan devastada que por poco pierde la razón, y eso no ocurrió porque el gran amor que sentía por sus hijos, le dieron las fuerzas suficientes para reponerse y aceptar que las enfermedades eran cosas de la vida y que Dios los protegía.Por su parte a Isaira, cuando tenía seis años, le dio una enfermedad muy grave también y que, en esa época de difícil acceso al sistema sanitario, se llevaba en los cachos a más de uno. Se trataba de una maldita epidemia. Aquel mal se llamaba tifus. La muchacha estuvo al borde
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