desgarradoras imágenes que dejaron los salteadores deun progreso.Había sido testigo presencial de todo cuanto les fue arrebatado. De todas formas cuando sucedió aquello que lo dejó marcado de por vida, él estaba muy pequeño. A sus once años entendía muy poco de lo que pasaba. No tenía ni la más remota idea de como se estaba manejando su país. De como conducía el déspota a toda la nación hasta un desfiladero del que nunca pareciera que pudiesen salir. Un atolladero, una especie de paredón en el que no tardaría en llegar la ejecución. Era una realidad espeluznante, una que nunca imaginaron los héroes independentistas que soñaron con la libertad. Aquellos que se esforzaron enormemente para entregar a las generaciones futuras, una nación plena y poderosa. La patria grande, aquella que había sido favorecida por Dios y que guardaba celosamente en el subsuelo, las mayores riquezas que se pudiesen imaginar. Esa era aquella nación. Y lo que miraba Toto en ese momento, distaba muchísimo de lo que todos merecían por derecho divino.
Finalmente pudo dormir un rato. Pasadas las dos de la tarde, y cansado ya de permanecer en esa posición excesivamente incómoda, se dispuso a seguir su camino. Aprovechó el descanso reparador para echarle una ojeada a la bien dotada vianda que Mariana había preparado y para la cual dedicó, amorosa, parte de la madrugada. Había en ella un suculento guisado de pollo bien aromatizado con muchas hierbas, lo cual le concedía una exquisitez nunca antes saboreada por el joven galán.Comió voraz parte del mismo y de igual modo, probó unas arepas de maíz blanco que, aunque se habían endurecido un poco, aún conservaba un sabor supremo. El café había sido dispuesto en una pequeña botella de las que se usaban en las boticas para envasar algún jarabe contra la tos.Cuando quiso probarlo estaba frío y de ese modo le resultó muy desagradable. Le pareció mejor beber agua. Una tapara gigante hacía el papel de cantimplora. Podía almacenarse en ella suficiente líquido como para que una persona bebiera durante dos días o más.
Esa fue la única petición, puesto queel sol era inclemente y esa severidad demandaba el vital líquido de manera constante, so riesgo de sufrir una deshidratación y por consiguiente, que el desmedro en sus planes pudieseentorpecer en algo sus propósitos.De ninguna manera querría que eso sucediera.Cuando se sintió demasiado fatigado y sabiendo, desde su perspectiva, que ya no le haría un desaire a sus amigos Nicanor y Leonor;(ellos le habían pedido que llevara esa ropa como homenaje a sus muchachos) se ubicó detrás de un arbusto a manera instintiva para ocultar su pudor y proceder a cambiar sus ropas. Lo hacía como mero reflejo de su instinto, puesto que no había un alma en muchos kilómetros que pudiesen fisgonearlo. Se puso un vestido más cómodo. Mariana había dispuesto para el camino, ya que sabía que lo iba a necesitar, varias franelas, dos holgados pantalones de paño suave y unas cholas; calzado éste que le venía como anillo al dedo.
Continuó su camino luego de acomodar su pesado equipaje. En su mano derecha llevaba el bruto cargamento mientras que en la otra, el recipiente con el agua. Rato después sintió el sonido característico de una carreta. En efecto, unos hombres de ruda apariencia conducían un carruaje moderno. Se asustó en demasía al ver aquel armatoste andar sin ningún caballo que tirase de él. Era esa la primera vez que Toto tenía contacto con un automóvil. Era un modelo viejo, un Ford para ser más específico. El caballero que lo conducía iba ataviado de tal manera que no parecía una persona. Iban otros dos hombres también; pero sus vestidos eran de apariencia normal. Quedó perplejo de lo que miraba.Sintió que el mundo se estaba moviendo más rápido que nunca. Nunca imaginó que pudiera ser posible una cosa así. Ignoraba que cientos de esos aparatos ya estaban circulando en todo el territorio patrio y millones en el mundo. Estaba llegando el final de una época en la cualse respiraría exclusivamente aire puro.
Cuando el polvo del camino desapareció por completo, pudo observar aquellas extensiones deshabitadas que parecían no tener fin. Lo único que había sobrevivido a lasenormes garras de aquellos buitres, fue un sinnúmero de cachivaches ferrosos que a nadie ya le servían. Cuando se dio inicio a la explotación petrolera, se creyó erróneamente que en todos los sitios existía el preciado producto. De esa manera, se desató aquella vorágine de apropiación de cuanto pedazo de tierra se le pudiese echar mano. Llegaban de todas partes individuos de dudosa procedencia sin más subterfugios que tener algún conocido al servicio del tirano. Cualquier puesto que ocuparandaba lo mismo. Solamente se necesitaba apretar unas cuantas tuercas,proferir unas cuantas amenazas o asesinar a uno que otro campesino; para aprovechar el recurso y entregarlo a los avispados personeros que creían ver el n***o elemento en cuanto sitio pisaran. Eso, aunado a la severa crisis desatada por el debacle económico que envolvió a casi todo el urbe en el año 1.929, ademásdelas consecuencias de la segunda guerra mundial, que provocó la hecatombe que incrustó aún mucho más en la miseria a la golpeaba población, haciéndola sentir cada vez mas empobrecida. Y no sólo así lo sentían, era totalmente una triste realidad.
En ese momento,Ramón Antonio volvió a escuchar un ruido parecido al que hacía rato había ocasionado en él una gran incredulidad y a la vez, el razonamiento de que la modernidad se hacía sentir cada vez más fuerte. En esa ocasión si se trataba de un carromato, viejo, desteñido y de un paso tambaleante. Parecía dar dos pasos hacia los lados cada vez que daba uno hacia adelante. Recordó la oportunidad en la que Nicanor se detuvo ante él que anhelaba de manera desmedida, que alguien le socorriera en su infortunio. Un caballo jubilado, a duras penas llevaba el gran peso de aquel transporte casi pasado de moda. La lentitud era justificada debido a lo inclemente del paisaje y a lo tormentoso que era caminar por él, considerando que el viejo y cansado animal no resultaba muyen forma que se dijese, máxime cuando el sol parecía calcinarlo todo. En esa nueva oportunidad, sintió pena por el corcel que parecía llevar a cabo su último trajinar en el duro momento donde le había tocadovivir su existencia.
Inmediatamente después de aquel lastimoso espectáculo que el viejo animal propiciaba, se acercó una patrulla de la Guardia Presidencialdesde la que, de una manera poco frecuente, sus integrantes se ofrecieron a llevarlo. Para mayor sorpresa, su amigo Asdrúbal, un año mayor que él, ocupaba el asiento al lado del chofer como jefe de la unidad. Recordó que una tarde de infinito tedio, un muchacho con el que compartía aburridos juegos, le había asomado la idea de proponerse (cuando tuviesen la edad necesaria) para ingresar a algún organismo de seguridad. En el año 1.910, el tirano presidente, había creado la Academia Militar y desde entonces, miles de jóvenes habían aspirado hacerse oficiales leales a la dictadura, y por ende, aspirantes a los “beneficios” de la misma. Muchos aspiraban, pocos ingresaban y eran los mejores quienes egresaban. Existió un enorme filtro para salir airoso de tan exigente escuela. Cuando Asdrúbal acarició la idea eran aún niños y en ese entonces le pareció una verdadera locura. Más,el proponente de dicha aspiración no desmayó en sus pretensiones y lo había logrado. Ramón Antonio subió a la parte trasera del vehículo pesado y allí mismo, en medio de un cargamento decomisado, se acomodó. El trajinar sobre el pedregoso camino producía un zarandeo desastroso que parecía que en cualquier momento, la enorme máquina se iba a desbaratar. Un chillido que parecía más bien una tortura, hacía eco en la soledadde aquellos caminos y la tolvanera que levantaba, alejaba hasta lo más cercano de la vista de todos.
Después de una hora de transitar el tortuoso camino, por fin llegaron a una vía asfaltada. Con el propósito de facilitar el mayor acercamiento de sus tropas a los ciudadanos y mantenerlos a raya, el tirano había planificado y construido una red vial de gran envergadura a nivel nacional. De esa manera lograba de igual modo, una mejor comercialización, en primer lugar, de los productos que exportaba desde los campos y luego, de los hidrocarburos.Las vías servían para el mejor desenvolvimiento de los trabajadores de la naciente industria. Y vaya que utilizaría la mejor de la mano de obra. Para el proyecto, dispuso de los presos como esclavos y los hacía trabajar como bestias, con grilletes en los tobillos, de sol a sol a veces hasta perder la vida bajo las inclemencias de los trabajos forzados. Se colmó el país de carreteras de norte a sur y de este a oeste, y también entre esos cuatro puntos.En todas partes había carreteras asfaltadas. Se unificó al país de esa manera. Entre las diferentes obras de amplitud sin precedentes en aquella época, se podría especificar un viaducto que unía a dos de las principales ciudades. Fue la obra insigne con la que se vanagloriaba el tirano mientras departía tomando licores finos con sus compadres, toda vez que miraban obras imperecederas del séptimo arte y que habían hecho inmortal al siglo XIX: “Muchachos bañándose en el Lago (…)” y “Célebre especialista sacando muelas en el Gran Hotel Europa”y otras obras algo más recientes como“La dama de las cayenas”, remedo de “La dama de las camelias” de Dumas.
Pronto llegaron a un pequeño pueblo. En él, la pequeña tropa conformada por cinco soldados, además de Toto, se dispusieron a bajar de la pesada unidad y lo hicieron precisamente frente a una cantina. Ya el temor hacia los efectivos castrenses había disminuido en alto grado y a ninguno les causó extrañeza la presencia de los mismos. Y eso, gracias a que las visitas a esos antros eran muy frecuentes por la soldadesca. Tan pronto llegaron, Asdrúbal hizo señas a alguien y cuando eso sucedió, esa persona a su vez convidó a dos más, y entre los tres se dirigieron al gran vehículo militar y descargaron un grueso número de sacos contentivos de algo indeterminado para quien lo observara a simple vista. El encargado del sitio le entregó un paquete de regular tamaño a Asdrúbal y éste lo guardó en su mochila, luego de lo cual, se dispuso a tomar asiento. Pidió un juego de dados y de esa manera, toda vez que exigió una botella de un aguardiente claro, comenzaron a jugar apostando dinero. Toto se quedó de pie junto a los soldados que, gritando obscenidades perdieran o no, festejaban el momento de licencia que comenzaban a disfrutar.
Luego de dos horas de desmedido hastío en el que solamente se escuchaban los dados al ser movidos dentro del escandaloso frasco y luego chocar contra la mesa, las risotadas de todos einmediatamente el arrastre de las monedas que alguno de ellos, el ganador, tomaba para sí. Toto se acercó a la barra a tratar de conversar con alguien. De cuando en cuando se tomaba un trago del ron que de inmediato, le pareció una insolencia al paladar. Cosa delicada era el coñac que tomaba su padre y el que él, en ocasiones, robaba del sitio que se consideraba secreto. En el establecimiento existía un aparatoque retumbaba con la fuerza de mil demonios. Se escuchaban de ese objeto perturbador, la música de los charros mexicanos que marcaron una época dorada en el cine del país azteca. Se acercó tímidamente al hombre que atendía el local. Al oído le comentó algo y el aludido llamando a un chamaco de aproximadamente quince años, le indicó que atendiera a cuerpo de reyes a los militares que de seguro, gastarían sus pagas y algo más, en los fangosos receptáculos del ron barato; pero que robaría de seguro las conciencias y de esa manera, el dinero pagado llegaría a las manos de donde habían salido.
Se dirigieron a la bodega contigua y cuando estuvieron ubicados en ella, Toto, sin rodeos, le explicó que estaba tratando de situar a una persona para un asunto de trascendental importancia. Lo describió de tal manera que cualquiera, cerrando los ojos, podría imaginarlo. Vicente se quedó pensativo un rato y con cierta malicia preguntó a su interlocutor, el porqué de aquel afán por encontrar a dicha persona. No se creyó para nada aquel cuento medio patituerto e insistió que para obtener su ayuda, le contase la puritica verdad. Y asi lo hizo Ramón Antonio. Contó muy turbado la historia que desde hacía varios años le carcomía sus pensamientos y amenazaban con entorpecer su existencia. Necesitaba vaciar su alma del odio que la roía de la manera más vil al igual que a su corazón. Solamente de esa forma podría pensar en un futuro. Trataría de remediar de alguna manera el gran daño que el proceder criminal de Próspero le había ocasionado. Las palabras lastimeras y sinceras del pobre muchacho llegaron bien profundas y produjeron el efecto pretendido. No fingió una sola expresión ni una sola lágrima. Fue sincero en todo lo que exteriorizó y fue entonces en que el dependiente del local le habló de un individuo con la misma fisionomía que la que él había especificado. La llegada del hombre en cuestión a ese pueblo, coincidió sin lugar a dudas, con los sucesos acaecidos en su hogar. Ese era el hombre que buscaba, pensó.
Vicente le contó que cierta noche se había presentado un individuo al que nunca antes había visto. No habló más que para pedir servicio. Solicitó una botella costosa y sin sentarse siquiera, comenzó a tomarla a grandes sorbos como si fuese agua. Comentó que a él le había dado la impresión de que con esa forma de beber, quisiera apagar un enorme fuego dentro de sí. Y aquella impresión que le habría causado no era infundada. Le llamó poderosamente la atención de que sus ropas estaban salpicadas con unas manchas oscuras, parecían rastros de sangre seca. Dicho detalle no le causó alarma, puesto que era práctica común el sacrificio de ganado y muchos al parecer, como que se apasionaban al exponerse asi manchados de sangre, como si fuesen algún destripador como aquel famosolondinense salido de la imaginación o tal vez real, llamado Jack. Contó Vicente que el tipo a pesar de haberse tomado toda la botella, no se emborrachó como era de esperarse. Le ofreció buen dinero por la oportunidad de alojarse lo que quedaba de esa noche en el establecimiento. En virtud de que contaba con una habitación muy bien equipada, que en ocasiones utilizaba cuando quería desahogarse con un cuerpo distinto al ya acostumbrado, no desperdició la oportunidad de hacerse de un buen dinerillo. Y asi fue como el hombre, luego de entregarle lo acordado y de haber aceptado algo de comer, se dirigió trastabillante hacia el cuarto llevando el platillo para despacharlo lejos de las miradas furtivas que podrían presentarse y en menos de lo que canta un gallo se comenzaron a escuchar unos ronquidos tan fuertes que parecían el resoplido de un león herido.La comida siquiera la probó.
Al día siguiente, cuando Vicente fue a su establecimiento siguió escuchando los escandalosos estrépitos producidos por la respiración del hombre que continuaba dormido. Dirigirse temprano a su local era ya una costumbreque ni siquiera un embate de la conciencia podría alejar. Había dejado la puerta asegurada únicamente por dentro. Él para poder retirarse del lugar había usado otra salida; eso con la finalidad de que al querer salir su huésped, no se topara con dificultad alguna. La mayoría de quienes se quedaban en sus instalaciones se marchaban tan pronto se les pasaba la borrachera, sin importar la hora.Pero en ese caso, todo resultó ser completamente distinto, puesto que ya era casi mediodía y él mismo cliente continuaba allí. Realmente en un principio le pareció un tipogazmoñoy puede que hasta timorato, por ello no le pareció que revistiera peligro alguno. Al fin y al cabo, todo lo tenía resguardado celosamente bajo llave y el dinero de las ventas se lo llevaba a casa. Su mujer era la mejor de todas para disponer del producto de su esfuerzo. Por esa razón, que estuviese ese tipo hasta la hora que le diera su real gana, no representaba peligro alguno.
Recordó Vicente que comenzó a hacer bulla a propósito ya que no se atrevió a despertar al tipo. Esa estrategia rindió los frutos en un santiamén. Dejó de sentirse el resuello inmisericorde e inmediatamente se escucharon unos pasos en la estancia. Escuchó una especie de murmullos y un portazo dio paso a un hombre demacrado, envuelto en un torbellino de modorra, que gruñía como un cerdo hambriento lleno de enfado porque se había quedado dormido y según, tenía que haber salido del pueblo antes del alba con rumbo a un sitio, que por más que Vicente trató de recordar al momento de narrarle el suceso a Toto seis años después, no logró hacerlo. Lo que si pudo traer a la mente, fue que en una ciudadcercana vivía un hermano suyo. Le conminó a que le visitare. Ese hermano había estado en el local la noche en que el misterioso tipo pernoctó. Se habían marchado juntos. El visitante misterioso aprovechó el pequeño camión para viajar de gratis. Tal vez pudiera serle de ayuda, dado el caso de que el mismo haya ido a parar allá. O en todo caso, posiblemente le haya contado sobre su próximo destino de haber sido otro. Dato más que suficiente para comenzar una búsqueda implacable cual vengador no tan anónimo. Luego de terminada la plática y después de despedirse de su amigo y del resto de los soldados, se dispuso a descansar. Ya era tarde y había convenido con el dependiente del bar que le permitiera dormir en una hamaca y éste, salpicado aún de compasión cetrina por la historia escuchada, accedió a su petición. Toto prometió pagarle a su regreso.
Toto se paró y bien ligerito, se alistó para salir y ganarle tiempo al tiempo. Fuera del sitio de su resguardo nocturno, pudo contemplar y escuchar a los integrantes del convoy militar que,tumbados en la parte trasera del mismo, dormían la borrachera que se habían pegado. Los armamentos estaban regados por doquier, era tan asi, que hasta les servían de cama a aquellos irresponsables. Podrían agradecer que en ese tiempo no sucedían los asaltos que se suscitarían años después en los que hurtar o robar estaría a la orden del día y en cualquier sitio. Tras unas cuantas horas de camino apresurado, y un máximo esfuerzo que le proporcionaba su avidez de venganza, pudo divisar la pequeña ciudad en donde supuso que encontraría información relevante. Era posible que el factor tiempo hiciera mella en sus pretensiones, pero aún asi lo intentaría. Al fin y al cabo, como lo dice del adagio, tocar la puerta no es entrar. Lo primero que sintió al ingresar al poblado, fue una algarabía provocada por los gritos de muchos niños que se arremolinaban a las afueras de una edificación. Todos querían entrar al mismo tiempo. Dos mujeres jóvenes apostadas en la entrada del sitio se encargaban, a duras penas; de controlar la entrada de los pequeños al recinto.
En 1.942 otro General venido de la misma tierra donde había visto por vez primera la luz del sol el tirano, había tomado el poder nombrado por el Congreso, como era la usanza en ese entonces. No era un momento nada apetecible ya que existía en el país muchas incertidumbresy muchas dificultades derivadas de la segunda guerra mundial desatada en Europa. Los ciudadanosestabanrecelosos en cuanto al gobernante, puesto que lo creían veleidoso, oportunista y capaz de hacer retroceder los pocos avances que su antecesor había logrado. Pero las acciones pudieron más que tanto palabrerío. En medio de tanta alharaca por el temor a un retroceso macabro, el presidente permitió la legalización de los partidos políticos, bastiones estos de una democracia sin parangón. Los ciudadanos comenzaron a expresarse a plenitud. Se hizo realidad un sueño que al parecer era una utopía, como el hecho de haber firmado el primer contrato colectivo y para rematar, se le permitió participar a las mujeres en el sufragio directo y secreto. Gracias al nuevo gobernante, se llevó a cabo un plan de modernización de la República: más de 1.500 kilómetros de asfalto a nivel nacional.La participación petrolera aumento en un sesenta por ciento.Seerigieron muchas viviendas en zonas estratégicas.Se construyeron muchas escuelas y se dignificó a los docentes. Se creó un sistema de identificación nacional; entre otros logros que fortalecieron de una manera nunca antes vista a la patria grande.
Muestra de ello fue la moderna escuela que en sólo meses se había construido en aquella pequeña ciudad donde había llegado sin proponérselo, Toto. Con una profunda nostalgia, Ramón Antonio contempló al grupo de niños que departían de una manera fascinante antes de dar inicio a su jornada diaria. Era muy reconfortante percibir esa escena. Imaginó que las cosas tal vez hubiesen podido ser mejor, si esas circunstancias se hubiesen hecho realidad en años anteriores. Le hubiese gustado ser alguien en la vida, pero lamentablemente ese sueño era más que un imposible para la gente que vivía alejada del epicentro político en el que solamente una élite tenía derecho a acceder a la educación y a la salud.Los demás se las arreglarían como pudiesen. Se imaginó a sí mismo y a sus hermanos en medio de esa algarabía de risas inocentes. Miró a sus hermanas María Elisa, Luisa María y a Mercedes María, luciendo aquellos vestidos almidonados y con fragancias tiernas. Además miraba a Tista, el peleón dicharachero que no desperdiciaría cualquier pretexto para entablar una disputa en la cual recibiría como siempre, la peor parte.
A Pencho y a Zenón no los imaginó por ningún lado, ya que en el recuerdo dócil que llegaba a él desde el sitio bendito de su infancia feliz en casa, ellos estaban demasiado chicos para ir a la escuela. Podría decirse que el único pecado del presidente, fue su escogencia por la élite de ese entonces, no por el pueblo. Su imposición podría decirse. Y esa fue la causa de su destitución forzada por un golpe de Estado. En un tiempo en el cual el país no confrontaba ningunadificultad políticapeligrosa, el propio partido de gobierno insistió en instalarse en una perspectiva controversial, al procurardetener en manos del Presidente de la República, la disposición en cuanto de quién iría a sucederle en la primera magistratura. Sin tener un trance importante, el gobierno se imaginó su propia dificultad política: la sucesión presidencial.Desde el punto de vista realmente mezquino del presidente, fue el obstáculo de la elección presidencial mediante el sufragio universal, directo y secreto; uno de las primordialescausas de sudestronamiento, debido a que esa medida se le vio como absolutista y no afín con los adelantosdemócratas de la época.
Caminó despacio mientras queabsorto en lo que para él significaba la gloria, trataba de encontrar algún sitio en el que pudiera descansar del trajinar excesivo con el que había iniciado ese día en particular. Y lo encontró muy cerca de la escuela. Se trataba de una pequeña plaza en la que se le rendía homenaje a un héroe patrio mediante un reluciente busto colocado justo en medio de la misma, rodeado de bellas plantas ornamentales deliciosamente podadas por mágicas manos. Frente a aquella placita, se ubicaba despampanante un bello templo católico. Constaba de una única nave, con presbiterio y baptisterio edificados en otro espaciocontiguo al edificio. La fachada principal, de tipologíascampechanas, tenía unacompuertacéntrica sin ornamento.Eltechado dela nave era a dos aguas y se reflejabamanifiestamente en la fachada.Latorrecilla exterior, edificadaposiblemente en el siglo XIX, secomponía de dos pilastras de sección curvadaarticuladas porun arco terminado en frontón decorado. La estructura de lostechos seguía el sistema constructivo particular de la región:listones de madera, techo recubierto de friso de tierra yenyesado; además de tirantes naturales, exteriormente envueltos contejas de arcilla. Las paredes portantes eran de azulejos de barro.Los muros contiguos poseían refuerzos del mismo material. Era un bello templo, muy común en aquellos parajes influenciados por las arquitecturas foráneas y antiquísimas, extraordinariamente bellas.
Toto de su morral, sacó lo poco que le quedaba del bastimento que le había preparado Mariana. Lo guardó para ese momento, ya que sabía que el hambre le arreciaría más a esa hora del día, como siempre. Además, la noche anterior debido en gran parte al aguardiente ingerido, su estómago tal vez se hubiese tornado intolerante y lo más probable era que hubiese vomitado lo consumido. Le pareció la decisión más inteligente que había tomado en años. Finalmente comprobó que no había sido tal, cuando evidenció que dichos alimentos eran prácticamente incomibles, puesto que su dureza implacable se encargaría de que asi fuera. Posteriormente se dio lo que siempre se dice, que cuando el hambre arrecia no existe pan duro.Con mucho esfuerzo, pero sin vacilación alguna, comió hasta la última partícula de aquello. Le pareció lo más exquisito que había probado. Descubrió de esa manera que a partir de ese instante,a lo que siempre se decía, agregaría que no había mejor sazón que la que produce el hambre; puesto que con ella no existe comida con mal sabor. Luego de haber consumado aquella ardua tarea, pensó mirando en todas direcciones, la manera de obtener alguna información en aquel sitio tan grande. Cavilaba de esa manera, puesto que era la primera vez que salía del área rural, por ello le pareció excesivamente grandioso el pequeño poblado aquel en el que tal vez encontraría las respuestas que estaba buscando.
Luego de volver a la realidad cruenta que se escenificaba frente a sí, se dio perfecta cuenta de que su estado era en extremo deplorable. A sus ropas se había adherido prácticamente todo el polvo del largo camino el que, aunado al sudor manado de su cuerpo producto del extenuante esfuerzo físico, producían un vaho pestilente que podría ser sentido a leguas; sobre todo el proveniente de sus axilas. Algo parecido al olor que ha de manar de la mezcla de cebollas machacadas, ajos descompuestos y huevos podridos. Además de que, por calzar aquellas cholas que mantenían sus pies desabrigados, ellos estaban igualmente colmados de mugre. En definitiva, parecía un menesteroso de los que raramente se miraban en esa época. No así como se mirarían en un futuro distante tumbados en las inmediaciones de los mercados públicos, en el que el país estaría invadido de pobreza por doquier. Sintió mucha vergüenza delestado lamentable en que se encontraba. Quiso remediar aquello, pero no sabía como. Miró a su alrededor y cerca pudo divisar un local comercial que era atendido por una pareja de ancianos que, desde donde estaba ubicado, lograba escuchar que hablaban de una manera muy particular. Eran migrantes portugueses que habían llegado, junto a muchos de los más variados países, huyendo de la guerra y de los debacles producidos por ésta.
Desde todo punto de vista, es innegable lacontribución que los inmigrantesaportaron al país por lo menos, después de la segunda guerra mundial.Es clarala manera en que muchos constructores de obras civiles, italianos; influenciarondicha industria.Cómo la mecánica adoptó una meritoria influencia de mecánicos españoles eitalianos; la forma en que la explotación de rubros agrícolas tales como flores, verdurasy legumbresoptimó sucuantía, diversidad y calidad por influenciadel aporte portugués, y la aceleración y el incremento de la manufacturadel calzado forjada gracias al motor de los zapaterositalianos y portugueses. De la misma forma, es una realidad indiscutible,elinflujo queobtuvieron en las universidades dela nación,los eruditos que arribaron de la madre patria. Lo que Ramón Antonio miraba muy abstraído y escuchaba confundido, dado a que la pareja en cuestión conversaban en su idioma originario, el portugués;lo había conminado a acercarse para escuchar mejor creyendo que por lo distanciado que se encontraba, las palabras llegaban a él confusas; más, comprobó que nada entendía de ese dialecto. Si en diversas ocasiones no entendía muchas palabras del castellano, cuanto más de otra lengua.
Toto había dejado su filoso machete en la casa de Nicanor, debido a que su nuevo amigo le sugirió que asi lo hiciera. Al mismo le pareció que además de la dificultad para llevar tantas