cosas a cuesta, consideraba peligroso ir a algún poblado desconocido con dicho instrumento que bien pudiese alguien usarlo como arma blanca en contra de sí mismo; lo cual por supuesto, sería contraproducente. Tímidamente se acercó al sitio donde ya la pareja de inmigrantes había dejado de discutir acaloradamente. Se detuvo frente al local, justamente en la entrada y se quedó mirando a quienes ya trataban de resguardarse de quien a simple vista, podrían considerar algún salteador o algo por el estilo. Disculpándose por la intromisión, les explicó el motivo de su presencia y el porqué de su lamentable y sucia indumentaria. Había aprendido de su padre aquel exquisito parafraseo. El muchacho hablaba bien sabroso. La explicación dada por el joven fue al parecer tan sincera,que la pareja en cuestión le hizo pasar adelante y tomar asiento, mientras le ofrecían un tibio y delicioso chocolate.No era de extrañar la receptividad ofrecida. En otras épocas, era de la usanza común compartir con quien fuese, alguna comida, bebida o algo que se tuviera a la mano que pudiera agradarle al visitante.
Al hacerles saber que necesitaba ocuparse en algo productivo a cambio de por lo menos, techo y comida, los portugueses aceptaron tal petición llenos de júbilo. Era precisamente de eso que estaban hablando en ese tono tan elevado, ya que a su edad, consideraban que había ciertos trabajos pesados que ya ellos no podían realizar aunque quisieran. Acordaron los detalles y desde ese preciso momento Toto fue considerado parte del grupo. Lo primero que solicitó fue un sitio donde (aún en contra de su voluntad), poder bañarse y cambiarse de ropas. Fue conducido hacia el área que sería su alcoba. Cerquita de allí había una sala de baño en la que tenían mucha agua, que de tanto tiempo almacenada, lucía tan fría que de sólo mirarla, a Ramón Antonio se le quitaron las ganas de bañarse, que no eran muchas por cierto. A pesar de ese gélido detalle, no le quedó de otra más que entrarle a la movida. Al contacto con el agua helada, lanzó un alarido de padre y señor nuestro que causó alarma en los esposos lusitanos. Luego comprendieron que era lo que pasaba y no pudieron contener las risotadas. A ellos les pasaba lo mismo cada vez que tenían que bañarse. Gracias a Dios eso sucedía cada tres días. Desde ya se vislumbraba que iban a congeniar demasiado bien. Los tres compartían el mismo instinto gatuno, tenerle un miedo congénito al agua.
La primera misión que se le encomendó a Toto además, claro está, de atender el abasto; era nada menos que la de alfabetizar a un grupo de adultos que se habían quedado rezagados, sin querer, del sistema educativo. Era una comunidad muy unida y el hecho de que se haya construido la primera escuela, despertaba esperanzas. Más, los adultos eran en su inmensa mayoría, analfabetos. Salvo el cura, unas monjas que hacían vida en el pequeño claustro que se situaba en un apartado del pueblo y el jefe civil, los demás nunca había escrito ni leido en su vida. Los portugueses lo hacían, pero en su lengua natal. Nunca aprendieron ni a leer ni a escribir en castellano. Cuando Toto descifró el contenido de una nota vieja que encontró estorbando, la pareja de portugueses se emocionaron y vieron en el joven, el indicado para llevar un poco de luz a esas personas que bastante falta les hacía. Él había aprendido a leer gracias a Anicasia que pudo, a pesar de lo obtuso que significó desde recién nacido prácticamente, enseñarle las letras una a una y luego a leer de corrido. Al mismo tiempo haciendo “planas” destacó una muy bonita ortografía, colmada de errores ortográficos tales como haiga, baca, cavallo; pero bonita al fin y al cabo que era lo que lo hacía sentir mucho orgullo.
Desde el día mismo de su llegada, la comunidad cambió del cielo a la tierra. La fina manera de hablar del muchacho, su destacada forma de trabajar (pareciera no cansarse, aunque con la llegada de los años, resultaría ser alérgico al trabajo), y su galantería, aunado todo ello a su eximia presencia física; dio cabida a sentirse como pez en el agua en cuanto a conquistar amistades. Las muchachas se derretían por él, sin embargo, sus sentimientos ya se habían tornado sólidos y enamorado como estaba de Marianita, parecía no tener ojos para ninguna de ellas. Luego se supo que por debajo de cuerda, mantuvo un romance tórrido con la hija de un labriego malhumorado. No pasó de ser un desliz de la muchacha que él supo aprovechar inteligentemente. Pensó que, a pesar de que sabía que no estaba obrando bien, la carne era débil y bajo esa excusa barata, justificaba su infidelidad imaginaria. No podría catalogar de infiel a sus actos, ya que su relación con la bella chica que se quedó esperándolo, aún no se materializaba. Pero de igual forma él necesitaba sentir que había que ser fiel a sus sentimientos y cada vez que recordaba los momentos pasados de tono, sentía que quería sacar de su mente esos pensamientos cochambrosos. Al fin la novia furtiva lo mandó por un tubo facilitando de ese modo, las cosas.
Se adaptó de tal manera que en poco tiempo ya era muy conocido. Pero no era feliz, debido a que el rostro de Mariana se presentaba a cada instante en su mente, lo colmaba de su presencia, la miraba en todos los sitios, en cada rincón; en todo. No dejaba de pensar en ella un solo instante. Cierta mañana despertó antes de que se presentara el alba y se dedicó presuroso a acomodar sus ideas. Ya era hora de comenzar a preguntar por el hombre que necesitaba encontrar; por Próspero. Hurgaba en los intrincados vericuetos de las posibilidades. Decidió que ese mismo día le hablaría al jefe civil, un venerable anciano que había ocupado ese cargo desde la época del tirano. Conocía a todos y todos lo conocían a él. Le preguntaría por un tal Ludovico, el hermano de Vicente, el dependiente de la taguara donde había medio dormido aquella noche. El jefe civil era un longevo solitario a quien nadie había visto malhumorado. Ya superaba los noventa años, pero era más duro que un roble. No tenía familia y nunca se había casado ni tenido hijos, aunque el siempre contaba, evocando alegremente su lejano pasado, que mantuvo fuertes amoríos con las más bellas damas de una ciudad lejana a donde había ido a parar de joven.Repetía constantemente que nunca se había casado y que se arrepentía de ello.Tenía una inteligencia envidiable y reflexionaba de una manera tal cada dificultad, que resolvía conflictos con su sola presencia y cuanto más, con sus palabras valederas. Era un personaje icónico en el pueblo y a él acudían todos para presentarle alguna problemática. Resultaba muy respetable ese caballero.
Siempre se le miraba sentado en una silla de mimbre frente a la jefatura civil. Bien de mañana ocupaba ese sitio tan respetado. Se le podía contemplar conversando con el cura, con el panadero o con cualquier habitante del pueblo. A media mañana, se trasladaba a la pulpería de Joao, el portugués y sin que lo solicitare, Toto entregaba un vaso inmenso de café bien amargo y sin endulzar, con un pedazo de pan de trigo. Consumiendo aquel desayuno rudimentario, se entregaban a la plática hasta mediodía que Joao dejaba a Teresa, su esposa, encargada del local mientras él iba a almorzar. Lo único que hacía la señora Tere, como le decían todos, era el papel de lo que hoy en día se denomina cajera, puesto de Ramón Antonio resultaba ser quien despachaba los pedidos, acomodaba aquí y allá, hacía de todo cuanto había que hacer y que el par de ancianos inmigrantes ya no podían.
Toto se agazapó como quien aguaitaba una lapa y se acercó tímidamente al jefe civil. El planteamiento que le hizo en cuanto a si recordaba a un sujeto que posiblemente había pernoctado por esos parajes hacía siete años, dejó perplejo a Don Esteban. No le contestó de inmediato, pero le prometió que haría todo cuanto estuviera en su poder para encontrar en cierto recodo de sus recuerdos, alguna pista del hombre descrito por Toto. De seguro que lo haría. No hizo preguntas al respecto. Lo que se traía el joven aquel con el hombre cuya información había requerido, lo tenía completamente sin cuidado. Estaba plenamente seguro que había contemplado a un tipo con una fisionomía peculiar más o menos cuando Gardel había pernoctado en aquella nación cuando realizó su última gira en varias ciudades. A esa gira artística luego se le denominó la gira sin retorno.
El tirano le había hecho un homenaje al zorzal criollo, al morocho del abasto como también era conocido el rey del tango. Se supo que el dictador le regaló una considerable suma de dinero que el artista cedió a su vez a los pobres. Hizo ocho presentaciones en aquel país. En una de sus actuaciones solicitó que no cobraran entrada y que se dispusiera el acto para las personas de escasos recursos. Fue esa una actitud altruista del cantante, ya que también los pobres tenían derecho de presenciar y escuchar al famoso intérprete nacido en Francia y acogido en Argentina como su hijo predilecto. Lamentablemente un trágico día, el avión que lo transportaba junto a su equipo, se desplomó. Algunos pasajeros lograron salir del aparato en llamas. El famoso cantor de tangos intentó saltar por una de las ventanillas, pero fue aplastado por uno de los motores que se había desprendido del fuselaje. Supo el jefe civil que en aquella época había visto a un hombre serio, petulante, altanero y mal hablado que tal vez pudiese tratarse del individuo al que buscaba Toto.
Llegada la noche, el viejo Esteban se acurrucó en su silla que ocupaba un rincón de la vieja casona donde funcionaba la jefatura civil y que le servía de igual modo, de residencia y escuchando una bella melodía cantada por Pedro Infante, compuesta por un ilustre mexicano de un nombre tan largo como el del célebrepintor español de apellido Picasso, a saber: Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, mejor conocido como Agustín Lara, tomando una copa de coñac de una marca muy reconocida,rememoró su pasado como si estuviese viviendo cada instante traído a colación en su mente insigne. Se paseó por cada uno de esos momentos gratos y también de otros tristes, como contemplando uno a uno cada detalle, cada situación; los movimientos de las personas que ocupaban los espacios recordados. En ellos miró al hombre resabiado que verdaderamente había llegado a su mente, en el momento en que Toto le habló de él. No tenía duda alguna, ese hombre había estado en el pueblo y pernoctado unos meses a mediados del año en que falleció el tirano. Recordó que había ocupado una casa que ya no existía, pues sola como permaneció por varios años después que él se largara luego de querer seducir y maltratar cruel y vilmente a una decente mujer; se derrumbó de puro vieja que estaba.
Cuando se volvieron a ver, que fue la mañana siguiente cuando Don Esteban acudió por su enorme pocillo de café y el enorme trozo de pan,le dijo en voz baja a Toto, que se acercara por la jefatura civil que tenía que hablar seriamente con él. Esa conversación informal en extremo, dejó entrever que no deseaba el anciano ser escuchado sino por su consultante. Sabía que la pareja de lusitanos eran entrépitos a gran escala y si llegaban a escuchar lo que pensaba que era algo muy privado, de seguro que en menos de lo que canta un gallo, el pueblo completo sabría del tema. No fue sino hasta el mediodía en que pudo entrevistarse Toto con el viejito Esteban, como muchos le decían. De inmediato le contó todo cuanto había recordado. Le refirió que una tarde tranquila, así como eran casi todas ellas, se presentó un hombre desconocido. Nadie lo había visto nunca. Pidió posada porque según, venía extenuado por el largo trajinar del camino que había andado.Al primer lugar al que acudió fue a la casa de Leocadia, una sexagenaria que vivía acompañada por una pléyade de gatos, que daba grima el sólo hecho de llegar a esa casa y respirar al menos, una bocanada del aire cargado de olores a orines y caca de esos animales, amén delos eterno maullidos de aquella extensa población gatuna. Al parecer nunca otro ser humano había pernoctado en aquella pequeña morada; bueno, no que se supiese. De inmediato el hombre desconocido descartó la idea de quedarse a sentarse un rato siquiera en aquel lugar que le pareció tétrico. Esa primera impresión puede que tal vez le haya hecho desistir de continuar con aquella intención de ubicar a una persona piadosa que pudiese brindarle alojamiento aunque fuere por una noche, la misma que ya casi se hacía sentir.
Se dedicó, tras las miradas curiosas de muchos, a caminar despacio por una de las calles principales. Mientras lo hacía, parecía que una tonelada de preocupación lo aplastaba. Su nerviosismo inclemente se hacía sentir al mínimo movimiento. Se notaba extenuado, se adivinaban sus pensamientos. No era necesario que expresara una sola palabra para ilustrar sus ideas, puesto que sus ademanes, aunados a los gritos callados que sus facciones manifestaban; diligenciaban por si solos lo urgido que estaba de descanso, de alimentos, de ser tomado en cuenta mediante una receptividad propia de la que era ya costumbre recibir en aquellos sitios de Dios en esa época,en cuyo seno aún hacían eco, los sufrimientos llegados desde la barbarie, desde el despotismo y desde la ominosa figura del tirano. Todos lo miraban apesadumbrados ya, por el aspecto marchito que presentaba aquel ser. Pero nadie se le acercó por un buen tiempo.Solamente se limitaban a mirarlo como quien lo hace con un extraterrestre quizá.
El hombre sentía mil toneladas aplastantes en esas miradas curiosas y escrutadoras; pero le restaba importancia a ese hecho. Se limitó a caminar despacio, como meditando en cada uno de sus pasos. De repente, se quedó estático recostado sobre un árbol de los tantos que decoraban aquella ciudad próspera. Una pequeña ciudad hermosa, (aunque todos le continuaban llamando pueblo) enclavada en un valle.Como colocada allí, sacada de un cuento perfecto que culminaba con un final armonioso. Era una ciudad que permanecía siempre ceñida en su túnica de neblina, perfumada con el perfume de mil flores, refrescada con la brisa de la montaña a cuyos pies ycortejada interrumpidamente por el rumor del majestuoso río, las callesempedradas con adoquines en el centro; regalaban encanto. Aunado a ello, era esa ciudad rodeada de campos alegres y placenteros. Por ello, el hecho de que en medio de aquel paraíso sin igual se encontrare un ser humano sufriente, significaba una bofetada al altruismo que cada habitante llevaba en el corazón.
Recordaba Don Esteban que entre los estupefactos mirones se encontraba él y fue precisamente él quien se le acercó para ofrecerle una mano amiga a pesar de que hasta ese momento el caballero no había solicitado ayuda. Rayaba el año 1.935 y precisamente se preparaba aquella ciudad para festejar una fecha de trascendental importancia, un día de abril. Y en aquella localidadno escatimaban en gastos para celebrar, aunque muchos no sabían a ciencia cierta que carajo se celebraba. Casi todos desconocían que un día de abril de se había firmado el acta por la cual se reafirmaba la lealtad a Fernando VII en contra deNapoleón Bonaparte. Se produjo asimismo la destitución delCapitán General Emparan.Por el hecho de que se brindara por todo lo alto, se repartiera comida pareja y se bebiera como si se fuese a terminar todo el aguardiente; conllevaba a realizar con vehemencia todos los preparativos necesarios. Si se tuviese certeza o no de que era lo que se celebraba, no tenía importancia. Ya era una costumbre aquello.Nadiesabía quien había dado el primer impulso para llevar a cabo la conmemoración en esa ciudad; pero de igual manera, todos se iban por ese camino de manera consuetudinaria.
Era una época en que se suscitaba algo muy extraordinario. Y ese suceso no era otro sino el hecho de que se exponía en el solar de Elina (lugar mágico donde se reunía la crema de aquel entonces a libar aguardiente y comer como un regresado de algún naufragio para celebrar la vida), una producción cinematográfica local denominada“Venus de Nácar”quien fue grabada en1.932, la misma resultó ser el primer film sonoro realizado en el país. Mismo sitio donde se aclamaría hasta más no poder el arte cinematográfico mexicano con “Allá en el Rancho Grande”. Y resultó ser precisamente Don Esteban, el principal asiduo visitante de aquel sitio decoroso y supremo. En ese mismo solar o patio, como se le decía también muchos años después, en la década de los años cuarenta del siglo veinte;todos gozaríandel arte de un perfecto artista mexicano.Y con satisfacción esa gente gozaba y con ese término (gente), se tomaba en cuenta a la mayor parte de la población adulta.
Todos ellos se desternillarían de la risa mientras mirarían con especial detenimiento a la extraordinaria producción: “Ahí esté el detalle”, cuyo personaje principal fue el genial Mario Moreno, quien le dio vida a Cantinflas, popularpersonaje de todos los tiempos. Ni que decir cuando el carajo decía: “¡Ahí está el detalle señor juez! Que no es ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario”. Se trataba de una especie de cerco, de un juego de palabras nacido de un hombre que, revolviendo en una conveniencia que la vida le había permitido, no pudo ni supo hacer más que enmarañarse con su argumentación y traer con ello, al más grande comediante del siglo XX. Lo que procuró Mario Moreno fuevencer al oyente que, ante la discrepancia, terminaraescuálido, extenuado y dispuesto a aceptar lo que elotro le decía. El eximio humorista quiso a través de su personaje Cantinflas, construir alegórica y fílmicamente, al jocoso popular predestinado a distraerlosa todos, hasta al más pobre de los pobres.
Al acercarse a él, Don Esteban con el sombrero indiscreto, el cual iba y venía de una mano a la otra denunciando su nerviosismo, procuró hacerse sentir amigable. Y realmente lo logró. Próspero recibió aquel acercamiento como una bendición. Se sentía vulnerable, pues la podredumbre que llevaba en su alma, venida de una despreciable y desmedida ambición, lo había catapultado hacia la peor miseria que se podía sentir. Tal vez sería arrepentimiento, posiblemente miedo. Pero lo cierto resultaba en que el vil hombre trataba de mantenerse impoluto a pesar de que ni él mismo sentía que no llegaba ni cerca de parecer tal. Sentía que de sí, escapaba la culpa, el reproche que le gritaba la vida misma. Por ello, sentía que todos miraban a su alrededor y en su interior inclusive, la mezquindad de sus actos producto de lo desmedido de una codicia que le habían llenado las manos y el alma de sangre, de la sangre de un hombre que en su oportunidad y cuando más lo había necesitado; le había tendido una mano amiga.
Pero los años vividos por el Jefe Civil, muchos de los cuales había dedicado a crecer intelectualmente, a pesar de que nunca pisó una universidad; le indicaron al momento de estrechar la mano de aquel caballero, que algo oscuro trataba de ocultar. Y no era difícil sentir esa sensación. El hombre difícilmente podía fijar la mirada en los ojos de quien le hablase. Eran sus miradas dirigidas más bien al piso, al medio que le rodeaba, a la nada. En el mejor de los casos, dirigía una que otra mirada furtiva, las que no podía mantener activas más allá de unos pocos segundos. Las mismas se resquebrajaban al instante como que si nunca se podrían mantener en pie. Esa sensación que manaba de él gritaba con un gañote de acero, que sus pasos no eran transparentes y que aquel nerviosismo poco ocultado (mismo que se siente cunado se huye, cuando se es perseguido) le atormentaba. Eso percibió Don Esteban en el mismo instante del acercamiento. Todos esperaban eso del anciano. Él mismo lo sabía y por ello no quiso hacerlos esperar y se había dirigido al recién llegado. Cuando se presentó y le especificó que era la máxima autoridad civil, sintió de inmediato una bocanada de desconfianza y de miedo en las temblorosas manos y en las titubeantes palabras que profirió el visitante.
Al momento quese disponía a decir su nombre, la vacilación que nació de aquel simple gesto, habló por sí misma. Dijo llamarse Armando, después de ensayar de manera ridícula varios apelativos en su mente. Supo inmediatamente el Jefe Civil que algo no marchaba bien, pero hizo caso omiso de aquel detalle.Sabía que con esa actitud preventiva, llegarían a él más detalles grandiosos que harían prevalecer las verdades que sabía eran misteriosamente ocultas tras aquel vaivén de ideas.Le ofreció posada precisamente en la jefatura civil. En aquella época no era muy rentable la hotelería. Ese ramo comercial sería explotado años después cuando se diera algo más de apacibilidad al turismo. Sería aquella ciudad debido a su belleza, presa fácil de enamoramiento de foráneos a sus deidades naturales y a la arquitectura venida de sitios de ensueños. Todo se inició debido al cambio de paradigmas en aquella nación producto del auge del producto n***o. Para nadie resultaba un secreto que el paíscomenzóa transfigurarse y pasó de ser un Estadopredominantementecampesino a uno dependiente de la renta por la mercantilización del petróleo. Esto cambióabsolutamente toda su dinámicatanto económica como social e indujo el progreso de muchas otras ciudades del país, al igual quela edificación de algunas zonas producto de los grandiosos ingresos divisados graciasa la actividad petrolera.
Continuaban llegando en masas, un gran número de personas venidas desde los campos atraídos por la bonanza petrolera. El campo quedaba desolado y las ciudades que estaban siendo industrializadas a grandes ritmos, se comenzaban a sobrepoblar. Pronto se evidenciaría aquella migración interna, en los grandes cinturones de miseria que se formarían alrededor de las grandes urbes, señal inequívoca de malas políticas gubernamentales y una enorme falla en cuanto a la utilización de los ingentes recursos llegados repentinamente. Se inició si, la inclemencia del gusano de la corrupción. Se vislumbraba una riqueza sin precedentes. Riqueza ésta que no se orientó en ningún momento por las sendas de la razonada inversión. Se inclinó todo el arsenal por aquella monoproducción rentista que tanto daño haría. Una voz inteligente expresaría la idea de sembrar el petróleo haciendo especial énfasis en la inversión de dicha renta hacia los campos. De haber sido escuchadas esas palabras, de seguro que otro gallo cantaría en los momentos actuales llenos de tanta miseria. Fueroninstantes de enceguecidos ideales, cuando la desmedida ambición no dejaba mirar más allá que lo de se miraba al gastar a manos llenas los dineros ajenos.
El ofrecimiento de Don Esteban llegó como una bendición a Próspero, es decir a Armando, como desde ese entonces dijo llamarse. La ingenuidad de aquella gente bondadosa no tenía parangón alguno. No existía aún la desmedida desconfianza que en los momentos actuales nace del peligro que se visualiza en cualquier acto humano. Actos embarrados en maldades de toda índole. Eran momentos acunados en bondad por donde se le mirase, en los cuales no cabía la suspicacia que en épocas actuales no permite que los pasos sean dados como se desearan, sin que exista el desmedido desencanto que produce el perder la fe en las buenas costumbres, en las enseñanzas que nacen en los hogares creyentes del amor de Dios. Por esa razón, aquel gesto de falsedad que denotó el noble octogenario en las expresiones de Próspero, se quedaron en el ocultismo del altruismo que en ese momento fue superior a cualquier suspicacia que, aunque no era usanza, hubiese ahorrado una enorme impunidad.
Aquella primera noche se conversó de todo un poco. El hecho de estar viviendo una coyuntura no deseada, pero a su vez defendida por quienes si creían en ella y evidentemente, la deseaban de manera desmedida, hizo que los objetivos de la conversación giraran en torno a temas triviales que no se fundaran en lo ateniente al nefasto gobierno imperante. La tertulia se llevó a cabo frente a la jefatura civil, y en ella se trató de obtener una información que parecía que nunca llegaría. Ese frente no era otro que la plaza que llevaba un nombre grandioso a los oídos de todos. Era parada obligada para las inolvidables ágoras a la que asistíanpor las tardes y los días de fiesta, la gente cortesanao fisgona que nunca habrían de faltar por todos los tiempos, para ver a los otros y dejarse ver,y para enterarse de los acontecimientos y murmullos diarios.Lo único que obtuvieron de aquel enigmático ser fue su desmedido silencio. Dejó colar solamente unos susurros y los mismos resultaron ser una especie de claves enigmáticas. Era como leer jeroglíficos.Significaba esa la única realidad. Una cruel realidad que devenía al entablar aquel conversatorio con expresiones vacías que nunca llevarían a nada. Se comenzaba un tema y se saltaba a otro antes de concluir el primero. Cantinflear le dirían luego, después de la popularidad que hizo el célebre actor mexicano del enredo en el hablar que deja la inseguridad. Era que hablar del gobierno en ese entonces no daba cabida a otra cosa que no fuese terror. Esa fue la finalidad del Honorable,pues se platicaba respecto a la vida.Un tema nada más lejano del derecho y de la equidad. Usanza común de un régimen de metódicatransgresión de los derechos de lospueblos y de uso absoluto del dominio. De tal manera que lo temas de conversación se agotaron pronto y los reunidos se esfumaron tal como habían llegado, al quedar insatisfecha aquellas curiosidades desmedidas. El hombre no dejó escapar detalle alguno del porqué de su presencia en aquellos parajes, de los motivo de su nerviosa actitud, de aquella carencia de palabrerío.
Al quedar solos se adentraron en aquel vetusto caserón. Existía dicha edificación desde la época de la colonia, dada la documentación que ostentaba en su haber el presidente del Estado. Contaba con cuatro cuartos con sus tocantesportillas de madera y un corredor de 8 metros de largo por 2,5 metrosde ancho. Tenía cinco ventanas también de madera, tres al frente y dos laterales; unsalón amplio y de gran altura, un refectorio y una cocina. Las puertas, ventanas y techos eranúnicos, también las alcayatas y tirantes. La casa era de talanteneerlandés, de gran hermosura y distinción. El esbozo de su techo, con declives a dos aguas y arneses de pares y tirantes, era llamado “cola de cisne”por su vuelocruzado a los extremos. Caminaron por un largo pasillo hasta dar de lleno con un tinglado elegante que era abrazado por las exquisitas fragancias florales venidas desde un exuberante jardín, que era el orgullo de cuanto visitante llegara a aquel recinto.
Toda la gente privilegiada que tuviese la dicha de acceder a esa dependencia gubernamental, sentía el placentero momento que se desprendía de las paradisíacas esencias allí percibidas. Después de un breve paseo, llegaron a lo que era la residencia del Jefe Civil. Un ala de la casona bien provista de una comodidad digna de un Rey. Como signo inequívoco de elegancia, existía en el patio una antesala prodigiosa que era adornada por bellos sillones arcaicos que representaban la sutileza de un distinguidodeleite. Ellos fueron seleccionados por el exquisito buen gusto del funcionario que, a pesar de estar al servicio del tirano, lo adversaba en el más absoluto de los silencios. Aún así, le era asignada una buena tajada del presupuesto para ello, para los gastos propios de su función y el lo gastaba de la mejor manera que consideraba.Callaba su descontento, aunque en esos momentos, los silencios retumbaban más fuertes que mil voces. De manera obligada cada funcionario público, independientemente de su rango, tenía queexpresar las adulaciones de rigor a la figura del poderoso gobernante.
Tanto en la antesala como en el interior de la residencia oficial del dignatario caballero, se podían contemplar muchas bellezas decorativas. Eran trabajos fabulosos de una época remota. Al vislumbrar las regias líneas de aquellos mobiliarios, era de