médicos de un país insular que comenzarán a desplazar a los galenos de la patria, en una especie de sistema de salud paralelo.Luego se harásentir la avalancha de militares en la vida civil como mandamases en los entes públicos. En el sueño de Jesús, llamaba la atención la semejanza de dos regímenes totalitarios, déspotas y criminales, alejados en el tiempo; pero unidos en un hecho común, el empobrecimiento de la población y el enriquecimiento de la cúpula gubernamental.
Contemplaba el joven en su sueño, una tamaña desfachatez que habría de presentarse en un futuro cercano. Se trataba de la presencia del heredero. Se presentaba en el sueño de Jesús aquel ser diabólico. De la manera más descarada aquella perversión hecha hombre fanfarroneaba al decir que durante siglos, su nación lo único que había anhelado no era otra cosa que no fuese la paz. Tamañoembustero el que habríade heredar el trono de manos de un golpista asesino que había masacrado junto a su pléyade se matones de alta calaña, a muchos inocentes.(Él había sido testigo presencial de esos asesinatos). Aquel monstruo observado por Jesús, Gritaba amor por la paz. Lo hacía a pesar de que se será él, el principal artíficedel uso desmedido de la represión, de la violencia, de las desapariciones forzosas y de miles de asesinatos. El personaje perverso que estaba frente a Jesús en medio de ese extraño sueño, mirándolo con sus ojos inyectados de sangre, con el diablo en su interior,gritaba con una voz e ultratumba, que hará votos por una justa repartición de las riquezas, por laigualdad de oportunidades para el pueblo. Pero el tiempo se encargaría de develar las verdaderas intenciones de aquel engendro del infierno. Llegará el momento en que con sus perversiones, adornará con papelitos de colores las cabezas de la gente, mientras del cuello hacia abajo, los tendrá a todos metidos en un pozo lleno de mierda.De cuando en cuando Jesús se sobresaltaba en su lecho. Era una reacción hasta cierto punto lógica en un hombre, cuyos ideales de justicia eran intachables. De hecho, muchos años después, mientras se agudizaría el desastre, él se adentraría junto a su único hijo, en el mundo de la abogacía desde donde se abriría pasos en el Derecho Penal como especialidad.
Cuando faltaba aproximadamente una hora de camino, el anciano rompió aquel silencio ensordecedor e indagó a su acompañante acerca de lo que le había sucedido tanto a sus padres así como aél y a sus hermanos. Y Toto, como si estuviera de rodillas en el confesionario, le contó con lujo de detalles todo cuanto había sucedido. Le contó detalles de la muy buena posición económica que habían poseído. De lo felices que tanto él como sus hermanos habían sido en sus primeros años junto a sus padres. Evitó detalles triviales, más, ahondó su relato en el funesto hecho de haber confiado en un hombre malvado.No podía creer el noble anciano, todas las porquerías que le había hecho el tipejo aquel que se había desligado por completo del respeto y de la compasión. Lloró el anciano cuando Toto hizo referencias a las repetidas violaciones llevadas a cabo por aquel ser despreciable, y las amenazas proferidas de quemarlos vivos a todos, si llegaba a decir una palabra de todo cuanto lehabía hecho ese vil personaje.Luego de narrarle todos esos tristes detalles, procedió a contarle lo sucedido con sus padres.
A esas alturas de la historia, el viejo Nicanor lloraba amargamente por las vivencias narradas por un joven que no había tenido tiempo aún de vivir su vida de manera plena. También Toto lloró cuando su benefactor le contó su propia tragedia. Él vivía con su vieja y dos nietos. Habían quedado ellos dos al cuidado de sus dos únicos descendientes,después del alzamiento del año 1.928 donde perdieron la vida sus dos hijos que, estando cursando sus estudios universitarios en la ciudad capital, junto a otros valerosos jóvenes; se opusieron por vez primera de manera pública al régimen del dictador. Lo que se inició como una celebración carnestolenda y estudiantil, descolló como el inicio de un proceso de resistencia democráticafrente alabsolutismo. Fue una acción fundada en losargumentos, en la palabra; civil, urbana, desarmada, colectiva ydemocrática.Demostraron aquellos patriotas que, a pesar de las cruentas represiones, existían voces que se arriesgaban, so pena de muerte; a gritar consignas a favor de la libertad, en contra de los ideales de absolutismo del régimen perverso. En contra de la pobreza, de la desigualdad social. Contó el anciano que muchos de aquellos jóvenes con guáramos y amor por la patria, incluyendo a sus hijos; habían desaparecido para siempre.
No hubo cuerposa los que velar ni dar cristiana sepultura, terminaba de esa forma aquella tertulia el veterano. Lloraban sus penas ambos hombres cuando se aproximaban ya a su destino. Al llegar a la humilde casa donde vivía el noble caballero, cuyo nombreToto no se había atrevido a preguntar, a pesar de haber recorrido un largo camino y haber conversado mucho; ya era muy tarde, casi de madrugada. Se trataba de un arcaicopredio con techumbre de tejas a dos aguas y un gran solar. Elfrontispicio principal mostraba unapuerta a la izquierda con una ventana cuadriforme a la derecha,así como también un zócalo matizado de verde. Tenía dos grandes corredores que comunicaban internamente sus dos únicas habitaciones. Todo daba paso a un aire placentero y al aroma de las muchas flores que lucían en un bien cuidado jardín. Muestra de la delicadeza de gustos que,a pesar de la pobreza que arropaba cruelmente a esa gente, podrían disfrutar como regalo divino de la naturaleza con tan sólo regalar un poco de agua cada mañana a los arbustos que crecían hermosos decorando un poco su estrechez económica.A las puertas de la humilde vivienda, una honorable anciana esperaba impaciente la llegada del marido que desde hacía dos días, se había marchado del hogar en pos de ganarse la vida; de obtener algunas monedas con las que poder llevar el sustento de ella y de susdos nietos. Y eso le costaba mucho esfuerzo a su longeva edad.
La bella dama superaba los ochenta años, pero la robustez de su cuerpo señalaba otra cosa. Ella había dedicado toda una vida además que a las labores domesticas, al arte rudimentario.Por ello existía un extenso legado como artesa del buen gusto, puesto que sus manos llevaban a cabo verdaderas obras de arte. Y en verdad que su trabajo era demasiado exigente en vista de que eran codiciadas sus obras por quienes visitaban aquellos parajes. Ellafue tejedora de chinchorros y cinchos de burro, dedicando los últimos sesenta y cinco años a esa presteza.Experimentó esos oficios de un pariente que vivía cercano a su casa ylos comenzó aejecutar siendo apenas una niña. Contaba que a diario, cuando se trasladaba al conuco de su padre y luego de la faena;pasaba el resto de la tarde frente a la casa de su pariente y la miraba tejer. En una oportunidad, al retornar a la casa, aparejó un pequeño telar para entrelazar unahamaca a su muñeca.Luego de ello, no dejó de hacer esa actividad jamás. El trajinar en la vida le había regalado la corpulencia suficiente para, a esa edad, continuar luchando.
Ella era una mujer menuda, delgada en extremo, con un cabello tan blanco como la pureza que dicen que es de ese color. Por su parte, el viejo Nicanor también en sus años de mozo hizo trabajos prodigiosos a la par de ser agricultor tal como también lo fueron su padre, su abuelo y demás ancestros. Fue el constructor de las diferentes casas de barro que aúnse conservaban en el pueblo de donde era oriundo. Siempre acostumbraba llevar consigo un machete para cortar elherbaje, queluego utilizaba en la elaboración de unamasijo combinado detierra y boñiga de burro o chivo para confeccionar las casas.Le presentó a Ramón Antonio(sólo en ese momento supo que se llamaba así). Igualmente Toto conoció en ese mismo momento como se hacía llamar el respetable caballero.Nicanor le comentó a Leonor algo de lo que le había contado el muchacho acerca de su vida y ésta entristeció en extremo. Les recordaba a sus muchachos en la época de sus mocedades. Eliodoro, el mayor, estudiaba medicina y ya estaba finalizando la carrera y Eladio que era tres años menor, cursaba el penúltimo año de leyes. Ya el mayor se había casado con una compañera de clases, Cristina. Procrearon dos hijos: Mariana y Roberto. En 1.928, cuando aquel grupo de estudiantes corajudos decidió salir a las calles gritando las consignas que llevaban cuajando desde hacía tiempo contra el tirano, Eliodoro tenía 29 años.
A ambos el régimen los apresó junto con un gran número de los manifestantes. De todo el país se acercaron muchos estudiantes apoyando a los nobles muchachos que armándose de valor y de dignidad, fueron los primeros en alzar sus voces de protestas contra un sistema que consideraban sanguinario. Solicitaban la libertad de los compañeros o que los apresaran a todos. Efectivamente los jalabolas y apátridas secuaces, los privaron de libertad a todos y como pudieron, los zamparon de cabeza en las mazmorras. Los que corrieron con suerte, si se le puede denominar de ese modo, fueron liberados a instancias de algunos aduladores del opresor, otros fueron expatriados para siempre y el resto quedósembrado en los calabozos sin esperanzas de volver a ver la luz de la vida. También desaparecieron muchos, incluyendo a Eliodoro y Eladio.
Jamás supieron de ellos a pesar de haber visitado todos aquellos sitios en los que les decían que pudiesen estar. Sus búsquedas resultaron infructuosas.Nunca aparecieron ni vivos ni muertos. Sencillamente los desaparecieron considerándolos tal vez, de alta peligrosidad y cuyas presencias podrían hacer tambalear hasta al diablo mismo. A pesar de la hora, la anciana dispuso mucha comida para los recién llegados. Ramón Antonio les contó de su familia mientras comían en abundancia. El joven tenía mucho tiempo que no comía asi de bueno y de abundante. Ellosposeían un corral con muchas gallinas ponedoras y pollos de engorde. Criaban cerdos y chivos. A diario, las gallinas sorprendían con la cantidad de huevos que ponían. Eran tan productivas que hasta les alcanzaba para vender dicho producto. Cultivaban un conuco que estaba muy bien surtido. Las hortalizas crecían muy grandes. En cuanto a las frutas ni se diga, progresaban gracias a la dedicación de los muchachos. Mariana le ponía muchas ganas al igual que Roberto y desde bien de mañana, después de recoger los huevos, pesar los pollos y alimentar a los marranos; se trasladaban al huerto y trabajaban mucho esas pequeñas tierras fértiles. Los chivos y cabras salían al monte a alimentarse y regresaban al corral por la tardecita, como era la costumbre de esos animales.
De ese empuje nacían todos los productos que decoraban diariamente su mesa y sobraba hasta para vender. De eso se encargaba Nicanor. Al decirle Toto a la pareja de ancianos a la mañana siguiente, de quien era nieto, ellos se sorprendieron en extremo y con más intensidad y esmero fue atendido. Nicanor había conocido a Carlos Antonio desde que eran niños. Se habían tenido mucha estima. No se volvieron a ver desde que estuvieron presos hacía ya bastante tiempo, durante el gobierno de otro tirano a finales del siglo XIX.Parecían cosas del destino, puesto que esas familias habían sido muy unidas en el pasado. Tener a un nieto de Don Carlos, como le decía Nicanor, en casa, les resultaba de seguro; un gran placer.Al momento en que los nietos se acercaron a la mesa, cuando ya sus abuelos y Toto estaban por terminar; algo movió por completo los cimientos que se habían quedado dormidos en el muchacho desde que era un niño. Mariana estaba allí en plena sala, con su estampa preciosa.
A pesar de su apariencia campechana, era bella. Su rostro angelical lucía radiante y su estatura prepotente le otorgaba una cualidad muy particular. Ambos se miraron y guardaron un silencio sepulcral que gritó mil palabras. Roberto se dio cuenta de aquella reacción instantánea que solamente era capaz de producir el amor. Ella tenía diecisiete años y nunca se había detenido a pensar en esa cosa que mentaban amor. Pero es una realidad universal, el hecho de que cuando ese sentimiento llega, no le pide permiso a nadie. Solamente se hace sentir y si se le cuida desde un principio, si se cultiva con sobrada paciencia, respeto y hasta picardía; él crece como crecen los árboles que son atendidos con el esmero de quien desea ver la divinidad en todo su esplendor. Era realmente una belleza aquella joven que sin proponérselo, inspiró a que un gran amornaciera en un ser que había sufrido en demasía y en quien haría renacer las esperanzas.
A insistencia de todos, Toto prometió quedarse unas pocas semanas. Eso si, exigió que le permitieran trabajar. No como señal de que pagaría con trabajo lo que pudiesen ofrecerle, sino como una muestra de agradecimiento. Ese fue el acuerdo al que llegaron como un pacto infranqueable y divino. Se quedaron boquiabiertos de la gran capacidad del muchacho para jalar tareas y realizar todas las rígidas faenas concernientes a la labranza. Hasta “capó” unos cuantos marranos y chivos que estaban pendientes. A ninguno les agrado el hecho de que pidiera los testículos extraídos de los animales para cocinarlos y comerlos a la hora de la cena. A él les parecía una delicia y a ellos un asco. Nunca habían sabido de alguien que se comiera los testículos de algún animal. Él si lo hacía y al hacerlo, a sabiendas de que a ellos les parecía lo más repugnante que habían visto, llevaba acabo además; muchas guasas mientras ingería aquello. Al final pudo más la curiosidad, y el viejo Nicanor se atrevió a probar un poquito de la criadilla de uno de los tantos chivos y marranos capados. No le pareció tan mal, todo lo contrario, le gustó el saborcito delicado y crujiente.
Entre los dos se acabaron aquel banquete en menos de lo que pestañea un colibrí. Nicanor, mostrando su sonrisa desnuda, formaba una alharaca por la epopeya que había realizado. A su parecer,había perpetrado algo que nadie, además de Toto, se atrevería a realizar en su casa. Se sintió todopoderoso; elseñor deluniverso. Su vieja y sus nietos por el resto del día, evadieron cualquier intento de acercamiento de ambos hombres. Ya se les pasaría, pensó Ramón Antonio, cuando un dejo de rabia se hizo sentir en él. La muchacha le había movido todo el piso y rogabaa Dios,que su actuar no sirviera para dañar algo que aún no se materializaba. Todos, después de realizar unas oraciones larguísimas que él nunca había escuchado, se dispusieron a dormir. Cada cual ocupó su hamaca y para él, dispusieron una que llevaba varios años embojotada en una busaca para esos casos especiales. El chinchorro tenía mucho olor a guardado. Eso para él no significó mucho; lo ignoró. Era ese un día especial, puesto que se trataba de un invitado exclusivo. El nieto de su amigo de toda la vida, quien lo habría imaginado. En eso pensaba el viejo Nicanor cuando lo venció el sueño.
Llegado el nuevo día, cuando aún no salía el sol, Mariana estaba al pie del cañón. Desde mucho antes de que la albura se hiciese presente, la doncella se disponía a aprovechar la mayor parte del tiempo y se dedicaba desde ya, a los tantos oficios que había que hacer en la casa. Mientras más trabajase ella, menos lo haría su viejita querida. Ella siempre tenía el lema de que mientras más se duerme, menos se vive la vida. Era su personal opinión del descanso. Dormía lo suficiente. Evidentemente que sabía de sobra, que era necesario el descanso; pero no compartía el amor descomedido que tenía mucha gente en relación con el descanso, con la desmedida ambición de dormir más de la cuenta. No era productivo a su entender pararse a media mañana, y no podía ver con buenos ojos el acostarse muy tarde. Su primera parada, después de su aseo matinal al que le dedicaba bastante tiempo y que parecía más un ritual que una rutina higiénica; la constituía el fogón donde ya ardía el agua para la preparación del infaltable cafecito, al cual endulzaba con papelón y le daba un toque mágico con unas ramitas de canela.
El aroma lo invadía todo y llegaba placentero hasta todos los rincones. La casa era muy chica y la cocina se ubicaba en un ala conexa a la misma, por lo que no era muy difícil que aquel perfume glorioso llegara a todos para ofrecer un peculiar buen día de esa manera. Nadie podía resistirse a aquella fragancia. Invitaba la misma a incorporarse al nuevo día. Cuando comenzó a aclarar, ya Marianita, como le decía su abuelo, tenía tendida unas cuantas arepas sobre el fogón. Eran tan grandes que con solo una, se podía comer y pasar todo el santo día sin volver a hacerlo. Unos cuantos huevos, una ramita de albahaca, otra decilantro, amén de unas cebollas bien picaditas y ¡zas! Ya estaba preparado un suculento desayuno para despabilarse bien con el mismo. Ya Roberto se acercaba con la totuma llena de leche recién ordeñada. No la hervían, ignoraban que se podían transmitir enfermedades graves a través de dicho elemento; pero al inocente Dios lo protege. Comieron en abundancia todos, incluyendo al abuelo que era quien más engullía de todo un poco. Habían dispuesto también, una carne de puerco curada que, aunque olía a diablos, tenía un sabor incomparable. Jamón le dirían luego en el mundo del modernismo. El viejo Nicanor comía a toda prisa como si alguien le fuese a arrebatar su porción y ni falta que le hacían los dientes para machacar de todo. Su vieja decía que él tenía las encías de fierro.
Las miradas de Mariana y Ramón Antonio se cruzaron muchas veces mientras desayunaban. Pocas veces se le veía tan contenta a la chica. Ella era muy alegre. A pesar de lo sucedido en su familia hacía ya varios años, ella era una muchacha dicharachera.Sus risas surcaban el silencio durante todo el día. Le gustaba sobremanera jugarle bromas a su abuelita. Nunca olvidaban el día en que escondió una rana en un trasto y cuando la viejecita se dispuso a fregar la loza, la rana brincó y ella cayó al suelo, desmayada, como muerta. Poco faltó para que su corazón se parara. Aún así la chica no perdía oportunidad alguna de hacerle maldades a su abuela. Todos se acostumbraron y hasta les hacía falta que ella saliera de cuando en cuando con alguna de sus locuras. Pero ese día su alegría rayaba en la cursilería. A leguas se notaba algo poco común en la moza. Parecía que andaba sobre una nube. Daba la impresión de que su semblante era otro. Eran otras sus ideas, sus risas.Otros los hoyitos que se le formaban en las mejillas al sonreír y que la hacían ver aún más linda de lo que ya era. Se le notaba desde la distancia el amor a Marianita.
Toto fue muy inexpresivo hasta ese día. Desde que sufrió la desmedida tragedia en su infancia, quedó marcado con aquella tormentosa mueca de indiferencia, más, aquello que en ese momento sentía su corazón era inocultable. Se apreciaba turbado ante la presencia de la bella joven. Lo sintió así desde un primer momento. ¿Quién no lo estaría? Bastaba mirar la estampa del deseo contenido en un cuerpo perfecto cuyas líneas, al ser recorridas por la mirada de quien fuese, denotaban lo máximo de la creación. Bastaba con sentir el aroma natural de su cuerpo, la expresión jovial de sus miradas, la delicadeza de su aliento, sus azabaches cabellos, los ojos de jaguar, la alegría de sus risas; y la quietud que sus ademanes brindaban. Sintió aquel joven que estaba en presencia, desde un primer momento, de lo más lindo que de seguro miraría en toda su vida. Sintió que no le bastaría un solo corazón para albergar aquello que comenzó a sentir y que aún no sabía como definir. Bastó sólo un instante para hacer que su vida cambiara como quien dice, del cielo a la tierra. Sintió Toto, que su vida se transformaba a partir del momento mismo en que su mirada se enfrentó a la silueta de quien desde entonces, significópara él, lo más grande del mundo. A ella le pasó algo muy similar, sólo que sus sentimientos los manifestaba de otra forma.
Había pasado ligerito el tiempo, por lo tanto Toto tenía que despedirse muy pronto.Ya el viejo Nicanor estaba más serio y rabioso que un sapo llevando sol. Lasconstantes miradas de su nieta con Toto, como ya le decían todos, eran poco disimuladas. Doña Leo contrariamente,se sentía complacida con ello al igual que Leonardo. Sin embargo, el anciano estaba muy receloso. Siempre se comportaba de manera suspicaz contodo lo concerniente a la muchacha. Sentía que ella era aún una niña. En realidad era muy joven, pero su juventud distaba mucho de hacerla ver unaimpúber. A sus diecisiete años constaba que su madurez era más que suficiente como para ver la vida desde otro ángulo. Era joven, muy joven; pero la dedicación exclusiva a un hogar exigente(sus abuelos eran ya muy mayores y a pesar de que él quería sentirse útil y salía a vender su producción y hasta leña, se sentían ya cansados); la había hecho madurar, podría decirse que de manera prematura.
Sus abuelos en realidad estaban cansados. Se sentían asediados por una vida que había sido muy mezquina con ellos. Esa vida los había hecho sufrir de la manera más dolorosa con la muerte no de un hijo, sino de dos. Y la forma en que habían muerto, les causaba aún más pena. En realidad nunca supieron lo que les había pasado. Pero ellos nunca más regresaron a casa y jamás aparecieron por ningún sitio. Por ello, Nicanor y Leonor se habían entregado desde entonces por completo a sus nietos. De manera tal que el abuelo tenía toda la razón. Era mariana la niña de sus ojos. Roberto como todo buen hombre, tenía que ser un tronco de macho, orgullo de su abuelo. Pero ella era la niña de los ojos de ambos. Comprendía la chica que eso era lo que siempre había significado para ese par de viejos que adoraba como a nadie en el mundo; pero ese hecho no significaba que no se sintiera toda una mujer, bella por demás. Todo lo contrario, sabía que lo era, estaba consciente de su belleza y también que tenía derecho a sentir amor, y a su vez apreciar también que alguien la amara. Y sintió que el momento había llegado. Nunca antes había sentido nada que no fuese amor por sus abuelos y por su hermano. Pero en ese momento, la vida le sonreía con la sonrisa más bella que sentiría en toda su larga vida.
Había llegado el viernes y el invitado especial, como siempre le dijo Nicanor desde que llegó a su casa, tenía que irse pronto. Tan pronto llegara el nuevo día,Toto tenía que coger camino. Esa noche él y Nicanor se adentraron al cuartito de los santos y en él conversaron largamente. En la parte exterior,el nerviosismo se hacía tan tenso que hasta el suspiro de un ratón podría asustarlos. No tenían ni la más remota idea de lo que estaban parafraseando aquellos dos tan asolas. No entendía ninguno, porqué se habían apartado para poder hablar. A menos que de algo grave se tratara. Pasaron dos horas y un poquitín más, encerrados en aquel sitio que por ser tan cerrado; era muy lúgubre y caluroso. Cuando por fin salieron vivitos y coleando, se les miró muy contento a ambos. Nicanor no parecía el mismo elemento resabiado que se había hecho sentir en los últimos días. Los celos fundados lo habían vuelto más que amargado. Toto no parecía disgustado a pesar de que la idea de alejarse de aquel lugar que lo había atrapado para siempre, lo tenía trastornado, y a medida que se acercaba el día de la despedida; se trastornaba aún mucho más. Se despidió de todos, muy especialmente de Marianita, a quien regaló una mirada que gritaba lo que su voz nunca exclamaría. Prometió volver en cuanto le fuera posible. Había jurado ante la tumba de sus padres que buscaría a Próspero y vengaría sus muertes, además de todas las marranadas que le había hecho. No regresaría hasta que no cumpliera su promesa.
Toto no pudo conciliar el sueño esa noche. Tampoco pudo hacerlo Mariana. Ambos habían resultado presas fáciles del amor a primera vista. Ese mismo que no conoce distancias. Supo que ella estaba sintiendo lo mismo que él por la sencilla razón de que así se lo dijo el corazón. Y aunque nunca antes le había dicho nada, en esa oportunidad sentía que algo dentro de sí también le decía que había llegado el momento. Hizo sus alabanzas y decidió aquella noche llena de silencios por los cuatro costados, que Mariana sería la mujer de su vida. Haría todo cuanto estuviera en sus manos y mucho más que eso, para tratar y lograr ser digno de su amor. Pero por ahora, tenía que marcharse en pos de lo que catalogaba como un fantasma. Iría en pos de su libertad, la misma que únicamente llegaría cuando encontrara a Próspero y le hiciera pagar por toda la inmensurable desgracia que habían ocasionado sus mezquinos procederes.
Por ello, tan pronto llegó la mañana y antes de que el sol se anunciara, Toto ya se encontraba caminando hacia su destino. Toda su vida se resumió en ese momento que sería determinante. Se prometió en aquel instante de su salida a la realidad, que haría todo cuanto estuviese a su alcance por lograr merecer a un gran amor. El mediodía lo agarró muy distante de lo que había sido un oasis en medio de sus tormentos. Llevaba consigo muchas provisiones y suficiente agua. Por su parte a él se le veía muy cambiado. Hasta había engordado durante las dos semanas de estadía en casa de sus benefactores. Resultó que, dado su desmejorado estado, Nicanor sintió algo que resultó ser superior a la lástima. Cuando el viejo lo miró así, desvalido, desnutrido, víctima de exposiciones prolongadas a los rayos solares, además demuy triste; no pudo más que sentir lo que sintió y que nunca pudo describir. Por ello, solamente por ello, decidió sin saber quien era ni de donde venía; tenderle una mano.
Nicanor le regaló unas botas de un cuero suave que había mantenido guardadas por muchos años. Del mismo modo, al ver sus gastados vestidos, lo equiparon con dos modernos y bellos vestidos de paño suave, uno añil y el otro color café.Habían sido del mayor de sus hijos, de Eliodoro. Cuando dejaron de saber noticias de sus muchachos, él y Leonor no tuvieron otra alternativa que resignarse a que nunca volverían a verlos. Por ello, las pertenencias de ambos serían algo así como una reliquia. Al mayor de ellos, lo sentían a diario en Mariana y en Roberto. La madre de esos muchachos nunca fue tal. Debido al espíritu verdaderamente luchador y esperanzador del mismo, a ella como que no le terminó de cuajar la movida de su marido y se apartó de tal manera que no le importó abandonar hasta a sus propios hijos. En cuanto a Eladio, era tan joven que la vida no le había dado oportunidad o tal vez no se la había dado él, de tener una familia. Sea como fuere, ya ellos no estaban. Nicanor sentía que la muerte se les acercaba a ambos a pasos agigantados a pesar de que aún se sentían fuertes y capaces de seguir en un camino que ya les reclamaba más de lo que ellos podían entregar.
Toto hizo un alto en el camino para recuperar fuerzas. Llevaba muchas horas caminando sin cesar. El cansancio aún era menudo. Se había propuesto que no dejaría de ser de esa manera hasta que pudiera lograr sus propósitos. Se acurrucó en la base de un gran árbol e intentó dormir un rato. No pudo, ya que los ojos de Mariana se habían apoderado de su vida de tal manera, que los sentía posados en cada una de sus células. Eso le hizo soñar despierto con un futuro próximo y colmado de la deidad de un gran amor. Sintió en medio de aquella soledad, su presencia. Se encontraba en medio de una extensión conocida, la misma que en alguna ocasión le había colmado de orgullo por ser poseedora de una magna belleza natural. Pero en ese momento la realidad resultaba tajante y cruel. Lo que se presentaba ahora frente a sí no era más que el abandono, la desidia, el absoluto desdén. Frente a sus ojos se ubicaba parte del futuro que había sido tomado como fragmentos de un todo, por las garras oportunistas de los buitres de un país.
Los mismos que habían destrozado realidades para transformarlas en lastimosas sobras que nunca más rendirían bellos frutos a un país y a un pueblo. Toto miraba frente a sí, a las