base cilíndrica, en la mayoría de los casos suparte inferior resultaba menos amplia quela superior. Sus tamaños eran aproximadamente de entre 85 cm y un metro de alto por 45 cm de diámetro y 50 cm de hondura. Lo acompañaba un mazo de más o menos 50 cm de largo.
Se usaba para machacar el maíz pelado, que era el maízdejado en remojo con cal. Este grano eradesmenuzado con el mazo, dándole carajazos de arriba hacia abajo, dentro de la sinuosidaddel pilón. Después de alimentar a los marranos, a las gallinas, la jauría de perros y hasta un gato,continuaban haciendo más oficios que cualquier esclavo. Ellas también eran castigadas si alguna arepa quedaba deforme (parecían expertos observando la redondez de cada torta), si se llegaba a pasar de calor y se quemaban en el budare, si algunacamisa o enagua quedaban con alguna imperfección después de lavadas y aplanchadas. Si se les pasaba la mano con la sal, y un montón de cosas más. Pero la b********d llegó a su límite máximo.Un día Tista se enfrentó a puño limpio con el tío y fue castigado de manera brutal. Sencillamente al tío le provocó un buen día echarle una pela a alguien y escogió a Juan Bautista que fue quien primero se le cruzó el camino esa mañana. Tal vez la noche anterior no le habían querido dar aquello y amaneció obstinado. El chico recién había llegado del ordeño y se disponía a desayunar lo que fuere. Sin más ni más lo azotó como nunca. La espalda le quedó destrozada por los látigos que recibió. Para ello el hombre utilizó una v***a de toro disecada que tenía como fusta. Aquello causó indignación hasta en sus propios hijos y los otros tíos, en especial Conchita.
Toto tenía 19 años y lo único que tenía en mente y por lo que permanecía callado casi todo su tiempo, era vengarse de Próspero. La violación de la que fue objeto y que ni a su madre le confesó, además del homicidio de su padre y de manera indirecta, de su madre y de su hermanita no nacida; tenía que pagárselos tarde o temprano.Lo había jurado ante la tumba de ambos. Un buen día, agarró lo poco que tenía y nadie supo más de él. Se escapó bajo las sombras de una noche que ni una sola estrella tenía.María Elisa era frecuentada por un señor mayor, Baloid, y a ella no le desagradaba el hombre. Una noche,viendo la oportunidad de salir de ese infierno más que por otra cosa, se fugó con su Romeo y se llevó a Luisa que estaba enamoradísima de un hermano del mismo, Pedro a quien todos llamaban Perucho. Sus hermanos se enteraron del escape en la mañana cuando las echaron de menos. Tista por poco mata a su tío de un machetazo. En verdad lo llevaba loco a palos. Por cualquier tontería lo azotaba de manera inclemente. Aunque la herida no fue más que un rasguño, el tío puso la denuncia. Pasó preso un buen tiempo. Luego de lograr la libertad, también se esfumó. Pencho y Zenón se quedaron boquiabiertos sin saber hacia donde dirigir sus alas, ni con quien quejarse, ya que eran sus hermanos mayores, sus únicos alicientes en aquella tortuosa vida que comenzaron a llevar desde el mismo día en que se quedaron huérfanos. Piadosa como siempre fue, Conchita se encargó de los dos hermanitos que habían quedado solos. Congeniaron de inmediato con sus primos, en especial con Reina, Alirio y muy especialmente con Pedro, a quien desde chiquito le dijeron Peché.
Despuntaba desde hacía rato el año 1.942 en aquella patria grande. La visión llegaba de la manera más misteriosa en el estado en que un hombre quedaba suspendido en el tiempo. Atrapado entre un pasado y un futuro que desataban una furia de pareceres entre ellos. De esa manera era percibida aquella situación vivida. Jesús estaba atrapado en aquelcontexto al que no podía evadir y mucho menos, evitar. Eran ya las dos de la madrugada del día que siguió a la masacre de los militares cobardes y ruines que destrozaron el futuro de todo un pueblo. Nada se percibía en él más que el vaivén de su respiración. Junto al profesional de la Enfermería, su pequeño hijo, dormía ajeno a todo. Era precisamente el niño, su futuro, la calidad de vida que quería brindarle al mismo; lo que le preocupaba a aquel joven que presagiaba lo peor de la vida.
Los destellos de una dictadura se dejaban sentir aún, cual eco de un grito nefasto. A pesar de que ya los gusanos tenían que haber hecho festín con el calembe de cuerpo del tirano, sus pasos aún se escuchaban en la hacienda donde había pernoctado la mayor parte del tiempo y desde la cual, gobernaba. Contrario a los gobernantes anteriores y a los que continuarían, que ejercieron y ejercerían sus cargos en la capital de la República, él lo hacía desde su propiedad, la misma donde criaba mulas; de ese hecho derivó su nombre. Era aficionado a esos animales, híbridos hijos de caballos cruzados con burras. Animales nobles con cabeza de asno y cuerpo de corcel. Con menos fuerzas que estos últimos, pero con la resistencia endemonia de los jumentos. Se escuchaban aún en todo el país aquellos funestos pasos. Se sentían en cada persona, en cada uno de sus miedos.
El sucesor de aquel déspota no la tuvo nada fácil. Desde un primer momento, cuando se encargó de manera provisional antes de que lo designara el poder legislativo, la cosa se le puso peluda.De inmediato el pueblo, enojado, comenzó a elevar su voz de protesta. Sesuscitó una intervenciónciudadana desordenada donde se desencadenarondesvalijamientos y manifestaciones, lo cual produjo que el PresidenteTemporaltomara medidas exageras. Había que, de manera obligatoria, poner orden en aquel desastre que estaba convertido el país. Suspendió toda garantía ciudadana. Esta medida era íntegramente razonada según la Constitución, ya que obedecía a las variadas manifestaciones y anarquías públicas que acaecían en todo el país.Todos celebraron, aunque callados, la muerte del tirano. Por ello, temiendo que el poderoso fuese capaz de apoderarse del cuerpo del ronquito y siguiera con el despotismo, quisieron realzar sus rechazos contra lo que creían que sería una continuidad de la locura. Ese desgraciado, habiéndole vendido el alma al diablo de seguro, pudo de la manera más desfachatada, hacer cualquier cosa para seguir jodiendo al pueblo. Entonces se le prohibió a dicho pueblo manifestar de aquella manera tan bravucona.
El delgado y larguirucho gobernante comprendió que hasta él mismo había estado inconforme con las andanzas del tirano y quiso enrumbar a su país por un camino mejor. Aquello lo dijo en una alocución pública. Muchos años después, otro desgraciado llegado a aquellas tierras de Dios para opacarla, desangrarla hasta más no poder y acabar con todo, diría lo mismo: “Enrumbar por un mejor camino”. El nuevo presidente si que tenía la buena voluntad para lograrlo. Abrió de par en par la puerta de la detestable prisión para que comenzaran una nueva vida aquellos que fueron encerrados para poder así, callarlos. Lamentablemente no pudo regresar a la vida a los miles y miles de asesinados por aquel régimen diabólico. Hizo como en una ocasión hiciere, siglos atrásantes de Cristo, el rey Ciro el Grande de Persia, tras una conquista; la de Babilonia.El monarca dejó para las generaciones futuras como testimonio escrito en el cilindro de Ciro, la libertad de los que habían sido prisioneros. Dejados libres les dio la oportunidad de hacer con sus vidas lo que mejor les pareciera. Así, de esa misma manera, el General sucesor, dejó que los partidos políticos, salvo los que tuvieran algo que ver con un movimiento en particular (El comunismo), fuesen nuevamente colocados a disposición del pueblo sufrido y vejado desde hacía décadas.Germinaron entonces, nuevas formas de intervención social, las cuales habían estado bajo lastenebrosidades y las reprimendasejercidas durante los veintisiete años del gobierno dictatorial.
Algo que comenzó a despertar la fe de todos los habitantes de aquella nación fue que el nuevo gobernante se alejó del yoísmo que habían tenido sus antecesores. La historia hablaba por sí sola. Un hecho que señaló laevasiva alexclusivismogubernamental del ronquito (así le decían dado el tono gruesísimo de su voz), fue la exclusión de las oficinas oficiales del retrato o busto del Presidente de la República,por ello, se conminó a no esgrimir su retrato en dichas infraestructuras. Prohibió ese tipo de adulaciones. Sería práctica usual en los regímenes de una absurda izquierda que se desataría a finales del siglo y al inicio de otro, el colocar retratos de los gobernantes mediocres en todo cuanto hacían. Al pintar algún muro de inmediato colocarán una fotografía alusiva al gobernante de turno. Vaya que modestia y que gastos innecesarios.De igual manera el nuevo presidente solicitó no emplear su nombre en obrasoficiales, puesto que éstas prácticas correspondíana la posteridad delindividuo.Paraello consideró lógico y agradable que si habría que hacerse, colocaren retratos o bustos de los Excelentísimos Héroes de la Independencia.Se visualizaba un mejor futuro para toda la nación. Quisiera Dios que también lo hubiese para todos aquellos pobres huérfanos.
En 1.942, luego de pasados siete años sin que se hablara de dictadura alguna, Ramón Antonio ganaba camino a grandes zancadas. En su mano derecha, un pequeño mapire contenía sus pocas pertenencias. A lo sumo, llevaba consigo lo básico o menos. Dos mudas de ropa, unas alpargatas, una tapara con algo de agua, un mendrugo de pan que había agarrado sin permiso dada la necesidad apremiante y lo necesario para asearse de vez en cuando, como siempre lo hacía. Su afinidad hacia la mugre,eternamente lo había caracterizado. Muchas veces a manera de baño, mojaba un trapo y se lo pasaba por el cuerpo como hacen con los tullidos. Pero él estaba completo, su organismo no tenía ningún defecto físico. Tal vez el trauma que vivió lo hizo, desde que se escapó de aquella prisión esclavizadora que resultaba la casa (que fue de su abuelo y que su tío Carlitos había tomado como suya a lo bravo), enemigo de algo que tuviese que ver con el esfuerzo físico. Por ello, ya al fenecer si juventud, evadió el trabajo hasta más no poder. Pero ese día en que caminaba deprisa, lo único que llevaba en mente era sus ideales de venganza. La cara de su verdugo, sus macabras risas, las pelas sufridas de sus manos; le taladraban el sentido hasta torturarlo.
La noche que antecedió a su partida, constituyó el gradiente que colmó una paciencia impoluta. El muchacho, que ya no era tan muchacho, había sido dueño de un estoicismo incomparable. Todo lo había soportado callado, sin ninguna inmutación que resaltara algún descontento. Todo se lo guardaba para sí, y definitivamente ocurrió que decidió no continuar soportando los vejámenes que desde siempre sintió. Siendo aún un niño de once años, el mismo que ya había comenzado a usar ropa interior y pantalones largos; el mismo que a pesar de la edad quiso sentirse útil, quiso trabajar, ganarse la vida y expresar amor; comenzó asimismo a sentir opresión por todos lados, en toda su vida por completo. Aquel joven de 19 años, que había nacido y vivido bajo el yugo de una férrea dictadura, de aquel absolutismo que no sólo estaba en las manos de un General que se creía dueño y señor de toda una nación, sino en las mentes de muchos despreciables seres que gozaban haciendo sufrir, oprimiendo; caminaba sin un rumbo determinado desde hacía ya dos días.
Los pies ya los tenía colmados de las ampollas que el roce con el agreste camino le producían. Había aprendido de la vida lo meramente necesario. Además de leer y escribir, lo único que sabía era montar en alguna bestia y jalar un buen machete para agarrar tareas y pelarlas. Eso era más que suficiente en el sitio donde había nacido y en que tenía destinado tal vez, morir. A su alrededor había soledad y más soledad. Cansado y adolorido, se sentó a tratar de recuperar algo de fuerzas; pero el hambre no le daba cabida a nada. Era ese su dilema, ¿Qué comería en aquellos parajes solitarios? Además de ello, una loma se presentaba frente a sí. Era una subida bastante pronunciada y dada la inmensa debilidad que presentaba por la ausencia de energías, dudaba que pudiese subir por ella. Esperaría a algún jinete que ojalá pasara por allí para pedirle la cola. En esa época, se usaba esa expresión: “pedir la cola”, puesto que la persona de a pié frente a una exigente subida como la que estaba cerca y a la que tendría que enfrentar tarde o temprano; se aferraba a la cola del caballo que algún jinete ofreciera amablemente y la fuerza del animal propiciaba una enorme ayuda. Subiría con suma facilidad y el animal sólo sentiría un pequeño peso poco perceptible en su parte trasera, algo que no le molestaría en lo absoluto.
¿Qué iría a comer ese día? Esa misma pregunta se la hacían a cada segundo, los habitantes de aquellas tierras gloriosas, que bastante sangre costó a sus héroes independentistas para verlas libres de las ataduras del viejo continente. El campo había sido desmembrado hasta convertirlo en un árido desierto gracias a los buitres de un país, los mismos que con sus ansias de riquezas, entregaban lo suyo y lo que no era suyo a las potencias venidas desde lejos para enriquecerse con lo que Dios Todopoderoso, les había otorgado como bendición. Pero Toto había escuchado decir que Dios había sido piadoso con aquel pueblo heroico y le había mandado la pelona al fulano aquel, al dictador; hacia ya unos cuantos años. Luego satanás se lo tendría que haber llevado a soportar la tortura infinita de la condenación. En ese año, otro militar estaba sentado en el sitio que tantos anhelaban y él mismo cacareaba, hasta más no poder, que la cosa iba a cambiar. La duda se apoderó de todos. No creían en el palabrerío bonito de esos tipejos. El General, quien era el nuevo gobernante, había estado alcahueteando al tirano durante muchos años. ¿Cómo le haría entender al pueblo, acostumbrado a llevar el enorme peso del absolutismo, que él iba a cambiar la cosa? No sería tarea fácil, pero tampoco sería imposible. Realmente el nuevo presidente se encargaría, con todas sus fuerzas, de que fuese de esa manera.
Mientras esperaba que pasara un jinete, tumbaría su esqueleto bajo unas sombras sabrosas que percibió cerca. Era agradable la sombrita que permitía un árbol magnifico que con un verdor excelente, procuraba una deidad en medio de aquel árido terreno, mismo que otrora aportara a la nación, los frutos que la naturaleza ofrecía con ayuda de un mínimo esfuerzo. Miraba al intenso azul del cielo, limpio y divino y sentía la brisa acariciante que tocaba su cuerpo por completo. Tenía ya mucho tiempo que no probaba alimentos. Su tío Carlitos, como siempre le dirían a quien pudo ser un padre para esos muchachos que habían caído en desgracias, les suprimía el alimento si no cumplían a cabalidad diariamente, todas las exhaustivas y fatigosas faenas que les eran asignadas. Era mucho el esfuerzo que ellos tenían que hacer para comer una vez al día únicamente y esa ración era tan escasa y tan desagradable, que si la consumían era por la pura necesidad y no por el gusto que debe producir el buen comer.
En ocasiones era tan mala la comida que preferían echárselas a los tantos perros que tenían en esa casa. A nadie le importaba si ellos comían o no. Lo único apremiante para aquellos abusadores congénitos, era explotar a los pobres muchachos aprovechándose de su desamparo. La vida los había colocado, lamentablemente, en una situación desastrosa, como ocurre en muchas ocasiones. Pero son esas ocasiones las que deben propiciar el altruismo de la gente, en especial de aquellos que llevan la misma sangre de los protagonistas de esos desastres. La desgracia en todo caso anida, venida luego de los que se aprovechan de unas circunstancias adversas y es entonces donde nace la barbarie, el abuso y sobre todo; la injusticia. Pero definitivamente ya lo que tenía que pasar había pasado. Ya Toto se había cansado de callar, de sufrir y de no esperar nada de la vida. Prefería salir a la existencia, cabalgarla, aventurarse a lo desconocido, ahogarse con la realidad y probar suerte. Pasaban las horas y nadie transitaba aquel camino, ni a caballo ni caminando.
Era esa soledad tan extrema, que él se sentía único en el mundo. Causaba hasta temor aquellas vastas extensiones de nada. Miró que unas aves surcaban el extenso cielo y, libres, se hacían sentir en la inmensidad como las dueñas de todo aquello. Sería majestuoso sentirse libre. Nunca lo había así sentido Ramón Antonio. No era el hecho de estar encarcelado, la única forma de sentir que no se tenía libertad. Significaba la peor de las prisiones la ignorancia, el atraso, la pérdida de la dignidad, el no poder sentirse realizado. Y a pesar de ya tener diecinueve años, Toto sentía que lo único a lo que podía aspirar era a servir. Ignoraba el joven, que con el hecho dehaber aprendido a leer y a escribir en una época donde prevalecía la barbarie y la ignorancia, podría comerse al mundo si se lo propusiera o si llegara a toparse con alguien que lo guiara por ese camino; por el de las luces del conocimiento. Sin embargo, lo que se plasmaba en su mente, era la sola idea de encontrar a esa persona que tanto daño le había causadocuando, en repetidas oportunidades,lo violentó salvajemente amenazándolo si decía algo y que había asesinado a sus seres queridos. A sus padres, puesto que además de haber dado muerte de la manera más vil a su padre, también el fallecimiento de Anicasia él lo achacaba al horripilante homicidio. Incluso, lo consideró de igual manera responsable de la muerte de una niña que estaba “cuajándose” en el vientre de su madre.
Repentinamente una idea tenebrosa surcó su raciocinio y le hizo sentir mucho miedo. Aquellos parajes solitarios eran frecuentados por muchos indeseables agentes que por siempre habían permanecido adheridos comooportunas rémoras al gobierno. Ya era una costumbre ancestral que los militares que cuidaban a los tiranos, frecuentaran las zonas rurales buscando provisiones gratuitas o algunas hembritas con las que pudiesen satisfacer sus mezquinas pretensiones. De muchos era conocido, que los muchachos desesperadamente, aspiraban formar parte de aquellos escuadrones de la muerte que les podrían dar renombre. Un vecino suyo en la ocasión, cuando apenas eran unos mocosos de no más de diez años, hijo de uno de los tantos trabajadores de su padre, le había hablado de eso de alistarse en el ejército.Preinscribirse en la academia de formación de oficiales (Posiblemente lo había escuchado de algún adulto). Saber leer y escribir, además de tener una determinada estatura; era el requerimiento de la Escuela para iniciarse en el campo de las armas. Servirían al jefe y a su vez, adquirirían además del prestigio, el respeto; o más bien, el miedo de todos. Eran ya harto conocidas,las magníficas consideraciones que siempre había tenido el “Honorable”para con las fuerzas castrenses. Esas fuerzas podrían cooperar en la instauración de un régimen y en el sostenimiento y protección del mismo, tal como lo habían estado haciendo desde aquella traición; pero con ese mismo poderío obtenido para tal fin, lo podrían también derrocar. El ejército era el bastión en el que se apoyabael opresor. Sin su cooperación le sería imposible actuar a sus anchas, ya que ellos le permitían todos aquellos atropellos. El dictador como nadie, sabía perfectamente que esas primicias eran completamente ciertas. Por ello, necesitó siempre mantener a sus fieles servidores alegres, complacidos.
Y el hecho de quelos militares se sintieran dueñosdel poder de hasta quitar vidas a la ligera, sin razones o con ellas; les hacía creer que eran omnipotentes. Durante la estadía eterna del dictador en el poder, una buena mascada del dinero que llegaba a las arcas del Estado, él mismo la destinaba de inmediato a engrandecer a sus escuadrones de esbirros que mataban en su nombre, y que lo mantendrían en el poder eternamente tal como había ocurrido.Instauró desde los inicios de su reinado,un régimen de amedrentación y miedo. Muchas medidas fueron tomadas desde los inaugurales años de su gobierno, y una de ellas fue la total transformación del ámbito castrense.El dictador instauró uninstituto que se encargaría en lo sucesivo, de la preparación profesional de las nuevas tropas que conformarían al conjunto de oficiales del ejército: “la Academia Militar”.Ya sus secuaces no serían la cuerda de montoneros que siempre habían sido. Desde ese entonces, serían excelsos hombres con una preparación digna del ejército de un emperador.Pronto se tergiversaría todo.
Desde cualquier rincón de la patria y hasta de lejos de sus fronteras, llegaban a la capital montones de jóvenes que ambicionaban ser preparados en aquella suntuosa novedad castrense. Eran solicitados más cupos de los que realmente había y de esa manera, se creó una especie de algarabía. Los aspirantes trataban de sobornar por un bendito cupo para poder ingresar a una escuela que los prepararía como dignos servidores no tanto a la patria, sino al dictador. Querían por sobre todas las cosas, llegar a poseer un artefacto mortal en sus hombros. Poder inspirar miedo de la población. No existiría soborno que valiese, en eso si que el déspota fue muy exigente. Quería tener a su alrededor, lo mejor de lo mejor. Ni siquiera el Ministro de Guerra podía apadrinar la entrada de alguien, fuese recomendado hasta del mismo diablo. La única manera de acceder a la afamada escuela de formación militar, era poseer los méritos requeridos y aprobar todas las fuertes exigencias.Mientras de esa manera se dedicaban casi todos los ingresos del país a la preparación de militares y al mantenimiento de los cuarteles, el pueblo moría de hambre y de enfermedades. Solamente se destinaban migajas para la salud y la alimentación de los pendejos.
Era por ello que Ramón Antonio comenzó a temer que pasara un pelotón de militares que aún se creían los dueños de la creación, puesto que al parecer y a pesar de que el tirano había muerto ya, habían sido alguna vez la delicia del dictador y, al verlo solo por esos parajes despoblados, lo pudiesen tomar por un maleante, un asaltante o algo parecido. O tal vez lo malograran creyendo que podía llevar encima, algo de valor que pudiesen tomar para sí. Ya el gobierno que se enrumbaba en pos de la democracia había echado a un lado esa práctica, pero era muy común que siempre quedaran rezagados unos cuantos desalmados que se aprovechaban de sus investiduras y como delincuentes al fin, agredieran, asaltaran y violaran a mansalva. Por ello, sabiendo que se acercaba la noche y no iba a lograr por sus propios medios, poder subir la excesivamente empinada loma; se escabulló en el monte y buscó acomodo entre el follaje inmenso. Colocó el mapire a manera de almohada y dispuso su infaltable machete muy cerca por si le se ofreciera usarlo.
Era una práctica común que los campesinos portaran ese instrumento usado normalmente para las labores de campo, pero que cuando era necesario; se pudiera echar manos al mismo como instrumento de defensa o de ataque, dependiendo por donde se le mirase a la cuestión.Repentinamente escuchó una bulla en la distancia. Era algo insignificante el ruido característico que llegaba como deliciosa melodía a sus oídos. Desde el sitio que ocupaba podía visualizar desde antes que se acercara, que objeto causaba aquella resonancia. El sonido se fue intensificando a medida que se aproximaba. No eran gendarmes, se trataba de un señor entrado en años que iba montado sobre una vieja carreta quetemblequeaba, como unadenodadaalucinación en la reverberación de la luminosidad del día, empujada por una mula macilenta; pero que aún conservaba un poco de energía para realizar su extenuante trabajo. La carreta no llevaba más carga que el propio anciano y unas pocas provisiones contenidas en unas cuantas arcas; además de unos bártulos que no pesaban mucho.Era un trasto pintado de colores insolentes, pero que cumplía, al parecer, su sagrada función.
Por ello la vieja bestia tiraba sin mucho esfuerzo, acostumbrada como estaba al peso frecuente de dicho medio de transporte primitivo. Ramón Antonio salió a la vía de inmediato y sin que se lo solicitara, el señor detuvo el armatoste aquel para que Toto pudiese subir y aprovechar el aventón deseado. El pasajero se acercó al trote llevando en su mano derecha el mapire con sus cosas y en la otra, el gran instrumento que se podía mirar muy filoso. Al viejo no le extrañó ni le atemorizó el machete que el joven llevaba consigo, puesto que él cargaba otro igual, además que con el aspecto que tenía el muchachito; no parecía representar peligro alguno.Su figura raquítica denunciaba un descuido inmensurable de su propio ser. Poseía una piel cuarteada por las inclemencias del sol y del trabajo bajo su poderío. El resuello incesante como si de un asmático se tratara, lo hacía ver inofensivo. Realmente lo era.
Lo primero que hizo luego de subir con algo de dificultad y de saludar, fue solicitarle a su benefactor un poco de agua. No bebía desde la mañana y el extenuante sol le llevaba loco. Desesperaba de la sed desde hacía rato. Bebió en abundancia del recipiente que mantenía el buen caballero para suplir las necesidades tanto de él como de la bestia. Por un buen rato no se dijeron absolutamente nada, hasta que el caritativo anciano le preguntó que camino llevaba. Cuando Toto le respondió que ninguno.Que había salido en pos de la libertad; el interrogante se sintió turbado. Luego de que el muchacho le especificara que hasta el día anterior había vivido con un tío maltratador y detestable, del cual decidió alejarse en busca de un sitio decente para él y sus hermanos menores a los que prometió rescatar en cuanto le fuera posible; el anciano no pudo hacer otra cosa que no fuese sentir pena. No entendía porque había gente así en un mundo que tenía oportunidades para todos.
Supuso que así como no había bebido, mucho menos debería haberse alimentado. Bastó una ligera mirada para comprobar que tal vez no se había nutrido como Dios manda, desde hacía mucho tiempo. Estaba en los huesos literalmente. Su extrema delgadez marcaba un rostro que hubiera podido ser hermoso. Los pómulos sobresalían inmisericordes y las clavículas y costillas se marcaban en demasía. Las dejaba ver, la desgastada tela de su vestido que denunciaba un abuso en su uso. Estaba dicho pañoprácticamente transparente. Llevaba en la busaca dos más que no estaban en mejores condiciones. Le invitó a pasar la noche en su casa. Tratando de animarlo, le expresó que pronto llegarían a su destino, a sabiendas de que faltaba mucho camino aún que recorrer. El muchacho más que nada, necesitaba un poco de descanso. No, en realidad necesitaba muchísimo descanso. Y vaya que esa noche lo haría cómodamente en una gran hamaca limpiecita que estaba colgada en un sitio de la casa que conservaba un clima delicioso.
Se denotaba otro movimiento poco perceptible en Jesús, lo que se podía traducir en que su mente, sumida en un recodo del tiempo, en un fenómeno inexplicable en el que el tiempo presente; se detenía para traer a colación los sucesos vividos por sus antepasados, en específico por sus tíos y especialmente por Zenón, su padre; a la vez que dejaba colar los sucesos aciagos que llegarían de las manos de un futuro que se dibujaba inevitable dados los pasos que se iniciaron el día anterior en su vida. La determinación del profeta del desastre que intentó junto a otros malnacidos, derrocar al gobierno democrático, fue tajante.Le meterá gato por liebre al pueblo armándose, como lo hizo en su tiempo el Honorable, de un ejército leal para el que dedicará todas las honras posibles. Esa estrategia repercutirá de inmediato en unrealce dela participación de los militares y sus maniobras propias para la guerra, en lasactividadesde la Administración Pública.
Desde ese momento,los militares conquistarán posiciones de gobierno en todoslos niveles: en entidadescentrales y empresas del Estado, en gobiernos estadales y municipales, en todo. Un grueso porcentaje de gobernadores llegarán desde las filas castrenses, así como la mayoría de los integrantes del tren ministerial. En ese adefesiofiguraránmilitares de la misma o cercana generacióndel Presidente. Militares que estarán debidamente preparados en cuanto a todo lo pertinente al ejercito; pero no como políticos. Así, se encargará del despacho de educación quien nunca será docente, por ejemplo. En el futuro se encargará del Ministerio de Comunicaciones, no un periodista, sino un médico. Se dirá en todo caso, sin menospreciar a ninguna profesión que bastante dignas son; que cada quien a lo suyo.Zapatero a sus zapatos. Ese será el inicio de una invasión. Primero lo harán los