En el velorio había un par de desconocidos. Nadie los había visto ni cerca ni lejos de esos parajes. Miraban detenidamente a quienes se hacían presentes y también lo hacían con los alrededores, como escrutando las tierras, como palpando de cerca la oportunidad de hacerse de una fortuna con la entrega de su propio país. Era eso lo que todos percibían. Podría ser también, como sucedía en muchas ocasiones, que se tratara de algún familiar a quien tendrían tiempo sin ver. Era el miedo que hacía que se reflejara en cualquier punto, la imagen de la tiranía. Próspero había resultado ser uno de esos inmundos personeros que venden hasta a su madre. Le habían ofrecido una fuerte suma de dinero extranjero para que procurara la soledad de aquellos predios. Llevaba meses estudiando el caso. El hacendado inteligentemente se había ganado la confianza de sus hombres,a quienes trataba con la mayor de las consideraciones. Pagaba mejor que nadie. Inició algo como una seguridad laboral, al equipar con buenos instrumentos de trabajo, vestidos y buena alimentación a sus trabajadores. Próspero se valió de esa confianza depositada y se había convertido en su perro fiel. Gracias a esa cochina argucia,Dimas le había encomendadola sagrada tarea de ser el capataz de sus tierras. Y vaya que ganaba mejor que todos por no hacer prácticamente nada, salvo maltratar a la peonada.
La asistencia médica era la mejor para sus trabajadores y los familiares de los mismos. Era pues ese el motivo por lo que no le iba a resultar una empresa fácil la de atentar con su patrón en su propio terreno. Había que sacarlo de su zona de confort y trasladarlo a la suya. Por ello, cuando vio la oportunidad de hacer lo que hizo con Ramón Antonio, puesta dicha ocasión en bandeja de plata por su mismo padre; no desaprovechó tremendomomento. Sabía y tenía confianza en que, cuando el muchacho elevara su queja tenían que enfrentarse. Conminó con su negativa de presentarse frente a él, a que Dimas se dirigiera a buscarlo a su casa, como en efecto ocurría aquella mañana. El muy desgraciado se ocultó en un rincón como si fuese una cucaracha. Y que personen el insulto esos insectos. Escuchó el sonido del toque de su puerta e hizo caso omiso a dicho llamamiento. Supuso que su patrón no se daría por vencido asi de fácil.
Escuchó una y otra vez el toque de la puerta. Luego se hizo sentir el leve chirrido de las bisagras oxidadas einmediatamente, los pasos lentos que caracterizaban el caminar parsimonioso del hacendado.Ya lo tenía donde lo quería tener. Próspero salió de la nada y con el “tres canales” en su mano derecha, se abalanzó sobre su visitanteque estando desprevenido, nunca esperó un ataque de tal magnitud. No le dio tiempo de nada. Sólo sintió cuando el filoso instrumento se incrustaba en diversas partes de su cuerpo. Dimas llevaba en su puño, como siempre, el garrote; una especie de bastón que utilizaba parodiando a su manera, al que utilizaba en ese momento la clase pudiente. Trató de usar éste para defenderse. Los golpes dados con aquel rudimentario instrumento sobre Próspero no le hacían el menor daño. El latifundista sintió mucho dolor. Las heridas se multiplicaban con cada golpe del machete. Sangraba copiosamente. Un último pero certero ataque del despiadado traidor fue determinante. Próspero dirigió el machete hacia un sitio demasiado vulnerable.El mismo quedó incrustado en pleno cráneo. Llegó profundo. Despedazó el cerebro de aquel hombre que sintió llegar aquel ataque impío, como lo último que percibiría en su vida. El cuerpo quedó tendido cuan largo era, en medio de una sala desnuda. La sangre que manaba del cuerpo vacío ya de vida,era succionada por el suelo. No había dejado de contorsionarse por mandato del sistema nervioso, cuando ya el asesino se montaba en el bello corcel del hacendado y dejaba del mismo modo, libre al suyo para que nadie sospechara de él.
Próspero se hizo sentir en pleno corazón de la hacienda. Dejó el caballo atado y caminó hacia un grupo de trabajadores que estaban marcando a un grupo de becerros. Los peones se extrañaron de su presencia a esa hora del día, debido a que era sumamente raro verlo a esas horas sin una borrachera a cuestas. Últimamente llegaba después del mediodía. Cuando lo hacía algo más temprano, se contemplaba en él una modorra inocultable. Dirigió unas cuantas palabras a uno de los hombres que estaban yerrando a los animales y éste pudo observar una extraña sonrisa en el rostro del mayoral. Luego de ello, caminópor un buen rato en los alrededores mirando como si fuese la primera vez, a su entorno. La sonrisa golosa aquella no se apartaba de su rostro. Los hombres, ocupados como estaban, le restaron importancia a la presencia del tipejo aquel que tal vez para sus adentros, saboreaba el manjar que colocaba frente a sí, la traición.
El Judas Iscariote de esa oportunidad, había vendido la vida de su patrón a un habilidoso musiú que estaba por afinidad, emparentado con un alto funcionario del gobierno del Estado. Dicho funcionario a su vez, era quien se encargaba de negociar con un “chivo grande” de una trasnacional petrolera, las tierras que les serían dadas en concesión. No existía en ese momento nada que regulara lo que fuere. Las pocas leyes existentes resultaban violadas por sus mismos redactores cual incesto pérfido. El poder estaba concentrado en el tirano. Él lo decidía todo, pero como ser humano que era al fin y al cabo, no podía estar presente en todos los sitios a la vez. Era por esa razón que colocaba estratégicamente a hombres de su confianza, en los cargos más trascendentales como lo eran las presidencias de Estados. Al menor signo de irrespeto, de inobservancia o incumplimiento de una orden suya, nadie más miraría a dicho funcionario. Nunca lo encontrarían por más que lo buscasen. Por aquella época era ya práctica común, hacer desaparecer a quienes no comulgaban con las pretensiones perversas del opresor o a quienes no obedecían sus mandatos, bajo cualquier circunstancia. Esas desapariciones, todos las conocían y las evitaban. Los que corrían con algo de suerte, sentían que sus huesos iban a parar en las mazmorras temibles desde donde nada se podía mirar, puesto que la oscuridad reinante en ellas resultaba impenetrable. Solamente llegaba a los oídos de aquellos desgraciados, los gritos de los que clamaban piedad. Algunas veces se dejaban escuchar los ruegos de algunos que pedían al creador, la muerte bendita como único aliciente a sus sufrimientos.
La mayoría de los perversos seres que desguazaban a la patria, despojando de sus propiedades a quienes con arduo trabajo las habían conseguido y llevando más miseria a un ya calamitoso pueblo, eran extranjeros. Ciudadanos, europeos en su mayoría, que habían huido tanto de las guerras como de las secuelas de la crisis económica que había causado estragos en el mundo entero a finales de la tercera década del siglo XX. Eran individuos que nunca se conformarían con tener tan poco como si lo hacían los nacionales. Ellos miraban oportunidades donde los demás contemplaban tierras ociosas en su mayoría.La predilección por el inmigrante europeo fue una constante en la política inmigratoria del Estado desde sus comienzos republicanos. Constante que se perfeccionó durante la tiranía, como consecuencia de la gran influencia delacorriente positivista en la disposición, ordenación y marcha de dicho mecanismo a través de los diferentesdoctos, tutores de dicha teoría, que ostentaron puestos trascendentales durante ese régimen. Ya todo estaba consumado. En adelante sólo restaba proceder con lo más sencillo del plan, desterrar al resto de la familia de la posesión anhelada.
La casa grande estaba desde hacía algunos años, un poco desprotegida. Ya los trabajadores se habían alejado del campo en busca del progreso y éste lo veían en las compañías foráneas que ofrecía mejor calidad de vida para ellos y por ende para sus familiares. Fue ese espejismo maldito lo que propició el modelo monoproductor que se haría improcedente con el tiempo. Con el perfeccionamiento de la industria petrolera en la década de 1.920 se hizo profusa la clase trabajadora. Llegaban en bandadas desdeel exterior los expertos otrabajadoresespecialistas, y desde los campos o zonas agrarias delapatria, los obreros rasos. Un inmenso número depueblerinos se trasladaron a las zonas en donde se levantó la industria del petróleo formando infinidades de pequeños poblados alrededor de “progreso”.
Anicasia llegó pasadas las cinco de la tarde con su tropa hambrienta. Efigenia ya no estaba allí para preparar la comida, como lo había hecho desde que estaban recién llegados a esos predios. Ya la morenaza se había marchado con todo y familia, a la ciudad cerca de la cual estaba enclavada una de las más grandes compañías dedicadas al asunto del petróleo. El n***o Román era uno de los primeros que comenzó aquella diáspora del campo a las zonas urbanas. Comenzó a regar la voz luego de un ensayo que hiciera. Llegó ataviado de una indumentaria que nadie había usado en las labores cotidianas del campo. Se le miraba imponente con aquel atuendo industrial. Pronto se contagió medio mundo. Trabajó unos pocos meses y reunió más dinero del que hubiese podido ganar en todo un año de tanto llevar sol día a día, detantoordeñar,de tantojalartareas, marcar ganado, amojonar terrenos, en fin; de tanto joderse.Igual sabía que nunca saldría de abajo. Compraba la comida de la semana para su familia y con lo poco que le quedaba, se echaba una pea el sábado. Era esa su rutina, su destino y el de su familia. Por esa razón, al presentarse la primera oportunidad no lo pensó dos veces. La fiebre contagiosa del dinero “fácil”, del progreso y del libertinaje llegó a todos los rincones del país y pronto los campos parecían desiertos inmensos. Los pocos que se quedaron eran en su mayoría, niños y viejos, y uno que otro que no creyeron en aquellas bonanzas fáciles que dibujaron los apátridas sin amor a su terruño, que sólo buscaban el enriquecimiento desmedido de los buitres fuereños. Entonces, ya en la casa de la familia trabajaba además de Gaspar, el viejito haragán,solamente dos o tres señores más o menos seniles que se encargaban de una que otra tarea.Llevaban a cabo el resto del trabajo de la propiedad, los pocos peones que aún apostaban a que era en el campo donde estaba el futuro. Anicasia estaba sumamente preocupada cuando el velo de la noche cayó y pasaban las horas sin que su marido llegara alhogar. Pocas veces se quedaba fuera de casa toda una noche. En algunas ocasiones llegó algo tarde luego de jugar dominó y tomarse unos traguitos con su compadre Nerio y otros amigos; pero hacía rato que ya había dejado de hacerlo.
Anicasia no pudo conciliar el sueño durante toda la noche. La misma transcurrió tan despacio que llegó un momento en que la madre de aquellos siete muchachos, con sus manos colocadas en su nuevamente vientre grávido, sentía que la soledad aunada a un gran e indescriptible temor, le ahogaba. Presagiaba la temerosa mujer que algo malo le había sucedido a su marido. Gaspar, luego que murió Remigio, el último hijo que le quedaba; se había ido a vivir en la casa grande a petición de Dimas que sabía que nada le quedaba al pobre viejo más que ellos que lo apreciaban en demasía. El anciano, en virtud de que el patrón no llegó en toda la noche y sabiendo (se lo decía algo dentro de aquella senil mente) que la desgracia se estaba anidando desde hacía cierto tiempo en aquella familia, tan pronto los primeros rayos del sol se hicieron presentes; tocó a la puerta de la habitación de la angustiada mujer y le contó lo que estaba pasando por su cabeza. Cuando salieron de la recámara nupcial en pos de la casa de Próspero, Toto estaba parado inmóvil aguardando aquel temido momento. Confesó a su madre lo que realmente le había hecho el capataz y fue entonces cuando lo peor se hizo sentir en los sentidos de Anicasia. Pidió auxilio a los pocos hombres que aún quedaban en la hacienda y los mismos, dejando a un lado las labores cotidianas que había comenzado más o menos a las cuatro con el ordeño, se prestaron a ir en búsqueda del hacendado.
Lo primero que les llamó la atención además de no haber visto más a Próspero el día anterior, fue que a escasos kilómetros de la casucha de éste, su caballo pastaba con la montura aún sobre sí. Era sumamente extraño que eso pasara. Continuaron el camino y cuando estaban cerca de la casa, el olor nauseabundo que ya manaba del c*****r se hizo sentir como señal inequívoca de lo que ya todos temían. Nadie tenía el valor suficiente para ingresar a la casa. Aunque se negaban a pensar que la desgracia había llegado, todos sabían que esa era una cruel realidad. El respeto por el patrón los mantuvo paralizados un buen rato. Clodomirose armó de un valor que no supo de donde le había salido, y precavido hasta los tuétanos, además extrañado de encontrar la puerta entreabierta, bordeó la casa y al querer entrar por la portezuela trasera que de seguro existiría; miró por la ventana y descubrió el macabro panorama.
En medio de una estancia regada por doquier con una calembera y un cerro de botellas de aguardiente vacías de todos los tamaños y colores, estaba el c*****r ensangrentado y abombado de Dimas. Varias heridas denunciaban lo que le había sucedido. La peor de ellas la tenía en la cabeza, la cual quedó completamente desfigurada por aquel tremendo carajazo que el asesino despiadado le había propinado. Heraclio, quien había secundado a Clodomiro en aquella faena macabra, también quedó boquiabierto de terror al contemplar la temible escena. Días después Clodomiro, Heraclio, Rufino, Juvenal y Leoncio; aparecieron muertos en diversos sitios de la región, cada uno cruelmente torturado y con un certero disparo en la nuca.
Luego del develamiento del cuerpo y de advertir que Próspero no constaba por ninguna parte, los dos varones regresaron donde les aguardaban Anicasia, los otros hombres y Toto. Todos, sobre todo ella, supieron leer los rostros compungidos de los muchachos cuando pretendían, sin poder, exponer lo que habían observado minutos atrás. El áspero llanto de la dama no se hizo esperar y de inmediato, un dolor de fortísima intensidad comenzó a torturarla. Provenía de su bajo vientre. El dolor en cuestión hizo que la desesperada mujer se tumbara sobre el pedregal y desatara en ella, unos gritos lóbregos que contenían impotencia, rabia, frustración y la amargura del padecimiento extremo llegado desde sus entrañas; tal como si estuviese pariendo, o tal vez peor. Sus manos se aferraban a su barriguita.
Leoncio, quien había decidido entrar al jacal donde se encontraba el difunto, con la finalidad del descolgar un chinchorro mugriento que observó y en el que, llevarían el c*****r hasta donde tenían que llevarlo; destinó dicho enser, dadas las circunstancias, a cargar en él a Anicasia hasta la casa en busca de atención. Era bien sabido por todos,que más allá de darle a beber alguna tisana de montes, nada más podían hacer. Aspirar ir más allá por sus propios medios era una utopía. Contaban con un carruaje para el transporte, pero de nada les serviría. A mitad del camino un hilillo de sangre marcaba sus pasos. Los alaridos de la mujer eran como para coger palco. Cada vez se le hacía más intensa la dolencia. Cuando llegaron a la casa luego de una hora de camino, ya Anicasia había perdido la criatura y el sangrado fue tal, que pocos minutos después de su llegada y rodeada de sus muchachos y de las personas que la habían ayudado, además del fiel Gaspar, la desdichada mujer dejó éste mundo. Sus últimas lágrimas fueron productos del miedo más grande sentido. Sabía que sus siete muchachos iban a pasar muchos tormentos a partir de ese instante que se convertían en huérfanos. Nunca se enteraría Anicasia que Lucrecia, su hermana, hacía pocos días que había muerto sepultada en su locura y en su cuarto, en medio de sus propias heces fecales y al lado de quien fue su madre a pesar de no haberla parido.
Después del fallecimiento de Anicasia, el viejito Gaspar tomó a la pequeña criaturita que ya tenía forma humana a pesar de ser tan chica. Se trataba de una hembrita, ya que sus ojos de águila descubrieron la pequeña cosita del fetito. La colocó en una pequeña cajita de cartón y la instalóen el altar de los santos de su madre para sepultarla luego. Los hombres se marcharon al pueblo en donde pretendían comunicar a las autoridades lo ocurrido. No supieron de ellos hasta tres días después cuando, tras el sepelio que le hicieran a Anicasia y a su marido, las mujeres de los mismos, desesperadas; comenzaron a buscarlos. Los c*******s fueron encontrados en el transcurso del mismo día. La desgracia había llegado a aquellos parajes. Carlos Antonio se enteró de la muerte de su hijo y su nuera pocos días después. Viajó de inmediato con el dolor marcado en su rostro. A sus 60 años el viejo Carlos decidió que, junto a Conchita, criaría a sus siete nietos.
Los muchachos comenzaron a decirles papá viejo y mamá vieja tan pronto llegaron a la nueva morada. Toto nunca más sería el mismo, se tornó callado y asustadizo. Pero como aún era un niño al fin y al cabo, pronto se entregó al juego como lo hacían sus hermanos. Ese mismo año, casi al fenecer el mismo, el dictador murió. El luto nacional no se hizo esperar y las brutales fuerzas de la dictadura, obligaban al pueblo casi que a llorar. Todos tenían que sufrir la partida del tirano como que si realmente lo sintieran.El país entero estaría en silencio los días que duraría el funeral. Un diario sacó la noticia: “Anoche a las 11:45 falleció en su casa de habitación el honorable Presidente de la República. El Ejecutivo Federal, el Ejército de la Nación, el Poder Judicial y demás organismos públicos del país, interpretan el sentimiento ciudadano en esta hora de duelo de la República al tributar imponentes homenajes de justicia a la memoria del ilustre varón desaparecido”.La muerte del autócrata, ocurrida en diciembre de 1.935, concibió un proceso de cambios políticos, económicos y sociales sin precedentes en la historia de aquella nación. Elrégimense había prolongado por 27 largos años. El mismo se caracterizó por establecerun imperio castrense totalitario que estancóel adelantoeconómico, político y social de la nación.
En 1.940 estaba sentado en el coroto quien había ejercido como Ministro de Guerra del dictador. La gente ya estaba acostumbrada a ser pisoteada y vejada por el fallecido tirano. La llegada del delgado y larguirucho aquel, con su nuez de Adán excesivamente prominente y de voz ronca, no le causó extrañeza a nadie. Era lo más probable que un secuaz, como era considerado, heredara el trono. Causaba indignación la manera apacible de como el pueblo se había resignado a su destino. Era semejante esa actitud a la tomada por el elefante que vive en el circo. El animal terrestre más grande del mundo, con toneladas de peso, dueño de una fuerza increíble, de una inteligencia envidiable; es atado con una delgada cadena y no es capaz de romper dichas amarras con su fuerza descomunal y salir en pos de la libertad. El plantígrado se acostumbra desde cachorro a aquella delgada amarra y ya la misma le es indispensable.
No iba a ser fácil cambiar mentalidades. Habría que enrumbar al país en otra dirección. Un pequeño paso inicia un largo caminar. El flaco y ronco presidente lo cambiaría todo, a pesar de que primero tenía que lograr cambiar la amarga resignación de un pueblo. El fantasma de la dictadura férrea de casi tres décadas rondaría por muchos años. El desgraciado gobernó hasta después de muerto. Había muchos facinerosos enquistados en las altas esferas políticas y la mayoría estaban camuflajeados cual camaleones. Muchos querían heredar y al no ser así, la venganza era otra alternativa.En todos los rincones existían aún muchos cobardes sanguinarios que sentían que su luz se había apagado. La luz de la corrupción, del poder, del dinero fácil y a manos llenas. Era por ello y por muchas otras razones que la cosa no le iba a resultar nada fácil al nuevo Presidente de la República.
Cuando Carlos Antonio supo de la tragedia ocurrida con su hijo y su nuera, se aprestó de inmediato a ir hacia donde ellos habían labrado un porvenir, y formado una hermosa familia;a rescatar a sus nietos. Estando los niños a resguardo, ya habría tiempo de encargarse de las tierras y de los bienes muebles contenidos en ellas, incluyendo los semovientes. La gente comentaba y esos comentarios viajaban más rápido de lo que se creía. Ya las tierras tenían nuevo dueño, incluso estando aún el amo vivo. Días después en que el hombre se llevó a sus nietos, los carroñeros desalmados le cayeron en cambote a las otroras productivas tierras. No le dieron tiempo al viejo Carlos de recuperar nada. Despedazaron todo cuanto había. Se repartieron como despojos, el ganado y los enseres. La exploración de los terrenos fue casi que instantánea. Ya al cabo de unos años aquello fue relegado a la miseria. La finalidad de esos seres no fue otra que sembrar podredumbre por doquier. Nada les importaba salvo sus propios intereses.Sedesconoce aún, en qué medida fueron a parar dichas propiedades a manos específicas, sin embargose consideraincuestionableque sus agraciados fueron personajes adeptos al régimen, es decir, los esbirros y colaboradoresdel opresor o de los gruposfuertes de cada Estado. Inmensidades de terrenos eran ofrecidas a las trasnacionales para la explotación petrolera. Si los propietarios se negaban a vender a precio de gallina flaca, simplemente con un balazo resolvían todo. Solamente en exigüísimas ocasiones, se otorgarontransferencias de tierras a los campesinos, si bien, en todo caso, estos repartosconsistían en míserasporcionesde tierra de insuficientetrascendencia económica.
Cuando Carlos Antonio padre llegó aquella noche a casa con su cargamento, todo estaba en silencio. Ese silencio llegaba espontáneo. Ni el acostumbrado y escandaloso sonido de los grillos que de manera constante se hacían sentir noche tras noche, rompía aquel extenso y extraño silencio, como si hasta la naturaleza enmudeciera de dolor. Desde Carlos Jr. hasta Rafael Antonio asi como sus parejas (excepto Rafael Antonio que aún permanecía soltero) e hijos, aguardaban silenciosos al viejo Carlos y a los muchachos. Ramón Antonio, María Elisa y Luisa María tenían 12, 11 y diez años respectivamente. Estabanconfundidos ya que no conocían a quienes tenían alrededor. Estaban acostumbrados a una vida y a un entorno. Sus familiares sabían perfectamente que salir de su zona de confort asi de manera tan brusca, sería desastroso, aun así, harían lo posible por adaptarse. Juan Bautista de ocho años, miraba alrededor tratando de descubrir por donde comenzaría tan pronto llegara el nuevo día, a cazar.Era esa su pasión. Mercedes aún se orinaba por las noches y no largaba un pedazo de trapo que usaba a manera de muñeca y que prefería morir antes que perder ese pedazo de colcha mugriento. Rubén Antonio y Zenón no pensaban en otra cosa que no fuere el juego. Concepción madre, tan pronto vio aparecer aquella pequeña tropa de nietos, se abrió pasos y trató de abrazarlos a todos. Solamente la habían visto los tres mayores; pero eso había sucedido hacía tanto tiempo que no la recordaban. Los tíos eran unos completos desconocidos y como tal, percibían de aquellos muchachos, miradas vacías.
Tres años después una mapanare, con su letal ponzoña, le jugó una macabra broma al viejo Carlos y alguien lo encontró muerto al lado de la serpiente a quien logró decapitar de un machetazo. Mamá vieja se irá dos años después. Ya no habría nadie que se quedara con los muchachos. Cuando Carlos Antonio y Concepción se fueron de éste mundo, Carlos Antonio hijo, tomó las riendas de todo. Se mudó con su familia y prácticamente se apoderó de todo aquello. Exceptuando a Rafael Antonio que estaba soltero, los demás hermanos, conociéndolo bien, se alejaron sin chistar. Ultimadamente cada uno de los herederos del viejo, tenía lo suyo.Él se encargó en vida de acomodar bien las cosas. Decidió Carlitos ser el tutor de la muchachera, y en nombre de su esposa y de sus hijos; les dio la bienvenida a sus vidas augurando para ellos un porvenir glorioso. Les dijo que los sintieran como sus verdaderos padres. Los esposos tuvierondoce hijos. A llegar los huérfanos, apenas habían nacido cinco de ellos. Fue un momento tormentoso lo que vivieron aquellos muchachos a partir de ese momento. Toto, el mayor, contaba con 17 años.Yaera todo un hombrecito. María Elisa 16, Luisa María 15, eran ya unas señoritas muy buenasmozas.
Tista contaba con 13 y estaba medio loco gracias a la carga hormonal que circulaba por su cuerpo, por ello se la pasaba como en las nebulosas y metido en el corral casi todo el día. Mercedes tenía 11 años y no largaba el pedazo de trapo a modo de muñeca. Ella también permanecía todo el santo día embelesada con el trapito. Pencho había cumplido 9 y Zenón tenía 7 años. Estos últimos parecían gemelos. No se separaban un solo momento. Prácticamente a una sola voz les dieron dicha bienvenidaprometiéndoles un mundo nuevo, unas vidas apacibles y un futuro sin limitaciones. Desgraciadamente el tiempo se encargaría de decir otra cosa.No habían enterrado bien a Conchita cuando Carlitos se hizo cargo de los muchachos y de una vez comenzó a exigirles trabajo y más trabajo. Ese sería el destino de esos pobres muchachos.
El primer año que pasaron bajo la dureza del tío Carlitos, todos eran tratados como esclavos, sobre todo los cuatro primeros. Toto y Tista trabajaban todo el santo día como burros. Si no rendían lo que el tío quería, los molía a palos. No se medía aquel hombre cuando les echaba las tremendas tundas que cada vez eran más frecuentes. Y además de eso, los dejaba sin comer varios días inclusive. Las muchachas vivían prácticamente metidas en la cocina con los ojos colorados de tanta humareda que llevaban. Molían maíz para alimentar a todos los trabajadores y el gentío que vivían en la casa. Para aquel trabajo recio, utilizaban un rudimentario utensilio de piedra llamado sencillamente piedra de moler, aunque muchos lugareños; sobre todo los más viejos le decían metate. Éste era un adminículo casero sencillo, grande,de forma redonda, cóncavo en el medio, con un peso queoscilaba más o menos los veinte kilogramosy un radiocercano a los 85 centímetros, seacompañaba por una más chica,de carácter redondeado para facilitar su manejo, apelada“mano”.
Este instrumento, imprescindible en todas las casas de esa época, eramanipulado a través dediferentes generaciones para triturar el grano (generalmente maíz para hacer las arepas o mijo en menor grado) hasta transformarlos en harina y en algunas oportunidades se utilizaban para machacar los condimentos: onoto, comino, ajos, y otros. El procedimiento se llevaba a cabo al restregar una piedra contra la otra. En ciertas ocasiones eranubicadas sobre un armazónrealizado con troncos y lianas.Pero daba la bendita realidad de que en aquella vivienda, las piedras aquellas no estaban situadas en ningún carapacho ni de palo ni de nada.Eran pues,ubicadas en el suelo pelado. Para poder moler el máiz (en muchos sitios de las zonas rurales actualmente inclusive, le dicen así, con el acento en la a), tenían que pasar las pobres muchachas muchas horas arrodilladas e inclinadas en demasía.
Esa posición hacía mella en las mujeres que dedicaban gran parte de su vida a servir a sus hombres y a los que no eran suyos. Los esqueletos se deformaban, sus vidas eran reducidas a poca cosa. Era entonces común, ver mujeres jóvenes con extremadas desviaciones en sus columnas y con dolencias en todos sus cuerpos. Pero lo peor era que antes de reventarse acuchilladas frente a la piedra de moler, horas antes, aún de madrugada con la modorra encima, tenían que “pilar” el maíz. Ese era un trabajo exigente en demasía. Para esa faena usaban un aparejo denominado “Pilón”. Instrumento éste de unsolo segmento. Poseía una