Isaira María, aquella bella mujer a quien todos le dirían simplemente Zaida.Hasta su marido, quien luego de 38 años se transformaría en su esposo por todas las de la ley; la llamaba de esa manera. Quienes siempre le dirían Isaira, era su madre puesto que hasta sus dos hermanos le decían de la misma manera que todos, usando aquel sobrenombre. Nadie supo explicar de donde había venido ese apelativo. Años después una de sus nueras también le dirá Isaira, misma que sería precisamente la esposa de Jesús, quienes propiciarán de manera pícara, el matrimonio de aquella pareja luego de tantos años de una unión de hecho más que estable. Ya Zenón era viudo y eso dio pie a que aquellos cupidos cumplieran el sueño de Isaira. Ya en casa, tuvo que guardar cama durante casi dos largas semanas. Eloísa tuvo que postergar su viaje de regreso para ayudarla en todo, desde atender a los cinco muchachos (Isaira sólo cargaba al bebé para amamantarlo), hasta realizar todas aquellas actividades que las amas de casa realizan y que por cierto, nadie como que se da cuenta. El profuso sangrado propiciado por una malvada retención placentaria, había provocado un severo cuadro anémico que le tenía secuestrados sus ímpetus. A fuerza de caldos de pichones de paloma, de jugos de guayaba y de hígados de pollos; trataba Eloísa de enderezar aquel entuerto provocado por tan severa complicación del alumbramiento.
Estaba jipata a tal extremo, que realmente parecía un c*****r, máxime por lo macabro que le hacían ver sendas ojeras devenidas del extenuante episodio vivido. La voz le surgía como un susurro. Dormía casi que todo el día. Sólo dejaba de hacerlo a duras penas, para amamantar a Jesús y para alimentarse ella, amén que para atender sus necesidades naturales que eran muy pocas. Eloísa prácticamente la obligaba a comer y a beber. Ella no podía controlar aquella detestable debilidad que le impedía ser útil como siempre lo había sido. Nunca había estado tan entregada a la inactividad como en ese entonces. Afortunadamente, la mejoría fue llegando paulatinamente gracias a las atenciones venidas desde una madre amorosa, de aquella abuela consentidora, que caminaba despacio pero seguro con su espalda encorvada; pero con un amor inmensurable prendido en su corazón. Luego de quince ´días de una dormidera forzada, Isaira se levantó trastabillante. Lo primero que hizo fue, aparte de abrazar a su madre y a sus muchachitos, tomar en sus brazos al niño recién nacido y cubrirle todo su cuerpecito de besos.
Como por arte de magia, el muchachito que siempre lloraba de manera persistente, por más que su abuelita trataba de mantenerlo feliz; se calmó con ese primer contacto prolongado con su madre. Realmente hasta ese momento solamente Isaira lo tomaba entre sus brazos para amamantarlo. Aquel bendito binomio madre e hijo, se entregó a un amor que nunca habrá de fenecer ni con la muerte. Aquel primer bendito contacto alejado de un estado mórbido de una madre que estuvo a unos pasos de perder la vida, marcaría aquella relación para siempre. Fue un grandioso lazo familiar el existente de aquellos amorosos padres, especialmente de ella con los siete hijos que en totalidad tendría; pero fue precisamente con ese niño,con el que se acentuaría ese gran amor. Jesús hizo del ser hijo, un apostolado. Amó a su mamá desde siempre y lo hará por toda la eternidad. Escribirá para ella, bellos poemas de amor y relatará fantásticas historias entrañables relacionadas con ella, salidas de lo más profundo de su corazón. Perdurará por siempre un vínculo especial. Todos los hijos de aquella hermosa pareja resultaron seres que caminarán por la vida con excelsos principios religiosos, engalanados de respeto hacia el prójimo. Más, Jesús resaltará entre el resto de sus hermanos por lo meticuloso de su actuar, su dedicación a las letras que le conducirá a hacer referencias extremas de sus sentimientos. Será extremadamente zalamero y juguetón con su madre,y tal vez por eso dará la impresión de ser quien más la consentirá y también, será el más consentido y considerado por ella.
Zenón salía muy temprano a ver si lograba un empleo. Tenía una enorme responsabilidad. Ya Isaira no generaba ingresos, puesto que por una parte, la atención a los muchachos y a los quehaceres, le restaba mucho del tiempo que tendría que dedicar a lo que otrora hacía.Además de eso, la situación económica tan apremiante del momento; imposibilitaba a la gran mayoría a darse los pocos gustos de antes. Nadie compraba arepas puesto que, a pesar de ser muy trabajoso el proceso de su confección, preferían hacerlas en casa y ahorrarse un dinero que podría ser invertido en los otros componentes de la dieta familiar. Nadie compraba un dulcito para la merienda.Nadie compraba un jarabito ni algo parecido. Sucedía que ya casi nadie podía comprar mucho. Lo embochinchado que lo grupos armados insurreccionales tenían a todo el país, propiciaba aquel ambiente de desconfianza que se tenía de todo. Esa situación apremiante repercutía en la grave situación económica y social que se vivía en el país. Zenón tuvo que echarle manos a cualquier trabajo que se le encomendara, por más difícil que le resultara. Necesitaba dinero y trabajaría en lo que fuere con tal de conseguirlo. Hacía huecos para letrinas, cortaba malezas, limpiaba extensiones inmensas de solares y hasta descargaba pesadas cajas de mercancías, de los grandes camiones que llegaban de los puertos a los comercios. Y asi, con mucho esfuerzo y poco descanso, llevaba el bastimento para que su familia subsistiera en medio del caos que vivía toda la nación.
Los ataques subversivos se acentuaron de la peor manera. Era una maliciosa estrategia tejida desde dos cerebros que se unían con una ambición detestable. El primer cerebro era el del barbudo dictador antillano, del que surgían estrategias que les eran necesarias para pescar en rio revuelto y obtener un beneficio más que individual. Y ese beneficio no era otro que obtener las riquezas contenidas en el subsuelo. Aquel país había sido bendecido por Dios cuando decidió, depositar en las entrañas de aquel país, montones y más montones de petróleo y un sinfín de otras riquezas tales como bauxita, hierro y un caudal interminable de otros metales muy valiosos como e, amén de cuencas hidrográficas de donde manaría eternamente el preciado líquido. Y sobre la superficie una diversidad de bellezas naturales, paisajes hermosos, climas fascinantes. Todo un paraíso terrenal que haría la delicia de muchos.
Era esa la verdadera intención del tirano de la isla. Por otra parte, los rebeldes locales ambicionaban como siempre lo habían hecho, ponerle la mano al poder, eso nada más. Al tener el poder, mirarían al país como miran los buitres a los inertes cuerpos descompuestos de los que por siempre se han alimentado. Volarían en bandadas sobre él.Respetando estrictas jerarquías, se abalanzarían estrepitosos sobre el país, tratando que, en el poco tiempo que todos tenían, de un picotazo y ayudado por sus garras, arrancar los trozos más grandes desus riquezas. No les interesaba, como nunca les había interesado a quienes habían llevado las riendas de ese país (salvo pocas excepciones), el bienestar de la ciudadanía.Esos petulantes seres, pusilánimes ambiciosos, despreciables mentirosos, lo que ambicionaban no era más que las riquezas de la patria grande. Triste historia que le costó vivir a esa nación. Para eso le sirvió lo que por Don divino, Dios le había otorgado. Las manos criminales de los falsos dirigentes desguazaron a un país que pudo ser poderoso. Eran esas las maliciosas intenciones de los dirigentes de aquel país de los buitres.
En 1.969 llegó la princesa de la casa. Precisamente al final de un mes. Zaida nació el 30 de abril. El ambiente del país era otro. La libertad acordada en la década que recién terminaba fue primordial para la obtención de apeteciblesprovechos en aquella manía de modernización de la nación, por lo que aprovechándose el gobierno de la superioridad de las armas, supo enfrentar y acabar con la sublevación y el terrorismo.El fracaso estrepitoso de la guerrilla, aparte de que fue enfrentada con un inmenso poderío, fue la perversa coordinación de un ser perverso. Se trató de otro extranjero malicioso también de barbas, que había ocupado un funesto segundo lugar al lado del sanguinario dictador de la isla. Un tipejo al que le llamaban “Cerdo” por aquel apego al desaseo de su cuerpo. Racista hasta los tuétanos. Quien se refería, por ejemplo, a “la indiada analfabeta de México”.Y para hacer referencia al campesinado de Bolivia de refería a ellos en el siguiente término:“son como animalitos”.
Un siniestro ser venido desde la tierra del tango, que con el tiempo sería exaltado como se hace con un héroe. El grito de guerra "Degollaré a todos mis enemigos",otorgaba de ese maligno personaje la precepción del morbo de esa inmundicia. Es difícil comprender como se ha de creer en los ideales rebeldes y libertarios de alguien que para ser revolucionario, luchador de un pueblo; habría que ser un artilugio de matar.Como es posible que se llegue a adorar a alguien que haya expresado ante un organismo multinacional que: "Hemos fusilado, fusilamos, y seguiremos fusilando mientras sea necesario". En una oportunidad, en lejanas tierras, había ordenado el fusilamiento de aproximadamente 200 personas. Se trató indudablemente de una maldita masacre. No se trató de un asunto belicoso, no hubo provocaciones.Fue una vil y detestable venganza llevada a cabo por el faccioso argentino, que en aquel momento ostentaba el puesto de comandante en jefe de undenigrante fortín.Pero gracias a la divinidad, se fue del plano terrenal pronto. En octubre de 1.967 el planetaempezó a respirar inconmensurable mejor. El diablo se lo había llevado al sitio del que nunca debió salir. Pero lo más sucio que habrá de suceder en ese país en un futuro, será que el retrato de esa basura adornará muchos murales y hasta centros de salud, llevarán su nombre.
Como resultado de unas reñidas elecciones en diciembre de 1.968, llegó a la primera magistratura nacional, unextraordinario ensayista y doctor en ciencias políticas,quien marcó un hito en la historia patria: fue el protagonista de un particular suceso,pues el partido de gobierno le entregó la banda presidencial a un partido opositor. Comenzó su mandato en marzo de 1.969. Ese año se había producido un hecho sumamente triste, la muerte del novelista, de aquel intelectual que había llevado por unos meses las riendas de un país. El maestro de maestros que pudo haber logrado dignos propósitos, de no haber sido por los buitres de una patria grande. De no haber sido por quienes lo miraron como un obstáculopara sus mezquinas pretensiones.La victoria se había obtenido por un muy estrecho margen de diferencia. Unos pocos votos de ventaja abrieron las fauces de muchos. Pretendieron formar una tremenda alharaca de reclamos, intentaron pedir un reconteo de votos, acusar de fraude (práctica que se repetirá incansablemente en cada proceso comicial); pero el propio candidato que resultara vencido horas después de saberse el resultado expresó: “(...) elijo una derrota incierta a untriunfodudoso (...)”.
Uno de los primeros pasos del nuevo gobernante, el del pelo estrictamente engominado, del que siempre se diría que había sido lamido por una vaca; fue la verdadera pacificación de la patria grande. Para lograr el gran anhelo de todo un país, brindó la posibilidad de reintegrarse a la vida normal y a la lucha política nomotética; a los grupos colectivos que habían participado en la insurrección armadadurante los años anteriores. Otro logro muy particular, fue la única modificación que se hizo de la Constitución Nacional. En esa enmienda se estableció que se imposibilitaría la elección a cargos públicos, a individuos con sentencia firme de más de tres años. Esto se hizo con el firme propósito de incapacitar al ex dictador, al gordito General quien pretendía presentarse en las elecciones de 1.973, tras haber sido extraditado y condenado a cuatro años de cárcel.Surgió de la mente brillante del Presidente, asignar a la educación,atención preferente. Decidió de la mejor manera, otorgar para el sector educativo el doble de los recursos hasta entonces concedidos.Pero no todo fue color de rosa. En un principio se consideró inmaculado su actuar, lejos de aspiraciones personalistas. Pero su exagerado afán de empecinarse en seguir optando a la presidencia una y otra vez (se presentó casi en todas las elecciones y una y otra vez resultando vencido hasta que, oloroso a orines, fue electo para otro período luego de un diabólico pacto. Luego de haber abierto las puertas del confinamiento al mismo demonio),y con ese afán truncó la generación de relevo en su propio partido.
Zaida Margarita había llegado a aquel hogar que trataba de ajustarse a unos nuevos tiempos después de tanto bochinche. Su advenimiento causó un revuelo sorprendente por tratarse de una niña. Cada vez que se esperaba uno de los anteriores nacimientos, aquellos amorosos padres, anhelaban que llegara una princesa. Entonces, después de cinco bellezas masculinas, llegaba aquella beldad de piel canela y mirada sublime. Isaira estaba henchida de orgullo femenino. Su primera hembrita, una preciosura de niña. Los muchachos no dejaban de mirarla. A la mente de Jesús se hacía sentir aquel bello momento para hacerle revivir toda una experiencia. Llegaban por vez primera, los momentos vividos por él, y lo que siempre recordaría fue aquel preciado momento de la entrada triunfal de sus padres, con la preciosa niña en los brazos de ella. Se miraba tan frágil, se notaba tan delicada, era tan bella. La llegada de la princesa a la casa engrandeció a toda la familia. Cada día se sentía más grandiosa la vida. Cada segundo vivido, estaba colmado de la presencia de ella, de su suave piel, de su cabello hermoso y de aquella angelical carita que invitaba a las caricias. Cada mañana, al despuntar el día, el sol parecía más encantador. Sus rayos parecían más acariciantes a esa hora del día. Todo se sentía maravilloso, lo agreste se hacía sentir afable al contacto con la presencia de aquella maja.
Zaidita le dirían su familia. Aunque su madre no se llamaba realmente Zaida, todos quienes la conocían y hasta su marido y sus hijos le llamaban así.Por ello, el nombre y más aún el bello diminutivo con el que la conocerían por siempre. Hasta que se la llevó el señor prematuramente a los 21 años. Entristeció Jesús en medio de aquel tormentoso momento que se coló junto a un encanto. De inmediato aquella ráfaga de tristeza de marchó, para dar cabida nuevamente, a los bellos momentos de la llegada de la niña al seno de una familia prestante. Los recuerdos tristes no iban a tener cabida reiteradamente a aquel instante de estupor en la mente de Jesús. Sólo se adentraban en el retorno de un pasado, las vivencias decorosas en los que lo grandioso de la vida se hacía sentir de nuevo. Los juegos inocentes de seis niños, sus travesuras, sus primeras letras. Ya Jaime, Dimas y Roger acudían a la escuela. Mientras lo hacían, Zenoncito y Jesús jugaban ataviados de mucha inocencia y Zaidita, desde la hamaca en la que permanecía con su madre adorada, reía complacida de las morisquetas que Isaira le hacía y que le causaban mucha gracia. Zenón como siempre, continuaba partiéndose el lomo trabajando diez horas diarias. Compensaba aquel afectuoso progenitor su esfuerzo supremo para llevar el pan de cada día, con el retozo de sus hijos a su alrededor de lo más felices.
Atrás habían quedado los tortuosos momentos devenidos desde los grupos facinerosos, que bastante vainas le habían echado a todo un país. Ya se habían apaciguado los ánimos. Las candelas habían sido apagadas y así permanecerían por mucho tiempo. A los insurrectos se les juzgó y de acuerdo a lo que los jueces consideraron, los condenaron. Al final se otorgó una amnistía tratando de echar tierra a los errores del pasado. Craso error el cometido, puesto que muchos de ellos, formarán parte de un gabinete en un futuro nefasto que acabará con muchas esperanzas. Serán plagados muchos peldaños del poder legislativo y sillas del gabinete ministerial, de personas con un pasado indeseado. No todo se puede perdonar. Para muestra basta un botón, dice el saber del pueblo. Se legalizaron varios partidos políticos a quienes se les había negado una participación.A quienes habían dejado fuera de un festín en un mezquino gesto de hastío de parte de una élite egoísta. Ese aspaviento detestable repercutió en que se haya producido diez años de agitadas actuaciones, de alzamientos incesantes que tanto daño le hizo al país de los libertadores.Zenón consiguió un buen contrato con la constructora de una obra de gran envergadura. Construían la nueva sede de la comandancia de la policía. Por tratarse de la Escuela de Formación de agentes policiales de esa región, que abarcaría varias entidades federales; su tamaño sería colosal. Trabajaría por un lapso de dos años de manera ininterrumpida, con un salario no tan malo. Haría lo que bien sabía hacer y vaya que lo disfrutaba. Con un incentivo de ese tamaño el trabajo había de hacerse con una sonrisa de oreja a oreja.
Fue agregado un cuarto más a la casa y esa había sido una gran particularidad. Cierta mañana se apersonó un caballero de avanzada edad. Su nombre era Alberto, hasta ese momento, desconocido por todos en aquel sitio. Llegó y nadie supo desde donde. Lo particular radicó en que fue precisamente en la casa de esa familia donde tocó la puerta. Solicitaba posada, pero no una momentánea. Quería alquilar un sitio donde vivir. Pero la propuesta que le hizo a Zenón a éste le había parecido sumamente ventajosa. El sitio donde finalmente se hizo la “pieza” como se le diría durante muchos años, era un espacio muy amplio de terreno en el que permanecía el monte y la maleza que por más que era desmalezado, pocos días después allá estaba el empecinado monte alto nuevamente. Isaira siempre decía “Si fueran tapiramas o auyamas no creciera tan rápido” y bastante razón que tenían aquellas sabias palabras. La propuesta era que el caballero misterioso compraría todo el material que fuese necesario y Zenón construía el anexo. Él viviría hasta que decidiera marcharse y todo quedaba en la casa, sin reclamar partición alguna. Se selló de inmediato un pacto entre caballeros. El señor Alberto era un hombre entrado en años, en bastantes años. Lo primero que refirió respecto del tiempo de su permanencia, fue que no sería mucho, de eso estaba completamente seguro.
Mientras terminaba de confeccionar la habitación, el caballero ocupaba un sitio en la casa. Su hamaca fue colgada en el tinglado porque así él lo quiso insistentemente a pesar de que había sido advertido de los ataques despiadados de los zancudos. Alegó en su defensa que de donde él venía, esos insectos eran de un tamaño tan grande que parecían unas avionetas, decía aquella sorprendente comparación cuajado de la risa, ante el asombro de los muchachos que creían que era verdad esa locura. Cuando hubo Zenón de terminar de construir aquella gran habitación que hasta su propia letrina tenia, el señor Alberto puso un negocito. Vendía de todo un poco, más para pasar el tiempo que por otra cosa. Cada lunes llegaba el surtidor y dejaba nueva mercancía. Lo más deseado por los muchachos eran unos enormes panes dulces con canela. El viejito, como le decían muchos vecinos; se fue ganando el aprecio de muchos, sobre todo porque fiaba. Era tan despistado que se olvidaba cobrarle a quienes solicitaban crédito. Tenía un pequeño baúl lleno de dinero. Muchas lenguas hasta decían que guardaba morocotas, cosa que era totalmente falso. Los muchachos aplanaban con piedras, las tapas de los refrescos y, creyendo que lo estaban timando por ser de vista pobre, cancelaban con aquellos objetos, los panes dulces y él se hacía el que caía en el engaño. Ellos siempre pensaron que lo estaban realmente engañando. El longevo caballero se divertía de lo lindo con aquellas ocurrencias de los muchachos.
Dos veces por mes salía bien de mañana el domingo y regresaba casi al caer la noche. Nunca le decía a nadie hacia donde se dirigía en aquellos misteriosos paseos. Nadie le preguntó nunca algo referente a sus salidas. Lo que si resultaba cierto era que los muchachos lo esperaban con ansias. Don Alberto expendía unos helados deliciosos cada domingo. Por eso cuando se ausentaba,eran contado con desespero el tiempo para su retorno y, sin importar la hora en que llegara, le entregaba un helado a cada uno, incluyendo a Zenón e Isaira. Él también degustaba uno mientras era rodeado por la bella familia. La bodeguita siempre estaba surtida. Llegaba gente de todos lados a comprar. Por supuesto que no a todos les daba facilidades de pago. Él sabía con quien lo hacía. Toda la familia sentía profundo respeto, afecto y consideración por el señor Alberto. Isaira le preparaba su comida. Él le facilitaba el dinero para la adquisición de lo necesario para su preparación y evidentemente le pagaba cada viernes por su trabajo. Hasta merienda hacían desde ese entonces. El tentempié consistía en los deliciosos y enormes panes dulces empolvorizados con canela, acompañados con un delicioso café con leche. Para los muchachos era el momento más feliz del día. Se reunían a las cuatro de la tarde religiosamente. Mientras merendaban cerraba la ventana por donde despachaba para no ser interrumpidos por inoportunos clientes.
Un domingo de noviembre, de esos en los que desaparecía el dia completo; los muchachos lo esperaron hasta bien tarde. Pensaban insistentemente en los helados de cola y de coco que el anciano ponía a cuajar bien de mañana. El sueño finalmente los venció y refunfuñando se fueron a sus respectivas hamacas. Zaidita extrañaba las ocurrencias del senil caballero. A Isaira y a Zenón les extrañó de una manera desmedida que el señor Alberto no haya retornado como cada vez que salía; puntualmente a las nueve de la noche. Lo esperaron hasta casi la media noche y en virtud de que nunca apareció, decidieron irse a dormir. Ya llegaría al día siguiente, pensaron. Era muy posible que lo haya cogido la noche y tal vez esperaría al día siguiente para regresar. Posiblemente se había enfermado y acudido al hospital. En fin, eran muchas las conjeturas que la pareja se hacía pues, estaban completamente contrariados porque, en tanto tiempo, nunca había sucedido nada igual con el viejito. Durante toda la mañana un pesado silencio se posó en la casa. Era muy posible que se hubiese escuchado la caída de un alfiler de tanto silencio que se sentía. La angustia ya no daba para más. Pasaron dos largos días y nada que aparecía el señor Alberto. Zenón hasta pensó que se había ido definitivamente y tal vez no se había despedido para no hacerle daño a los muchachos; pero no, sus cosas personales estaban allí, donde siempre. Lo habían comprobado cuando tímidamente se adentraron a la pieza para averiguar ese detalle. Todo estaba en su santo lugar. ¿Qué le habrá pasado al señor Alberto? decía Isaira dubitativa.
El miércoles aproximadamente a las diez de la mañana, se presentó en la casa, una comisión policial. Le preguntaron a Zenón, mientras la gente se arremolinaba en la calle extrañados de que una patrulla estuviese por esos lares. Era algo sumamente raro que eso ocurriera en un sitio tan tranquilo y decente como aquel. Hablaron con Zenón e Isaira a solas. Zenón se montó con los agentes policiales y se marcharon presurosos. Isaira se quedó llorando en silencio. Todos pensaron que él había cometido un delito y se lo habían llevado preso. “Se lo tenía calladito, quien lo iba a pesar. Tan quietecito que se le veía.Era lo que repetían las malas lenguas, ponzoñosas por demás. La comisión policial se dirigió con Zenón hacia el hospital. Caminaron por un largo pasillo donde se sentía un olor peculiar, penetrante, desagradable. Al llegar a la morgue del hospital, un c*****r le fue mostrado a Zenón para que lo reconociera. En efecto, allí yacía el señor Alberto. Había sido asesinado con saña. Lo cocieron a puñaladas, decía uno de los policías. En un primer momento se preguntaban que podría haber hecho ese venerable anciano, para que se hubiesen ensañado de esa manera con él. Nadie entendía nada de nada. Hasta que, al hacer las respectivas investigaciones en los archivos respectivos, encontraron todas las respuestas a esas preguntas.
El señor Alberto cuando se apersonó en el barrio, recién había salido de la cárcel. Había purgado una larga condena por homicidio. Fue un suceso extraño el que él había protagonizado. Pretendió lavar una honra. Un fulano había dado muerte a su hija habiéndola violado salvajemente antes. El tipejo aquel que le había desgraciado la vida a la jovencita y por añadidura, a su padre (él era viudo desde el mismo momento en que la niña nació), había silenciado a la justicia, comprando conciencias. Un juez vendido lo dejó en libertad mientras una familia burlada, sentía la amarga textura de una injusticia inmensa. El tipo se pavoneaba por las calles del pueblo como si nada hubiese pasado. Se sentía envalentonado y todopoderoso, pues sabía que las manos de su padre estaban colmadas de oro con el que podía pagar lo que fuere, incluyendo la libertad y la licencia maldita de quitar vidas si se le antojaba. En efecto meses después, luego de una estúpida discusión, su revolver escupió balas hasta quedar agotado sin más municiones. Esa vez tampoco fue preso. El señor Alberto le quiso hacer un favor a la humanidad. Una mañana se paró antes de que despuntara el alba. Sin dar explicaciones se largó envuelto en un silencio sepulcral. Espero casi todo el día como el animal de presa aguaita a su victima.
Una sonrisa suspicaz se hizo presente en aquel rostro de mirada fija. Esperó y esperó hasta que sintió que había llegado el momento. Cuando el muchacho miró al señor Alberto frente a sí, de inmediato supo lo que le esperaba. El revolver apuntaba a un punto en específico. La bala le dio justo en medio de la frente. El muchacho no tuvo tiempo siquiera de asimilar lo que estaba pasando. La muerte fue instantánea. Luego de ello, el sufrido caballero dejó caer pesadamente el arma y se dirigió al puesto policial donde confesó su crimen. No le valió nada que todos supieran, que había actuado para lavar una honra, mejor dicho, varias honras. El mismo juez que no permitió que los brazos de la justicia tocaran a aquel asesino violador, fue el mismo que condenóa aquel padre atormentado a 25 años de prisión. Los hermanos del muchacho habían tenido mucha paciencia y esperaron a que el señor Alberto pagara su deuda con la sociedad. Le siguieron los pasos y estudiaron detalladamente sus movimientos. Cada quince días acudía el domingo al cementerio a llevar flores a la tumba de la hija y pasaba todo el santo día platicando con ella, con su única hija, como si ella realmente lo escuchara. Allí mismo en el cementerio, asesinaron cobardemente a un noble anciano que ya había dejado de existir desde hacía más de 25 años.
Aquel día había llegado con nubarrones de lluvia, vientos fuertes y un frío aterrador que calaba los huesos y llegaba hasta los tuétanos. Ya el año 1.972 acababa de llegar y había hecho su triunfal entrada, embarrado de un mal tiempoy como tal, habría que ser recibido.La inercia política se hacía sentir cada vez con más intensidad. Era una quietud que aterraba. De la misma manera como era imperceptible la voz santurrona y temblorosa del presidente de pelo engominado, asi mismo se sentía la cosa en la patria grande. La silla presidencial se sentía vacía, aunque él estuviese aplastado allí. El Presidente buscaba a toda costa, que todos creyeran que era unapersona de perfilenérgico, pero jamás lo fue, ni lo sería. Su manera de ser lo delataba, demasiado mojigato, excesivamente quieto y desmedidamente manipulable. Cuando la gente trataba de ahondar en su historia familiar, algunos sucesos no quedaban claros. Si escondía su pasado, habría que detenerse a pensar que tal sería la realidad de su presente y como devendría el futuro que obligatoriamente, sería el futuro de todo un país. En ocasiones cavilaba con fortaleza; pero al final siempre procedía con impotencia.
Era un político subyugado por pequeñas codicias y por las presunciones más soeces. Una de sus principales angustias, que lo colocaría en un futuro al borde de un colapso mental desde que un contrincante de toda su vida política, llegara nuevamente al poder, sería precisamente emularlo, llegar de nuevo a la presidencia sólo para no sentirse menos que el susodicho. Sólo por eso, única y exclusivamente por eso. Los intereses del pueblo quedarían relegados a un sitial que nunca se vería ni cerca ni lejos. La obra de su primer gobierno, que no fue mala del todo, surgió por la inercia de demostrar el uso de los recursos. En esa etapa de la historia de la patria grande, los políticos sabían hacer bien sus cosas. El pueblo les creía y, satisfechas sus necesidades básicas, no se tomaban el tiempo de indagar acerca de