La división de los disidentes era ya un hecho. Y él estaba entre quienes se habían decidido por la lucha. Ya en el seno de la isla, dio inicio a una retahíla de estupideces. En esas idioteces,el tipejo vociferó que en la patria grande, la lucha facciosa estaba cada vez más menguada, que eran unos simples grupúsculos lo único existente. Solicitó nada más y nada menos que: “una tropita”. En última instancia fue recibido como un pordiosero en el despacho del déspota. Estando frente al mandatario, los calzones se le cayeron solos.Comenzó, después de una sarta de palabras aduladoras, a contarle todo.A manifestarleque la política del comunismo de su país, había tomado un rumbo inusual contrario a los ideales que él había ambicionado. Luego, al recuperar un poco la dignidad que tenía, manifestó que lo único que deseaba era “pelear”, expresó tajantemente: “si me das los hombres yo le echo bolas”. El dictador lo escuchaba en silencio. En su mente, aquellas palabras y aquellos gestos le provocaban repugnancia. El barbudo, temerario veterano, libidinoso de poder, traidor hasta los tuétanos y capaz de vender hasta a su progenitora con tal de asirse de más poder; miraba como aquel pendejo depositaba en él la confianza, creyendo que si recibía su ayuda, ésta sería por puras ganas de apoyar un movimiento. Nada de eso. El magnate del odio, del oportunismo, maquinaba la manera de sacarle provecho a aquel pendejo. El incrédulo solicitaba la bicoca de 1.000 hombres. Ante la mirada repugnante del barbudo tirano, sin más ni más el sedicioso finalmente las redujo a cien.
El dictador le abrió los ojos: “te volviste loco vale. Ponte en mi lugar vale. Oye, ¿túte imaginas que pasaría si desembarcaras con cien de los míos? Oye mi hermano, ¿Y si me los matan? Mi hermano, seríamos unos invasores, y eso a mi no me conviene. Pensándolo bien yo te pudo ayudar con una tropita, con armas quizá, pero los guerrilleros están allá, ustedes los buscan”.En última instancia, después de una hilera de jaladuras de bolas, el perverso líder isleño aceptó un convenio chucuto, pero al que trataría de sacarle el mayor de los provechos, de dar la orden a quince carajos que no tenían nada que perder. Delincuentes y asesinos en su mayoría. Si los mataban le harían un gran favor porque eran unas varaderas escorias. Con ese apoyo el calembe aquel, se dejó sentir en la patria grande vociferando a sus antiguos compañeros de armas que tenía el apoyo irrestricto de su amigo barbudo. Se jactaba de ser la mano derecha de un líder supremo, cuando realmente lo que significaba era un pobre diablo que vendía la dignidad de su pueblo, por unas monedas y que ni siquiera merecía ser comparado con el judas Iscariote de la historia del cristianismo. El traidor de Jesús se sentiría excesivamente ofendido por aquella despreciable comparación.
Aquello era un berenjenal, inmenso como él solo. A un guerrillero local, nacido cerca de la ciudad, campechano nato hijo de campesinos, aquel que se había entregado en cuerpo y alma.Que había comido animalejos en la sierra junto a un puñados de corajudos llenos de niguas hasta por el fundillo; lo habían sacado de la movida. Ahora el pendejo tenía que buscar apoyo en otro lado, buscar pendejos que quisieran jugarse el pellejo peleando con palos y machetes contra el ejército leal al mandatario. Y sabiendo que no sería nada fácil, puesto que todo el mundo sabía que, aunque habían ido muy lejos en sus afanes de derrocar a quien fuese, eso había sido una gloria del pasado. En ese momento todo era distinto, habían aparecido cuerpos hinchados por todos lados, hubo muchos comentarios de gente desaparecida, se conocía que un bojote de gente que hasta por hablar mal de gobierno estaba presa; entonces todos temían terminar de esa manera por estar peleando una vaina que no era de ellos. La gente humilde, el Juan Bimba, el ciudadano de a pie lo que quería era trabajar y levantar su familia. Por esa razón, y a sabiendas de que voluntariamente nadie se iba a prestar para agrandar aquel grupo de sediciosos, tuvieron que enfilar otra estrategia; reclutar gente. Iniciarían de ese modo, otra detestable oleada de violencia donde pagaban los más pendejos. Obligarían a muchos padres de familia a abandonar sus casas y dejar a su familiares solos y pasando hambre.
Entonces aquel miedo hasta ese entonces infundado que Zenón sentía.Esa sensación de ahogo que por las noches lo embargaba y que no era precisamente por el calor agobiante; se tornaba más que fundado. Muchos malandrines querían darse fama hinchando sus egos, simulando ser guerrilleros por el sólo hecho de llevar en las cinturas unos pobres machetessarrosos y sin filo. Y envalentonados hasta los tuétanos cometían desmanes, se llevaban cuanta gallinita tenían los pobres en las barriadas que estaban naciendo en aquella ciudad colonial de la patria grande. Y quienes le mamaban gallo a aquel padre de familia diligente y trabajador, tildándolo de cagado; en esos momentos se daban perfecta cuenta de que él no estaba meando fuera del pote como muchas veces le gritaron. Ya se habían corrido muchos rumores de que varios zagaletonessecuestraban y se llevaban para las montañas a muchas muchachas, niñas aún; para complacer las desenfrenadas pasiones de aquellas bestias con caras humanas. Y cuando comenzó a cundir el pánico, cuando desaparecieron muchos hombres de bien; fue cuando los gobernantes se dieron cuenta de la severidad de cuanto estaba sucediendo.
El gobierno central, es decir, el mandamás; el Presidente de la República, elevó su voz de protesta hacia el exterior, acusando al barbudo de toda aquella barbarie. Pero eso no servía para nada. Esa ridiculez lo que hacía era agravarlo todo, puesto que se tomaban represalias contra los más pendejos. La policía tildaba a todo quien estuviera conversando en una esquina, echándose unos palitos en un bar de mala muerte y hasta quienes regresaran del conuco con su machetico en la mano; de alzados y lo zampaban en un oscuro y maloliente calabozo. Tras ese caos, todos tenían miedo hasta de salir a trabajar y quienes lo hacían, como los valerososgendarmes de otrora que fueron asesinados para robarles sus revólveres; se despedían con los ánimos apagados y a veces hasta con los ojos llenos de lágrimas, porque no sabían si por la tarde regresarían a sus casas o si por el contrario, tendrían que fajarse con la guerrilla. Entre ellos estaba Zenón. Él había visionado esa absurda realidad cuando escuchaba las noticias embarradas de hechos insurgentes. Isaira cuando las escuchaba también le decía a su marido: “Están jincando la mierda pa’ que jieda”.
Se encendieron las alarmas en todo el país por la nueva arremetida de la guerrilla, esa vez apoyadapor refuerzos revolucionarios llegados desde afuera. La orden de apagar candelitas estaba dada y sin perder nadita de tiempo, comenzaron a cumplirla. Lamentablemente empezaron a caer los más pendejos como siempre, la carne de cañón, tal como caerán en la asonada militar que llevará a cabo un macilento que no habría pasado de dar ordenes en un cuartel, con su voz fanfarrona y que habrá propiciado aquella barahúnda y aquella mortandad, el día que precedió a aquel estado misterioso que tenía atrapados en la cabeza de Jesús; cien años y pico del tiempo vivido por un país. En el barrio nadie quería salir y quien lo hacía era a riesgo de que lo matara el que sea. Si lo pelaba el chingo lo agarraba el sin nariz, tal como se diría popularmente. “Éramos muchos y parió la vieja”,“Cuando el pobre lava llueve”, decían en todos los rincones. Y no eran sólo decires, se trataba de una cruel realidad la vivida por aquella gente que definitivamente quería paz. No anhelaban que le regalaran nada, ellos solamente querían trabajar y vivir en paz.
Se trataba de gente corajuda, acostumbrada a pasar roncha, a llevar sol, a partirse el lomo para ganarse las lochas y poder llevar el pan a la mesa. Gente de la que en épocas modernas del siglo que pronto llegaría, se estaría orgullosa. No como aquella gentuza que llegará precisamente en ese siglo a arrodillarse ante unos vendepatria, por una limosna, por unas bolsas de miseria; y a quienes les dará alergia el trabajo digno. Llegará la parasitaria vida nacida del populismo maldito, heredado de esos rufianes ignorantes que desafortunadamente llevarán las riendas de la patria grande. Pero contrario a aquel miserable que había pactado con el diabólico barbudo dictador, luchaba un“Bravo” guerrillero;el mandamás de la zona, quien también había sido relegado de un partido político de izquierda recientemente dividido, con aquella borona de raciocinio que le quedaba y a sabiendas de que le iban a echar esos muertos en el lomo, mismos que no tenía que cargar él, puesto que eran crímenes cometidos por facinerosos y delincuentes vulgares; dejó el pelero de aquel terruño que lo había visto nacer, con un pequeño grupo de adeptos tras de sí. Abandonó con su tropa las montañas de la serranía y fue a dar con sus tiestos a otras latitudes. Aquel dirigente de la muerte, había decididono seguir realizando sus operaciones militares para evitar posibles represalias y consentircon esa actitud huidiza, la renovación de las fuerzas rebeldestanto en la ciudad como en el campo. Aunque en el fondo lo que realmente quería, era que no siguieran matando a su gente. Quería el tipo, pasar a la historia y que la gente de su pueblo tuviera recuerdos bonitos de él, como en efecto sucedió.
Se lanzaron panfletos por todos lados anunciando aquella retirada, para alertar a la ciudadanía de que los desmanes que se habían cometido y que se seguirían cometiendo, no eran producidos por ellos. Las calles amanecían full de papeles y hasta los pegaban en las paredes y en donde fuese. Fue entonces cuando la gente decente se armó de valor y se enfrentó a aquellos malandrines hasta con las uñas. El Bravo guerrillero era de los pocos que mantenía el respeto por el prójimo que nunca debió haberse perdido. Él si que se había partido la espalda como quien dice, para guerrear contra la dictadura al lado de quien en ese momento gobernaba y de quien lo había hecho antes. Él si que se había tirado a cuesta las armas con las que se había destronado al gordito General y fue él quien estaba arrecho por la traición, la misma que en el pacto asqueroso aquel, lo había dejado por fuera junto a su partido político. Les había resultado más fácil la traición que la lealtad. Le dieron la espalda al comunismo que bastante les había servido para lograr sus mezquinos engreimientos. Hasta el mismo comunismo apertrechado en un grupúsculo llegado a menos y que se hacía llamar partido político, lo había mandado a “freír monos”.
Las cosas comenzaron a dar un viraje sorprendente. Aunque la retirada del Bravo aquel llamado Douglas, daba la impresión, cual espejismo, de resultar encantadora dado lo rimbombante de la expedición de casi cien seguidores, parala mayoría de esos seguidoresles resultó enigmático que dichorecorrido debía hacerse sin llevar a cabo operaciones militares.Sentían que se había enfriado un guarapo. Ellos, deseosos de acción, eran quienes se habían unido a aquel Bravo bajo lapromesa de ir aunaofensiva, pero esto nuncaaconteció.Mientras ya ese grupo de insurrectos se encontraban en otras latitudes, en la ciudad colonial donde vivía Zenón con su familia, los malandrines que se hacían pasar por sediciosos se habían largado todos cagados. La gente decente no se había dejado amilanar y pelearon dignamente. Una noche, varios vecinos se escondieron en el terreno grande que estaba frente a la casa de Zenón, para lo cual había apagado los focos del alumbrado. Con mucha paciencia sapiente, aguadaron los pasos de esos bichitos que sigilosos, se apersonaron más o menos como a las dos de la mañana.
Eran como seis zagaletones envalentonados y, pensando que nadie los miraba, se pusieron a fumar una vaina rara cuyo fuerte olor no era el característico de los cigarrillos lícitos que muchos ciudadanos de bien fumaban. Cuando se disponían a brincar un solar, los rodearon entre todos y les cayeron a peinillazos hasta decir basta. Aquellos machetes caían pesadamente por el ladosin filo sobre nalgas y costados. Esos ladinos se olvidaban que eran machos y lloraban a moco suelto por cada carajazo que recibían. Llamar a la policía era una utopía, puesto que no tenían la manera de hacerlo y además de eso, temían que los agarraran a ellos también. Prefirieron tomar la justicia en sus manos o mejor dicho, en sus machetes y como que fue la mejor decisión. Esos carajitos nunca más se presentaron por aquellos lares; por lo menos no lo harían para esas vagabunderías. Al día siguiente uno de los vagos que siempre merodeaba por las calles de Dios, extrañamente mientras todos estaban echando cuentos sentados en la acera, él se mantenía de pie, como si le doliese el culo para sentarse. Inclusive otro que si se pudo sentar con algo de dificultad, cuando alguien contaba un chiste que valía la pena y que producía muchas risas, se abrazaba fuertemente para poder reírse, como si le dolieran las costillas. Y cuando algunos de los señores de por ahí se acercaba, lo miraban como gallina mirando a la sal.
Eloísa se había apersonado en casa de su hija el día doce de aquel mes de septiembre. Su llegada había sido más que oportuna. Ya Isaira no podía dar un paso de lo grande que tenía la barriga. Llegó con el mediodía y tan pronto hubo de guardar la pequeña caja que había llevado como equipaje y de haber apapachado a su hija y a sus nietos, comenzó a ponerlo todo en orden. Preparó una comida que había comprado apenas había descendido del autobús. Había una pila de trastes sobre una mesa en la cocina y los fregó. El bojote de ropa que aguardaba en un gran recipiente al lado de la batea, lo lavó en un santiamén dejándolos maravillosamente limpios. Después de eso, sin descansar un instante siquiera, barrió toda la casa y hasta el patio y trapeó todo el piso. Ya a media tarde todo estaba reluciente y oloroso a gloria.
Mientras hacía esa cantidad de oficios, Eloísa, aquella angelical dama de 50 años, cuya columna vertebral se había desviado, evidenciándose en una severa escoliosis tras una vida colmada de pesados trajinares; conversaba con su hija que descansaba en la hamaca. Le contaba todos los pormenores de lo que había ocurrido en los últimos tiempos en su casa con el resto de sus hijos. Juanita le había parido una niña a Jorge llamada Magalys y tras éste haber fallecido en un fatídico accidente de transito, se arrejuntó conJesús a quien siempre se le conoció como “Chucho” y había tenido a José Ángel a quien desde que nació le dirían papa. Le comentó que Salomón se había unido a una señora muchísimo mayor que él, con doce hijos a cuesta y se había ido a una casita que se había encargado de construir. Hablaron de todo un poco. Cuando hubo de terminar, se sentó a recuperar el aliento. Ya extenuada y cuando Isaira se levantó por enésima vez a vaciar su vejiga urinaria, le refirió que como la barriga era puntiaguda, lo seguro era que la criatura fuera varón.
En ese momento, cuando ya la madrugada había avanzado avasallante y se acercaba inclemente hasta un amanecer temido, Jesús sonreía sereno tras sentir en aquel entuerto del tiempo que llegaba a sí, los momentos precedentes de su mismísimo nacimiento. Contemplaba la ternura de una abuela que se marcharía del lado de su familia siendo aún joven. Contemplaba unos hermanos traviesos que retozaban resplandecientes de dicha por el hecho de esperar la llegada de un nuevo hermano. Contemplaba la esencia de un padre que permanecía en aquella casa primorosa, aunque materialmente no estaba presente. Aquella sonrisa estaba colmada de la paz que ese bendito momento le regalaba. A su lado, su hijo continuaba durmiendo plácidamente. Sonreía también. Daba la impresión que al niño también estaba recibiendo aquellas extrañas ráfagas de momentos vividos y por vivir. Contemplaba aquel hombre joven, como su madre caminaba acariciando su vientre grávido. Era una mujer joven, bella, colmada de ternura, de delicadeza y de un amo infinito. Visualizaba a una familia hermosa, unida, feliz. Contemplaba a un hombre amoroso, su padre. Hombre capaz de dar la vida y hasta más que eso de ser necesario, por su familia. Y en esa visión perfecta que se arremolinaba en sus sentidos, observaba a cuatro seres perfectos; sus hermanos. Lo más bello del mundo. Y desde el futuro, se asomaban los bellos rostros de dos niñas sonriendo, desde el tiempo que pronto se haría sentir.
Intempestivamente, una hecatombe llegada desde el futuro, desdibujó aquella sonrisa y de un zarpazo, hizo desaparecer aquellos instantes que decoraban el mágicosueño, que tan feliz hacía a aquel soñador. Las imágenes perfectas de su familia, del momento que vivenciaban ellos antes de su llegada al mundo, fueron sustituidas por una catástrofe sin precedentes. Miraba aterrado aquel noble profesional de la Enfermería, a un paisaje desértico. De cuando en cuando de ese mismo sitio surgía, por añadidura del pasado, una paisaje fértil, verde, de maravillosos encantos. Podía mirar a una pradera colmada de vida, de altos pastizales poblada de muchos animales de Dios que se alimentaban del verde manjar que brotaba del centro de una naturaleza virgen. En medio de aquel paraíso existía una fuente inagotable del vital líquido que vertía sus cristalinas aguas a un rio grandiosos. De manera brusca esas imágenes se borraron y en su lugar, apareció aquel desierto tan inhóspito. La sequedad del suelo difícilmente podrá darle alguna oportunidad a la vida. Por ninguna parte se podrá palpar la existencia de una gota de agua siquiera. Se había colado por una ranura del tiempo, los trágicos días del año 2.020.
Una plaga inmunda se apoderará de toda la humanidad destronando la vida. La atmosfera contaminada se colará por las narices y se adentrarán hasta los pulmones destruyendo sus delicadas estructuras, acabando con muchísimas vidas de este tormentoso modo. Toda la humanidad en esos terroríficos momentos sentirá sobre sí, la amenaza de un virus mortal que amenazará con cernirse sobre todos, como si el peso inclemente de un pesado tormento, descenderáhasta aplastarlos, hasta reducirlos a nada. Será una maldita pandemia salida desde los infiernos quien amenazará con exterminar la vida. Y en medio de ese panorama desolador, aquel sitio en el que había vivido su abuela, su madre y sus tíos. Aquel hermoso paraje de otrora, donde gente valiosa y trabajadora, lo daban todo por el progreso de una patria grande; padecerá algo más tormentoso que un virus que amenazará con erradicar la vida. Ese hermoso pueblo padecerá los rigurosos látigos de la sed, del hambre, de la desidia. El pecaminoso gobernante macilento, bobalicón e ignorante tendrá a todo un pueblo sometido a los interminables padecimientos. Será absurdo creer que una nación con la mayor reserva de petróleo del mundo, con minerales valiosos en su seno, con innumerables cuencas hidrográficas, carecerá de agua.
Comunidades enteras se abocarán a las calles, a donde fuera, tratando de encontrar el vital líquido. Semejante a lo sucedido hacía cien años atrás, cuando la naturaleza se había ensañado con un verano que se había extendido más allá de lo inimaginable. En ese entonces fueron hechos venidos del poder natural. Pero no, en esos momentos del siglo XXI, lo que prevalecerá será una ineptitud sin parangón. Predominará una inmensa irresponsabilidad, una criminal actuación de delictuosas manos que robarán los dineros del pueblo para satisfacer sus mezquindades y allí estará un país entero sometido a la sed y al hambre. Se adentrarán aquellos seres salidos del infierno, a los sentidos secuestrados por un fenómeno sensorial, el desastroso proceder de un presidente y sus esbirros que habrán terminado con todo un país. Ya las personas se trasladarán en carretas empujadas por asnos, retrocediendo muchísimos años en la historia de un país. El parque automotor quedará paralizado y se mirarán nuevamente a los cuadrúpedos gloriosos, (los pocos que habrán de quedar ya que serán depredados por el pueblo al no tener que comer) protagonistas del transporte, antes de la llegada del automóvil. Acabarán con todo un pueblo. Lo que estará haciendo más daño que una pandemia, será la falta de combustible para que el pueblo logre surgir.Para que pueda lograr subsistir. Ya lo que quedaba de un cuerpo en descomposición que resultaba lo poco que de la patria grande quedaba, era repartido entre los últimos buitres que desgarraban los últimos pedazos. Ya no había para más. Ya había llegado el final de ese pueblo de libertadores. Se acababa así, el país de los buitres.
Jesús mientras soñaba, se sobresaltó como varias veces le había sucedido. Se tornó abrazado por una enorme perturbación. Las lágrimas surcaban su rostro compungido. El macabro sufrimiento se adentraba en sus sentimientos, para arrancar de sí aquellas lágrimas que exteriorizaban dolor por su patria. Jesús miraba en aquellos momentos misteriosos, la ruina insuperable de su gente. Y eso le causaba hondo pesar. Por fortuna, así como habían llegado, esos funestos abrazos venidos desde el tiempo aún no vivido, se marcharon presurosos. Su mente quedó toda en blanco. Una luz brillante poco a poco se fue acercando a aquella mente dormida, atrapada en un fenómenoe hizo llegar a ese hombre que aún permanecía apesadumbrado, los instantes mágicos de su llegada a la vida. Isaira comenzó a sentir la molestia ya característica. Era ya su quinto parto y estaba más que preparada para ese gran paso; pero aún así, no dejaba de sentir temor, el temor a lo novedoso, a lo que les depararía la vida misma. La situación del país era precaria y eso les amenazaba estrepitosamente. Ya los viajes al baño eran casi que cada hora. La presión de un canal de parto ya ocupado por una criatura a punto de emerger a la vida, se apretujaba contra una vejiga urinaria que había perdido espacio y ameritaba constantemente ser evacuada.
A medida que aquel jueves 15 de septiembre de 1.966 se adentraba, las molestias se intensificaban. Eloísa estaba hecha un manojo de nerviosismo. Su hija, aun en el estado en que se encontraba, trataba de tranquilizar a la madre que parecía que iba a desfallecer de lo aterrada que estaba. Y no era para menos. Se trataba de un trabajo de parto algo prolongado. Le estaba causando más pesares que los anteriores; pero Isaira hacía de tripas corazones y, valerosa como siempre había sido, soportaba inmutable cada contracción que parecía que le estaba destrozando sus intimidades. No toleraba ninguna posición. Si se sentaba, allí estaban los dolores. Si se quedaba de pie, allí se presentaba aquella detestable molestia. Si llegaba a acostarse, la cosa resultaba peor.El sufrimiento era insuperable. Por lo tanto no hacía más que caminar de un lado a otro. Se sobaba las caderas, se rascaba la cicatriz umbilical que lucía brotada enormemente y en la que sentía un descomunal prurito nunca antes sentido.
Se acuclillaba, se sentaba en el piso, se paraba, se sentaba, en fin; aquello era un desastre y cada chillido de aquella noble mujer, arrancaba muecas de desesperación en la sufrida Eloísa. Estaba haciendo aquella cantidad de caminatas incesantes desde hacía varias horas. Y cada vez los quejidos eran más acentuados. Los muchachos estaban más que aterrados. Zenón debió de ausentarse en contra de su voluntad, puesto que tenía que entregar un trabajito extra que estaba realizando. Ya en la contratista le habían otorgado por pura consideración, dos días libres para que se encargara de su mujer y evidentemente, del nuevo integrante de la familia que estaba por venir. Pero mientras más dinerillo dispusiera, mejor. Entonces tenía que dar unos últimos retoques a un friso para que le fuera entregada su paga, que bastante necesitaba la familia en esos momentos más que apremiantes.
Cuando se estaba iniciando la noche, los dolores prácticamente se habían convertido en uno, interminable. Zenón estaba más asustado que todos juntos. No pareciera que estaban frente a un quinto advenimiento. De todas formas, cada nacimiento era algo tan novedoso que nunca se dejaría de sentir temor. Pero lo que más apesadumbraba a aquel hombre trabajador y honesto, era lo que estaba pasando en todo el país. La situación política se estaba tornando cada vez peor con aquello de lo recio que la guerrilla se había vuelto. Las condiciones del país era lo que le preocupaba, le quitaba la poca calma que le quedaba. Un niño en ese momento de la vida era una exigencia demasiado grande para enfrentar. Pero definitivamente era una realidad y como tal, había que enfrentarla. Encomendaba todo a Dios, pero aún asi, no dejaba de inquietarle todo.
Se había formado una alharaca con una cuestión que para la mayor parte de la población resultaba incomprensible. Era algo relacionado con una bendita pacificación de parte de factores del gobierno. Se suponía que era algo concerniente con hacer que todos aquellos ataques armados contarios a la democracia, se iban a transformar en blancas palomas. Pero entonces dos cosas sucedieron casi que al mismo tiempo. Que nada se transformó en pacífico y que por el contrario, las guerrillas se volvieron cada vez más violentas. Eso le preocupaba al asustadizo hombre. La estabilidad del país era tan volátil que daba temor iniciar cualquier emprendimiento, ya que podría desatarse una inestabilidad nacional que lo echara todo a perder. En eso pensaba constantemente. La mano de obra estaba cada vez más cesante. El desempleo se tornaba cada vez más intenso. La calidad de vida era cada día más deficiente. Y en ese clima de incertidumbre, iba a llegar al mundo su quinto muchacho. Pero al mismo tiempo, Zenón se armaba de lo que siemprele caracterizaría en su provechosa vida, se una enorme valentía y la inexistencia de miedo ante lo que se presentara. Era un hombre trabajador y por siempre lo sería. Aún cuando con más de ochenta y seis años de edad a cuesta, con una deficiente visión y audición, seguiría trajinando todo el día al lado de sus descendientes que hasta tataranietos tendría, tratando y logrando sentirse vivo; sentirse útil. Cosecharía muy buenos frutos de aquel esfuerzo que hizo.
Repentinamente Eloísa y Zenón sintieron que Isaira exteriorizó un quejido distinto al que hasta ese momento había estado emitiendo y que ya parecía un ahogado suspiro. Las cuerdas vocales de ella se habían cansado y entonces resultaba una especie de ronroneo lo único que se le escuchaba. La disfonía se había apoderado de su laringe. Pero el extraño gesto y el hecho de que repentinamente había detenido sus incesantes pasos y bajando su cuerpo hasta casi sentarse en el piso, desató las alarmas. De sus partes pudientes Isaira comenzó a expeler un líquido sanguinolento y abundante. Eloísa gritó: “Ay mi madre Zenón, ya rompió fuente. ¡Ay Dios mío!”. De esa manera Zenón se puso a caminar como un león enjaulado confundido hasta los tuétanos. Parecía embrujado. No escuchaba los enormes alaridos de Isaira y los llamados de su suegra. Estaba como fuera de control, enajenado, atrapado en algún impreciso lugar; pero así como se había marchado, bruscamente, regresó. Salió en veloz carrera y al cabo de un rato se presentó con su compadre Hernán en cuyo vehículo trasladaron a Isaira hasta el hospital. Eloísa,nerviosa y a punto de un soponcio, tuvo que quedarse con los muchachos. Hubiese dado su vida y hasta más por estar acompañando a su hija en ese difícil momento. Lo había estado durante el nacimiento de todos, menos de la última princesa ya que para ese entonces, la muerte le haría una mala jugada.
Casi al filo de la medianoche, llegó Alexis de Jesús a la vida. Un poquito más y nace el día 16. Ese parto fue el más laborioso contaría Isaira en un futuro, cuando hacía referencia a su dedicación materna. A él mismo Jesús le contaba, mirando sus manos tratando de ocultar sus lágrimas de la mirada de su hijo cuando la enfermedad maldita la torturaba, que el parto suyo había sido el más difícil de todos. Esa confesión haría que la ternura y el desmedido amor de ese hombre por su madre, se elevara aún mucho más de lo que ya estabay lo estaría por toda la eternidad. Cuando el niño nació, Isaira quedó devastada, dado el enorme esfuerzo realizado para poder completar aquel nacimiento. Hasta la placenta se había quedado pegada y hubo que realizar una maniobra que era poco usada para poder extraerla. Ya la sangre brotaba desmedida y amenazaba con arruinarlo todo. Afortunadamente la pericia infinita del médico que asistió a aquella madre valiente, pudo resolverlo todo en poco tiempo, ganándole una batalla a la muerte que de no haber sido por dos factores, de seguro hubiese hecho acto de presencia. Por una parte la capacidad de un profesional de la medicina entregado a su apasionante profesión y la capacidad amorosa de una madre que soportó estoicamente el enorme esfuerzo y que se portó con mucho valor toda la dolorosa hazaña. La placenta fue expulsada íntegra tras la maniobra del galeno y luego de desalojar el interior del útero de los restos placentarios y de la sangre ya coagulada, terminó así, aquel martirizante proceso.