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4866 Palabras
            Isaira se quedó con los otros muchachos, envuelta de miedo hasta lo inimaginable. Pocas horas después llegó Salvador, su vecino, quien había acompañado a Zenón hasta el hospital, y le refirió que, a pesar de tratarse de un golpe fortísimo que había provocado una severa lesión en el cráneo, no revertía más gravedad que la que representaba la enorme herida y la contusión. La gran cantidad de sangre era hasta cierto punto natural, pues como siempre se ha dicho, “la cabeza es escandalosa”. El niño estaba fuera de peligro. Aseveración que hizo que Isaira regresara a la calma. El buen vecino le contó a la angustiada madre, que el niño se tendría que quedar en observación hasta el día siguiente, para hacerle un seguimiento y evitar sorpresas desagradables e inoportunas. Jaime, Dimas y Roger no hablaban y apenas se movían temiendo una reprimenda. Era evidente que se había tratado de un infortunado accidente y así lo entendía ella. Pero aquellos muchachos estaban aterrados, pues se consideraban responsables del suceso, sobre todo los dos mayores. Isaira no paraba de llorar y la barriga como que se le había puesto más pesada que de ordinario. Se sintió ligeramente mal y no le hizo caso. Al rato, un dolor en el bajo vientre le incomodó a tal extremo, que tuvo que sentarse en el sitio más cercano que encontró. Sintió mucho miedo. Se moriría si se presentara algo nefasto en su embarazo. Se fue a la hamaca con ese miedo royéndole por completo. Por fortuna, se le fue pasando progresivamente aquella horrible sensación más que dolorosa. Aunque no pudo dormir, descansó del trajinar extenso que significaba su día a día, haciendo oficios diversos y extenuantes, cuidar de cuatro muchachos y encima de eso, con una barriga de seis meses. No volvió a sentir dicha dolencia. Esperaba con ansias que llegara el nuevo día y con él, Zenón con su muchachito. Tenían que extremar los cuidados en lo sucesivo.           Mientras Jesús era presa de aquella misteriosa posesión que un halo de misterio hacía de sus sentidos, durante la madrugada que siguió a la noche de aquel nefasto e inolvidable día de febrero de 1.992, en que un infernal grupo de sediciosos asesinos atacaron los cimientos de una democracia para sus diabólicos propósitos, sembrando el terror y la muerte; los sucesos del pasado que él no vivió y los de un futuro que pronto comenzarían a hacerse realidad, se apretujaban tratando de medir sus alcances. En esos momentos que distaban mucho en el tiempo que transcurría entre ellos, estaban presentes las maliciosas actuaciones de los buitres de un país, que bajo cualquier subterfugio, buscaban mezquinamente desguazar aquella patria grande, arrancando de ella, grandes trozos de sus riquezas y de sus habitantes;grandiosos bocados de esperanzas. No les importaba ni el bien, ni nada de los pobres, de los desasistidos que eran el grueso número de aquella población. A esos malnacidos engullidores de los trozos de libertades, lo que les interesaba era, satisfacer sus ladinas pretensiones. En los hechos soñados, aquellos seres pérfidos miraban a un país inerte, como entregado a los rigores de sus dirigentes, tal como lo hacían los buitres de las sabanas con los cuerpos entregados, ya muertos, a las severidades de la naturaleza que tenía que, irremediablemente deshacerse de lo que sin ambages, causaría un desequilibrio más que desastroso. De allí la eterna animadversión que se sentiría por aquellas nobles aves.           Por un lado, en el cerebro de Jesús se presentaba un gobierno surgido de las luchas de muchos años contra la tiranía descollante, misma que había dejado estelas de víctimas y desesperanzas.Que había logrado enrumbar las torcidas andanzas de un régimen basado en la represión, en la tortura y en la muerte.Por otro lado, se presentaba un grupo de discrepantes que trataban bajo cualquier pretexto y por cualquier medio, de evitar que aquellos pasos democráticos siguieran un camino. Se trataba de individuos que no comulgaban con unos ideales propuestos a favor de una nación. Personas que indudablemente querían otro rumbo, desconocido para la libertad tal vez, y que se tornaron sediciosos.Se dedicaron a labores clandestinas ocultos tras las sombras, desde donde atacaban ensañándose contra los pasos de la libertad. De esa libertad que se empeñaban en asegurar, quienes ostentaban el poder en manos del gobierno. Esos grupos tuvieron su génesis en 1.963, año en el quequisieron por esencia, enaltecer la tensión política ya existente y cuyo propósito más firme había sido, el conato de descarrilar las elecciones prevista para diciembre de ese año, mediante el llamado a la desobediencia cívica quese tradujese en la deslegitimación del triunfo del sucesor del presidente.Esa manera de actuar devino en un dramáticogiro a la manera como venía forjándose la lucha armada hasta ese entonces. Se trataban de lineamientos hechos por los altos cabecillas desde la prisión o desde los predios de la clandestinidad. Curiosamente quienes integraban esos grupos rebeldes, habían sido compañeros de lucha de los que en ese entonces ostentaban el poder. Y esa deslealtad surgió, desde el momento en que se dio un pacto que consideraron mezquino. Mientras el gobernante trataba de hacer surgir de las cenizas cual ave fénix, a un país grande, los opositores a esos grandes esfuerzos, se ocultaban tras pretextos increíbles para de esa manera, cometer los más insospechados vejámenes. Tales eran los casos del secuestro del famoso futbolista italiano Alfredo Di Stefano, los incendios de diversas empresas norteamericanas, la voladura de puentes, el asalto a trenes con saldo de militares y civiles muertos y heridos, incluyendo niños y mujeres. Eran personeros que, refugiándose en falsos ideales patriotas que no eran más que impulsos delincuenciales, asesinaron policías, asaltaron bancos y comercios y llevaron a cabo otras acciones terroristas. Del mismo modo,secuestraron a un coronel norteamericano adscrito a la embajada de los Estados Unidos.El 8 de julio de 1.966 se produjo el primer intento abierto del dictador barbudo, de invadir al país de libertadores, apoyado por grupos guerrilleros locales. De igual modo secuestraron y posteriormente asesinaron al médico y presidente del Instituto encargado de la seguridad social.           Esos y otros desmanes cometidos por aquellos grupos rebeldes, propiciaron que las fuerzas armadas del gobierno detuvieran, en junio de 1.966, a un periodista que fungía como uno de sus principales cabecillas. Éste, días después aparecería muerto en una prisión militar de la capital de la patria grande.La historia estará escrita para la posteridad, por eso según comentó un bocón, para entonces uno de los dirigentesfacciososlocales cómplices en esa acción; que el tirano de la barba, en su visible interés por el petróleo de aquella nación, se encargó a título personal, de proveer las directrices y de proveer con armas de guerra de fabricación norcoreana a la tropaasaltante. Se activó la defensa patriota y una vez más, lograron desactivar a los insurgentes y sus funestas pretensiones. El saldo fue un grueso número de muertos y la captura de varios insurgentes; tanto de la isla caribeña como locales. Los mismos que en el futuro que se acercaba silente, de boca de los delincuentes que llegaran a ser gobernantes, serán exaltados como mártires y hasta sus huesos irán a parar en un panteón de héroes gloriosos. Semejante ofensa contra el padre de la patria y los tantos héroes y heroínas que descansan el sueño terno en aquellos predios sagrados. Uno de esos cabecillas que logró evadir la defensa del ejército de la patria grande, posteriormente llegaría a ser el militar más laureado, pasando a la historiacomo héroe de una Revoluciónfascista. No le duró mucho la distinción pues, sería ajusticiado en 1.989 por instrucciones delsegundo al mando y hermano del tirano barbudo, bajo imputación de comercio de sustancias psicotrópicas y estupefacientes. Los gobernantes nefastosque llegarán a aquella patria en el ocaso del siglo XX y en los albores del XXI, exaltarán a aquellos insurrectos haciéndolos ver como víctimas en lugar de victimarios. Escribirán infinidades de textos al respecto.Inventarán una historia que tratará de limpiar unos honores para siempre podridos. Tratarán por todos los medios de que aquellos delincuentes sean vistos más bien como héroes. Unos héroes nunca reconocidos. Cacarearán incesantes, que en aquellos instantes de enfrentamientos, se había originado lo que denominaron “militarización de la justicia”; y los mal llamados “agitadores” fueron combatidos y masacrados vilmente siendo inocentes, usando para ello bombardeos,como si de terroristas se tratase. También dirán a todo pulmón en sus mítines maratónicos, que durante ese tiempo “perverso” de la patria vieja, se habían producido desaparicionesen complicidad de los cuerpos policiales represores y asesinos. Los tiranos que habrán de llegar tras un extenso y sostenido engaño a un pueblo ingenuo, expresarán en cada sesión, que no serán pocas por cierto; que aquellos santos habían sido cruelmente ejecutados. Entonces esos mismos delincuentes de cuello blanco, aquellos sátrapas criminales que acabarán con un país inmensamente ricos, al ver que el pueblo mayoritarioestará finalmente en desacuerdo con sus desmanes; usarán al ejército para reprimirlos. Entonces las manifestaciones numerarias y pacíficas,serán sometidas a fuerza de balas usando hasta francotiradores. Ellos si masacrarán a un pueblo digno. Y para mantener callado al pueblo, crearán grupos de exterminio y policías políticas por doquier. Los poderes estarán arrodillados a los pies de la tiranía. Quienes resultaran adversos a sus pretensiones, los eliminarán bajo cualquier estupidez. Quienes no comulguen con sus ideales, serán sometidos a un confinamiento, sin poder ejercer el sagrado derecho a la defensa. Los que podrán hacerlo, se largarán del país para nos ser privados de libertad. Quienes osen a hablar en contra de la tiranía estando presos, los asesinarán de la manera más cruel, aventándolos desde edificios, torturándolos y asediando a sus seres queridos. Inventarán magnicidios, bloqueos, ataques mágicos desde lugares distantes y un sinfín de inimaginables situaciones que ni ellos mismos se creerán. Llevarán cruelmente a un país grandioso, a la peor de las ruinas. Por ello se dará inicio a aquella diáspora inclemente que producirá tanto dolor y muerte a un pueblo guerrero y trabajador.           Los déspotas que desgraciadamente llegarán al poder de aquella patria, galardonarán a esos criminales victimizándolos y elevándolos a héroes. Ocultarán que en el pasado, específicamente en febrero de 1.962, en un Estado occidental separado del resto de la nación por un bello lago, una banda marxistadio muerte a un gendarme. En otro acto vandálico, el 15 de abril de ese mismo año, se llevó a cabo una invasióncriminal a una jefatura civilasesinando al policía que permanecía en custodia.Se dio inicio de esa manera tan despreciable, a una matanza de nobles trabajadores, funcionarios policiales, en su mayoría padres de familias. Casi todos ellos eran muy humildes, muchos hasta analfabetas. No obstante, esos servidores públicos llevaban a cabo su labor, de una manera por demás encomiable. Fueron un total de 6.000 agentes asesinados en todala geografía nacional. El grito de guerra de aquellos homicidas despiadados, no era otro que: “un policía por día”como la única forma vil de debilitar al Gobierno y obtener armas para una insurrección criminal.El modus operandi era más que perverso, entre uno y tres funcionarios policialesresultaban asesinados a diario, rebasando sus propias metas. Esos asesinos, de la manera más cobarde y con ese sanguinario propósito más que fútil, como lo era apoderarse de un arma orgánica, asechaban a sus presas y los agarraban al doblar las esquinas, indistintamente si fuese de día o de noche.Generalmente les disparaban por la espalda con revólveres o ametralladoras. Esas honorables personas salían a trabajar, porque realmente tenían vocación de servicio. Cada uno de ellos se despedía de su esposa e hijos, como si nunca fuese a regresar.A esos desgraciados seres, autores de esas masacres y de muchas otras más, los elevarán a la gloria, en ese futuro que se avecinaba y que llegaba a Jesús en aquel sueño más que misterioso. A muchos, inclusive, los llevarán a curules en el poder legislativo.           Era ese el clima de incertidumbre que se vivía en la patria grande en los tiempos en que Zenón e Isaira decidieron unir sus vidas y por ende, formar una familia. Las constantes insurrecciones mantenían a toda a población sumergida en una disyuntiva sin parangón. ¿Como poder levantar un hogar con dignidad, con principios cristianos y con amor patrio además de obediencia a las normas; si constantemente se sentían sacudidos por aquella inmensa cantidad de sediciosos que embullaban a medio mundo? Era la permanente interrogante que todos se hacían, mirandohacia el cielo; como esperando una respuesta del creador. No era otra cosa que miedo lo que sentían todos. Un miedo justificado por demás. Era eso lo que les preocupaba a Zenón e Isaira. Realmente no querían ese clima conflictivo en el sitio donde estaban criando a sus muchachos. De allí surgía a la sazón otra gran interrogante: ¿Dónde irían a parar entonces? Y esa pregunta esa expresada, en virtud de que era todo el país quien estaba plagado de esas cuestionables andanzas, de quienes en sus sordideces; no pensaban en el daño que le hacían a todo un pueblo.           Cuando aquel padre de familia llegó a casa con el niño en brazos, tanto éste como su madre sintieron al mismo tiempo, un destello de luz en sus miradas y una sonrisa de satisfacción y de amor en sus labios. Isaira se abalanzó hasta donde estaba su marido haciendo acto de presencia y tomó a Zenoncito tan tiernamente, que aquella sutileza se tradujo en todo un mundo de pasión materna. El muchachito, tan pronto miró a su madre, se desvivió por asirse a sus brazos olvidando por un instante que era abrazado por un gran dolor. Era una entrega inolvidable lo que se vivió en ese momento. Los otros muchachos contemplaban aquel cuadro, sumergidos en sus inocencias pueriles; pero sintiendo igualmente un mundo de alegría al sentir aquella enorme sensación de unión familiar. En un momento, todos estaban rodeando a su madre, quien con Zenoncito ya pegado al seno materno, los miraba a todos de la misma manera como lo haría hasta el último día de su vida. Zenón por su parte miraba a sus hijos muy cerca de la gran madre que era y será por siempre, aquella gran mujer. Su mirada era de un amor desmedido, de un inmenso orgullo y de esperanzas en el mañana. Al mismo tiempo que sentía todos aquellos sentimientos admirables, sentía miedo, mucho miedo. Un enorme temor por el futuro que les esperaba si el país no se enrumbaba de una vez por todas por el camino del buen vivir.           Zenoncito se quejaba constantemente. La recomendación médica no era otra más que estar muy pendiente de día y de noche, como siempre lo habían estado; pero esa vez con más precisión, puesto que necesario era que descartaran cualquier vestigio de complicación. En el supuesto caso de presentar llanto persistente, o por el contrario, demasiada quietud que pudiese resultar de una pérdida de conciencia.Si llegase a presentar vómito, fiebre, rigidez muscular, entumecimiento del cuello, sangrado por los oídos o cualquier otra rareza que notaran; tendrían que llevarlo de manera urgente al centro asistencial. Gracias a Dios,afortunadamente el niño lo único que hacía era llorar. Su apetito no había sido afectado, todo lo contrario, se parecía a Dimas que siempre fue muy “buen diente”. Isaira le daba religiosamente su remedio para evitar que la cabeza le doliese en demasía. Al día siguiente, Isaira mantenía al niño en sus brazos de manera permanente. Era como si le diese miedo dejar de palparlo. No tenía palabras ni nunca las tendría, aquella noble y dedicada madre; para describir lo que había sentido al momento de aquella perturbación, de aquel evento infortunado. Sus hijos significaban su vida y mucho más. Zenón observaba callado, pensativo, lleno de dudas y con ese gran temor incrustado hasta en sus tuétanos.           Esa noche el niño durmió como quien dice pegado a la madre, literalmente. Isaira permaneció despierta muy en contra de su voluntad, vigilando por si al niño se le presentaba algún contratiempo. Zenón por haber pasado toda la noche en vela pendiente del niñoembarrado de un nerviosismo perverso surgido de lo desconocido. Por creer que el infortunio podría presentarse de un momento a otro; no había podido conciliar un segundo siquiera de sueño. Aquel diligente padre, sentía posarse sobre el niño, algún desafortunado desenlace llegado del porrazo que había recibido. Él miraba la enorme brecha que aquel objeto contundente(un enorme trozo de madera considerablemente duro), le había ocasionado en el cráneo al bebé. Imaginaba y prácticamente sentía dolor, al presagiar que tan pronto recuperara el sentido, su muchachito iría a sentir ese enorme sufrimiento. Daría su vida y Dios sabía que era así, por poder evitar aquella incomodidad en un ser tan frágil, tan chiquitito y a quien amaba tanto. “El otro Zenón”, se repetía una y otra vez. No se imaginó aquel preocupado padre, la enorme satisfacción que, pasado el tiempo, le daría un gran Ingeniero Civil, especialista en varias ramas de esa profesión y formador de nuevos profesionales como docente universitario. El futuro le sonreía a Zenón padre, en ese momento tan aciago de su existencia.           Pasaron los días y afortunadamente al niño no se le presentó ninguna contrariedad alarmante, salvo el dolor que iba disminuyendo paulatinamente. Isaira continuaba usando aquellas gotas que para ella resultaban mágicas. Las había utilizado en sus dolores de muelas, cuando a Zenón le dieron aquella coñiza y en ese momento; que aunque le habían recetado otras al muchacho y en virtud de que no le aliviaban nada;había decidido darle a beber de esas. Evidentemente que con el niño usaba menos cantidad, específicamente una gota por cada kilo de su peso; pensó que esa era la manera correcta, pues así le había escuchado decir a alguien cierta vez en el hospitalito. Nunca supo a que remedio se referían, pero lo hizo de esa forma con ese en particular y el resultado no pudo ser mejor, le aliviaba casi que al instante. A esas alturas, pasados tres días, ya no era preciso darle las gotitas, puesto queZenoncito había dejado de quejarse y, aunque de vez en cuando parecía que algo le molestaba, Isaira de inmediato lo agarraba y le zampaba la teta con lo que él se relajaba como si de un sedante mezclado con un potente analgésico se tratara. Pasados diez días, Isaira debió llevar a Zenoncito al hospitalito para ser revaluado y retirarle las puntadas que ya habían logrado su propósito. Zenón como siempre, tuvo que trabajar y por ende, no pudo acompañar a su mujer a la cita médica. Los muchachos se habían quedado jugando con los hijos de Bruna y Sixto, por eso no se preocupaban tanto. Lo mismo sucedía cuando sus vecinos por una u otra causa, tenían que ausentarse. Entonces aquella muchachera formaba una algarabía de padre y señor nuestro. La gente estaba acostumbrada a eso, puesto que cada familia tenía como media, ocho muchachos; algunas hasta muchos más.           Para poder retirarle los puntos a Zenoncito hubo que fajarse de lo lindo. El muchacho parecía poseído, ya que nadie se explicaba de donde sacaba tanta fuerza. En la oportunidad de haberle sido suturada la herida él no se dio cuenta, puesto que su conciencia estaba momentáneamente secuestrada, producto del traumatismo sufrido. En esa oportunidad, intervino un buen grupo de colaboradores para tratar de apaciguarlo. Por las buenas nada que se dejaba siquiera tocar. Era un miedo instintivo y ese mismo miedo le hacía actuar de esa manera. Los gritos nuevamente se escuchaban a lo lejos. “Que le estarán haciendo a esa criatura” decían quienes escuchaban aquellos baladros, sin imaginarse siquiera que aún no le habían puesto un dedo encima. Cuando finalmente pudieron apaciguarlo entre cinco hombres voluntariosos y gracias a lo cansado que estaba; pudieron tanto el facultativo como la enfermera circulante, hacer su trabajo. Le retiraron los puntos de sutura que finalmente prácticamente se cayeron solos. Uno a uno, le fueron retirados los puntos de sutura. No revertió demasiado esfuerzo la maniobra, ya que al tocarlos, se desprendían sin más ni más. A pesar de tenerlo sostenido férreamente, movía la cabeza de tal manera que el galeno parecía que bailaba cada vez que quería atinarle a cada puntada que con sólo tocarla, se desprendía como la casita de paja del cochinito del cuento. Luego de aproximadamente media hora de solícito empeño, finalmente pudieron terminar aquella difícil tarea. Cuando lo soltaron, el muchachito se abalanzó sobre su madre como quien lo hace hacia la salvación. En sus brazos, sentía la seguridad que necesitaba y que había sentido lejana. Ya en el consultorio, el médico procedió a realizarle una exhaustiva valoración de pies a cabeza, cefalocaudal como dicen ahora los doctos. Conminó al niño a caminar de acá para allá para ser valorada la exactitud de un reflejo, al igual que el de sus pupilas. Luego, con el estetoscopio, escuchó su respiración y su corazoncito. Todo estaba bien, dijo el médico. Creyó oportuno decirle a una madre angustiada que ya todo había pasado. Le recomendó sólo unas vitaminas y un desparasitante a solicitud de la madre quien ostentaba una hermosa barriga contentiva de una nueva vida que estaba presta a llegar y agrandar a aquella bella familia. Cuando Isaira llegó a la casa y colocó a Zenoncito en la hamaca, ya que el niño, de tanto esfuerzo batallando se había quedado rendido; se dirigió directo a la casa de sus vecinos a buscar a los otros muchachos. La barriga ya estaba bastante crecida. Le costaba mucho hacer los oficios. Ya había dejado el almuerzo listo. Zenón llegó al mediodía a almorzar. Se sintió complacido cuando vio que el bebé estaba bien. Poco le faltó para que llorara cuando ya no miró aquel esparadrapo sobre su cabeza. Por aquella época, en la ciudad hacía un calor espeluznante. El techo de zinc hacía que el calor sofocante se afianzara aun mucho más dentro de la casa, sobre todo a esa hora del día. Era más que imposible permanecer allí. Isaira y los muchachos se notaban exasperados por las elevadas temperaturas. Decidió entonces aquel caballero, realizar una especie de tinglado que pudiese proveerles de algo de sombra en tan calurosa situación, y así lo hizo. El inminente nacimiento del próximo integrante de la familia, aunado a lo que estaban padeciendo todos, lo conminó a buscar una salida prontamente. Adquirió unas cuantas láminas de zinc y varios listones. Cada día iba armando aquella estructura hasta que, después de una semana, ya estaba dispuesto el tinglado donde cada día, cuando no se soportaba el calor, Isaira colocaba las hamacas y los muchachos retozaban de lo lindo. Ya Jaimito cursaba el primer grado en el turno de la mañana. Entonces mientras sus hermanitos traveseaban bajo la sombra propiciada por el cobertizo, Isaira se encargaba de que su hijo mayor hiciera sus tareas escolares.           Zenón se quebraba el lomo como quien dice, de sol a sol (que era excesivamente inclemente en aquella zona del país casi todo el tiempo).Élsiempre había sido un hombre de piel clara; pero aquella permanente exposición a dicha inclemencia, le había oscurecido en demasía. Le gustaba entonces ser morenito, como muchos le decían. Sus manos se tornaron recias y su carácter también se habían vuelto algo serio, un poco tosco, dado a que nada le resultaba color de rosa. La poca paga que ganaba y que le era entregada cada viernes a las cuatro de la tarde (trabajaba desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde con un intervalo de una hora para el almuerzo todos los días exceptuando los viernes, que sólo lo hacía hasta las cuatro); le alcanzaba a duras penas para cubrir los gastos de alimentación. A pesar de ello, les daba unas monedas a sus muchachos para que gozaran un “puyero”. El muy pícaro dejaba alguito a como diera lugar, para echarse unos “palitos”. Isaira estiraba, como si fuese de goma,aquel presupuesto y nunca dejaron de comer. Tal vez no ingerían exquisiteces, pero se alimentaban decentemente. Hasta le quedaba un poquito para ahorrar. Ella pactó con el dueño de una mueblería y, a crédito, fue equipando la casa. Una nevera y una cocina de kerosene con horno, fue una de las primeras cosas que quitó bajo ese sistema de pago por letras semanales. Literalmente prefería hasta dejar de comer, con la intención de  poder pagar la letra que se fuera venciendo. Era ella una mujer demasiado responsable. Para Zenón adquirió también un radio para que pudiera escuchar sus noticias y sus rancheras también. En ese entonces Zenón trabajaba para una empresa dedicada a la construcción, una contratista como se le dice. Cobraba semanalmente y también semanal le deducían lo que establecía la ley, además lo correspondiente a un pedazo de sindicato al que tenían todos que adherirse obligatoriamente para poder acceder a la oferta laboral. Nada hacía esa organización sindical, más que sacarle algo de la miseria que ganaban aquellos humildes trabajadores. Muchos decían que eso era trácala de la misma empresa para exprimir aún más a la masa laboral. Lo que finalmente resultó ser cierto, pero nada podían decir so pretexto de despedirlos si incurrían en cualquier reclamo por más ínfimo que resultare. Lo “bueno” de eso era que dejaban un dinerillo como fondo para cuando terminase el contrato por obra concluida.Entregarles lo que tuviesen acumulado a manera de arreglo. Y vaya que de algo les sirvió ese dinerillo, ya que como los contratos eran regulares, cada vez que le entregaban el “arreglo” le hacían algo a la casita y compraban más enseres necesarios por demás. En septiembre, exactamente el día 15, llegaría el quinto de la descendencia, otro varón. Convendrían en colocarle por nombre: Alexis de Jesús. Ya Zenoncito estaba pronto a quedar“relegado”, en el mejor sentido de la palabra.Un nuevo príncipe sería dentro de poco, el ocupante del trono de donde surgiría nuevamente el blanco manjar. El ambiente cargado de una tóxica atmósfera se sentía en toda la República. Nada lograba apaciguar el inconformismo de un partido de izquierda al que se le había anexado, dada la particularidad de sus ideas marxistas; un grueso número de adeptos. La traición siempre se paga muy alta. Se salda hasta con sangre. El hecho de haberlos dejado por fuera de un mezquino acuerdo firmado en la residencia de un líder, había desatado aquella rabia que parecía que nunca sería aplacada. El comunismo inconforme que se oponía entonces a aquellos intereses oportunistas del gobierno y sus aliados, se habían enquistado en cuanto rincón existía. Desde la cárcel, desde la clandestinidad y al parecer, hasta del otro mundo; parecían orquestar acciones violentas de manera constante. No acabarían esos actuares hasta no ser reivindicados. Cada explosivo episodio colmado de violencia por los cuatro costados, devenía en una ramificación de esa misma violencia haciendo entonces, eco en todo el país. Surgían luego los factores delincuenciales y pescaban en ríos revueltos, y lo hacían por mera desobediencia social. Se trataba en un principio de rateros, de mozalbetes desadaptados, de inmigrantes antisociales que se aprovechaban de esas coyunturas. Resultaba entonces la excusa perfecta para achacarles esos desmanes a los grupos subversivos que simplemente reclamaban lo que creían merecer por un derecho, devenido de las luchas armadas de otrora que habían sacado de circulación a dos gobernantes.Reclamaban aquellos insurgentes, el trozo del cuerpo inerte que resultaba un país grande, para sus picos y sus garras. Reclamaban un espacio. Requerían la participación en un festín donde cada buitre procuraba despedazar con pedazos grandes lo que significaba un cuerpo apático, el mismo que era representado por un pueblo dormido, entregado a sus carroñeros.Habían estorbado a los intereses y los dejaron fuera del juego, extrínsecamente de un banquete donde el plato principal era el caudal de recursos de aquella patria grande. En el año que había nacido el quinto heredero de Zenón e Isaira, la cosa se puso color de hormiga. La disidencia comenzó a pelear entre ella. Se caldearon demasiado los ánimos, se insuflaron los orgullos y se abrieron demasiado aquellas agallas mezquinas que se disputaban unos pedazos grandes que aún no tenían frente a sí. Se originó una perversa fractura, un flaqueo maligno de pretensiones. El hermano de un futuro dirigente político oportunista, que cabalgaría diversas posiciones hecho el loco; lideró una de esas divisiones. Era ya evidente, la gran influencia que tenían del padre de la mayor de las traiciones que había llegado al poder en un país insular vecino, destronando a un déspota y que se había transformado en otro de peor calaña. Era muy grande el poder de convencimiento que tendría sobre los disidentes,el barbudo dictador de aquella isla del Caribe, que ya estaba embarrado por una vuelta de espalda de los Estados Unidos de Norteamérica. Ese ladino se largóa la isla caribeña con la perversa intención de convencer a los antillanospara obtener de ellos, el sosténcastrense para asaltar a la patria grande.El astuto personaje que dirigía esa fracción opositora se había burlado de la confianza depositada en él por sus seguidores. Originalmente el plan había sido que el guerrillero se dirigiera a Vietnam a una preparación militar, pero él se negó y voló a la isla donde gobernaba el barbudo dictador.  
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