24

4704 Palabras
Aquella situación aciaga que envolvió a toda la geografía del país, había sido tomada como excusa por grupos vandálicos, para cometer las más insospechadas acciones criminales. También existió uno que otro grupúsculo que a la luz de los diversos ataques subversivos, aprovecharon cuando ardían las calles para cometer fechorías a manera de rateritos. Por la zona del barrio que ya contaba con muchos habitantes, un grupo de rufianes formado más que todo por expatriados de un país vecino(el mismo con quien se habían tenido relaciones históricas); que habían venido huyendo de la violencia suprema desatada en su país de origen, tras la formación de grupos terroristas surgidos tras un magnicidio imperdonable, en esa época se dedicaban a atracar a los desprevenidos transeúntes. Una noche de copas en que Zenón había estado pasando unos momentos de relajación con un compadre y vecino, cuando el mismo estaba  próximo a llegar a su casa; resultó golpeado salvajemente para despojarlo de lo poco que llevaba encima. Por poco lo matan a puntapiés y eso que nunca opuso resistencia alguna.           Zenón recién se había despedido de su compadre Salvador, cuya casa quedaba apenas al cruzar la esquina del callejón donde ambas familias habitaban. Frente a la casa de aquella joven familia, existía un inmenso terreno que en ese momento era baldío; pero que poco después sería convertido en un coso para la práctica deportiva, el mismo que con la llegada del progreso sería elevado a estadio de beisbol y luego; a una academia de beisbol menor. Desde las sombras surgieron las figuras de varios desalmados rufianes. Los mismos sin siquiera ser vistos, se abalanzaron contra el padre de familia cuyo único pecado, fue el haber salido a compartir con un buen amigo; unos pocos tragos. Ya no le quedaba en su faltriquera más que una pequeña cantidad de dinero que dedicaría al día siguiente para comprar golosinas para sus hijos. Puede que ello haya sido la causa del desmedido ensañamiento en contra de su integridad. Los malandrines aquellos tal vez se indignaron por el estrepitoso fracaso de su accionar vandálico, al comprobar lo exiguo del porte económico de Zenón. Con rabia le pateaban una y otra vez. Isaira al escuchar el alboroto de los perros y los quejidos de su marido, salió gritando despavorida por lo que cobardes como eran los rateritos aquellos, corrieron a ocultarse en las sombres eternas de aquella noche sin luna.           Isaira como pudo,cargó a Zenón hasta el interior de la vivienda y lo ayudó a acostarse en la hamaca. No estaba del todo ebrio, puesto que no fue mucho el licor libado entre él y su compadre Salvador; pero fue tanta la paliza recibida, que quedó todo magullado. No podía siquiera moverse de tanto dolor. Isaira fue en busca de unas gotas.Un remedio que le había recetado un dentista en la ocasión en que un dolor de muela la había martirizado durante tres días. Aquel fármaco era una bendición ya que a ella le había aliviado aquel endemoniado dolor con suma rapidez. Aún le quedaba un poco al contenido del pequeño recipiente. Pensó que era muy probable que también sirviera para aliviar el dolor del que se quejaba de manera insistente su marido. Vertió sobre una pequeña taza contentiva de agua azucarada, 20 gotas del remedio y se lo dio a tomar. Dado su sabor enormemente amargo, había que pasarla con agua dulce para tratar de disfrazar semejante amargor. Zenón se quedó inmóvil, con la finalidad de que con ello sus dolencias se minimizaran y de esa manera, poder aliviar un poco. Al rato las gotas “mágicas” comenzaron a surtir efecto, y después de media hora aproximadamente, se quedó dormido ayudado también por el efecto somnoliento del alcohol que había libado. Tremenda paliza para quitarle tres lochas, se lamentaría al día siguiente. Entonces pensaron que era demasiado peligroso aquel terreno desocupado que se estaba subutilizando de la peor manera. Nacería así una campaña de concienciación que derivó en el desmalezamiento de esa área y su conversión en un espacio para la recreación. Hubo de ser iluminado para evitar que las sombras, se convirtieran en las aliadas perfectas de esas alimañas de dos patas que buscaban perturbar la paz de esa gente de bien. De todos modos hubo que trasladarlo al hospital tan pronto despuntó el día, puesto que había amanecido todo entumecido y con una severa hinchazón que ni siquiera le permitía abrir los ojos, articular palabras, ni caminar libremente. Sixto y Roso, sus eternos vecinos se apersonaron tras la llamada de auxilio de Isaira. Entre ellos lo montaron en el enorme Ford de otro vecino llamado Teófilo Hernán,a quientodos le decían sencillamente Hernán. Algunos en su sitio de trabajo le llamaban por su apellido nada más. Éste prestaba servicios como portero en el hospital y hasta allá lo condujo. Fue atendido de inmediato, puesto que presentaba un cuadro más que lamentable. Le tomaron unas radiografías que revelaron varios huesos costales fracturados. El resto de las lesiones no fueron más allá del tejido muscular. Sus órganos nobles no resultaron comprometidos y eso significó una gran ventaja. Lo bombardearon con analgésicos y antiinflamatorios. En esa época la farmacopea al respecto era prematura aún; pero si se contaba con una pequeña gama de productos efectivos para ese tipo de padecimiento y muchos otros más. Permaneció todo el día en una camilla recibiendo el tratamiento debido. Lo envolvieron en un molesto vendaje que impediría las molestias supremas que le provocaban las lesiones en las costillas. Precisamente el vecino oportuno y diligente, estaba haciendo prácticas como enfermero en ese centro asistencial, y fue él quien le aplicó aquella tortura que lo mantendría fuera de circulación durante aproximadamente dos semanas. Eso era precisamente lo que le preocupaba al responsable padre de familia. “Barco parado no gana flete”, dice el adagio muy sabiamente y eso significaba precisamente que no iba a poder aportar el dinero necesario que tanto necesitaban en casa. Tendría Isaira que echarse el mundo a sus espaldas mientras pasaba aquella detestable contingencia.  En esa época recibieron una visita muy agradable. Una mañana se apersonó un hombre de gran tamaño y excelsa musculatura, con una vestimenta particular. Era un alto jerarca de la policía de ese país. Se trataba de Rubén Antonio (Pencho), el hermano inseparable de  Zenón. Isaira cuando abrió la puerta tras los intensos toques de llamado, se enardeció por la grata sorpresa de recibir en su humilde morada, a tan ilustre personaje. Zenón, al escuchar la voz de su amado hermano, no pudo evitar llorar de emoción.Los muchachos congeniaron con él de inmediato. Resultaban asombrosamente parecidos, podría decirse que eran mellizos. Pencho era el comandante de la Policía de un Estado llanero. Después que salió de baja del ejército, se alistó en ese cuerpo armado y logró calar posiciones hasta llegar a esa jerarquía. Aún permanecía soltero debido a su apego desmedido al trabajo, que había propiciado el descuido a su vida privada. Tomaba licor con mucha frecuencia, y su hábito tabáquico era desmedido. Lamentó mucho lo que le había sucedido a Zenón y prometió hablar con sus homólogos locales, en procura de medidas que redujeran el peligro de aquellos desadaptados malandrines. Su estancia fue muy divertida para los muchachos, que no paraban de comer golosinas que él les regalaba. Para Zenón e Isaira resultó ser un aliciente. Pencho les otorgó un muy oportuno aporte económico como regalo bendito.Con ello paliarían los gastos de los días en que el malogrado estaría incapacitado para el trabajo.           A partir de ese entonces, Pencho siempre los visitaría. Cuando menos lo esperaban, se aparecía generalmente en horas de la madrugada; puesto que tomaba algún vehículo cuyo dueño estuviera dispuesto a realizarle el viaje directo y sin escala, cuyo único pasajero sería él. Le encantaba comer carne de chivo con mucha yuca como guarnición. Tan pronto le pasaba la borrachera, a media mañana se dirigía acompañado de Isaira, al lugar donde un vecino tenía un matadero clandestino de esos animales. Bernardo era su nombre y cada sábado sacrificaba una gran cantidad de caprinos para la venta. Casi siempre extendían la jornada hasta el domingo, dada la alta demanda del producto. Otro vecino que habitaba adyacente a la casa de la familia de Bernardo, Antonio (Toño), también se dedicaba a esa actividad; pero su clientela era de otras latitudes. Los del barrio le compraban a Bernardo porque era más dicharachero. En ese entonces se le decía barrio, pero conla llegada del modernismo,y al parecer por la manía de cambiar las costumbres ancestrales; comenzaron a decirles a esos sitios, sectores. Como que si la expresión “barrio”les diera comezón. Así mismo le cambiarían la posición al caballo del escudo, las estrellas de la bandera ya no serían  7 sino 8.Los nombres de algunas efemérides, los de las calles y avenidas y hasta el nombre de un Estado, por la animadversión hacia un eminente médico que en un pasado; había sido Presidente de la República, serían estúpidamente sustituidos por las locas manías de quienes en el futuro lo destruirán todo. Hasta con el tiempo habrá de meterse un loco sin remedio.           El hijo mayor de Bernardo, Darío, era quien ostentaba la preferencia de realizar lo que al parecer le causaba hondo placer;sacrificar la mayor parte deesos animales. Era algo así como un morbo insatisfecho, ya que de adulto, a pesar de que en su casa se continuaban sacrificando caprinos; él se empleó en el matadero municipal y todo el día se la pasaba matando reses, cerdos, caprinos y todo animal que le pusieran frente a sí. La sangre de los chivos, que se recogía en un recipiente tras degollar al animal después de haberle dado tremendo golpe con un garrote en el cogote, la hija mayor de Bernardo a quien sólo la conocían los vecinos como “La Chicha”; la utilizaba para fabricar la deliciosa morcilla. La asadura, la cabeza y las patas; el resto de la muchachera se los sorteaban para ofrecerlasen venta a los vecinos. Con las patas y la cabeza preparaban sopas y con la asadura, la popular chanfaina; que resultaba un manjar excelso. Isaira cocinaba la carne dechivo de diversas maneras; pero la que más rendía el producto para comer varias veces, era el guiso. Y sus manos primorosas tenían la maravillosa sazón heredada de su madre, lo que hacía que cada vez que se degustaban sus creaciones culinarias, se sentía en la boca, la placentera sensación que provocaba el comer algo delicioso. Realmente Isaira era una artista del arte culinario criollo. Pencho se quedó el tiempo que Zenón permaneció en cama. Era un hombre de carácter recio, pero eso no le restaba dulzura a sus palabras de amor hacia su familia. Apreciaba a Isaira a quien había conocido cuando Zenón aún la cortejaba y había visitado a la familia en los primeros años de su unión. Debido a sus múltiples ocupaciones, era poco el tiempo que disponía y al llegar su período vacacional no lo dudaba y se iba a pasar unos días de sano relax con su familia. Visitaba al resto de sus hermanos en muy pocas ocasiones; pero a Zenón y a su familia los saludaba con mucha frecuencia. El lazo familiar pudo haber sido mayor, puesto que Pencho había estado merodeando cerca de la casa de Eloísa cuando conoció a Juanita; pero ésta no le hizo el menor de los casos. Mercedes y hasta el mismo Pencho, en un futuro contarían a sus sobrinos que Zenón había sido muy sangre dulce, demasiado atractivo para con las damas, sortario para mejor decir; por ello las conquistas le llovían por borbotones y a él eso nunca le había desagradado. Cuanta mujer conociera Pencho, él se las quitaba, decía Mercedes a cada rato cuando sus sobrinos le indagaban acerca del tema, ya que les extrañaba en demasía que solamente tuvo una compañera estando ya entradito en años, con la que tuvo una hija de nombre Ismelda. Ella vería la luz de la vida en el año 1.968. Mercedes en ocasiones visitaba a la familia conjuntamente con Elíseo y alguno de sus muchachos. Duraban poco esas visitas, puesto que Mercedes, conocedora como era de su patología y sus síntomas alucinatorios; prefería quedarse poco tiempo y no importunar a la familia, especialmente a los muchachos que no estaban preparados aún para entender aquellos parlamentos en solitario y las palabrotas que esgrimía contra la sarta de seres imaginarios que se le presentaban perennemente; sobre todo por las noches. Eloísa visitaba también, aunque en pocas ocasiones a la familia. Eran unos días deliciosos los que pasaban todos. Zenón se divertía a montones haciendo reír a la doña, como siempre le diría. Ella resultaba muy fácil para hacerla desternillarse, puesto que a la menor pendejada o remedo de su yerno, se privaba de la risa y hasta se orinaba. Tista visitó a la familia, pero esa primera vez no fue de manera voluntaria. Se puso de alzadito en la casa del partido en el que militaba casi que de manera compulsiva, y en medio de una disputa pendeja a alguien se le escapó un disparo o tal vez lo haría deliberadamente, y la bala fue a parar directico en su pie derecho. Tenía que ser operado de emergencia y en el pueblo donde vivía si había un dispensario era mucho, por lo que fue referido a la ciudad donde le hicieron el trabajito en el nosocomio que quedaba cerca de la casa de Zenón y su familia. En ese entonces permaneció varios días mientras se restablecía. Esos días fueron una delicia para los muchachos, ya que él era muy locuaz y con su memoria de elefante sorprendía a todos. Iba a la farmacia y al serle encargados unos medicamentos con nombre engorrosos como lo son casi siempre, no los anotaba en un papelito como lo hacían muchos. A pesar de ser varios los fármacos requeridos, él los memorizaba y nunca se le olvidaba ni una letra. Contaba anécdotas de los fundadores de su partido político con una enorme precisión, que parecía que lo estuviera leyendo de un lugar secreto que nadie más que él miraba. Era sorprendente como hablaba con tal refinación. Siempre en la familia se decía que si Tista hubiese tenido mejores oportunidades y logrado estudiar, habría llegado muy lejos. Las visitas de Toto si que eran otra cosa. Después del debacle emocional sufrido tras el fracaso de sus intenciones vengativas, había regresado a su casa siendo prácticamente otro hombre. Nunca más fue aquel varón de porte de galán y voz decorosa, trabajador y sobre todo; amoroso. Desde el mismo día en el que descubrió al objeto de su venganza; a Próspero, ataviado con el manto de la muerte que lo estaba royendo lentamente, la vida prácticamente dejó de interesarle un bledo. La vida y todo lo que la circundaba. Cuando comprobó que ya la muerte se le había adelantado llevándose al hombre que tanto daño le había hecho, sintió que sus sueños y sus esperanzas se habían esfumado. Cuando fracasó en su juramento, quiso flagelarse. Esa horrible determinación realmente la llevó a cabo. Se flageló en sentido figurado podría decirse, desbaratando con esos macabros flagelos a quienes no tenían nada que ver con ese asunto; flageló a quienes menos tenía que hacer sufrir en demasía. El castigo decidido fue causar mucho dolor; pero no se los causó. Lo que hizo fue, abandonar a su familia, a la que amaba tanto. A su familia que tanto lo amaban y lo necesitaban como el sostén de hogar que siempre había sido. Se encerró en un mutismo y dejó de existir para quienes lo amaban. Su esposa y sus hijos quedaron destrozados. La niña, ajena a todo debido a su grave condición de salud necesitaba estrictamente a su padre, dado su exigente estado y a que su madre, por dedicarse en cuerpo y alma a su cuidado, no podía procurarle el sustento de ella y de su otro vástago. Ramoncito creció sin la figura de un padre que realmente es vital para el desarrollo de cualquier persona. Toto se sepultó en la serranía, en la casa de una de las hijas de María Elisa; Betilde, la mayor de todos sus descendientes, a quien siempre la llamaron “Tilde”, quien se casó con José Domingo y se fueron a vivir a un pueblo distante en donde trabajaron duro. Allí envejeció y en ese mismo sitio, moriría muchos años después. Toto nunca más trabajó y cual rémora, se pegó a su sobrino político para que éste lo mantuviera. Ocasionalmente cortaba caña; materia prima para la elaboración del papelón en el trapiche; pero la fatiga lo envolvía al instante y dejaba el machete repentinamente y sin pensarlo dos veces, corría hacia su hamaca a descansar. No trabajaba el lunes porque era malo trabajar ese día, ya que cada lunes éllo dedicabapor completo a lamilagrosa Santa Teresa. El martes tampoco se levantaba a laborar, porque el día anterior había sido día de Santa Teresa y era malo trabajar un día después decelebrar la canonización de esa prodigiosa beata.El miércoles y el jueves, no se levantaba de la hamaca porque siempre tenía dolor de barriga.Generalmente, nadie sabía porqué precisamente esos días siempre le daban dolores de panza. Lo raro era que, sin más ni más, al caer la tarde; se le curaban esos cólicos sin remedio alguno. El viernes decía:“ahora si que amanecí bonito, me dueleel espinazo”.Duraba todo el santo día quejándose. Su sobrina, de pura lástima le daba la comida en la boca. Sólo se tomaba un caldo al que tenían que colar, porque si no lo hacían se negaba a ingerirlo ya que podría hacerle daño. También de ese dolor insoportable se curaba como por arte de magia, antes de anochecer. Precisamente  después de cenar arepa con mantequilla derretida. El  sábado y el domingo le daban ganas de trabajar e intentaba levantarse de la hamaca a las nueve de la madrugada para trabajar todo el santo día hasta reventarse de ser necesario; pero repentinamente recordaba que si lo hacía, sería un pecado mortal; ya que los fines de semana, no se podía trabajar.Y él, religioso como siempre había sido, no quería cometer semejante pecado. Toda su vida siempre tuvo temor de Dios. Sólo se levantaba de la hamaca a comer, y eso porque si le servían el caldo estando en ese balancín donde pasaba 23, 5 horas al día, se le podría derramar e caldo coladito a la menor mecida. Juraba que por las noches, le rogaba a Dios que le hiciera el milagro de poder trabajar algún día, cuando su salud casi extinta se lo permitiera. Siempre era la misma cantaleta. A Isaira lo que la enardecía era la manía para comer que tenía Toto. Todo le hacía daño, decía dándose palmaditas en la panza. Tenían que derretirle la mantequilla, escarbarle las cebollas al guiso, colarle la sopa y todo eso cuando le rogaban que comiera tal o cual cosa. “Eso me hace daño”,era su eterno grito de guerra. Aún así, todos lo adoraban. Eran felices con el tío Toto de visita. Y era la más duradera. Se extendía hasta un mes completo en el que Isaira casi se volvía loca porque era un problemón para que su cuñado comiera.A los muchachos les encantaba la melcocha y el papelón que les llevaba. No faltaba un enorme pan dulce con muchas especies. Eran unos días gloriosos. Toto contaba muchas anécdotas fantásticas rayando en lo inverosímil. Nunca les habló de su pasado doloroso. Eso se lo contaría Zenón precisamente a Jesús en un futuro, al ser indagada por su hijo la historia familiar. Ramoncito con el transcurrir de los años, padeció mucho yendo tras las huellas de lo que al parecer era un fantasma. Le pasó lo mismo que a su padre. Buscó los pasos de un hombre sin tener siquiera una pista de su paradero. Era como si se lo hubiese tragado la tierra. Fue como buscar una aguja en un pajal. Hasta que por fin, después de tantos años, Ramoncito dio con el paradero de su padre.Resultó como si Toto nunca lo hubiese abandonado. El muchacho siempre estaría pendiente de su padre, lo respetaba y lo amaba profundamente. Corría el año 1.965.Se acercaba la Navidad y todos los muchachos retozaban detrás de Zenón, muy divertidos.En diciembre de 1.963 había sido electo presidente de esa nación, un abogado especialista en derecho laboral, político de gran kilometraje, mismo que había luchado junto a un grupo de valientes jóvenes oponiéndose primero a la dictadura del “Honorable” y luego, ya más entrado en años y en experiencias; contra el despotismo de gordito General. Resultó ser esa, una época donde se hizo creciente la sedición armada, amparada por sectores aisladosde izquierda; los mismos quemanifestabana favor de la abstención y quese dedicaron a intimidar a los electores durante el proceso comicial. Nada lograron con aquellas alevosas conductasya que laselecciones se llevaron a cabo sin ningún tipo de dificultades. Había pasado de esa manera, una dura prueba de fuegola democracia. Tras resultar favorecido con la mayoría de los votos, el nuevo presidente expresó en cadena nacional, corroborandolapromesa que había hecho al pueblo durante toda su campaña; el inicio de unaadministración de alcance nacional, de amplitud democrática y de ponderación política.Los ideales del anterior presidente y de quien en ese momento le sucedía, eran tal como lo habían vaticinado los estudiosos en la materia;el restablecimiento delas libertades. Se dio inicio a la redención de las dificultades económicas y eso se lograría plenamente, mediante la justa repartición de la riqueza petrolera. Seintentaría romper con el ignominioso pasado de reprimendaeinfortunio,reemplazándolo por un presente de independencia y bonanza. El peso insistente de los movimientos paramilitares estuvo presente durante ambos períodos. El apoyo irrestricto del componente militar fue decisivo y gracias a ellos, ambos gobernantes lograrían terminar sus respectivos períodos. Los militares tenían en ese entonces y durante muchos años, hasta la llegada de los buitres del país a finales del siglo XX, la sagrada misión de respetar, apoyar y subyugarse al Gobierno auténticamenteestablecido,acorde a las reglas y a los principios de libertad. Todas esas acciones se orientaron para llevar a feliz término, ese novedosoperíodo de restablecimientoexhaustivodel país, lo cual redundaría de forma razonadaen el sanoanhelo indisoluble de civiles y castrenses de buenarrojo, obligados por igual en la ilustrelabor de velar por todo lo que simbolizaraadelanto, independencia y tranquilidad nacional.Se tejió una diatriba entonces a partir del momento en que factores desestabilizadores, por indicaciones precisas de un elemento diabólico que sometería a su nación al sufrimiento por décadas, continuaran el camino de la violencia; con la mezquina intención de hacer fenecer a la democracia de ese país. Entonces a las fuerzas leales a la constitucionalidad y a la democracia, no les quedó otra alternativa más que repeler dichas acciones insurgentes, dando de baja a unos y apresando y a otros. La diatriba radicaba en que se diría injustamente, que el Estado reprimía, desaparecía o asesinaba a inocentes criaturas que únicamente se oponían a un sistema.           Tal fue el caso sucedido en 1.967, cuando descendieron de una embarcación cuatro guerrilleros insulares y ocho connacionales en las playas de un Estado central, con lafinalidad inequívoca de contactar a un grupo terrorista local para intentar destituir al gobierno democrático. Los facciosos fueron reveladosprontamente, sufriendo muchas bajas frenteel componente militar leal al sistema democrático imperante y no, ante un gobernanteforáneo y desmedidamente tirano que ostentaba oscuros ideales personales. El suceso fue exhibido ante el mundo entero como unamuestra de las intentonas delnefasto dictador barbudo, con la intensión diabólicade expandir su infausto sistema dictatorial y asesino; al resto de los países de Latinoamérica. Entonces a diario, se presentaba un bochinche aquí, otro allá y uno nuevo acullá. El país se embochinchaba a cada rato, casi que a diario. Por esa razón,pequeños grupos de malandrines aprovechaban esas circunstancias para cometer actos vandálicos diversos,generalmente hurtos y robos en vista de que dirían, sin lugar a duda, que serían los guerrilleros. Fue el inicio de una oleada delincuencial que luego se saldría de control. Por otro lado, el gobierno tuvo como mayor éxito, la verdadera reconstrucción de la economía del país.Se basó ese logro en los cambios oportunos dentro de la industria petrolera. Entre ellos, unoenormeque dominio del Estado en cuestiones del petróleo.Una de las más importantes fue la no autorización de más concesiones a compañías transnacionales explotadoras del producto y el fortalecimiento de la Organización vinculada con la Exportación de dicho elemento. Se modernizó aún más al país construyendo monumentalescentralestermoeléctricas, la empresa siderúrgica, la industria básicadel aluminio, plantas petroquímicas, una inmensa red vial, instalaciones educativas, centros asistenciales;entre otras obras de vital importancia.Los detractores de la democracia se empecinaron siempre en manifestar, que bajo su precepto, se institucionalizó la violación sistemática de los Derechos Humanos, estableciendo la imagen del desaparecido, cuyo fin radicaba en establecerpánico en la población, achacando al gobierno, la desaparición física de los insurrectos.Dos miradas distintas acerca de un mismo hecho histórico. Era el mes de junio de 1.966 y ya Isaira esperaba a su quinto descendiente. Jaime contaba con siete años, Dimas seis, Roger tenía cuatro años y Zenoncito apenas dos. En las noches se sentaban todos frente a la casa. Tenían unas sillas rudimentarias que el mismo Zenón construía con retazos de tablas, que si bienno eran una joya de ebanistería;lograban perfectamente el cometido que era ultimadamente lo que importaba. Significaba algo muy usual en esa época, ya que los mas desposeídos no contaban con aparatos de televisión con los cuales entretenerse. Bendita época que servía para fortalecer los lazos familiares de la mejor manera. Se reunían varios vecinos de la cuadra y la muchachera jugaba a sus anchas, puesto que el transito automotor era muy limitado. De todas formas, las miradas vigilantes de los adultos estaban posadas sobre la chiquillada toda. Los muchachos de Zenón e Isaira se alejaban poco. Como eran cuatro, juagaban perfectamente entre ellos, aunque la participación de Zenoncito era muy tosca. El muchacho se preguntaría obstinadamente años después, al igual que lo haría mucha gente incluyendo a sus docentes; el porqué le habían colocado ese apelativo poco común. Isaira se molestaba enormemente cada vez que le hacían esa interrogante: “A su papá le dio la gana de ponérselo” era la respuesta habitual que denotaba desagrado. Pero lo más curioso fue que no le colocó su nombre a su primer hijo, como era harto frecuente y aún lo es, sino al cuarto de ellos. Nunca se dio una explicación convincente. Lo cierto del caso fue que esa noche, entre juego y juego, Jaime arrojó un enorme objeto contundente con tanta fuerza e inexactitud de puntería, que desgraciadamente fue a dar contra la cabeza del niño, del chiquito. El muchacho quedó tendido sin sentido en el pavimento, con una enorme brecha en latesta debido a un traumatismo cráneo encefálico.           Isaira estaba en su sexto mes de gestación y por poco “bota” al muchacho aún en formación, por el impacto emocional recibido. Jaime, Dimas y Roger quedaron como petrificados del miedo al ver al bebé tendido con semejante sangrado. Zenón, sin pérdida de tiempo, se abalanzó sobre el chiquillo y tomándolo entre sus brazos emprendió veloz carrera hasta el hospital, que si bien noquedaba tan distante, tampoco era que estaba ubicado a la vuelta de la esquina. En cuestión de minutos, llegó al hospitalito donde fue atendido oportunamente. Estaba sin sentido en niño y el sangrado era enorme. En primera instancia le fue aplicada la presión necesaria para que la coagulación se apresurara en llegar. Mientras tanto, era explorado su sistema cardiorrespiratorio. Fueron igualmente valorados sus reflejos, en especial el pupilar. Poco a poco el niño fue recuperando la conciencia y tan ponto lo hizo, comenzó a llorar de tal manera que inundó con aquella alharaca, todas las instalaciones hospitalarias, que por cierto; no eran muchas.La herida fue enorme.Requirió quince puntadas, ya que prácticamente abarcó la casi totalidad del cuero cabelludo. Internamente no hubo lesiones; pero como medida preventiva, tuvieron que dejar al niño toda la noche y la mañana siguiente en observación, puesto que aún no existían técnicas diagnósticas, como tomografías o resonancias magnéticas, para ir más allá de la valoración realizada.  
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR