Mercedes y Elíseo se mudaron a uno de los Estados centrales. La ideación de persecución que perseguía al caballero, sumado a los constantes delirios y alucinaciones tanto visuales como auditivas de ella, los conminó al aislamiento. Tan pronto llegaron a esa región de país se mudaron en varias oportunidades. No duraban más de dos meses en las casas que arrendaban dado a que Elíseo, perseguido por sus fantasmas, agarraba sus macundales y se iba del timbo al tambo con todo y familia. Mercedes no hacía más que hablar y hablar hasta por los codos, insultando hasta más no poder a quien fuese, víctima de severas alucinaciones auditivas, mismas que le proferían insultos y vejaciones como ella misma decía, consciente de su padecimiento. El martirio al que fue sometida al torturar de manera desmedida a su marido ante su pávida mirada, le había dejado esa funesta enfermedad como consecuencia. Hasta que un buen día él decidió fijar una residencia de una vez por todas. Agarró un poco de tablas y retazos de láminas de zinc y construyó un “rancho” en lo alto de un cerro. Y esa rudimentaria casita fue el hogar de la familia durante muchísimos años. Esa era una realidad, cruda e inverosímil; pero al final de cuentas, la realidad y como tal, existía y se ensañaba contra los más desposeídos; los pobres. La presencia de arrabales en las grandes ciudades,resultaba de un conjunto de causas que giraban primordialmente en torno al desarrollo económico ineficaz y la miseria,frutoseguramente de la decrepitud del gobierno, de torcidas políticas gubernamentales, específicamente lasurbanísticas; y de interrupcióndel aparato administrativo del Estado.
En noviembre de ese año nació Dimas Antonio. Zenón quiso dedicar el nombre de su padre al segundo de sus hijos. Jaime aún era amamantado e Isaira lo cargaba para arriba y para abajo en los brazos. Desde entonces ya era un rato Eloísa, otro rato Juanita y el otro Salomón quienes lo agarraban para que dejara de chillar por los brazos de su madre que ahora estaban ocupados por el nuevo bebé. Zenón se encargaría del niño al llegar de la exigente faena diaria. No descansaba mucho que se dijera, pero tenía que atender a Jaimito para que Isaira se dedicara a tiempo completo a la atención de Dimas. Éste fue excesivamente tragón desde un principio y era esa la causa por la que se la pasaba pegado al pezón todo el santo día. Fueron tiempos difíciles los que comenzaron a vivirse en el país, aquel año marcado por la alevosía. Una agrupación política echada a menos y que se había refugiado en los montes, se dio a la tarea de adversar de manera contundente al gobernante. Los cuerpos de seguridad se mantenían al acecho.Obedecían sin chistar unas órdenes siempre dadas desde la época de la dictadura; “candelita que se prenda había que apagarla”. “Los Comunistas”, que era el nombre que recibían aquellos desadaptados, constantemente encendían las calles, oponiéndose al mandatario y enfrentando al pueblo contra el pueblo. El país vivía muchos momentos de tensión. Aunado a eso, en esa parte del país, industrializado grandemente gracias a la refinación petrolera y al auge comercial y demográfico que se hacía cada vez mayor; las oportunidades para quienes tuviesen la desdicha de no trabajar para el monstruo refinador de manera directa o indirecta, eran totalmente exiguas.
El negocito de Eloísa finalmente se vino a pique y cerró de manera definitiva antes de finalizar el año, justo cuando Dimas Antonio acababa de cumplir su primer mes de nacido. Por ello más que nunca Zenón tenía que bregar más fuerte que nunca. Salomón hacia cuanto estuviera en sus manos, pero al no contar con un oficio establecido, era explotado severamente. Hasta que adquirió con los ahorritos de Eloísa de toda la vida, un adminículo utilizado para expender de manera ambulatoria helados, y a eso se dedicó durante muchos años. Ganaba poco y las limitaciones fueron creciendo paulatinamente hasta el punto que los gastos superaban con creces a los ingresos y sin otra alternativa, había que reducir los primeros para que alcanzaran los otros. Zenón e Isaira comprendieron el asunto y sin otra alternativa entendieron que tendrían que alzar el vuelo. Lamentablemente no sabía él hacia donde. La aventura sería un gran riesgo. Dado que tarde o temprano tendrían que formar su propio hogar, el joven padre de familia contactó en la capital del Estado, a un amigo; antiguo compañero de trabajo y de parrandas al que le pidió ayuda. Sin dudar, el aludido ofreció el apoyo necesario. Le consiguió un sitio en donde trabajar y una casa en arriendo. Ya lo demás tendría que hacerlo el propio Zenón con el apoyo irrestricto de su compañera de vida, y efectivamente; con muchos sacrificios,entre ambos poco a poco lo hicieron.
Entonces, iniciado el año 1.961 tomaron carretera con rumbo hasta la capital del Estado. Jaime con 16 meses, apenas había aprendido a caminar hacía poco. Dimas ya estaba pronto a cumplir dos meses, por lo tanto exigía mucha atención de parte de sus padres. Su equipaje completo no ocupaba más que un costal. El camino era largo. Mientras Zenón cargaba el pesado costal (que contenía todo cuanto tenían: unos trastos de cocinar, los implementos para darle de comer a los niños, una pequeña cocina a kerosene con su envase y unos pocos trapos) para dejarlo escondido en el camino, se regresaba para cargar a Jaime mientras Isaira llevaba a Dimas a cuesta, además de una petaca de regular tamaño que contenía unos pocos alimentos. El buen hombre, al llegar al sitio en el que se había detenido momentos antes, y en que había dejado el saco; se echaba al lomo nuevamente el objeto aquel y repetía la acción una y otra vez hasta que llegaron al sitio donde un viejo autobús esperaba por los pasajeros, y por la hora de partida. De esa manera tan humilde, Isaira se despidió de su terruño y de su gente y Zenón se disponía a probar suerte en tierras desconocidas.
Como era de la usanza en esa época y lo siguió siendo hasta casi en la actualidad, en aquellas unidades de transporte masivo, trasladaban hasta marranos. Ya la gente estaba acostumbrada a ello. Los casi cien kilómetros eran recorridos en aproximadamente dos horas haciendo una parada a mitad del camino, para que las personas “estiraran las piernas” y tomaran algo en un establecimiento inmenso en el que se comercializaba de todo. Isaira no se quiso bajar, Zenón por solidaridad se quedó a su lado. Tenía ganas de ir al baño a eliminar el contenido de su vejiga urinaria; pero consideró que era poca la sensación de llenado y podría dejarlo para después. Isaira iba excesivamente cansada por el extenuante esfuerzo.Los niños dormían. Jaimito tenía aferrado el dedo índice de la mano derecha de su padre como para que no se escapara, y Dimas como era de esperar, se mantenía aferrado pero de pezón de su mamá. Ella estaba encerrada en un mutismo. Desde que se despidieron de la familia, no había dicho una sola palabra. Era de entender su estado de tristeza, ya que nunca se había separado de las faldas de mamá. Tarde o temprano el pajarito tendría que alzar su propio vuelo. Con esa frase, durante días Eloísa trataba, a sabiendas de que no lo lograría, de darle algo de ánimo. Había llegado ese momento tan cruel.
Ella contemplaba a cada instante, un retrato de su madre que llevaba asido en una de sus manos. No podía evitar las lágrimas cada vez que contemplaba con crecida pena, la imagen de Eloísa en la que se le podía visualizar sonriente. Aún no habían llegado a su destino y ya quería regresarse. Pero su realidad estaba justo allí, a su lado. Por esa realidad tenía que seguir un camino que ya se empecinaba en ser pedregoso. Zenón por su parte, invadido también por el cansancio y por el temor a no saber lo que el destino le depararía; pensaba en lo “afortunada” que era su mujer. Ella podía sentir aún en sus carnes, las caricias de su madre que hacía poco le obsequiara en el momento de la amarga despedida. Podía sentir aún en sus labios, las huellas de sus besos. Podía escuchar todavía las tiernas palabras que expresaban un hasta luego y no un adiós. Podía mirarla inclusive, en aquel retrato que abrazaba como su gran tesoro. Él si que no tenía tanta suerte. Zenón de Jesús no podía asirse a nada de eso. Él no tenía siquiera la posibilidad de pensar en quien nunca conoció.
No podía recordar un rostro que nunca había visto, más allá que en el primer año de su vida. Estaba seguro que había recibido mil caricias e infinidades de besos, así como eternidades de palabras tiernas dirigidas hacía sí, pero nunca pudo recordar nada por la precocidad de su muerte cuando aún él era un bebé. Tampoco recordaba la de su padre. En cuanto a sus hermanos, la distancia había hecho mella a los sentimientos; pero con el tiempo se acercaron para tratar de recuperar a una familia que resultó cercenada desde que la desgracia se había anidado en ella para hacerles tanto daño. Pensaba en el único aliciente de su infancia y juventud, como lo fue su hermano inmediatamente mayor, Pencho; pero de igual manera la vida los había separado, dejándolo tan solo que hasta se sentía acostumbrado a ello. De allí que, tan pronto creció y se hizo adulto.Cuando se convirtió en aquel hombre buenmozo, bien plantado, con aquel rostro lindo decorado con un mostacho bien arreglado al mejor estilo, su voz sensual y su elegante labia; no perdió oportunidad de sacarle suerte a su físico y se encargó de romper corazones y de parrandear cada vez que le era posible. Hasta que conoció a Isaira, se enamoró y decidió que la piedra rodante; haría un alto en el camino.
Cuando llegaron a su destino, ya los muchachos estaban despiertos. Jaime lloraba reclamando su alimento y Dimas, ajeno a todo, continuaba pegado al pecho materno. La casa que habían arrendado quedaba muy distante desde donde se habían apeado. Tuvo Zenón que hacer nuevamente la misma travesía cargando con Jaime y el pesado equipaje contenido en el costal. Fue extenuante aquel tortuoso camino. Cuando por fin llegaron, Isaira contempló con algo de desdén la casa destartalada y desordenada en la que tenían que habitar sabría Dios hasta cuando. Él de inmediato se tornó contrariado al notar el gesto de menosprecio que el rostro de su mujer expresaba; más, al ella darse cuenta de su imprudente proceder, trató en vano de disimular su ya tajante actitud. Él comprendió su desagrado; pero ¿Qué podía hacer? Fue lo mejorcito que había podido conseguir con las pocas monedas que le habían quedado. Se trataba de una casa sencilla, contaba con una construcción de muchísimos años, cuyas longitudeseran de aproximadamente diez metros de largo por ocho de ancho. Había sido alzadacon la técnica del bahareque, techos de madera, listonesde madera de cacto y revestimiento de tejas. En la parte frontal poseía una puerta menuda y los techos se forjabancon extensossalientes. Poseía una pequeña sala, comedor, cocina, un corredor y una únicahabitación habitable. Existía otra que permanecía con la entrada bloqueada y que de antemano los dueños del arcaico inmueble habían prohibido descubrir. Realmente la vivienda se encontraba en un pésimo estado de conservación.En esa ciudad le dirían eternamente a las viviendas antañas y construidas con ese material, “casas de barro”.
Colgaron las dos únicas hamacas que poseían y luego de haber alimentado a Jaimito, lo acostaron y, complacido como estaba su apetito; se quedó dormido nuevamente. Dimas ocupaba un lado de la hamaca donde ya su hermano mayor dormía plácidamente. Después de berrear durante un rato finalmente el sueño lo venció y también se entregó al mundo de los sueños. Coincidentemente en ese mes ocurrió algo muy particular que había constituido el principal ofrecimiento del primer mandatario en su campaña presidencial, y que indudablemente había sembrado un poco de esperanzas en la ciudadanía; fue promulgada la nueva Constitución Nacional, la más avanzada de América, a juicio dedestacados críticos en la materia. El mandatario sabía la respuesta inmediata de los muchos grupos de revoltosos que se opondrían a la nueva Carta Magna. Realmente no se hizo esperar la renuencia de esos grupos subversivos que amenazaron con tomar las calles a nivel de todo el país, en repudio de lo que egoístamente consideraban una aberración. Por ese motivo,el Presidente de la República sabiamente decretó la suspensión de garantías horas después de promulgada la nueva Constitución, con la anuencia del Congreso Nacional. Gracias a esa oportuna decisión se logró evitar el derramamiento de sangre que de seguro hubiese sido imposible impedir de no haber actuado como lo hizo.
Isaira y Zenón pasaron muchas horas tratando de enderezar aquel desastre en que se encontraba la vieja casa. Allí habitaban cualquier cantidad de alimañas. Pasados unos pocos días, de ser una calamidad, pasó a ser una bien organizada y limpia residencia. Zenón se prometió que la estadía en esa casa sería corta. Juró para sus adentros, que en la medida de sus posibilidades y con el gran arrojo que pondría por su familia en cada uno de sus actos; pronto tendrían un sitio propio para ellos. Y desde ese instante comenzó su extrema dedicación para el logro de tal fin. El trabajito para el que su compadre lo había recomendado, era la fabricación de una casa. Se trataba de un lote de terrenos que habían invadido varias familias que carecían de viviendas propias; los llamados “arrimados”. Las autoridades no intervinieron ante lo que a todas luces aún en épocas modernas es considerado un delito, puesto que había otras prioridades. Estaba la nación plagada de candelitas que constantemente se estaban prendiendo. La perseverancia del líder aquel daba las órdenes y estas eran cumplidas de manera inmediata; las apagaban.
El problema radicaba en que, tras menguar uno de aquellos movimientos subversivos, surgían muchos y así;toda la nación estaba constantemente vuelta un bochinche. Uno de esos casos significó el que se produjo en febrero de ese año, cuya cabecilla fueron dos oficiales del ejército, específicamente un Coronel y un Mayor, seguidos por un buen grupo de efectivos castrenses que tomaron por asalto una emisora radial de la capital de la República para por ese medio, llamar a la población a la subversión. El movimiento violento no prosperó, fue apaciguado horas después y apresados sus dirigentes. Y tras la existencia de tantos desadaptados arreciaron las estrategias defensivas en contra de los mismos. Esos hechos conllevaron al mandatario para que al mes siguiente, en una alocución dada ante el poder legislativo dijese: “Concurre en nuestra colectividad, en forma casi fosilizada, un rescoldo indigerido de salvajismo; y éste batalló y sigue riñendo por recuperar el poder, para utilizarlo en la misma forma autoritaria y avariciosa como se utilizó hasta la caída de la dictadura”.
Zenón madrugaba para que el tiempo le rindiera. Era muy fundamentoso y comedido en su trabajo; le ponía corazón, muchas ganas y bastante esfuerzo. Aquel lugar había sido desde hacía mucho tiempo, un terreno baldío rodeado de huertas que habían resultado abandonadas muy probablemente, por quienes dejaron la producción agrícola para dedicarse a trabajar en la nueva onda; la petrolera;tal como había estado sucediendo en todo el territorio nacional. Estaban fabricando varias casas y cada día se sumaban más personas a la invasión. Cerca existía una pila de agua que facilitaba la construcción de las obras. El dueño de la obra que apenas llevaba construidos los cimientos, le explicó a Zenón lo que quería que hiciera y le dejó el material necesario. Le pagó una cantidad anticipadamente, ya que él le explicó su situación y sin desconfianza alguna, Alfonso, que era como se llamaba quien pasaría a la historia como el fundador del barrio más grande de esa ciudad; le concedió el adelanto.
Significó más que oportuno dicho aporte adelantado, en virtud de que ya lo poco que habían llevado de bastimento, se había agotado. De hecho, por haber quedado muy poco ese día, cuando Isaira se levantó esa madrugada a montar el café, lo único que quedaba lo colocó a resguardo en una vianda para que su marido lo llevara de almuerzo. Zenón salía trabajar cuando aún faltaba mucho para que amaneciera. Gracias a Dios aún no existía la desmedida inseguridad de los tiempos modernos. Ella podía esperar y comer luego, se había dicho a manera de consuelo. Hasta a Jaime ya no le quedaba alimento más que para ese día. Afortunadamente para Dimas, los seres humanos, al pertenecer al grupo de los mamíferos; nacemos todos con “la arepa debajo del brazo”, como se dice popularmente. Cuando él se despidió y a sabiendas de que lo ofrecido como almuerzo era lo único que quedaba, se olvidó adrede del paquete dejándolo sobre una silla para que Isaira tuviera que comer. El hecho de estar amamantando era más que suficiente para que no le faltara algo en el estómago, pensaba el preocupado padre de familia. Ella no se dio cuenta sino hasta media mañana. Luego de que él se hubiese ido, Isaira se acostó a terminar de dormir. No conciliaba el sueño sino hasta bien entrada la madrugada que era cuando por fin Dimas dejaba de mamar. Le daba mucho miedo quedarse dormida mientras el niño se alimentaba, ya que temía que el mismo se ahogara. Había sabido de muchos casos al respecto. Por ese motivo si dormía dos horas antes de levantarse a hacer la “vianda” era mucho.
Zenón antes del alba,ya tenía preparada la mezcla para la colocación de los bloques. Era esa la labor de un ayudante; pero él hacía e trabajo de dos. Evidentemente obtenía doble remuneración. No lo hacía por egoísmo, sino por entera necesidad. Por ello se levantaba muy temprano y era el primero en llegar al sitio. Cuando salía el sol, ya llevaba un rato largo pegando bloque tras bloque con una agilidad que a todos sorprendía. Su destreza lo hacía trabajar ligerito. Eso le otorgó una especie de carta de presentación y por ello resultaba muy requerido. Ese día, al terminar su faena, se dirigió a un establecimiento que quedaba camino a casa y compró muchas cosas. Hasta un dulcito adquirió como detalle sagrado para Isaira. Ella adoraba lo detallista que, aun en la pobreza que enfrentaban, era él. Lo sería así por siempre. Llegó cargando una buena cantidad de paquetes que en su mayoría, contenían comestibles. Se sorprendió al extremo y lo embargó un sentimiento que mezclaba rabia y emotivo orgullo a la vez. La vianda que a propósito había dejado olvidada para que ella almorzara, no había sido tocada. Ella, también a propósito, la había dejado en el mismo sitio para que al él regresar; entre los doscomerse la única arepa sin compaña que contenía. Definitivamente Zenón e Isaira cuando se decidieron a compartir sus vidas, lo hicieron para siempre, unidos como deben permanecer quienes se aman con un amor desmedido; como aquel que por siempre sintieron ellos.
Tan pronto Zenón llegaba, Jaime siempre se abalanzaba sobre él y ya no se quería separar hasta que lo colocaba en su hamaca al quedarse dormido. Que bello se les miraba a padre e hijo retozar de lo lindo. Cuando Jaime nació, aquel hombre que siempre había sido solitario y parrandero, se transformó para siempre. Esa fue la real intención cuando, al conocer a Isaira y enamorarse de ella, decidió sentar cabeza y formar una familia. Ella por supuesto, estuvo de acuerdo con ese sueño. Los domingos no se separaban Zenón y Jaime y pasaban todo el santo día jugando. Por su parte Dimas nunca quería que Isaira dejara de cargarlo. A la menor intención, para hacer lo que todo el mundo hace a diario, formaba un aquelarre. Entonces el súper papá se encargaba de ellos y con Dimas en brazos y Jaime montado como un chuco sobre él, gozaban “un puyero”. Era esa una expresión muy usada en aquel país. Existía en ese entonces unas monedas de muy baja denominación, se les decía “puya”.Solía dárseles a los niños para que compraran golosinas o chucherías lo cual les causaba alegría. De ello derivaba lo de “gozar un puyero”.
Zenón miró a Isaira, quien ya se había percatado de la sorpresa del mismo, tras darse cuenta de que había decidido no comer si él no lo hacía. Rompió el hielo y le recordó que lo primero que habían acordado, era lo de compartir lo poco o mucho que tuvieran. Y era evidente que aquella noble mujer era incapaz de llevar algo de alimento a su boca a sabiendas de que él no lo haría. Gracias a Dios que ya contaban con provisión para por lo menos, una semana. Se comieron la arepita mientras ella preparaba una cena suculenta. Tenían tiempo que no comían así de sabroso y abundante. Ya la situación había sido muy apremiante desde hacía meses y como si se tratara de alguna elástica, Isaira había aprendido a estirar lo que tenían lo más que se pudiese. Así lo haría siempre y era de sorprender cuanto le duraba el mercado, sin por supuesto; dejar de comer nunca. Los muchachos se quedaron dormidos temprano. Ellos como de costumbre se sentaron frente a la casa. Al rato un vecino se unía a ellos y luego otro y así, al cabo de media hora aproximadamente, se formaba un pequeño grupo que se divertía de lo lindo gracias a las ocurrencias chistosas de Zenón. Isaira se desternillaba de la risa y por poco se orinaba, ya que su esfínter en ocasiones cedía ante la crisis de diversión. Aún así, no dejaba de echar un ojo hasta la hamaca donde estaban durmiendo los muchachos.
Esa noche ya estando en su hamaca, conversaron largamente en cuanto a lo que ambicionaban. Querían una solución habitacional cuanto antes y entonces eso pasó a ser su prioridad. Pero el gran problema radicaba en que lo poco que ganaba Zenón en la construcción,a duras penas alcanzaba para adquirir los alimentos y eso que comprando lo básico. Y eso básico consistía en su mayoría, alimentos en conserva; ya que no contaban con refrigeración. Eso mellaba el presupuesto. En virtud de ello, Isaira se había propuesto y así se lo hizo saber a su marido, a colaborar con su trabajo para juntar un dinerillo extra para sus firmes propósitos. Entonces, estando de acuerdo por no tener otra alternativa, compraron un molino y una cocina de kerosene de dos hornillas. Adquirieron un saco de maíz y así nació un pequeño comercio. Comenzaron vendiendo arepas “peladas”, típico plato de la región. Tuvieron aceptación de inmediato. La gente acostumbraba a invertir en facilismo. Y esa era la clave, hacer el trabajo de otros. Los vecinos gastaban un poco más, pero no tendrían el trabajo de hacer las arepas. Por otro lado, gracias a que Eloísa había aprendido de su madre las bondades de las plantas medicinales, ésta a su vez les había transmitido esos conocimientos a sus hijas. Isaira también se valdría de ello para ganar lo que les urgía, para ir comprando el material necesario y con ello, ir haciendo por lo menos una pieza propia donde vivir. Así nació la idea que daría a luz a la casa familiar que con el tiempo, pasaría a ser una bella residencia construida en un primer término por las expertas manos de Zenón y en un futuro, ayudado por la muchachera.
Por las noches, Isaira colocaba el maíz a cocinar en una enorme olla. Le ponía un poco de “cal” para que largara la concha con facilidad. Además de ellos, cocinaba los montes con los que hacía sus jarabes medicinales que buena demanda comenzaron a tener desde un principio.Era muy frecuente que la población utilizara la fitoterapia para curar los males. La red sanitaria resultaba incipiente y entonces se acudía a quienes manejaban sus conocimientos botánicos para tratar los males que comúnmente aquejaban. Los más comunes eran el mal de ojos. Asi se le llamaba a las afecciones indeterminadas que afectaban a los pequeñines que les provocaban profusas deposiciones. La planta que se usaba en esa localidad con mucha frecuencia, era la “altamisa”. Se trataba de unarbustomanejado en el tratamiento casero cotidianopara aliviar una diversidad deafecciones, principalmente el mal de ojos. Además curaba los de barriga, de cabeza y aquellos tan martirizantes como lo eran los menstruales.Realizaba una especie de brebaje con esa planta.
Para “destapar” las trompas de las mujeres que por más que lo intentaban no lograban quedar preñadas, preparaba también un guarapo a base de aloe vera (zábila). Cortaba las pencas y retiraba los cristales, los que colocaba en recipientes de vidrio. Le agregaba especies varias como canela, nuez moscada, anís estrellado y otras que le proveían de un olor característico. También le agregaba brandi y miel de abejas. Luego, colocaba los frascos al “sereno” durante diez días con sus noches. Con eso se curaban una infinidad de males y las mujeres de seguro, quedaban encintas. Claro, con una pequeña ayuda de sus maridos. También ese jarabe aliviaba los desordenes menstruales y depuraba la sangre, entre otras virtudes. No paraba de trabajar la bella madre de familia. Durante todo el día, con Dimas a cuesta y Jaime pegado de su falda, preparaba las arepas y también una serie de dulces típicos que eran muy solicitados, sobre todo por la muchachera que vivía en la zona.
Ya al cabo de unos pocos meses, tenían unos pocos ahorros. Lorenzo, a quien le decían Lencho, un caballero amistoso a quien conoció en aquellas lides laborales, aconsejó y convenció a Zenón de delimitar; por no decir invadir, una parcela. Al fin de cuentas no se le dijo más invasión a aquel proceder. En verdad aquellos ciudadanos necesitaban una vivienda y esos terrenos baldíos habían resultado, luego de haber sido abandonados; guaridas de desadaptados y una verdadera jungla por la enorme cantidad de vegetación en la que habitaban cualquier cantidad de bichos: serpientes de todo tipo (habían sido afectados por varias de esas bichas, muchas personas, sobre todo niños; ya que la mayoría eran venenosas, crótalos la mayor parte de ellas, mejor conocidas como cascabeles), ratas, cucarachas, tuqueques, arácnidos gigantescos y muchas más alimañas a los que nadie conocía.Saldría más favorecido el Estado que aquellas personas sin hogar. En todo caso, al no tener dueños que reclamaran, esos terrenos pasaron a ser propiedad del Estado. Se convirtieron en terrenos ejidos, tal como rezaba el estamento legal y aún en la actualidad así lo determina. El domingo siguiente fueron los cuatros a donde estaba el terreno.
Isaira de inmediato quedó fascinada por la sola idea de poder tener algo propio, por más pequeño que fuese. Al llegar, ubicaron una parcela que ambos consideraron apropiada. La delimitaron y Zenón con unas cuerdas de nylon dejó claro que ya estaba comprometido ese pedazo de terreno. Justo en ese momento se presentó otra pareja con tres niños, dos de ellos ya creciditos y otro en los brazos, tal como también lo estaba Dimas en los de Isaira. Congeniaron de inmediato. Era una pareja con sus hijos, que hacía poco habíanemigrado desde un pueblo del occidente del Estado y que, al igual como ellos, habían decidido buscar nuevos horizontes en dondeencontrar mejores oportunidades; con la finalidad de echar adelante a sus hijos de la mejor manera. Se trataban de Sixto y Bruna, además de sus pequeños: Ramón (Monche), María Isabel (Mary) y Sixto (Chicho). Desde ese momento fueron vecinos para siempre. Los hijos de ambas familias crecieron como si de hermanos se tratara. Era esa la amistad, uno de los sentimientos más nobles que existe.
Para aquella época, las calles se volvieron a convulsionar por enésima vez. Pero en esa ocasión se tratódel primero de los tres grandes eventos subversivos que pusieron a temblar al gobernante. Fue unainsurrección castrense de “derecha”. Este ataque a la constitucionalidad permitió a los sediciosostomar momentáneamente el control de un cuartel y la gobernación del Estado en el que estaba situada la institución militar. El Gobierno frustróel alzamientocasi que de inmediato, gracias a la oportuna intervención de las Fuerzas Armadascon ellamentable resultado de 30 muertos y 50 heridos. Contario a lo que habían pensado los alzados, el pueblo en su gran mayoría, repudió a la rebelión militar. Tres días después, fue debelado otro golpe militar que debió estallar junto al anterior. Era el precio que el gobernante tendría que pagar por no doblegarse a muchos intereses particulares. Implicaban ideales venidos desde regímenes totalitarios que continuaban asidos en aquella parte del globo terráqueo. Valerosamente el Presidente, padre de la democracia (remoquete con el cual pasaría a la historia), tuvo que hacerle frente a una sucesión de escenarios violentos protagonizados por los grupos revoltosos locales,imbuidospor una nefasta revolución isleña y apoyados por los peores dictadores de la región. Esa posición anticomunista del presidente, contó con el apoyo irrestricto de las Fuerzas Armadas Nacionales y gracias a ello, pudo soportarlas muchas confabulaciones en su contra.