donde se dispusieron a hablar animadamente, ya estando Jesús fuera del tormentoso abrazo de la timidez desmedida que lo había tenido paralizado por completo. No conversaron por el verdadero motivo de aquella visita que ya se presagiaba que no era de pura cortesía. La situación económica desastrosa que envolvía a todo el territorio nacional no era un secreto para nadie. Todos sabían que en la capital y en los Estados industrializados como lo era aquel, se concentraba la mayor parte de las fuentes de empleo. Por ello la desbandada de personas provenientes del interior del país significaba una constante. No había puestos de trabajo para tantas personas, como consecuencia, las puertas de las industrias permanecían colmadas de personas desempleadas que imploraban una oportunidad. Era

