Támesis:
—Ya se fue —informa Belial mientras da un paso atrás, aumentando la distancia entre nosotros.
—¿Eso fue realmente necesario? —Pregunto, señalando el lugar donde había estado hasta hace unos segundos.
—No, pero era mejor si creía que estaba coqueteando contigo. Así no se habría atrevido a acercarse —se encoge de hombros de manera despreocupada.
Hago una mueca de desagrado. No me gustan los tipos como mi hermano. Aunque pensándolo mejor, ni siquiera me gusta algún tipo.
—Ese demonio... —comienza a decir, refiriéndose al chico de ojos flameantes.
—No —lo interrumpo —, no es un demonio.
Belial frunce el ceño y sus ojos totalmente negros me cuestionan.
—No me preguntes. Sólo lo sé —es mi turno de encogerme de hombros. —Hay algo en él que lo delata. Es demaciado fuerte, poderoso. Es como si fuera...
—¿Alguien como tú? —Pregunta, rellenando el repentino silencio.
Aprieto la mandíbula al escucharlo. Pues sí, me refería a alguien como yo, pero eso no significa que me gustaba como sonaba.
Alguien como yo.
Un monstruo.
Me muerdo el labio inferior y bajo la mirada. A veces se me hace difícil hacerle frente a pensamientos como esos.
Belial coloca una mano en mi barbilla para alzar mi rostro. Una suave sonrisa está instalada en su boca y sus ojos, aunque sin alma, se veían cálidos.
—No te preocupes, pequeña. Sabes que siempre estaré a tu lado. Se lo prometí a mamá —susurra de forma cuidadosa.
Asiento con la cabeza y le regalo una pequeña sonrisa.
—Ahora me tengo que ir —dice, dándose la vuelta, pero no había dado ni dos pasos antes de detenerse. —Ah, se me olvidaba algo —me hecha un vistazo por encima de su hombro. —Las inscripciones del torneo ya han empezado. Suerte con eso.
Se despide con un gesto de la mano y comienza a caminar en dirección a su clase.
Me quedo mirando su espalda mientras proceso la información que me acaba de dar mi hermano.
Pestañeo una vez. Luego otra. Hasta que la palabra que llevaba siglos en mi mente se hace presente.
Venganza.
Corro lo más rápido que puedo por los pasillos. Esquivo demonios por el camino sin reparar realmente en ellos. Tomo las curvas con gran velocidad hasta llegar a la puerta del edificio. El timbre de comienzo de las clases suena, pero lo ignoro totalmente. Sólo podía pensar en llegar a la plaza lo más rápido posible.
Jadeo por el esfuerzo pero continúo corriendo. Visualizo el gran libro de inscripciones que, por ser a esta hora, no tenía a nadie a su alrededor.
Me paro en seco frente a él. Leo lo que tiene escrito de forma rápida y verifico si aún quedan puestos disponibles.
Estimados estudiantes, esta es la inscripción del torneo anual de la Academia. Tiene como fin buscar a los jóvenes más fuertes para formar mi gran ejército en el Inframundo. Las reglas estarán escritas aunque supongo que ya las sabéis. Igualmente espero que cada uno de ustedes pueda pasar la prueba con éxito. Los espero.
Atentamente:
Lucifer.
Ese hijo de puta.
Para sellar su inscripción debe dejar caer su sangre en el libro. Este le hará saber si es admitido o no.
Se permiten armas propias.
Pueden desatar todo su poder.
El combate no se detiene a menos que uno de los dos se rinda.
Entrar bajo su propio riesgo, ya que no garantizamos que pueda salir vivo.
Sí, sí. Lo mismo de siempre.
Paso a la sección de inscripciones.
Amaimon.
Iblis.
Axade.
Ramiel.
Sólo esos cuatro.
Doy un suspiro de alivio al ver que todavía quedaban vacantes.
Tomo la pluma rápidamente y escribo mi nombre en el papel. Luego, con la misma punta de esta, me hago un corte en el pulgar y dijo caer una gota carmesí al lado de la tinta.
—Por favor, que esta vez funcione —comenzo a rezar en voz baja.
Llevo ya dos años perfeccionando el arte de guiar mi propia sangre a distintas partes de mi cuerpo. He hecho que todas mis partículas demoniacas suban a la superficie, y así hacer que el gran libro no detecte mi condición como híbrido.
Unos minutos después, mi nombre aún no se a borrado.
Todo el aire que contenía inconscientemente en mis pulmones sale de golpe al sentir una ola de alivio recorrer mi cuerpo. Sonrío, satisfecha de lograr mi cometido. Al fin podré llevar a cabo mi plan.
—¿Qué es eso? —Pregunta una profunda voz masculina a mis espaldas.
Pego un salto por la sorpresa y me aparto rápidamente del sujeto. Maldigo una y otra vez el sello que mantiene encerrado mis poderes. De no ser por eso, habría notado la presencia de cualquiera que estuviera a metros de distancia.
—¿Qué es que? —Divago sin girarme, pues no estaba interesada en el intruso.
—Esa cosa donde acabas de echar sangre —explica.
Pongo los ojos en blanco. Al parecer es uno de esos nuevos estudiantes de primer año.
—Es algo en lo que no deberías meterte a menos que quieras morir —respondo con fastidio.
—¿Ah, si? —Parece algo curioso. —¿Y tú quieres morir?
Aprieto los labios hasta convertirlos en una fina línea. Comienzo a caminar para alejarme del campus e ignorarlo totalmente.
—Espera —me pide mientras toma mi mano para detenerme.
Me paro en seco al sentir su contacto. En ese instante, una fuerte corriente eléctrica recorre mi piel y un calor abrasador, seguramente procedente del mismo infierno, quema mi alma. Mi corazón se acelera de tal forma que parece querer salirse de mi pecho. Todo mi cuerpo se tensa. Cada fibra de mi ser se impregna de un vacío inigualable. Es como si mi cuerpo flotara y todo se desvaneciera a mi alrededor. No soy consciente de nada más que de su tacto en mi mano.
Giro muy lentamente hacia él. Mi mirada cae en nuestras manos unidas y luego subo la vista para, al fin, contemplar a la persona que ha alterado tanto mi organismo.
Todas las sensaciones se intensifican cuando mis ojos se topan con los suyos, ahora sumando millones de mariposas en mi estómago y un fuerte anhelo en mi pecho.
Sus ojos como llamas parecen proyectar exactamente lo mismo.
Poco a poco acorta la distancia. Soy consciente de cada parte de su cuerpo y cómo va entrando en contacto con el mío. Su musculatura, más acentuada vista de cerca, es atrayente. Pero su rostro... sus facciones angelicales harían que cualquiera cayera a sus pies con sólo una mirada de su parte.
Su aliento me roza el oído derecho. En este instante estamos casi completamente pegados, pero me olvido de ello al segundo que escucho su susurro.
—Te encontré.
Su voz es profunda y melodiosa, seductora. Al instante me veo atrapada en sus redes, aún experimentando el fuego en mis venas y la electricidad en mi piel. La bruma de los recuerdos me envuelve por unos instantes.
—¿Mamá, cómo conociste a papá? —Pregunto de forma inocente y con mi aniñada voz cantarina.
La hermosa mujer pelirroja que me abraza con cariño me sonríe dulcemente y me acaricia mi pelo rizo.
—Sólo miré al cielo. Allí estaba él, con sus grandes alas de plumas brillantes y su magnífica espada enfundada en la cadera. Es un ser hermoso y fuerte, con un gran poder y un horrendo sentido del humor —me cuenta mientras me hace cosquillas en mi pancita para hacerme reír.
Yo suelto un chillido divertido y trato de deshacerme de sus manos.
—¿Y qué sucedió después? —Curioseo.
—Pues él llevaba días buscándome, porque yo me había escapado de casa. Tenía órdenes de capturarme antes de que me localizara cualquier otra persona. Pero cuando se acercó para sostenerme, con un sólo roce desató el infierno. Se sentía como si estuviéramos en el espacio, todo a nuestro alrededor se desvaneció. Una corriente nos mantenía juntos mientras unas llamas nos quemaban la piel. Cuando sus ojos y los míos, tan diferentes, se encontraron, nos olvidamos de todos para sólo concentrarnos en nosotros mismos —me confiesa mientras tiene la mirada perdida en el infinito... o en un recuerdo lejano.
—¿Qué fue todo eso? —Indago, aún más curiosa.
—Eso... pues, no lo sé. Algunos lo llaman impregnar, otros los llaman el encuentro de las almas gemelas, e incluso lo llaman... amor —me explica mientras me toca la punta de la nariz.
—¿Qué es el amor?
Mamá se ríe y coloca su frente contra la mía.
—El amor es un sentimiento muy fuerte. Es fuego. Es hielo. Es electricidad. Es dolor. Es felicidad. Es tristeza y belleza. Es el cielo azul o el aire puro. Es dejar de preocuparte por ti para velar por otra persona. Amar a alguien es darle el poder de destrozarte y tener fe en que no lo hará.
A mi joven cerebro se le hace difícil comprender sus palabras, pero eso no me detiene de hacer mi próxima pregunta.
—¿Yo tendré eso algún día?
La sonrisa de mamá crece y su belleza aumenta con ella.
—Claro que sí, mi pequeña Támesis. Algún día.
Ahora entiendo lo que ella quiso decir. Ahora comprendo todo eso que ella me había explicado. Ahora... justo ahora, me he tropezado con "el amor" de lleno.
Tomo una inhalación profunda. Mamá tenía razón. Ella sufrió demaciado por este estúpido sentimiento.
Doy un paso atrás, deshaciendo nuestro contacto. La mirada del chico pelinegro se vuelve confusa. Yo niego levemente con la cabeza justo antes de darme la vuelta y escapar casi corriendo de ese lugar, dejando atrás a mi alma gemela y a mi única esperanza de redención.