La familia de Siria.
Tener a Andaria como protagonista central no sería justo. Nuestra corsaria es la clave del arco argumental en la Isla Primara.
Continuemos donde quedamos. Entraron en la ciudadela. Las casas aquí están juntas, dejando escasos callejones. Aprovecharon de internarse en la zona trasera de un establo, donde Siria deshizo el hechizo de invisibilidad. El ambiente era distinto, se respira un aroma tropucal con el campo de hectáreas. La cosecha prospera y el invierno no arremete contra ellos, importan tabaco como también vino y ron de calidad inombrable a cambio de provisiones para subsitir el comercio de alimentos. El olor a orina es menos perceptible. Se escuchan las palmas batiendose en el firmamento, un barrendero en la calle y el pulular de los caminantes combinado con la cacofonía de conversaciones y murnullos. Siria hace el gesto de «sigueme». Andaria fue detrás ella.
El entorno era apacible, el cielo limpio con nubes oníricas, blancas como la leche. Una mesquita en el centro de la ciudadela secciona las calles en forma de cruz. La atalaya se alza con el águila definiendo un círculo del éxodo. Pasearon sin llamar la atención, las capas funcionaban a la perfección. Guardias, brigadas, centinelas y jinetes no prestaban atención a sus frágiles apariencias de damas, aunque Siria parece una pantera y nuestra corsaria se siente orgullosa de ello.
Al doble por una esquina que da calle abajo por una escalera, donde las casas se ven frente a frente al costado, con fachadas similares arqueadas, Andaria no pudo evitar la gala de colores que los tendederos exiben, agradeció la sombra que proporcionan los techos. Se detuvieron frente una puerta con visor corredizo en la parte superior. Reunió valor, respirando y relajando los músculos. Sonó el cuello dos veces y movió el anillo de la aldaba felina. Un gato atigrado salió al borde de la ventana, cuando vio a Siria, saltó a las piernas de su ama, recostando el lomo con maullidos de emoción contenida.
La puerta se abrió, un rostro enjuto apareció, después tres cabecitas se asomaron, todos sonrieron. Los hernanos —todos varones—, salieron a abrazar a Siria. El gato tuvo que ocultarse en una caja cercana por la multitud.
—¡Hermana, has vuelto! —gritó el más pequeño rodeando la bota con los brazos gorditos.
—Teniamos miedo que hubieras muerto —dijo el hermano que aparenta doce o trece años y le llega al pecho.
—¡Papá, mamá, Siria regresó! —dijo el hermano del medio, debería tener unos siete u ocho años.
Andaria escrutó que en el interior hay un resplandor naranja como una especie de chimenea encendila, una sombra se alarga, caminando despacio luego sigue otra que lo toma del brazo y se vuelven una mancha enorme. Dos padres de apariencia abnegada salieron, la madre con el cabello cano resaltando su tonalidad morena, rodeó de besos a su hija. El padre quedó con los brazos cruzados y una mirada de reproche atroz. El señor es alto y su musculatura habla por si sola, tiene un chaleco sin nada en el fondo, mostrando el torso siguiendole unos pantalones de lino.
—Has vuelto, Siria —dijo la potente voz grave del padre, un gorila y él se llevarían bien.
—¡Estás hermosa, hija mía! —dijo la madre apartando a los hermanos para asegurarse que realmente es ella.
—¡Hermana! —dijo el menor, captando la atención—. ¡¿Has traído algo?!
Ella asintió y entregó el saquito con los minerales robados, luego el saco aterciopelado que tenía más valor reunido.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunta la madre con las manos trémulos, reconoció el blasón calvarian en el terciopelo, después vio la capa y acto seguido a Andaria—. ¿Qué es esto? ¿Quién es ella?
Todos miraron con horror a Andaria, pues parecía una auténtica calvarian.
—No teman, soy Andaria de Mesti —dijo inclinándose, guiñando un ojo.
—¡Dioses, dioses nos han escuchado! —Agarra a Andaria por el antebrazo y apartando al gorila la introduce en la casa—. Princesa Andaria —miró fijamente los ojos—. ¡Dioses de la tierra, dioses del alba, dioses del infinito! ¡Es usted! —Se desmaya, pero a tiempo, el hermano del medio la sostuvo.
—Madre es fanática a la monarquía celistiana, ya ves ¿no? —dijo. Puso el cuerpo en la mecedora frente la chinenea encendida.
—¡Princesa Andaria! —exclamaron los otros hernanos, acercándose para admirar la figura que tantas historias habían escuchado de sus abuelos y madre—. Es hermosa, una sirena como la describen.
—Je, gracias —dijo Andaria sonrojada.
Corregir el título es una nimiedad, prefiere que la sigan llamando «princesa». Si nos fijamos, Nustredam está siendo gobernado por otros factores de confianza que de la misma Mesti.
—¿Por qué traes el peligro a nuestra familia, Siria? —pregunto el padre con la vista clavada en Andaria. El único que no está impresionado—. Salga de mi casa, ahora.
Siria entró con paso decidido, pero su padre la retiene.
—¿A dónde vas? No eres bienvenida y tu amiga tampoco. —La cara arrugada en una expresión de odio que hubiera avivado las llamas de la chimenea.
—Hmmm...
—Un voto de silencio no traerá de vuelta a los muertos, lárgate y no traigas el infortunio —dijo subiendo el tono de voz.
Siria no hizo caso y pasó por debajo del brazo. Su padre la tomó por los hombros pero ella se libró con agilidad, anduvo hasta la madre y sacó las cartas de los senos. Dejó las misivas en las piernas morenas cubiertas por el delantal viejo y manchado.
Andaria dio varios pasos para retirarse de la escena, esperando afuera con la cabeza gacha. El padre tenía el brillo cristalino de la tristeza y furia, hervía por dentro.
—Hermana, no te vayas —dijo el hermano del medio.
—¡Padre, ella trae paz para nuestro hogar! Necesitamos a Siria, dependemos de ella —dijo el hermano mayor furioso.
—Una ladrona no es digna de traer paz y orgullo a la familia —replicó tajante mientras Siria está arrodillada con los ojos cerrados frente su madre aún desmayada—. Ella no es modelo a seguir para ustedes.
—La princesa está aquí, vino con ella —dijo el hermano mayor.
—Hay señales de una posible revolución —dijo el hermano del medio.
—¡Revolución! —gritó el hermano menor buscando la espada de madera y corriendo en la estancia—. ¡Muerte al fénix!
—¡Callense! —Arrebató la espada al niño, este se fue a ocultar a un costado de Siria—. La corona querrá situar su bota en nosotros, Primara debe vencer por su libertad e independencia, no debemos seguir un azulejo o un fénix, debemos seguir nuestros propios gobernantes.
Siria sonrió a la sombra del tricornio y el rezo.
—Caballero, disculpe —dijo Andaria con voz altiva, todos excepto Siria y la madre vieron a la reina—. La misión es liberar las islas de la amenaza de Calvior, mi objetivo no es establecer un gobierno títere como los antecesores a la corona.
—¡Ja! Una princesa con agallas y aires de ser reina...
—Soy reina, mis padres fueron víctimas de la flota fantasma —dijo Andaria con un destello de ira en la mirada, sus ojos se volvieron umbríos.
El crispar de las llamas amaneisaba la tensión de la atmósfera.
—¿Cómo no supimos de la muerte del rey y la reina? —preguntó el padre, su mente era un remolino confuso.
Siria se levanta con los ojos al techo, ahora la atención era ella. Giró e indicó que su hermano mayor la siguiera al exterior, ella lo abrazó.
«Hermano, son las cartas de Rajhan antes de fallecer. Su fortuna permanece intacta en algún sitio de la isla, cuando liberemos Primara, podrán acceder», comunicó por telepatía a su hermano.
—¿Y la reina? —musitó.
«Cuiden de Andaria, regresaré temprano y nos hospedaremos en un hostal cercano para no atormenrar a padre. La memoria de Rajhan debe vengarse», respondió.
El hermano mayor caminó tragando saliva con dificultad, el sonido de la calle se iba apagando, una señora hablaba fuerte en la pared vecina, el gato maulla a Siria.
—Su Majestad, puede quedarse hasta el regreso de Siria —comunicó el hermano mayor con un inclinación.
—Pero, estamos juntas en la liberación de Primara, ella no puede hacer todo sola —dijo Andaria mirándolos como si estuvieran locos. De pronto salió a la fachada y vio que Siria se había ido.
—¿Por qué actua con tanto secretismo? —pregunta Andaria en voz alta.
—Rajhan, es el motivo de sus acciones en la isla —dijo el padre con semblante sereno—. Fue nuestro primer hijo y el hermano modelo de Siria, todo lo que ella sabe es gracias a Rajhan. —Se acercó a la reina—. Espere con nosotros y explíque sus intenciones al librarnos de Calvior, me interesa escuchar sus planes, Su Majestad —pronunció el título con dificultad.
—Vale —dijo Andaria resignada, pero el ánimo volvió cuando los hermanos enpezaron a hacerle preguntas y el ambiente en contra de ella se tornó a favor.
***
El gobernador.
Dormido en el alma está el asesino, despierta con nuestra naturaleza. Siria escala el alféizar de una casa, se aupa en el tejado y sube al techo de losas. Desde la altura vislumbra la atalaya de la mesquita. Calcula la hora por el sol, el águila sigue esbozando un círculo en la atalaya. Centinelas armados con mosquetes marchan en las garitas apostadas en algunos techos lejanos. Viaja la vista con la línea de la muralla, hasta llegar a la conexión del bastión. Desplazándose en sigilo, pisando las losas correctamente y con maestría, salta en una aberura, aterriza en el callejón. Sale a la calle cubriéndose con los traseuntes, deshizo el conjuro. La trampa por suerte y por causas del destino estaba ejecutándose.
La gobernación era un lugar custodiado, un edificio de tres plantas con talante renacentista. Reforzado los casacas carmesí por la situación de los infiltrados que ya había llegado a pasar el boca en boca de la ciudadela. Fácil fue la entrada, esperó al secretario —un aledado con chaqué y apariencia de ratón—, y siguió apremiante escalando la primera ventana, saltó a la segunda donde charlaba una marquesa, y aferrándose a un nicho rocoso, se impulsa para sostenerse al tercer alféizar, encaramandose, cae como un gato dentro del despacho.
—La muerte del archiduque es un mal augurio, señor Nortier —dijo una voz raspada.
Extrajo la pistola cargada, tenía una bala infalible para la cabeza del gobernador.
—Al canto del gallo llegarán refuerzos de la flota fantasma —dijo el gobernador con voz de alcurnia—. Los infiltrados no tardarán en morir.
—Cuidado señor Nortier, la muerte no tarda, llega sin esperanza —corrigió.
Siria se acercó un poco al borde para identificar al de la voz raspada.
—¿Qué insinua usted? —preguntó ofendido.
—Nada que pueda herir su sensibilidad, señor Nortier.
—Debería cuidar su dialecto, no estamos escribiendo versículos o frases de literatura —aclaró el gobernador, escapando un hilo de susto.
—¿Teme pagar por vender la isla a una lunática pirata? —preguntó de manera amenazante, el gobernador balbuceó algo incomprensible—. Le recuerdo su historial, señor Nortier, empenzando por su nombre falso.
Entró el secretario agobiado. Siria se ocultó cuando estaba a punto de guardar la imagen del desconocido.
—¡Señor, hay señales de conspiración! —exclamó aturdido por su propia voz.
—Parece que tenemos un leve problema con la isla, ¿no es así? —preguntó la voz raspada.
—Por favor Richefort, reserve la opinión y permita que hable mi secretario —sentía alivio en la voz.
—En la taberna han detenido cuatro sosprechosos, imprecaban temerarias conjuras en contra de la corona —dijo orgulloso de transmitir el mensaje oral.
—Ameriran mi presencia en el despacho del juez, ¿correcto? —preguntó el gobernador.
—¡Sí, señor!
—Nuestra señora no estará de humor para recibir ciertas noticias. —Sonaron las sillas—. Debería tener cuidado, lo repito señor Nortier, Miaravich no quiere sanguijuelas en la corte —dijo la voz raspada.
—No-no Richefort... Vamos y evalúe usted la situación...
Siria salió del escondite, apuntó al gobernador y disparó. El panfleto cayó de culo en el asiento con el hueco en frente, corriendo un río de sangre que mancha el pañuelo, sus ojos quedaron bizcos del impacto, su boca quedó abierta en un grito permanente.
—¡Oh, invitados! —la voz raspada en un ser encapuchado con habito n***o, ciñendo la tela alrededor de la cintura con una cuerda dorada.
—¡Asesi...
—Absorga —dijo el encapuchado, tragando el alma del secretario, cierra la puerta y mira a Siria—. Sabía que estabas allí oculta liancana, conozco los de tu r**a y espero tengas en cuenta que algún día vendrá Miaravich a la isla con tanta querella formada. —Sonrió, sus dientes de marfil se asemejan al gato de Alicia—. Soy el conde Richefort, espero nos volvamos a ver... Sí, puedes huir, no me importa, ustedes los liancanos luchan por una causa perdida —dicho esto, desparece dejando tinieblas al oir los pasos pesados subir las escaleras.
Siria se marcha volviendo a conjurar el estado invisible. El conde Richefort es un mago oscuro.
***
Un hermano en las estrellas.
La madre de Siria regala un vestido cosido por la vecina a Andaria, entregándolo con parsimonia.
Titilan las estrellas en la profundidad del óleo celestial, bañando de plata, las constelaciones alrededor del plenilunio. En las tabernas cantaban, hablaban y en otras partes se escuchaban los sapos y grillos. Patrulla la guardia con faroles que tiñen sus rostros del amarrillo tenue. Una pareja hace el amor en la altura de un edificio, los gemidos ahogados por las paredes se oyen si aguzas el oído.
Siria aparece en la fachada, abriendo la puerta. El padre estaba reflexivo en un taburete, apoyando la espalda a la pared. La madre recibe con mismos y caricias a Siria.
—¡Estábamos preocupadas! —dijo la madre abrazando a la corsaria.
—Siria, necesito conversar contigo en presencia de Su Majestad —dijo el padre sin atisbo de severidad, pero su voz seguía igual de grave y potente.
—Tus hermanos están durmiendo —dijo la madre acompañando a Siria. Ayuda a sentarla en un taburete cerca de Andaria.
—Me alegra volver a verte —dijo Andaria palmeando el hombro de Siria—. Me debes explicaciones cuando termines el voto.
—Quizá termine pronto —dijo el padre levantándose, mirando con nostalgia el fuego—. No quiero perder otro hijo. —Dirigió la vista palidecente a Siria—. Deseo morir primero antes de verte morir, Siria.
—Expliqué nuestra misión en la isla y mis intenciones de librarla del yugo calvarian —dijo Andaria a Siria—. Ellos me contaron tus preocupaciones —Siria extendió los párpados avergonzada—, tenemos mucho de que hablar esta noche.
—En los oídos de la ciudadela —se sienta la madre en la mecedora—, un rumor alborotó el tímpano, es sobre la inesperada muerte del gobernador Nortier.
—Los vecinos fueron los primeros en comunicarlo —dijo el padre, adusto.
—Debemos ir a un hostal, nos quedaremos una noche para la planificación de planes —dijo Andaria con acritud—. Somos un equipo, no podemos actuar libremente como nos venga en gaba, estamos amenazados por los demás flancos y todo el espectáculo de hoy llegará a Miaravich.
Siria reflexionó el último fragmento. «Algún día vendrá Miaravich con tanta querella formada», la voz de Richefort inundaba de ecos su cerebro.
—Señora Seagan, señor Baltrow, gracias por la muestra de hospitalidad y los regalos provechosos, los atesoraré en el corazón. —Se inclina Andaria.
—Un honor haber tenido a Su Majestad en mi hogar. —Siria no había visto sonreír a su madre de aquella forma desde la muerte de Rajhan.
Al momento de la despedida, Siria decide ir a despedirse de sus hermanos. Cuando hubo terminado de besar en silencio las mejillas del menor y el del medio, la habitación del mayor estaba vacía y con ventana abierta de par en par. Cerró la puerta.
«¡El tonto quiere matar de un infarto a mis padres!», pensó Siria ocultando el fuego de la ira.
—¿Ocurre algo? —pregunta Andaria concluyendo el abrazo de despedida con Seagan.
Negó.
—Debe descansar, sus ánimos decaen cuando no duerme bien —dijo Seagan maternalmente.
El gato atigrado se despidió con maullidos, recostando el lomo en la pierna de Siria, ella lo cargó y le dio un beso.
—El mejor regalo de tu hermano, tenía en cuenta tus actitudes felinas. —Abraza a Siria—. La reina me hizo ver el valor que aún tienes por dentro como mi hija, seas ladrona o asesina, seguiré amándote como un padre.
Una lágrima en la mejilla de Siria centelló con el resplandor del fuego. Andaria sintió el vacío de un padre, nunca recibió un abrazo del rey antes de fallecer.
—¡Bartrow, Siria tiene que irse, estará bien con la reina! —espetó Seagan sacudiéndo un trapo ajado.
—Ve y lamento haberte negado —dijo Bartrow besando la frente de su hija con los labios gruesos.
—¡Bartrow!
—¡Cálmate mujer! —brama de pronto.
Salieron
***
Voto de silencio.
Conoceremos las razones de exitir de Siria y el motivo de sus acciones.
Rajhan era un ladrón conocido en Lianca. Un bribon insoslayable que gustaba robar de las cestas y lanzar piropos ciegos como una caña de pesca a las doncellas.
Lianca es la tierra del algodón, crece una especie rara de planta donde extraes algodón, por ello tienen el «campo de algodón», no esquilan ovejas.
Iniciaremos aquel día cuando el ladrón es atrapado por intentar robar a un conde familiarizado con sus padres. Anteriormente, la profesión de Seagan era tejer y Bartrow traía el pan cada día con la ardua faena de la pesca. Tenían para vivir, eran conocidos por su afabilidad. La corona de Lianca guardaba estima a la familia cuando visitaban la provincia.
—¡No volverás a huir, ingrato! —exclamó un brigada que lo atrapó antes de poner pies en polvorosa y hacerse invisible.
—¡Ah, ah! Es el hijo de aquella familia humilde y bondadosa —exclamó el conde saliendo de la carroza—. ¡Hombre, sí es él! —dijo indignado al reconocerlo.
—Llevaba... ¡Ea, quieto!
Trató de zafarse con la vergüenza a tope. Otros guardias lo retuvieron por los brazos.
—¡Qué actitud! —dijo el conde como si fuera un chiste—. Jovencito, eres sin dudas una proeza mal gastada en artimañas, deberías alistarte en las filas del rey, servir a tu nación y no estar robando, maculando el nombre de tus padres.
—Sueltenme, devolveré el fajo —dijo Rajhan jadeando echando ojeada de suplica al temible brigada.
—Entregalo —extendió la mano, el conde—, prometo ordenar tu libertad.
Entrega el fajo aparentando calma.
—Pueden soltarlo caballeros...
—¡El cabrón ha cometido delitos, mi señor! —vociferó el brigada.
—Robar manzanas y lanzar piropos por ahí... Vale, son delitos estúpidos y detrás de todo delito se halla un motivo para actuar, ¿no es así? —Miró a Rajhan aprensivamente—. Su rostro jovial expresa que es su primer atraco arriesgado, tal vez sería mejor hacerle pasar un disgusto, pero estimo a sus padres y a fe de gentilhombre que herir un joven no está en mis ideales, espero nadie juzge mi bondad.
Los espectadores reunidos formando una media luna, murnuraban y lanzaban miradas fugaces a Rajhan, aquellas dedidacas a los delincuentes.
—Sueltenlo, llegaré tarde a la reunión con los ministros —dijo el conde abriendo la portezuela, batiendo la capa negra con el símbolo del clan Darklor al aire—. La próxima vez no tendre piedad, quedas absuelto.
—Gracias —dijo a secas Rajhan sobando los moretones donde lo habían agarrado.
—Deberías mostrar mayor gratitud mas entiendo que falta educación a tu gente —dijo con una sonrisa que enardeció el rostro de Rajhan.
—¡Conde Richefort, estamos listos! —anunció el brigada en el caballo.
—¡Oh, maravilloso! —dijo el conde apludiendo.
El cochero en el pescante restalló la fusta. Partieron a velocidad promedio en el sendero curveado, pasando las cercas que limitan los campos de algodón y al fondo, el ejemplar lago Mialoussi que conecta con Celis y el mar, ofreciendo destellos de las manifestaciones presentadas por el oleaje, refractando la unaminidad del sol.
Narré esta parte de la historia anónima porque Richefort no solamente es partidario de SoS, también fue un m*****o destacado en la corte de Lianca. Anduvo relacionado con la familia de Siria como leyeron y vieron en sus proyectores, era distinto a lo que es en la isla.
Volvamos a la continuidad del recuerdo. Rajhan fue aprendido por su padre cuando los chismes atravesaron la familia. Pero, ¿por qué roba? ¿Dónde está el motivo real, sincero y honesto del arte de robar? Pues, en su hogar de una sola planta bastante pobre, carecía de ventanas ofreciendo un aspecto ófrico, llevaba las frutas robadas como regalo a su pequeña hermana.
Reciente denoté que el padre llevaba el pan cada día, pero no especifiqué, realmente es un pan por día. Las ventas del tejido de Seagan eran prósperas en temporadas mas la piratería desfasada del continente hicieron que las temporadas de mercaderes cesaran. Parecerá irónico que Siria siendo una corsaria es alérgica al pescado, lamentablemente no podía comer pez de ningún tipo, tampoco mariscos. Esto ponía en aprietos a la pequeña que chillaba cada noche con el estómago vacío. Sus padres dejaban de comer sufriendo las consecuencias. Rajhan tenía la posibilidad de alistarse a las filas del rey, pero dejar a su hermana y madre sola a merced de las tragedias que vive Lianca por culpa de vasallos marinos; sería injusto.
Por ello robaba, perfeccionando los conjuros de invisibilidad, adquiriendo una complexión atlética aunque delgada, su cara era huraña y lo conocían por hacer trampas en las apuestas con dados además del robo mencionado. Una Siria con falo, querido lector. De tez morena y trenzas, tenía a veces anillos o un zercillo en el lóbulo.
La mascota en aquel entonces, era un conejo esmeralda, ¿lo recuerdas? Los seres que danzaban para invocar Manos Blancas en los bosques de Celis. Era el favorito de Siria, jugaba con él, dando saltos en los campos. Una niña sin sentir el peso de la maldita realidad que sufría su nación, sin sentir la angustia de sus padres, sin sentir la frustración de su hermano.
Cada noche Rajhan traía algo distinto aunque el padre no lo consentía, no oponía resistencia, la madre lo agradecía, daba de comer a Siria.
La niña fue creciendo viendo el panorama de los años, disipando la neblina infantil que todo lo cubre, entrando a la razón de la adolescencia para entender el tergiversado mundo. Era conocida por la comarca y los reyes supieron de su existencia por Richefort, quien apoyaba constantemente a su padre con la pesca cuando podía estar presente en el castillo de la ladera.
Nos situamos el año y sol de la generación de los corsarios liancanos, autorizados por la corona para devastar a los piratas y quedarse con los botines. Solicitaban tripulantes, cada mes auspiciaba el servicio de los corsarios un hombre de tez bronceada, alto y ceñudo con casaca negra, ataviado con las pistolas, portando alfanje a un lado, dispuesto a reclutar quien desease ir en pos de fortuna. Algo similar a lo ocurrido durante la era de Edward Tatch, el famoso Barbanegra, previamente corsario a la orden de la corona británica para luego volverse al final de la guerra que no permitió hundir más barcos legalmente, convirtiéndose en pirata.
Nuestro Barbanegra es Black Sails, un famoso corsario y rival del Demonio Marino, otro corsario calvarian que sí se volvería pirata con la flota fantasma que conocemos. Sin embargo, en aquella época, eran unos don nadie, necesitaban tripulantes con urgencia.
—Deberías alistarte, Rajhan —dijo Bartrow sacando lanzando la red de pesca en el muelle, los peces daban saltos, chapoteando y salpicando—. El conde Richefort no dudaría en recomendarte, ayudarías sirviendo a la corona a seguir robando y estafando.
—Siria necesita de mi y madre no puede quedar sola —dijo Rajhan dando una dentellada a la manzana, su fruta favorita.
El ladrón de quince años masca degustando el fruto, sentado en una de las cajas. Voces en el fondo celebran la venía de Black Sails. Grupos de jovenes deseosos de servir al país se congregaban alrededor del corsario riendo a carcajadas como un San Nicolás, enseñando el hueco donde debería estar un diente.
—Piensa en el futuro, ¿cómo pretendes ayudar a Siria y tu madre? No soy eterno, hijo; vivir del hurto y robo te acarreará la horca más pronto que tarde, deseo no estar vivo cuando suceda, ningún padre quiere ver a su hijo morir. —Tomó la soga para tirar de la red. Rajhan lo apoya halando hacia atrás.
Sabias palabras con el lamento de un padre hacia su hijo en caminos viles, ahondaron en el rasocinio del adolescente.
Doce años tendría Siria, ¿qué crees que estaría haciendo? No está tejiendo con su madre, te lo aseguro, mucho menos estará jugando u orando en la capilla de la comarca. Aprovechó la oportunidad de saquear los hogares, las familias ofrecían a sus hijos, dejando la puerta abierta. Poco se podía extraer, unos minerales y objetos de valor inútil.
La comarca cada día se acercaba al abismo, en cualquier luna caerían en hambruna y de un día para tal vez no volver, partirían a poblados mejor asentados. El conde Richefort con catatonicos esfuerzos, solventaba la escases de provisiones en la comarca, intentó en vano, convecer a los reyes de importar algodón por tierra y cancelar los envíos a la mar.
Así pues, regresaba Siria con un mantel a modo de saco diminuto en la espalda, trayendo minerales ajenos, suficientes para comprar pan en la panadería que aún trataba de sobrevivir debido al pago a la corona elevado.
—¡Oh, mira Judith! La pequeña hija de Bartrow —dijo el panadero. Un hombre delgado como una rama con bigote polvoriento.
—¡Siria, la pequeña Siria! —exclamó la señora glotona, salió sacudiéndose la harina de las manos con el mantel y procedió a besar ambas mejillas, causándole risa a Siria.
—Quisiera dos panes, por favor —dijo entregando el saco. Judith lo recibió, empezó a contar los minerales—. ¿Cómo está el negocio?
—Digamos —el panadero hizo una mueca— que puede ir mejor, la falta de temporadas de mercaderes genera entradas nimias y es insuficiente para alivianar el pago de la materia prima.
—¿Y cómo están ustedes? —preguntó sin entender muy bien la explicación del panadero.
—Intentando domar el hado, tengo fe, los corsarios pondrán fin a esta tragedia —dijo apesadumbrado el panadero.
—¡Listo, iré por los panes! —dijo Judith sonriente, enjugándose el sudor.
—Ella sonríe aunque por dentro llore, ¿sabe usted? —dijo el panadero, diez años se sumaron al rostro demacrado.
—Lamento las circunstancias, espero pueda resultar de utilidad lo poco aportado —dijo Siria inclinándose.
—¡Lo poco! —Agitó las manos al techo de yeso—. ¡Lo poco es mucho siendo pobres!
Judith regresó con los panes en una cuba rasgada, recién salidos del horno.
—Gracias, Judith —dijo Siria, solemne. Recibió los dos panes.
—¡No te preocupes, hermosura! Un saludo a tu padre y abrazos eternos a tu madre —dijo Judith sonriente.
La niña feliz regresa a su casa con los dos panes. Como sabemos, domina el conjuro básico de invisibilidad. Aún estaba Black Sails entregando recomendaciones, inspeccionando los efebos de arriba y abajo, pero sin quererlo, miró a Siria y ella sintió el escozor de su mirada de águila. El corsario apartó al chico y siguió viendo a Siria con los ojos entornados.
«Lo traerá loco el mar», pensó Siria con cierto desdén y siguió el camino.
—¡Capitán Black! —llamó un hombre de familia.
—¿Conocen a la niña? —preguntó tan serio que los demás no dudaron en responder.
—¡Sí! —respondió una señora—, es la hija de una señor Baltrow y la señora Seagan; una familia modesta.
—¡Su hijo es un canalla! Ladrón de oficio —espetó un viejo arrugado.
—¿Un ladrón? —preguntó, rumiando.
«La niña desborda energía teniendo doce años. Su hermano mayor debe poseer el don de la magia, dos magos ilusorios en este pueblucho es mejor que cualquiera de estos blandengues», caviló Black.
Volteándose el corsario, se disculpa y prosigue escudriñando el catálogo.
Devora el ocaso las horas constantes del día. Rajhan regresa al pueblo con su padre..