Nathan Mi respiración era un desastre. Mis ojos iban del papel en mis manos a la bebé en los brazos de mi madre. Mi hija. O al menos eso aseguraba la carta. Eso decía su madre. Pero no era posible. Mis pensamientos giraban en círculos. Preservativos. Siempre los habíamos usado. Siempre. No había forma. Esto no tenía sentido. El silencio en el aire se sentía como una maldita sentencia. —Mamá, te lo juro, no es mía —mi voz sonó hueca, sin fuerza. Porque, en el fondo, sabía que existía una pequeña posibilidad. Pero Anaís y yo no éramos exclusivos. Mi madre exhaló un suspiro tenso y se pasó una mano por el rostro. —Este no es momento para juramentos, Nathan —dijo con el tono apenas contenido—. Esto es serio, es un bebé, por Dios. —¡Sé que es serio, mamá! —gruñí entre dientes, apr

