¿Felicidad?

701 Palabras
Me senté de nuevo en mi cama, crucé mis piernas y encendí la lámpara de mi mesa de noche. Mis manos temblaban como nunca antes. Abrí el sobre, saqué la hoja y vi su letra. Se me formó un nudo en la garganta. Leí la carta: “Se que han pasado varios meses desde la última vez que me comuniqué contigo, pero créeme que no ha sido mi decisión. Lamento no ser lo suficientemente valiente para enfrentar toda esta situación familiar que nos separa y que me mantiene obligado a estar alejado de ti. No sabes lo mucho que me lastima saber que no puedo estar a tu lado, que me mantienen cautivo de decisiones que no puedo controlar. Estoy harto de todo esto, pero no puedo simplemente ignorar nuestro pasado, no quiero. No quiero dejarte ir, olvidarme de tu mirada, de tu sonrisa, de tu compañía. No quiero borrar de mi vida tus besos, las conversaciones hasta el amanecer, nuestros sueños… No sabes lo que significas para mí, esta carta no describe para nada mis sentimientos. No sé cómo plasmarlos en palabras; un te amo se queda pequeño, muy pequeño. He intentado alejarme y obedecer a mi padre y su estúpida guerra con tu familia. Pero no puedo ignorar que estés tan cerca de mí. No puedo más. Te amo con mi vida, Ángeles. Necesito que lo sepas y que nunca lo olvides. Quiero y necesito verte, por favor. Te espero en nuestro lugar especial, hoy a media noche. Por siempre tú, mi Ángeles, por siempre”. Me puse de pie muy nerviosa, había esperado este momento siempre. Volver a verlo era lo único que quería en este mundo. Sentí que mi corazón iba a salirse de mi cuerpo, que la felicidad recorría de nuevo mi piel, pero aun así había un vacío grande entre nosotros; una ausencia sin sentido que había hecho que todo fuera parte del pasado; una guerra familiar fuerte que nos impedía avanzar y Jeremy que ahora era mi prometido. A pesar de todo eso quería ver a Brandon, también necesitaba verlo. Lo que sentía podía superar cualquier cosa. Ni Jeremy ni nuestras familias iban a impedir que volviera a verlo. Vi mi reloj y eran casi las 10 de la noche. Me di una ducha rápidamente, me vestí y le conté a mi madre lo que iba a hacer. Ella entendió y me cubrió con papá diciendo que saldría con mis amigas. Un taxi pasó a buscarme a los pocos minutos. Nuestro sitio especial era un mirador a las afuera de la ciudad. Siempre íbamos allá a ver la vista desde lo alto, a ver el cielo y las estrellas; siempre sentados bajo un gran árbol que decíamos que era nuestro cómplice. Llegué, y a lo lejos el reflejo de la luna dejaba ver la sombra del árbol. Caminé despacio muy nerviosa. Acaricié su corteza y miré a mi alrededor. No había nadie. Era precioso. Volver después de mucho tiempo era simplemente increíble. Coloqué mi espalda sobre el árbol y tras un profundo suspiro… escuché su voz pronunciar mi nombre. Giré apresurada para ubicar el sonido de su voz y ahí estaba Brandon, sosteniendo una rosa blanca. Como una niña pequeña, dibujé en mi rostro una sonrisa que no podía borrar y corrí hacia sus brazos que me esperaban para fundirnos en un abrazo que ambos anhelábamos con locura. Sentir sus manos acariciar mi espalda y escuchar el susurro de mi nombre una y otra vez era algo con lo que había soñado cada día desde su ausencia. Lo abracé con mucha fuerza y el también a mí. Lo miré con mis lágrimas recorriendo mi rostro y aunque estaba feliz, necesitaba respuestas. Intenté hablar, reprocharle tantas cosas, pero no podía, solo quería estar entre sus brazos. Acarició mis mejillas con sus dos manos, levantó mi rostro y sus labios acariciaron los míos despertando sensaciones que solo él me hacia sentir. Me dejé llevar, abracé su cuello y nos besamos como si el mañana no existiera. Estaba literalmente flotando entre las nubes. Pero, aunque todo parecía ser perfecto, era evidente que no lo era. Yo no era la misma y, quizás él tampoco lo era.
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