ARIANA Desperté sumida en una niebla espesa. Nada tenía sentido. ¿Dónde estaba? ¿Qué me había pasado? La memoria me fallaba por completo. Intenté moverme, y justo en ese momento la puerta se abrió. Instintivamente me enderecé, pero el movimiento me golpeó como un mazo. Me llevé una mano a la cabeza, soltando un quejido. Qué estupidez, levantarme así de golpe. —Vaya, al fin despiertas —soltó con una carcajada. Lo fulminé con la mirada y, sin pensarlo dos veces, le lancé lo primero que encontré: una almohada. La atrapó con una facilidad que me sacó más de quicio. —¿Qué rayos hago aquí? ¿Me raptaste o qué? —¿En serio no te acuerdas de nada de anoche? —me dijo, divertido. Solté un largo suspiro, cruzando los brazos. —¿Tú qué crees? Si lo supiera, ¿te estaría preguntando? Él no contes

