*Mikeila*
—Mikeila yo te reconozco como mi compañera destinada por los Dioses—afirmó Eleazar con una alegría que no solo se veía en su rostro, sino también en su olor.
No solo era excitación, tambien habia algo más, algo mucho más fuerte.
Una conexion que jamas pense tener.
Algo que el Consejo no me pudo arrebatar.
Solo los Dioses tenian ese poder.
Eleazar no agrego nada más, solo acerco su rostro al mio y usando de todo mi poder pegue mis labios a los suyos.
Si, esto era mio.
Solo mio.
Eleazar me pertenecia y yo a él.
Lastima que no duro mucho.
En un instante y sin poder evitarlo me pusieron en descanso.
Deje de sentir la conexión con Eleazar, el Consejo lo habia despojado de su poder sobre el pergamino.
Uno que solo tiene configurado algunas funciones.
El Consejo tenia tres en total.
El que entregaban a las distintas Razas, el que usaban para controlarme a distancia, que de seguro fue el que me dio la orden de dormir y un tercero que solo lo usaban cuando me resistia.
Uno que me dejaba al borde de la muerte.
—Mikeila despierta—suplico gruñendo Eleazar mientras me movía.
Intente hacerlo, pero estaba completamente bloqueada.
Mi cuerpo no me respondia.
Sentir que Eleazar se desesperaba solo me desesperaba más a mi.
Esta conexión tan fuerte que se habia creado entre nosotros, no era algo que queria perder.
No era algo que el Consejo me iba a arrebatar.
—Alfa tenemos un problema—informó un Lobo entrando en la habitación.
Estaba nervioso y agitado.
Eleazar le gruño, pero su atención fue llevada afuera de la casa.
Podia sentir varias presencias en el terreno de la casa.
Eleazar se acercó al balcón y se arrojó al vacío.
Su olor se fue alejando.
¿Sangre?
¿Lo que sentia era su sangre?
Una desesperación que nunca antes senti desperto en mi e intente levantarme, pero aunque lo hice con todas mis fuerzas no lo logre.
Podia oler la sangre de muchos, pero la de Eleazar se hacía presente en mi nariz de una manera que tapaba todas las demas.
—Te ordeno lograr la rendición de los Lobos, a cualquier precio—ordenó Proton a través del tercer pergamino.
La orden que llego a mi mente me hizo levantarme de la cama.
Fui hasta el balcón y me lance al vacío.
En un primer momento Eleazar no se dio cuenta de mi presencia, pero cuando me sintio una sonrisa ilumino su rostro.
Por favor no.
—Por orden del Consejo los Lobos deben rendirse ahora—indique con voz clara y fuerte.
Eleazar dejo de sonreir de inmediato y dio un paso adelante.
Todos los guerreros del Consejo se hicieron a un lado.
Los Lobos restantes no sabian que hacer.
—Encontraremos la manera de liberarte—afirmó Eleazar dando otro paso más hacia mi.
Mi pecho se lleno de calor.
Uno que me hizo tener un poco, solo un poco de conciencia.
—Ríndete por favor—pedí mirando sus ojos celestes como el cielo sin nubes.
Eleazar lo penso un momento, pero al final se arrodillo.
Todos los Lobos a nuestro alrededor tambien lo hicieron.
Una parte de mi sentia que estaba mal.
Que su sumisión estaba mal.
Queria gritar y decirles que no se rindieran, que pelearan hasta el final.
Pero los planes del Consejo eran otros.
Cai al suelo sin poder evitarlo.
Varios guerreros se acercaron a acomodarme en el suelo.
Podia sentir la respiración pesada de Eleazar.
Algo me decia que él tampoco disfrutaba de esa posición.
—Hubiera preferido que no te rindieras, los Lobos no son más que perros más grandes—comentó Chevron, un Inmortal m*****o del Consejo.
Eleazar le lanzo un gruñido.
Chevron se acerco a mi apreto uno de mis pechos.
Eleazar no se movio de su lugar.
Queria gritar, quería que no me tocara más.
Ya no queria ser tocada por nadie más.
¿Eleazar?
Si, a él se lo permitiria.
Tardaron dos horas en traer el sarcófago, cuando entre en él aun podia sentir la presencia de Eleazar y eso me hizo darme cuenta que potente era nuestra unión.
Eleazar me pertenece y yo a él.
Los Dioses asi lo habian decidido.
Me alejaron de los territorios de los Lobos en el sarcofago y aun cuando ya estabamos a varios kilometros aun podia sentir la presencia de Eleazar.
No estaba segura de que era eso que sentia, pero algo tan fuerte que aun estando dentro del sarcofago lo sentia solo significaban una cosa.
Los Dioses me habian dado a mi destino.
Y él me habia prometido que me liberaria.