Como habíamos decidido el día anterior, aquella mañana fuimos a navegar. Cogimos el barco y nos dirigimos hasta Baja California. Entramos en el golfo y nos anclamos ahí. Habíamos preparado Allison y yo un picnic para pasar el día y algunas bebidas. Así como llegamos, los tres se lanzaron al agua mientras que yo me quedé, una vez más, en la parte trasera del barco. El sol era más que cálido, pero la sensación en a piel era agradable. Todo lo que tuviera que ver con el sol, la calidez, me encantaba. El paisaje era increíblemente bonito. Nunca había estado aquí antes, quedándome completamente embelesada por la zona. Abrí el libro que había traído conmigo y me dispuse a leer. El día era perfecto, tranquilo y no había apenas ningún ruido.
—¿Vas a bañarte o tengo que lanzarte de nuevo? —bromeó Kai, sacándome abruptamente de mi lectura.
Acababa de subir al barco y venía directo hacia mí, con esa sonrisa que mostraba claramente alguna malévola idea. Le lancé una mirada de advertencia.
—Ni se te ocurra —entorné los ojos ligeramente. Él soltó una pequeña risa y se sentó a mi lado. Traté de seguir con mi lectura, pero ante la sensación de su constante mirada sobre mí, cerré el libro y giré mi rostro hacia él—. ¿Quieres algo?
—La verdad es que sí —dejó escapar una ahogada risa. Se removió en su lugar, quedando todavía más cara a cara—. Tengo un evento el Lunes al que debo llevar a una acompañante.
—Oh, ¿Y la morena ha dicho que no? —me burlé, llevándome la mano al pecho.
—Tonta. Te lo pido a ti. Quiero que tú seas mi acompañante.
—¿Yo? —alcé ambas cejas.
—Por favor —dijo en un puchero.
Traté de no mirarle, no podía resistirme a esa cara. Continuó, sabiendo a ciencia cierta que me resistía, pero de nuevo, era difícil.
—Basta —repliqué, cediendo—. Te acompaño, pero no me pongas esa cara.
Sonrió ampliamente, victorioso.
—Bien, ahora que ya está todo hablado, al agua —dijo levantándose.
—¿Qué? —expresé con total confusión ante su actitud.
Sin darme tiempo, me levantó. Cargó conmigo sobre sus hombros, y se dirigió al final de barco a paso firme hacia el agua. No, no, no, no, maldito. Sin pensárselo, se tiró al agua conmigo y nos hundimos en el mar. Nada más salir a la superficie, le salpiqué agua en la cara. Aunque eso no le importó, había conseguido de nuevo lanzarme al agua.
—Imbécil —intenté parecer molesta, pero ¿Cómo iba a estarlo? Este Kai que estaba descubriendo me encantaba.
Me hizo una señal para que esperara y nadó de nuevo hacia el barco, subió y cogió algo. Volvió a meterse, nadando de nuevo hacia mí.
—Vamos a explorar la zona —dijo tendiéndome una gafas de buceo y unas aletas.
—Eres imposible —admití una vez más.
Y con eso, partimos de allí, nadando.
Kai y yo llegamos hasta el arrecife que había en el golfo, no muy lejos. Una vez allí comenzamos a bucear, admirando todo lo que había bajo aquellas aguas. Era sencillamente hermoso. Había corales de todos los colores. Todo tipo de peces nada a toda prisa de un lado a otro y el agua estaba cristalina. Exploramos toda la zona e hicimos fotos con una cámara acuática que Kai había traído y llevaba en su muñeca acordonada. Nunca había visto algo así. Me enamoré completamente de todo aquello. Había peces enormes, nos rodeaban por todas partes.
Sumergidos una vez más, tomó mi mano y juntos buceamos por aquellas maravillosas profundidades. No dejamos ni un rincón sin explorar o fotografiar. Nos hicimos incluso alguna que otra foto juntos como recuerdo. El tiempo pasaba increíblemente deprisa junto a él, algo que odiaba. Me encantaba el tiempo que pasábamos juntos, siendo cada vez único. Estaba cayendo y lo sabía, pero me sentía tan bien con él que todo perdía preocupación.
Volvíamos al barco tras haber pasado toda la mañana en el arrecife. Cuando llegamos, él me detuvo y sin previo aviso me besó. Mis labios se movieron al compás de los suyos, con afán y su mano tomó mi rostro, acunándolo. Se separó y dejó un último y pequeño beso en mis labios.
—No sabes qué ganas tengo de que seas mi acompañante el Lunes —susurró contra mis labios.
Lo observé subir al barco, todavía conmovida. Relamí mis labios, como si tratara todavía de sentir los suyos. Eran como una droga. Maldito Kai Morgan, maldije mientras subía al barco tras él.
—Hey, ya estáis aquí —dijo Allison al vernos.
—Hemos ido al arrecife, estaba precioso —expliqué—. Hemos hecho un montón de fotos, luego os las enseñamos.
Nos sentamos con ellos y abrimos una cerveza. Les contamos todo lo que habíamos visto, toda nuestra mañana. De alguna manera, sentía que habíamos formado una especie familia entre nosotros en muy poco tiempo y ese sensación me encantaba. Definitivamente estaba siendo el mejor verano de mi vida a pesar de no haber sido para nada lo planeado, y tener a mis amigos junto a mí lo hacía todavía más especial. El tiempo que pasábamos los cuatro juntos era estupendo.
Estábamos picando algo de comer mientras seguíamos con las rondas de cerveza bien frías y disfrutábamos del perfecto día de verano que estaba haciendo. Pero me convertí en el centro de la conversación, contando mis peores anécdotas.
—¡No, no fue así! —me quejé, apuntando a Elliot con el dedo—. Pensaba que el chico me perseguía desde hacía tres calles, yo iba con los auriculares, ¿Cómo iba yo a enterarme de que se me habían caído las llaves?
Los tres rieron. Yo apreté mis labios, muerta de vergüenza al revivir el momento en mi mente.
—Le diste una patada ahí abajo, Georgie. Pobre hombre —Elliot hizo una mueca de dolor y volvió a reír, al igual que todos.
—Me alegra divertiros —dije con algo de indignación, pero no podía evitar reírme igual que ellos.
—Y un día —habló Allison esta vez apuntándome con el dedo, sonriendo con malicia. No Allie, no, por favor—. Estábamos en una perfumería y, aquí la inteligente, rompió al menos veinte perfumes. Y de los caros —al oír aquello me cubrí el rostro con mis manos por la vergüenza, recordando aquél día—. Al girarse le dio a la estantería y lo tiró todo. Menudo desastre.
—El perfume más caro de la historia —se burló mi hermano.
—Basta, por favor. Dejad de cebaros conmigo. Ya sé que soy un poco... torpe —dije y mordí mi labio inferior, abochornada.
—¿Un poco torpe? No he conocido alguien más torpe que tú en mi vida. Lo increíble es que hayas aguantado más de tres días sin causar algún estropicio.
Entonces lo recordé, haciendo una mueca que rápidamente todos entendieron.
—¿Qué? —inquirió Allison.
—Bueno... —mi voz se tornó aguda—. Quizá, puede ser que haya sucedido algo que no he contado...
—Oh, por Dios, ¿Qué has hecho ésta vez, Georgina? —insistió Elliot.
Desvié la mirada hacia Kai. Me observaba con una ceja enarcada, ansioso por conocer cuál era la reciente torpeza que yo había cometido. Respiré hondo, deseando que no se enfadara. No se lo había contado, entré en pánico y lo oculté.
—Verás... —me moví en mi asiento, cambiando de postura—. Es posible que rompiera algo en la casa —cerré los ojos con fuerza por un segundo esperando lo peor.
—Madre mía, qué has hecho... —dijo esta vez Kai.
—¿Sabes ese precioso juego de... creo que eran unos jarroncitos, algo raro, en el pasillo hacia el jardín trasero?
—Sí.
—Ya no están.
—¡Georgina! —me reprendió Elliot.
—¡¿Qué?! —exclamé, mirándolo un segundo—. Yo no quería. Me quise acercar a verlos, tropecé y los tiré. Apenas hacía unas horas que había llegado a esta casa. Entré en pánico y lo tiré. Recoloqué todo en la mesa esperando que no se notara.
—Y lo conseguiste —se burló Kai—. No tenía ni idea hasta ahora.
—Lo siento —me disculpé así como mi ceño se fruncía y mis labios se apretaron con fuerza.
—No importa. Lo compró mi madre para la casa, no era algo de valor sentimental ni para ella ni para mí —intentó tranquilizarme. Se revolvió en su asiento y se inclinó un poco hacia mí—. ¿Algo más que deba saber?
Negué con la cabeza, apretando mis labios en una fina línea.
—Eres de lo que no hay, Gegi —comentó Allison en un suspiro.
—No es mi culpa ser un imán para estas situaciones. No puedo evitarlo, vienen a mí —me excusé.
—Bueno, ya hace unos días de eso, entonces... ¿Cuál será tu siguiente metedura de pata? —embromó Kai.
—¡Oh, por Dios! —le lancé un posa vasos—. Callaos. Mantendré éstas manitas quietas, no os preocupéis.
—Voy a hablar mañana mismo con los del seguro de la casa para que hagan inventario.
Maldito, esto le divertía.
—Morgan, no quieras que te ahogue en el agua —le amenacé, entornando los ojos.
—¿Y luego me vas a ocultar a mí también?
—¡Basta! —me quejé, pero no podía esconder mi sonrisa.
Entre risas, continuamos hablando, afortunadamente no sobre alguna otra historia mía. Comimos lo que Allison y yo habíamos preparado y, sin darnos cuenta, el día pasó volando. Ya era hora de volver a casa. Elliot y Allison se fueron a descansar a uno de los camarotes y yo me quedé con Kai leyendo un libro mientras él navegaba de vuelta a casa. Todo estaba completamente en calma, el mar apaciguado y el viento refrescaba el caluroso sol de verano.
—Gin —me llamó él, sacándome de mi lectura.
Cerré el libro, mirándolo. Me hizo una señal para que me levantara y así lo hice. Dejé el libro y fui hasta él.
—Ponte aquí —dijo haciéndome un hueco entre el timón y él. Hice lo que me había dicho y giré mi cabeza hacia él—. Vas a llevarlo tú.
—¿Estás seguro? —giré mi rostro hacia él—. Yo no sé llevar un barco.
—Conmigo —susurró cerca de mi oído y sonrió. Él tomó mis manos y las guio hacia el timón—. Aquí.
Sus manos permanecieron sobre las mías, ayudándome a manejar el barco. Él guiaba las mías, moviendo el timón mientras navegábamos de vuelta a casa. En mi rostro se dibujó una perfecta sonrisa ante la sensación. Nunca había manejado antes un barco.
—Esto es una pasada —expresé con total emoción, girando un segundo mi rostro hacia él.
—Y ahora tú sola —dijo y soltó lentamente mis manos, dejándome a cargo del timón.
—Eh, no, no, ¡Kai!
—Tranquila —me calmó suavemente, colocando sus manos en mi cintura. Sus pulgares acariciaban levemente mis costados. Extrañamente, sentirle hizo que me calmara—. Tú haz lo que yo te diga —susurró cerca de mi oído y yo asentí.
Iba manejando el timón, Kai me daba indicaciones y yo hacía exactamente lo que él me decía. Su cabeza se apoyó sobre mi hombro así como sus brazos me rodearon completamente por la cintura e iba viendo todo lo que yo hacía.
—¡Estoy navegando! —celebré todavía sin creérmelo, con una amplia sonrisa en mi rostro.
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Atracamos en la playa de su casa, en el muelle, y todos bajamos. Ya eran casi las ocho de la tarde y estábamos completamente cansados. Todos fueron a sus cuartos a ducharse para luego cenar. Yo, en cambio, me escapé a la piscina interior a nadar todavía un poco más, a darme un último baño a solas. Me metí en el agua y estuve nadando durante un buen rato. Cuando estaba bajo el agua, me sentía genial. Desde siempre me había encantado estar en agua y disfrutaba mucho éstos momentos a solas.
Cuando salí a la superficie, me sorprendí al ver a Kai parado en la puerta, sonriéndome. Le sonreí de vuelta. Sin hablar, él se desvistió, quedando en bañador y se metió en la piscina conmigo. Nadó hasta mí.
—Tienes que dejar de aparecer por sorpresa —dije divertida, causando una pequeña risa en él.
—Estaba buscándote.
—Pues ya me has encontrado —respondí con el mismo tono burlón que él había usado.
—¿Lo has pasado bien? —ladeó ligeramente su cabeza, observándome detenidamente como si tratara de descifrarme.
—De maravilla —respondí sincera, con una sonrisa de oreja a oreja—. Todavía intento comprender cómo tienes todo esto —mi ceño se arrugó.
—Bueno —su mano viajó a mi cintura y me atrajo todavía más hacia él. Estábamos completamente pegados—. Ya te dije que se me da bien mi trabajo y muchas cosas fueron herencia.
—Eres una caja llena de sorpresas, Kai Morgan, ¿Algo más que deba saber? —me burlé. Estábamos apenas a unos centímetros de nuevo.
—Algún que otro secreto —hizo una ligera mueca—, pero todo a su debido tiempo.
—Oh —expresé—. ¿No vas a contármelo?
Negó.
—¿Voy a poder besarte o tengo que suplicar? —bromeó entonces él, enarcando una ceja.
Así como una sonrisa se alzó en mi rostro, me lancé a sus labios y pronto nos vimos envueltos en aquél afanado beso, totalmente perdidos en el momento.