Cuando los Fantasmas Regresan
Valentina Montclair
La rutina es mi religión. Cada mañana a las 6:30 AM, el mismo café con leche descafeinado, la misma tostada integral, la misma ruta hacia la oficina. No es glamoroso, pero es predecible, y la predictibilidad es lo único que me mantiene cuerda en un mundo donde paso mis días navegando por las mentes fracturadas de otros.
Mi apartamento refleja exactamente quien soy: ordenado, funcional, sin excesos. Los libros de psicología están perfectamente alineados en los estantes, mis diplomas colgados con precisión milimétrica en la pared, y ni una sola cosa fuera de lugar. Es mi santuario de control en un universo caótico.
Esta mañana no fue diferente. Café en mi taza favorita—la azul que me regaló mi madre antes de morir—, ducha de exactamente ocho minutos, ropa profesional pero no intimidante: falda hasta la rodilla, blusa blanca, blazer gris. El uniforme de una doctora que quiere inspirar confianza, no admiración.
La cafetería de la esquina me conoce tanto que ya tienen mi pedido listo cuando entro. Café americano, sin azúcar, para llevar. El barista, Miguel, siempre trata de iniciar una conversación y yo siempre respondo con cortesía profesional. No es que sea antisocial; simplemente he aprendido que mantener distancia es más seguro para todos.
Mi oficina está en el piso quince de un edificio que ha visto mejores días, pero la vista de Central Park hace que valga la pena. Cuando llegué, Chloé ya estaba en su escritorio, auriculares puestos, moviéndose al ritmo de lo que probablemente era pop de los 2000. A los veinte años, Chloé es todo lo que yo no soy: espontánea, social, despreocupada. Es lo más parecido a una amiga que tengo, aunque técnicamente sea mi secretaria.
—¡Doc! —gritó en cuanto me vio, quitándose los auriculares—. Tienes una llamada importante.
Automáticamente, mi mente clínica se activó. Chloé parecía más animada de lo normal, lo cual generalmente significaba chismes jugosos o drama. Sus pupilas estaban ligeramente dilatadas—probablemente demasiada cafeína—y sus gestos más expansivos de lo habitual.
—La doctora Taylor llamó —continuó, prácticamente rebotando en su silla—. Dejó un paciente. Dice que es... complejo.
Me entregó una carpeta manila que tenía el grosor de una novela. Cuando la abrí, lo primero que vi fue una fotografía que me hizo detenerme en seco.
El hombre en la foto era devastadoramente atractivo de una manera que debería estar prohibida. Cabello castaño desordenado que parecía haber sido tocado por dedos femeninos, ojos verde aguamarina que incluso en una foto transmitían una intensidad perturbadora, mandíbula definida con la sombra perfecta de barba incipiente. Pero había algo más, algo oscuro en su expresión que activó todos mis instintos clínicos.
Damián Sokolov, leí. Treinta y seis años. Múltiples terapeutas anteriores. Resistencia al tratamiento. Problemas de manejo de ira. Trauma sin resolver.
—¿Por qué lo dejó la doctora Taylor? —pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta.
—Dice que solo se sienta ahí y fuma —Chloé se encogió de hombros—. Que es como tratar de hacer terapia con una pared muy guapa y muy cara.
Una pared muy guapa. Sonreí a pesar de mí misma. Había tratado paredes antes. Algunas de las mentes más interesantes se escondían detrás de las defensas más impenetrables.
—Si llama, ajustaremos la agenda —le dije a Chloé, cerrando la carpeta, aunque no pude evitar echar un último vistazo a esa foto.
El resto del día transcurrió con mi horario habitual. Mi caso más desafiante en ese momento era Dayana, una joven de veinticinco años que había construido toda su identidad alrededor de su relación con su novio. Cuando él la dejó, literalmente se desmoronó.
—No puedo respirar sin él, doctora Montclair —sollozaba Dayana, los ojos hinchados por el llanto constante—. Es como si hubieran arrancado mis pulmones.
Codependencia emocional severa, diagnostiqué mentalmente mientras le pasaba más pañuelos. Probable trastorno de personalidad dependiente con elementos de abandono traumático.
—Dayana, ¿recuerdas quién eras antes de conocerlo? —pregunté gentilmente.
—No —su respuesta fue inmediata y desesperada—. No había nadie antes de él. No hay nadie sin él.
La sesión se extendió más de lo programado. Dayana estaba en una espiral particularmente profunda, y no podía dejarla ir a casa en ese estado. Para cuando finalmente logré estabilizarla lo suficiente, ya eran casi las ocho de la noche.
—Doc, vámonos por unos tragos —sugirió Chloé mientras guardaba sus cosas—. Te ves agotada.
Era tentador. Chloé siempre sabía cómo hacer que la gente se divirtiera, y había algo atractivo en la idea de ser una persona normal por una noche. Pero la normalidad nunca había sido mi fuerte.
—Gracias, pero paso —le dije, sintiendo el peso familiar de la fatiga emocional—. Solo quiero llegar a casa.
Chloé me miró con esa expresión que había perfeccionado: parte lástima, parte frustración.
—Un día de estos vas a tener que vivir un poco, Doc.
Quizás tenía razón. Pero vivir significaba sentir, y sentir significaba recordar, y recordar... bueno, recordar era exactamente lo que pasaba mis días ayudando a otros a procesar.
Mi apartamento me recibió con su silencio familiar. Me serví una copa de vino tinto—mi única concesión al vicio—y me dirigí hacia mi baño. Si tenía una adicción, era a los baños de burbujas. Podía pasar horas en esa bañera, dejando que el agua caliente disolviera las tensiones del día, las emociones de mis pacientes que inevitablemente se filtraban en mi propio sistema.
Esta noche añadí sales de lavanda y aceite de eucalipto. El vapor llenó el baño, creando un c*****o de calma. Cerré los ojos y traté de despejar mi mente, pero la imagen de Damián Sokolov se filtraba a través de mis defensas profesionales.
Había algo en esos ojos que reconocía. Dolor. Culpa. Secretos que carcomían desde adentro.
El vino me ayudó a relajarme, y para cuando me arrastré a la cama, me sentía casi humana. Mi apartamento estaba en silencio, solo el murmullo distante del tráfico de Nueva York como banda sonora. Me acurruqué bajo mis sábanas de algodón egipcio y dejé que el sueño me llevara.
Pero el sueño trajo pesadillas.
Estaba en una camilla, mis muñecas y tobillos sujetos con correas de cuero que se clavaban en mi piel. La habitación estaba demasiado brillante, luces fluorescentes que me hacían cerrar los ojos con fuerza. Podía oír voces, pero no podía distinguir las palabras. Traté de gritar, de pedir ayuda, pero mi voz no funcionaba.
—Por favor —murmuré, pero el sonido se perdió en el aire esterilizado—. Por favor, que alguien me ayude.
Nadie vino. Nunca venía nadie.
Me desperté con un grito ahogado, el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en mis oídos. Mi camisón estaba empapado de sudor frío, y mis manos temblaban mientras trataba de orientarme. Mi dormitorio. Mi cama. Segura.
Pero entonces la escuché.
Una voz profunda, calmada, terriblemente familiar.
—Pensé que ya no tenías pesadillas. Ha pasado un tiempo ya.
Mi sangre se convirtió en hielo. Lentamente, muy lentamente, giré mi cabeza hacia la esquina de mi habitación.
Ahí estaba él.
Sentado en mi sillón de lectura como si tuviera todo el derecho del mundo a estar ahí. Como si los últimos diez años no hubieran pasado. Como si yo fuera todavía esa niña aterrorizada que una vez fui.
—Padre —susurré, mi voz apenas audible.
Edmund Hamilton, me sonrió, esa sonrisa que una vez había confundido con amor paternal y que ahora reconocía como algo mucho más siniestro.
—Enciende la luz, Valentina —dijo con esa voz que había poblado mis pesadillas durante una década—. Déjame verte bien.
Con manos temblorosas, estiré el brazo hacia la lámpara de noche. La luz dorada llenó la habitación, y ahí estaba él. Más viejo, más canoso, pero con los mismos ojos fríos que recordaba.
—Has crecido —observó, recorriendo mi figura con una mirada que me hizo querer esconderme bajo las sábanas—. Te ves exactamente como tu madre.
—¿Qué quieres? —logré preguntar, aunque mi voz sonaba pequeña y atemorizada.
Su sonrisa se ensanchó, y en ese momento supe que mi mundo cuidadosamente ordenado estaba a punto de colapsar.
—He vuelto a casa, hija —dijo, y esas palabras cayeron como una sentencia de muerte—. Y tenemos mucho de qué hablar.